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| LA
DIETA PERFECTA |
Los seres
humanos estamos diseñados para comer de todo. Desde
nuestro aparato masticador -que cuenta con incisivos
de roedor, molares de herbívoro y colmillos de carnívoro-
hasta nuestro estómago -dotado de poderosos ácidos y
fermentos-, nuestro largo intestino -que facilita una
absorción de todos los elementos- y nuestro colon -capaz
de reabsorber la mayor parte del agua y los fermentos
usados en la digestión- el aparato digestivo humano
es una auténtica máquina de transformar casi todo en
energía.
Pero nuestro maravilloso aparato digestivo es necesario
porque nuestro organismo, en cambio, no capaz de fabricar
casi nada y transforma relativamente pocas cosas. Necesitamos
"importar" la mayor de las sustancias (nuestro cuerpo
solamente puede sintetizar la vitamina D bajo la acción
de los rayos solares) y de forma equilibrada para que
todo funcione de manera adecuada.
NUESTRAS NECESIDADES
La compleja máquina que es el organismo humano puede
utilizar únicamente un limitado grupo de materiales
como combustible pero precisa una gran cantidad de elementos
para su buen funcionamiento, desde metales como el hierro,
el cobre o el manganeso hasta sustancias muy complejas
como las vitaminas, que deben aportarse desde un grupo
muy amplio de alimentos.
El alimento principal de nuestras células es la glucosa,
base de todo el gran grupo de alimentos que llamamos
hidratos de carbono y cuya transformación química
-por otro lado, muy sencilla- proporciona la base energética
de nuestro funcionamiento.
Otra fuente fundamental de energía son los lípidos
o grasas, de estructura más compleja y que, al no ser
solubles en agua, tienen que ser transportados en nuestro
organismo por otras sustancias, las proteínas,
formando un compuesto -las lipoproteínas- que
aparecen en la sangre de manera similar a los pequeños
glóbulos de grasa que aparecen en la leche.
Pero la estructura íntima de nuestro organismo está
constituida por las proteínas, sustancias muy
complejas formadas por muchos elementos -una veintena
de formas diferentes- que son los aminoácidos.
Las proteínas sirven para casi todo. Desde la composición
básica de nuestros genes hasta las acciones que posibilitan
las reacciones químicas que conforman el metabolismo
a través de la enzimas o la propia estructura de nuestro
admirable sistema muscular.
Los glúcidos -o hidratos de carbono-, los lípidos -o
grasas- y las proteínas son pues los nutrientes que
forman parte de los distintos alimentos. Cualquier alimento
que tomemos suele contener varios nutrientes diferentes,
lo que es importante a la hora de equilibrar la alimentación.
LA ALIMENTACIÓN EQUILIBRADA
Una comida sana y equilibrada debe llevar de todo. Pese
a su mala fama actual las grasas son tan necesarias
como las proteínas y los hidratos de carbono.
Ahora bien, hay una cuantas normas que conviene aplicar
a la hora de planificar nuestra comida:
-Una dieta equilibrada debe llevar una mayor cantidad
de hidratos de carbono que de grasas y más grasas que
proteínas. La proporción ideal sería de un 55% de féculas,
un 30% de grasas y un 15% de proteínas. Un ejemplo típico
de plato equilibrado sería -aunque en principio sorprenda-
el clásico cocido madrileño con sus verduras, legumbres,
grasas y carnes, aunque ya hablaremos de las grasas
animales.
-Las proteínas tienen la misma calidad (y casi la misma
composición), independientemente de su origen. La diferencia
es que las carnes animales -sobre todo las de cerdo,
vacuno y cordero- contienen gran cantidad de grasas
(especialmente colesterol "malo") mientras el pescado
y las carnes de aves y mamíferos magros como el conejo
tiene mucha menos grasa.
-No hay que olvidar que nuestro cuerpo es en su mayoría
agua y que ésta es fundamental a la hora de hacer una
buena digestión, como base para disolver gran cantidad
de principios inmediatos y para reponer las pérdidas
que tenemos a través de la piel, la orina y las heces.
Por tanto, debe beberse al menos dos litros de agua
diariamente; y más cuando se hace ejercicio o un trabajo
pesado y en verano.
-Las grasas son la base energética más importante de
nuestro organismo y deben entrar en nuestra alimentación
de forma obligatoria so pena de forzar a nuestros órganos
a un exceso de trabajo para "fabricarlas" a expensas
de otros principios inmediatos.
La mala fama del colesterol y sus negativos efectos
es consecuencia de una trágica realidad: la mayor parte
de las muertes en los países desarrollados está relacionada
con su depósito en las arterias. Claro que ese problema
no es consecuencia directa de la ingesta de grasas en
sí sino del exceso de las mismas en la alimentación
y la falta de otro factor fundamental para su correcta
utilización: el ejercicio. Afortunadamente, las grasas
animales son ricas en colesterol "malo" pero los pescados
y aceites vegetales -especialmente nuestro maravilloso
aceite de oliva- aportan colesterol "bueno" que compite
con el primero en nuestros procesos metabólicos mejorando
el estado de las arterias dañadas por los depósitos
de grasas.
