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| HABLANDO
CON LAS PLANTAS |
Aunque mucha gente lo ignora, Colombia
se halla en muchos aspectos a la vanguardia del conocimiento
del arte de curar. Existe en ella, por ejemplo, una
importante escuela de Medicina Bioenergética de la que
es un claro exponente el responsable de la sección Salud
& Armonía de esta revista, el doctor Jorge Carvajal,
quien en su libro Por los caminos de la Bioenergética
(Ed. Luciérnaga) -cuya lectura recomiendo al lector-
realiza una bella exposición de cómo su capacidad para
entender la enfermedad y ayudar a sanar al ser humano
derivada del estudio de la Medicina, se amplió hasta
límites insospechados gracias a los conocimientos que
compartieron con él los sanadores indígenas de su país.
Una escuela de bioenergética que se formó gracias a
las visitas que a aquel país realizaron algunos de los
grandes médicos alemanes del siglo XX como es el caso
de los doctores R. Voll -creador de la Organometría
funcional-, Peter Dotch -creador de la Terapia
neural- y el doctor Reckeweg -creador de
la Homotoxicología-. Y es que en Colombia se
practica hoy una "medicina pragmática" -al igual que
en Rusia- donde la medicina convencional y las medicinas
alternativas no es que caminen de la mano sino que forman
parte de una sola Medicina: la que ayuda al ser humano
a encontrar la armonía aliviando el dolor y poniéndole
en el camino de la salud. La corriente colombiana de
Medicina Bioenergética ha sabido, en suma, aunar lo
más avanzado de la medicina alemana con la medicina
tradicional indígena estudiando el aspecto energético
del hombre como puente para la curación.
Bien, pues durante una breve estancia en Colombia tuve
la oportunidad de conocer al médico bioenergético Holmes
Ramírez y cómo en su consulta, rodeados de cámaras
hiperbáricas y sofisticados aparatos de láser, me hablaba
también abiertamente de los conocimientos de la medicina
indígena. Me explicaría así, por ejemplo, cómo según
la tradición cada especie vegetal posee un "espíritu"
propio, con capacidad para ayudar al ser humano; y cómo
sus ancestros aprendieron a comunicarse con tales "espíritus"
recibiendo de esa forma la información de las propiedades
de cada planta. Palabras que me harían recordar un libro
que me fascinó en mi juventud: La vida secreta de
las plantas. El Dr. Ramírez me diría luego que estaba
aprendiendo a comunicarse con las plantas y a conocer
sus propiedades a través de los taitas -chamanes o sanadores
indígenas- y de la ingesta de una combinación de plantas
denominada yagé. "Un preparado -me diría- que despierta
la intuición y permite una comunicación directa con
la naturaleza", cuyo principal componente es la
planta denominada Banisteriopsis caapi. Y me
ofreció asistir a una sesión.
El yagé posee al parecer dos propiedades principales.
La primera es su carácter emético ya que realiza una
profunda limpieza intestinal al provocar el vómito.
La segunda es psicotrópica, es decir, conduce a estados
ampliados de conciencia en los que la persona accede
a un conocimiento de sí más profundo. Y debo hacer un
inciso para aclarar que si bien la utilización de sustancias
psicotrópicas no está permitida en la mayoría de los
países existen excepciones en algunos donde su consumo
está tan hondamente enraizado en la cultura popular
que las autoridades lo permiten. Tal es el caso de ciertas
tribus de indios norteamericanos en Estados Unidos y
de las culturas indígenas de Perú y Colombia en las
que las propiedades psicoactivas de ciertas plantas
son empleadas como agentes terapéuticos así como en
procesos de iniciación a los misterios de la vida.
