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PREPARE LOS ALIMENTOS COMO
QUIERA... ¡PERO NUNCA A ALTAS
TEMPERATURAS! |
El uso del calor a la hora de preparar
los alimentos permite alargar su vida -entre otras cosas- porque
inactiva o destruye diferentes patógenos que los harían incomestibles
en poco tiempo. El problema es que si se somete a temperaturas
muy elevadas o durante mucho tiempo a algunos -lo que ocurre
al freír, asar u hornear- los efectos pueden resultar muy diferentes
a los deseados hasta el punto de poder generar un terreno propicio
para la aparición de enfermedades graves, cáncer incluido. De
ahí que muchos expertos recomienden evitarlo y, en la medida
de lo posible, se consuman los productos frescos y crudos o,
al menos, poco hechos; especialmente si se está débil o afectado
por alguna dolencia.
Desde
que el hombre descubrió el fuego los alimentos cocinados pasaron
a ser parte importante de su dieta. No en vano el calor da a algunos
productos una textura, sabor y aroma que los hacen especialmente
apetecibles. Además favorece su digestibilidad, destruye gran
parte de los microorganismos patógenos que contienen y asegura
su conservación. Pero también la forma específica de utilizar
ese calor, el tiempo que se aplica y su intensidad tienen una
especial importancia y permiten distinguir distintos métodos de
cocción, término con el que se alude a las diferentes técnicas
de elaboración de alimentos que emplean el calor. El profesor
Henry Joyeux, por ejemplo, distingue entre sancochado,
pasteurización, esterilización, hervido, frito, hecho a la parrilla
con fuego de leña o carbón en un asador o en un grill, horneado
en un horno clásico o en un microondas, cocinado en una olla a
presión o exprés, al vapor o estofado.
Sólo que independientemente del método que se emplee lo común
es que el aumento térmico produzca una alteración de las moléculas
del alimento. Algunas de esas alteraciones son fácilmente apreciables
-las verduras y frutas se ablandan, el huevo se solidifica, la
carne roja se oscurece y su parte grasa amarillea, se produce
una desecación progresiva del alimento, cambia su aroma y su sabor,
etc.- mientras que otras permanecen ocultas a nuestros sentidos
y, sin embargo, son tanto o más importantes que las que se aprecian
a simple vista. De hecho las alteraciones moleculares "ocultas"
-esos cambios químicos que no apreciamos- pueden incluso llegar
a enfermarnos gravemente porque no se limitan, como la mayor parte
de la gente cree, a la pérdida de algunos nutrientes. Al menos
eso es lo que mantienen cientos de expertos en todo el mundo siendo
uno de los que más se ha significado en este aspecto el doctor
Jean Seignalet sobre cuyo trabajo hemos publicado recientemente
un artículo (léalo en nuestra web: www.dsalud.com) Y es
que las afirmaciones de este médico, hematólogo, inmunólogo, biólogo,
catedrático universitario y colaborador de prestigiosos hospitales
recientemente fallecido son contundentes. Según se puede leer
en su obra La alimentación, la 3ª Medicina (Ed. Urano)
bajo el efecto de la agitación térmica que se produce al cocinar
un alimento las moléculas del mismo "chocan entre sí, se rompen
y se unen al azar a otras estructuras para formar nuevas combinaciones
muy complejas, algunas de las cuales no se encuentran en la naturaleza".
Y a este respecto diversos investigadores han comprobado que
suele ser suficiente una pequeña diferencia respecto a la molécula
normal para obtener una molécula que el organismo es incapaz de
metabolizar. A esas moléculas complejas que aparecen cuando un
producto es sometido a altas temperaturas durante un tiempo prolongado,
que no existen en la naturaleza y cuyas propiedades se desconocen
se las denomina moléculas de Maillard en honor al químico
que las descubrió en 1916. Pues bien, Seignalet afirma que lo
más preocupante es que las enzimas de nuestro organismo no pueden
actuar sobre ellas y dice: "Se desconocen tanto las propiedades
como el destino de esas moléculas al traspasar la barrera intestinal.
Quizá sean inutilizables. En el peor de los casos son perjudiciales
y probablemente sea así".
De hecho, investigaciones llevadas a cabo por expertos de todo
el mundo han venido a demostrar que los pesticidas o los colorantes
contienen muchos menos compuestos mutagénicos que los alimentos
cocinados a altas temperaturas, especialmente, los fritos. Para
comprenderlo mejor basta reseñar las transformaciones que sufren
dos aminoácidos esenciales -el triptófano y el ácido
glutámico- cuando son sometidos a la acción del calor: ambos
dan origen a potenciales agentes cancerígenos en cantidades muy
superiores a las registradas para otras sustancias carcinogénicas
conocidas.