En cualquier caso, no estaría de más un control periódico
de nuestro nivel de colesterol para evitar sorpresas.
Hoy existen en muchas farmacias métodos rápidos de control
efectivos para saberlo en unos pocos minutos. Métodos
que además de controlar esos parámetros sirven también
para conocer nuestros niveles de ácido úrico o glucosa,
entre otros.
-Otro factor fundamental en una correcta alimentación
es la variedad. Nuestro organismo necesita una enorme
diversidad de sustancias para funcionar adecuadamente
y esas sustancias -minerales, metales, vitaminas y,
sobre todo, aminoácidos esenciales que no puede fabricar
nuestro cuerpo- se encuentran en determinados alimentos.
Por ello -y para garantizar su aporte adecuado y periódico-
es necesario que la comida de todos los días sea lo
más variada posible.
-No hay que olvidar que la digestión empieza en la boca,
por lo que es aconsejable masticar despacio para poder
ensalivar y triturar bien los alimentos y conseguir
así una mejor absorción de los elementos nutritivos
en el largo tubo digestivo.
-Pero la buena absorción no lo es todo. El tubo digestivo
necesita limpiarse y precisa un cierto volumen de residuos
para poder eliminar los restos de la digestión. Para
lo cual es fundamental que en una dieta perfecta haya
una buena cantidad de elementos indigeribles. Es la
famosa fibra que actualmente -y con razón- se recomienda
para una buena conservación y limpieza del aparato digestivo.
Por eso las verduras y las legumbres no deben faltar
en nuestra mesa diaria.
-Claro que no todo es bioquímica en el ser humano. La
visión y el olfato, conectados a través de los centros
de la base cerebral con todo nuestro organismo, ayudan
a preparar el aparato digestivo, como al famoso perro
de Pavlov que segregaba jugos gástricos al toque
de una campanilla. Por eso una buena comida, aparte
de su equilibrio en principios inmediatos, debe ser
atractiva a la vista y al olfato; y la actitud frente
a la mesa, relajada y placentera. Porque realmente -y
de manera profundamente instintiva-, el hecho de comer,
en sí mismo, es una recompensa de la que muchas veces
nos privamos por las prisas o la omnipresente televisión.
Y eso, a la larga, lo paga nuestra digestión y nuestra
salud.
Además, comemos para dar energía a nuestro organismo.
Y esa energía hay que gastarla, entre otras cosas para
evitar que el exceso de alimento se acumule en forma
de grasas en los michelines; o en las arterias, que
es mucho peor. Hay que hacer ejercicio; pero no es necesario
machacarse el cuerpo en un gimnasio o hacer deporte
para conservar el equilibrio entre lo que se come y
lo que se gasta. Lo que sí es imprescindible es moverse,
caminar en definitiva, cosa que cada vez se hace menos
en nuestra "desarrollada" sociedad de consumo.
CONTENIDO ENERGÉTICO DE LOS
NUTRIENTES
Los nutrientes de los alimentos se transforman en nuestro
organismo a través de una serie de reacciones químicas
de oxidación que, al final, producen calor -es decir,
energía- como en cualquier otra combustión.
Por supuesto, no todos los nutrientes tienen el mismo
poder energético. Los hidratos de carbono y las proteínas
proporcionan unos 17.2 kilojulios o 4.1 kilocalorías
por gramo y las grasas 38.9 kilojulios o 9.3 kilocalorías/
gramo.
Ese valor calórico final nos indica la cantidad de energía
que podemos extraer de los nutrientes pero el problema
es que para ello debemos utilizar nuestra propia energía
y no es lo mismo en el caso de los distintos principios
inmediatos. Concretamente, para sintetizar las proteínas
de nuestro organismo necesitamos prácticamente la misma
energía que para digerirlas, por lo que las proteínas
no son una buena fuente de energía sino fundamentalmente
elementos plásticos.
LA LEYENDA DE LAS VITAMINAS
La creciente moda de las vitaminas es imparable. Se
les atribuyen poderes casi milagrosos y la leyenda está
tan arraigada que muchos alimentos y bebidas se anuncian
por las vitaminas que dicen contener más que por sus
virtudes nutritivas.
Y, ciertamente, las vitaminas cubren funciones muy diferentes
en nuestro organismo que van desde la participación
en procesos de síntesis de otras sustancias hasta funciones
de protección contra la superoxidación, como la vitamina
E. Sólo que las cantidades que necesitamos diariamente
vienen a cubrirse de sobra con la dieta normal ya que
generalmente son muy pequeñas y, además, nuestro organismo
las conserva durante mucho tiempo y muchas de ellas
las recicla y aprovecha al máximo.