El caso es que, aunque sentía cierta aprensión, como
el doctor Ramírez me inspiraba confianza decidí superar
mis miedos y adentrarme en la desconocida experiencia
del yagé. Me presentaría entonces a Florentino Agreda
o Florito -como le gusta ser llamado-, el taita
que nos iba a guiar en la experiencia. Y al atardecer
de un tibio día nos pusimos en marcha en dirección a
una hacienda en plena naturaleza. Cuando llegamos, ya
de noche, pude contemplar los inmensos y majestuosos
árboles del campo colombiano, y escuchar el rumor de
un cercano "ojo de agua". Allí se hallaban unas cuarenta
personas, desde adolescentes a personas de edad avanzada;
después sabría que tenían las más variadas ocupaciones:
informáticos, empresarios, amas de casa, oficiales del
ejército y de la policía, médicos, estudiantes...
El asunto parecía sencillo: sólo había que colocarse
en una colchoneta ubicada en el suelo, junto a la fachada
de la hacienda, al aire libre. Y así, pronto me encontré
tumbado, sereno y sintiendo cómo el ambiente me envolvía.
Luego, una vez estuvimos todos tumbados, comenzó el
proceso. No me atrevería a llamarlo ritual pues carecía
de todo contenido ideológico o religioso. Florito se
limitó a esparcir un poco de incienso con un sahumerio
y a continuación comenzó la toma. Nos dio un pocillo
a cada uno, lo tomamos y nos dispusimos a esperar su
efecto. Cundieron las bromas entre los presentes y luego,
tumbados, la gente continuó hablando en susurros. Nada
mágico o misterioso.
Me recosté en mi colchoneta al lado del Dr. Ramírez
y empecé a respirar pausada y profundamente para relajarme.
Pero el tiempo pasaba y no sucedía nada. Eso sí, de
vez en cuando veía a alguien levantarse porque el preparado
le había provocado el vómito. Pasó una hora y empecé
a ponerme nervioso. Decidí dar un paseo y me acerqué
a Florito para decirle que no sentía ningún efecto.
Sonrió y me ofreció un poco más del preparado. No me
hizo gracia porque es de un amargor insoportable, pero
lo tomé y me fui a tumbar de nuevo. Poco después me
incorporé, inquieto. Algo comenzaba a activarse en mi.
Y me puse a caminar en la noche junto a los árboles.
Quería respuestas pero no las encontraba. Hasta que,
de pronto, mirando a un árbol, se me encendió la "luz":
"Para avanzar, necesitas expresar gratitud".
Entendí en ese momento que una forma de hacerlo era
acudir al lado de alguien que vi que lo estaba pasando
mal y acompañarle. Así que me puse junto a él y traté
de transmitirle paz. Al poco tiempo sentí un claro cambio
en todo mi ser, una vigorización enorme, como si cada
célula de mi cuerpo se llenara de energía revitalizándolo.
Noté mi mente mucho más intuitiva y cómo razonaba a
gran velocidad. Y entendí en ese momento lo que hace
años había estudiado con otro médico bioenergético:
"La función del hombre es ser un transformador que convierta
la Luz del Universo en actos de amor para el planeta".
Bueno, no es que lo entendiera, es que lo experimente
de una forma tan intensa que no había posibilidad de
duda. Literalmente, "vi" cómo la luz llega al hombre,
entra en su sistema de energía, y su conciencia la convierte
en actos de amor hacia sus semejantes. Y entendí también
que para lograrlo sólo es necesario que uno se encuentre
en paz. El problema es que permitimos que nos la arrebaten
tantas cosas...
La secuencia de vivencias internas se sucedió de forma
vertiginosa. Fueron momentos de lucidez en los que traté
de aprehender lo que entendía. Por primera vez, percibí
mi campo de energía tal como lo describe la Medicina
China, como una red maravillosamente compleja de canales
interconectados. Y empecé a comprender lo que me habían
dicho acerca de que el yagé sana. La intensa energía
en la que me veía envuelto comenzó a escanear y limpiar
mis órganos como quien limpia una nevera o un horno
sucios. Es más, sentí que se detuvo especialmente en
el hígado y en el páncreas. Curiosamente, conforme se
iban limpiando percibí las experiencias y emociones
negativas pasadas que se habían acumulado en ellos en
forma de bloqueos de energía. Y cómo cuando me hacía
consciente de ellas sentía un cansancio casi infinito,
como si me encontrara enfermo y con una fiebre altísima.