Además el calor intenso modifica la estructura espacial de las
proteínas y hace que interaccionen con otras sustancias -por ejemplo
los glúcidos- dando lugar a moléculas cada vez más complejas que
ponen en marcha procesos que se han observado en diversas enfermedades
graves.
A ello hay que sumar -como bien explica en el libro La Dieta
Definitiva nuestro director, José Antonio Campoy- que
"freír los alimentos produce radicales libres, productos químicos
muy reactivos que además de destruir las grasas esenciales del
alimento pueden dañar las células, aumentar el riesgo de enfermedades
cardiovasculares y de cáncer, acelerar el proceso de envejecimiento
y destruir muchos micronutrientes". Y si se habla de los peligros
de la fritura no se puede dejar de citar las acrilamidas ya que
constituyen uno de los principales riesgos a los que nos exponemos
al consumir productos fritos.
UN CASO ESPECIAL: LAS ACRILAMIDAS
Las acrilamidas son sustancias cancerígenas
que se originan al freír, tostar u hornear a temperaturas superiores
a 120º C los alimentos que contienen féculas. Entre ellos los
cereales, las patatas, las lentejas, las habas, los guisantes
y las judías. Está demostrado -en ratones al menos- que provocan
cánceres de mama, útero, piel y pulmón. En cuanto a los humanos
no hay aún datos concretos. Fue la Universidad de Estocolmo
la que lanzó en el 2002 la voz de alarma sobre el incremento exponencial
de los niveles de acrilamidas cuando aumenta la temperatura a
que se cocinan los alimentos ricos en almidón. Afirmando que tan
peligrosas sustancias no aparecen en cambio cuando esos mismos
alimentos están crudos o ligeramente hervidos.
Y para que el lector se haga una idea clara del peligro potencial
diremos que hoy el nivel máximo aconsejado de acrilamida es de
0,1 microgramos por litro o kilo de producto. Pues bien, los investigadores
suecos encontraron 1.200 microgramos en las patatas fritas de
bolsa, 450 en las preparadas en casa, 410 en las galletas, 160
en los cereales de desayuno, 150 en los aperitivos de maíz y 140
en el pan. De ahí que su conclusión fuera que muchos cánceres
podían deberse a la presencia de esta sustancia en determinados
alimentos ricos en almidón cuando se los fríe u hornea.
Lanzada la alarma tanto la Organización Mundial de la Salud
(OMS) como la Organización de las Naciones Unidas para
la Alimentación y la Agricultura (FAO) pusieron en marcha
distintas investigaciones conjuntas para conocer más acerca del
potencial riesgo de ingerir dosis elevadas de acrilamida, una
sustancia sobre la que el Centro Internacional de Investigación
del Cáncer (dependiente de la propia OMS) ya había advertido...
¡en 1994! afirmando que es una "sustancia potencialmente dañina
para los humanos".
Pues bien, hace ya un año que se reunió el Comité Mixto FAO/OMS
de Expertos en Aditivos Alimentarios para examinar los posibles
riesgos para la salud asociados a las acrilamidas -entre otros
contaminantes- y el informe final concluye que "la experimentación
con animales ha revelado como efecto tóxico más importante de
las acrilamidas -formadas al cocinar a altas temperaturas alimentos
de origen vegetal que contienen gran cantidad de carbohidratos-
la presencia de cáncer", que "el consumo de alimentos que
contengan este contaminante en las cantidades que se presentan
actualmente puede constituir un peligro para la salud pública",
que "los principales alimentos a través de los que se entra
en contacto con las acrilamidas son las patatas fritas, el café
y los productos tostados u horneados elaborados con cereales"
y que "los niveles de esta sustancia pueden variar en los mismos
alimentos de acuerdo a factores como las temperaturas y tiempos
de cocción y pueden no aparecer en el alimento en estado crudo".
Y nuestro Ministerio de Sanidad y Consumo sin informar a la
ciudadanía...
LOS EFECTOS DE LA COCCIÓN
La muerte impidió a Jean Seignalet profundizar
en el estudio de las acrilamidas pero en su libro ya recogía una
serie de evidencias de porqué los efectos de la cocción pueden
calificarse de peligrosos. Esas evidencias pueden ser directas
o indirectas y se basan en la constatación de que determinadas
acciones beneficiosas de los alimentos crudos dejan de producirse
cuando esos mismos alimentos se ingieren cocinados.
