Cada poco tiempo surgen en el escenario
de las terapias alternativas nuevos métodos que parecen
ser más efectivos que los anteriores. Y en la mayoría
de los casos es cierto pues siguen la tendencia de la
tremenda aceleración que vivimos en todos los aspectos
de la vida y la actividad humanas. Sin embargo, sería
bueno recordar que no existe una terapia que lo resuelva
todo como ya sabemos que no existe la píldora mágica.
Las técnicas terapéuticas son herramientas pero el resultado
depende del trabajo interior de la persona sujeto de
la terapia. Por ejemplo, apretar un punto "llave" del
cuerpo puede poner en marcha una catarsis de liberación
de un problema enquistado dolorosamente durante veinte
años si la persona ha alcanzado el grado de consciencia
para dejarlo marchar... o puede no desencadenar absolutamente
nada si no ha llegado el momento o la persona se aferra
al problema.
Hecha esta aclaración, enfoquémonos en la acción terapéutica
que precisa nuestra sociedad en el momento presente.
Porque a nadie se le oculta que a partir del 11 de Septiembre
la vida de todos los vecinos de este hermoso cascarón
de nuez que viaja por el universo ha comenzado a sufrir
un cambio de consecuencias imprevisibles. Todo lo que
atañe a los seres humanos se está redefiniendo -sin
excepción- y si los acontecimientos por todos conocidos
no se detienen -y la impresión es de que se van a incrementar-
el "área terapéutica" comenzará a experimentar una fuerte
redefinición.
Para empezar puede afirmarse que desde el 11 de Septiembre,
y por primera vez en la historia, no podrá ya existir
una paz basada en la supremacía bélica. Desde ese día
no hay dinero que compre la seguridad de ningún hombre.
Es necesaria una paz real basada en la justicia y la
cooperación. De lo contrario, el riesgo será inmenso.
Según las encuestas -en ocasiones manipuladas-, la gran
mayoría de los estadounidenses pide represalias aunque
mueran personas inocentes. A pesar de que, según la
CIA, el ataque a Afganistán implica tener la seguridad
"al cien por cien" de que habrá, en represalia, nuevos
ataques terroristas. Una escalada que podría terminar
convirtiéndose en una guerra de terror sin precedentes
para los países ricos, y de hambre y miseria nunca conocidas
para los pobres. La tecnología ha hecho un mundo global
y no es posible dar marcha atrás. El problema es que
la globalización y el progreso tecnológico sin ética
lleva al desastre global. Lo que ha llevado a desarrollar
en millones de personas una nueva conciencia que entiende
que todos estamos unidos por el destino y que la cooperación
es inevitable.
No puede extrañarnos, pues, que ante la amenaza de una
guerra de terror generalizada e interminable un valor
se eleve por encima de todos: la paz. Y que cientos
de millones de personas deseemos hacer algo para contribuir
a ella. Aunque es fácil que nos asalte inicialmente
cierta sensación de impotencia: "¿Qué puedo hacer
yo por la paz si todo está en manos de los dirigentes?"
Sé que cada persona puede hacer mucho. El hecho de realizar
acciones por la paz -aunque sean mínimas- o saber que
se están realizando, ayuda a cada persona a transformar
su miedo e incertidumbre en confianza y esperanza. Y
en la esfera colectiva, donde nos puede parecer que
esas acciones no van a tener incidencia porque las decisiones
están en manos de unos pocos dirigentes podemos hacer
también mucho. Hoy sabemos merced a Rupert Sheldrake
que existen en la naturaleza unos campos colectivos
de información que unen a las especies (los campos mórficos
o morfogenéticos) y, entre ellas, a la humana. Y ello
implica que todos los seres humanos aportamos inconscientemente
información a ese campo colectivo de información de
la humanidad con nuestros pensamientos y actos. Valga
como recordatorio de lo dicho el conocido experimento
del "Centésimo mono". En una isla deshabitada de un
archipiélago japonés unos científicos observaban a una
raza de monos que tenían por costumbre desenterrar unos
tubérculos de la arena de la playa, limpiarlos con las
manos y luego comérselos. Hasta que un día una mona
adolescente tiró un tubérculo al mar y luego se lo comió
descubriendo que el agua quitaba mejor la arena. Desde
entonces comenzó a hacerlo siempre y, en poco tiempo,
otros monos adolescentes imitaron su conducta. Posteriormente
las madres de los monos adolescentes comenzaron a hacer
lo mismo y, al cabo de un tiempo, les imitó el resto
del grupo. Pues bien, cuando un número de monos que
los científicos estimaron en unos cien imitaron esa
conducta ésta se empezó a propagar ¡por los monos de
las islas vecinas con los que los primeros no tenían
contacto alguno ya que había un océano por medio!