Por otro lado, tampoco están exentas de peligros ni
de toxicidad. La vitamina A (tan de moda para tomar
el sol) es una de las más tóxicas, pudiendo producir
-cuando se superan las 100.000 unidades diarias- pérdida
de pelo, náuseas, diarrea, piel escamosa e irritada,
pérdida de visión, alteraciones del ritmo menstrual
y cansancio. Y no hay que olvidar que una taza de zanahoria
cocida contiene 15.000 unidades de vitamina A.
Otro tanto puede decirse de la vitamina D -que interviene
activamente en la utilización del calcio en nuestro
organismo- y de otras muchas del grupo B.
Las vitaminas son pues necesarias y sus efectos beneficiosos
indudables para el buen funcionamiento del organismo
pero no se debe abusar de ellas.
CÓMO CURARSE CON LA ALIMENTACIÓN:
LA ARTROSIS
La artrosis es uno de los padecimientos más extendidos
en la raza humana, especialmente en nuestras longevas
sociedades. Aunque puede presentarse a cualquier edad,
lo normal es que sea el padecimiento-estrella a partir
de la madurez por el lógico desgaste de las superficies
articulares. Y el mayor inconvenientemente es que se
trata de un problema degenerativo que no tiene cura
aunque, si se cuida bien, puede ser compatible con una
buena calidad de vida.
Independientemente de los cuidados generales que requiere,
como el ejercicio suave diario, la postura correcta
-con la espalda erguida en las personas que hacen trabajos
sedentarios-, el descanso -con las piernas en alto para
facilitar el buen aporte de sangre a todas las articulaciones-
y evitar cargar pesos, así como los movimientos bruscos,
la artrosis puede mejorarse con una serie de normas
alimentarias.
Es fundamental para ello beber no menos de dos litros
diarios de líquido. Con eso se consigue una mejor hidratación
general -cosa que en las personas mayores es fundamental-,
disminuyen los tóxicos en el organismo y se lubrican
mejor las articulaciones.
Conviene sustituir las carnes rojas por pescados azules,
ricos en ácidos grasos poliinsaturados, especialmente
el omega 3. La comida diaria debe llevar verduras en
cantidad, especialmente las de conocidos efectos antiinflamatorios
como el apio, la zanahoria, el brécol, el nabo -que
en ensalada, crudo o rallado está muy rico), espinacas,
piña y papaya.
Conviene reducir -o evitar, si es posible- el alcohol,
los excitantes -como el té o el café-, la patata, el
pimiento y la berenjena. Y, por supuesto, reducir el
sobrepeso que es, posiblemente, el factor más importante
de sobrecarga de las articulaciones.
Y, desde el punto de vista de alivio general, son útiles
las infusiones analgésicas como la corteza de sauce,
ulmaria y enebro y las clásicas friegas con alcohol
de romero o árnica.
EL COCIDO CASTELLANO ANTIGUO:
UNA EQUILIBRADA DELICIA
Plato de origen muy antiguo -anterior al aporte del
pimiento y el tomate americanos-, ha sido siempre una
de las comidas preferidas por los campesinos que necesitaban
algo fuerte y sabroso al volver de la dura labor del
campo.
En una olla grande -preferiblemente de hierro o barro-
se pone medio pollo o gallina troceada, un buen trozo
de cordero, un chorizo pequeño, una o dos sabrosas morcillas
burgalesas de arroz o de cebolla, tres o cuatro manzanas
partidas en cuartos, un par de nabos grandes, pelados,
un mazo de verdura (berza, nabiza o repollo), un puñado
de judías blancas y garbanzos, remojados desde el día
anterior y sal.
El conjunto se deja hervir a fuego muy lento al menos
3 o 4 horas y, si se usa la olla a presión, no menos
de tres cuartos de hora (veinte minutos en olla rápida);
después se deja reposar para darle el último hervor
antes de sacarlo a la mesa.
Lo ideal es hacerlo el día anterior para permitir que,
tras el reposo de la noche, se mezclen adecuadamente
los distintos sabores de los ingredientes.
Es un plato perfectamente equilibrado de grasas, hidratos
de carbono y proteínas propio para el duro clima de
la meseta -aunque, curiosamente, adecuado para los días
templados de la primavera- en el que el fuerte sabor
de los embutidos y la carne se ve suavizado por el aroma
y el frescor de la manzana.
Como es lógico, este tipo de guisos tiene infinitas
variantes en función de los ingredientes propios de
cada estación y de cada lugar. Yo lo he probado con
peras, ciruelas y hasta me he atrevido con una variante
tropical con plátano y yuca que se parece mucho al sancocho
dominicano o portorriqueño con el toque de las verduras
castellanas y la reciedumbre de nuestros embutidos.
Realmente nuestros antepasados sabían comer, y, lo que
es más importante, tenían un concepto utilitario de
los recursos naturales a su alcance, cosa que, afortunadamente
parece que se va recuperando.
Jorge
Pérez Calvo
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