Seignalet afirma, por ejemplo, que durante la digestión de una
comida en la que se han incluido alimentos cocidos se produce
una leucocitosis que no tiene lugar cuando se comen productos
crudos. "Esto -explica- sugiere que algunas macromoléculas
han atravesado la pared intestinal y han provocado una respuesta
inmunitaria". Además sostiene que las grasas animales cocidas
-especialmente las procedentes de carnes y productos lácteos-
favorecen la aparición de cáncer de mama y de colon, que en buena
medida las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y la obesidad
que sufren algunas poblaciones anglosajonas y escandinavas se
deben a que son grandes consumidores de alimentos cocidos y que
las moléculas de Maillard podrían participar en el envejecimiento
vascular y cerebral prematuros así como en el desarrollo de las
demencias seniles, tan frecuentes en la actualidad.
Seignalet aporta además otros argumentos que califica de "indirectos"
para sostener la peligrosidad de la cocción. Así, cita los estudios
realizados por el doctor Francis Marion Pottenger con 900
gatos quien, tras alimentar a unos cuantos con carne cruda y a
otros con carne cocida, verificó con el tiempo que los que sólo
comieron carne cruda resistían mejor las intervenciones quirúrgicas,
padecían muchas menos enfermedades infecciosas, inflamatorias
y alérgicas, eran mucho menos irritables y engendraban crías más
vigorosas.
En cuanto a los humanos Seignalet cita a los esquimales, personas
que por no disponer de madera para hacer fuego obtienen sus principales
recursos del pescado y de los renos que consumen crudos. Pues
bien, "a pesar de las grandes dosis de grasas animales contenidas
en este régimen -explica- están diez veces menos afectados
por enfermedades cardiovasculares que los europeos o los estadounidenses".
Evidentemente no puede extrañar, después de todo lo dicho, que
Seignalet recomiende comer los alimentos crudos. Incluso la carne,
el pescado y el marisco. Animando, si uno no es capaz de ingerirlos
sin cocinar, a hacerlo al menos a una temperatura inferior a 80º-90º
C -por supuesto, nunca fritos- aun cuando según sus propias palabras
"la frontera por encima de la cual los alimentos sufren importantes
transformaciones se sitúa alrededor de los 110º C". Más vale
no arriesgarse.
En la revista ya manifestamos estar por esta segunda opción dadas
las actuales condiciones de los alimentos, normalmente contaminados
por todo tipo de productos químicos y otros agentes patógenos.
Comerlos crudos supone hoy en muchos casos un riesgo. Procure
pues elegir bien al menos los establecimientos en los que compra
y adquiera en la medida de lo posible productos que procedan de
la agricultura y ganadería ecológicas aunque sean un poco más
caros. Y si va a cocinarlos opte por técnicas que no impliquen
someter a los alimentos a temperaturas elevadas y/o durante mucho
tiempo.
Tampoco conviene olvidar que el humo con el que se preparan los
alimentos ahumados contiene hidrocarburos policíclicos y ello
los convierte en potencialmente cancerígenos por lo que no conviene
abusar de ellos.
En cuanto a las barbacoas y parrilladas a las sustancias cancerígenas
mencionadas se unen las que se crean al degradarse las grasas
por las altas temperaturas a que son expuestos los alimentos que
se cocinan empleando esas técnicas.
En lo que se refiere a los aparatos de microondas diremos, por
último, que no son tampoco aconsejables porque no están suficientemente
estudiados los posibles efectos perjudiciales para la salud (vea
el recuadro adjunto).
Laura Jimeno
Recomendaciones
prácticas
A
la hora de recomendar un método de cocción Jean Seignalet
se une a la opinión de expertos de la categoría de Catherine
Kousmine y Henry Joyeux. Todos ellos sugieren:
-Tener en cuenta que los alimentos sufren transformaciones indeseables
al cocinarse a más de 110º C.
-Evitar completamente los asados y las frituras ya que se alcanzan
temperaturas de entre 300 y 700º C.
-Limitar el uso del horno clásico y evitar usarlo a más de 90º
C.
-Procurar no emplear la olla a presión ya que llega hasta los
140º C.
-No utilizar el microondas porque si bien la temperatura "sólo"
sube hasta los 75º C -lejos de la frontera de los 110º- provoca
un cambio de orientación de las moléculas del agua del alimento
2.450 millones de veces por segundo y no se conocen las consecuencias
de este fenómeno para nuestra salud. Además emite radiaciones
no ionizantes y transforma algunos aminoácidos de tal forma que
escapan a la acción de nuestras enzimas, entre otras alteraciones.
A lo que cabe agregar que según algunos expertos los microondas
desvitalizan los alimentos y generan en ellos un gran número de
radicales libres.
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