En suma, hoy tenemos dos opciones: dejarnos llevar por
el miedo y el pesimismo o asumir actitudes que nos ayuden
a mantener la serenidad individual frente a los acontecimientos
aportando un granito de arena a la mejora de la situación
colectiva. Y aquí es donde aparece la función del trabajo
terapéutico.
La raíz de la palabra terapia está relacionada con la
acción de servir y de cuidar. Luego si la paz es hoy
el bien más necesario, sirvámosla y cuidémosla. ¿Por
qué no aplicar, pues, nuestra capacidad terapéutica
en cultivarla y adquirirla?
En la sociedad de la información en que nos hallamos
ésta puede adquirir un valor terapéutico o intoxicante
considerables. Como ejemplo, basten dos muestras del
pasado reciente. Hitler convenció a casi toda
una nación de que el incalificable genocidio era necesario
repitiendo hasta la saciedad a los alemanes que los
judíos eran una amenaza para sus vidas. Gandhi
-"ese faquir semidesnudo", como lo llamaba Churchil-
hizo temblar los cimientos del Imperio Británico proponiendo
simplemente a los hindúes que tomaran sal del mar sin
pagar el impuesto que les exigía en Gobierno Británico
por ello. La información que aportó era muy simple:
el océano es de todos, no del imperio. He ahí dos simples
muestras del poder de la información.
Hace unas semanas un alto mando militar estadounidense
reconoció ante a la prensa: "Esta es una guerra sucia.
Los talibanes van a mentir. Nosotros vamos a mentir."
Es obvio que la maquinaria de información del sistema
bélico va a intentar hacernos sentir constante miedo
induciéndonos a creer que estamos gravemente amenazados
por un enemigo al que, en consecuencia, hay que destruir.
Pero la realidad es que la paz jamás llegará ya por
medio de las armas. El potencial destructivo que actualmente
hay repartido por el mundo es tal que sólo el diálogo,
la concordia y la justicia pueden conducir a ella. He
querido por ello aportar mi granito de arena y, junto
a unos amigos, hemos creado un portal en Internet: www.pazglobal.org.
Nos gustaría contar contigo.
Añadiré que cuando estaba reflexionando sobre todo esto
tuve el impulso de preguntar a alguien cuya sabiduría
conserva aun la pureza original: "¿Qué podemos hacer
para alcanzar la paz".
Y rápidamente me contestó: "Que cada uno esté en
paz consigo mismo". Ese sabio tiene doce años y
su madre es originaria de Estados Unidos: anglosajona
y musulmana.
TÉCNICAS PARA EL CULTIVO DE LA
PAZ INTERIOR
- Dedica algún tiempo al día -al menos, 20 minutos-
a la reflexión, meditación, oración o cualquier otra
actividad que te conecte con tu ser interior. Aprovecha
para sentir paz y enviarla al planeta.
- Si quieres paz, cultiva las acciones, relaciones y
espectáculos que te aporten paz. Evita aquellos que
te causen estrés, miedo o agresividad. Apártate de la
violencia en todas sus manifestaciones. Procura estar
en paz con los tuyos. La paz en las familias no es distinta
de la paz en el mundo.
- Dedica unas horas a la semana a estar en contacto
con la naturaleza, a contemplarla y disfrutarla.
- Anota en una lista las personas o situaciones con
las que tienes conflicto o "cuentas pendientes" sin
juzgarte por ello ni juzgarlas. Escribe tu firme intención
de ir resolviendo los conflictos. Renueva tu intención
una vez al día. Quizás te sorprendas de que empiecen
a surgir situaciones que te ayuden a ir en esa dirección.
- Haz una lista de los valores que sientes que llevan
a la paz: tolerancia, aceptación de la diversidad, compasión,
no juzgar... Y luego ponla en un sitio visible -por
ejemplo, en un espejo en tu casa- para que estén presentes
en tu vida. Elige uno cada semana y ejercítala.
- Practica la amabilidad. Ésta abre tu corazón y el
del que la recibe. Ahora más que nunca necesitamos sentir
el calor y la cercanía. Como dijo el Dalai Lama, "mi
religión es la amabilidad".
- Evita saturarte de las informaciones de guerra y desgracias
que aparecen en las noticias, especialmente antes de
dormir. Considera que hay muchos que están trabajando
para la paz y los medios apenas se hacen eco de ello.
- Recuerda que la información nutre el alma. Ten la
información necesaria de lo que sucede en el mundo pero
nútrete de informaciones y lecturas que te den paz.
- Y por último, pero no menos importante, pregúntate
"¿qué puedo hacer yo por la paz?". Y no pretendas
una respuesta inmediata. No importa si pasa una semana,
un mes o un año; las respuestas irán llegando en el
momento oportuno.
En estos momentos -y en los que van a venir- el cultivo
de la paz interior puede ser la mejor terapia del mundo.
Y, además, la mejor terapia para el mundo.
Fernando Sánchez