Luego entendí que el preparado desencadenaba una pequeña
"enfermedad", breve e intensa, como mecanismo para limpiar
los órganos. Y todo se hacía sólo, pero si yo ponía
atención a lo que sucedía el proceso transcurría mejor
y más rápido. Después de algunos periodos de agotamiento
llegó una reenergetización intensa. Sentí una tremenda
vitalidad que se manifestaba en un agradable cosquilleo
en las áreas limpiadas.
Entonces apareció Florito. Fiel al ofrecimiento que
me había hecho antes de la experiencia, vino a buscarme
para hablar. Le conté de mi vida y el de la suya. Me
explicó que su oficio pasa de padres a hijos, que aprendió
el arte de la fitoterapia de su padre y de un maestro
taita. Y me narró algunas experiencias sorprendentes.
Como cuando, siendo muy joven, su poblado se quedó sin
corriente eléctrica al fundirse un fusible del transformador
de alta tensión. Los días pasaban y como el pueblo estaba
bastante adentrado en la selva no venían de la compañía
eléctrica a reparar la avería. Florito decidió entonces
subir a la torre para ver si podía arreglarla y al llegar
arriba recibió una descarga de alta tensión que le hizo
caer al suelo sin conocimiento. Se golpeó la columna
y estuvo más de un año inválido. Empero, con el conocimiento
de las plantas y su fuerza de voluntad logró volver
a caminar. En otra ocasión se cayó desde un puente al
lecho de un río y se golpeó la frente contra las piedras
del fondo. Vio cómo la corriente se llevaba el chorro
de sangre que le salía de la herida y, haciendo un gran
esfuerzo, logró llegar hasta la orilla donde se desmayó.
Su vida estuvo de nuevo en peligro y le costó recuperarse.
Todo lo cual me recordó el libro Quirón, el sanador
herido, en el que un antropólogo sostiene que en
las culturas ancestrales que aún existen, los chamanes
son a menudo personas que, por accidente o enfermedad,
han hecho un viaje por la muerte y han regresado a la
vida con el don de curar.
Con palabras sencillas, Florito me contó que él hacía
terapia emocional porque las emociones negativas enferman
a la gente. Frecuentemente las personas recurrían también
a él para lograr salir de la adicción a las drogas.
Y a tratarse de toda enfermedad grave. O, simplemente,
en búsqueda de un mayor desarrollo de la conciencia.
Después supe que iba cada dos meses a sanar a Chile.
Un chileno enfermo de sida que había recorrido Europa
buscando cura para su enfermedad sin resultado, pasó
de regreso por Colombia, oyó hablar de Florito y le
pidió que le ayudara. Éste accedió y los resultados
fueron tan positivos que desde entonces un grupo de
chilenos que padecen la enfermedad se hace cargo de
sus viajes para que vaya a tratarlos.
Tras hablar con Florito, mi estado fue normalizándose
y nos alcanzó un suavísimo amanecer tropical. Tras las
intensas vivencias y la noche en vela me sentía agotado
pero con una inmensa tranquilidad interior. Aquella
noche las fronteras de mi mente se extendieron muchos
kilómetros. Cuando regresé a España, un conflicto emocional
que venía arrastrando durante años se resolvió en tres
días. Tengo la certeza de que la terapia con yagé lo
permitió.
Florito dejó en mi un grato recuerdo. Amigable, bondadoso
y sencillo, ajeno a toda solemnidad, bromeaba con los
participantes acerca de las peripecias de la toma de
yagé como si fueran compañeros de un juego. Obviamente,
me intrigaba cómo esa combinación de plantas podía ejercer
unos efectos terapéuticos tan intensos. Y la respuesta,
que hallé en mi propia experiencia, es que al entrar
en estados de conciencia profundos hacemos consciente
y liberamos los bloqueos mentales y emocionales que
causan la angustia y las enfermedades. Desde mi experiencia,
toda terapia efectiva da como resultado un mayor conocimiento
de sí, pues éste es fundamental para ser lo que realmente
somos y encontrar la paz.
El doctor Ramírez me contó recientemente por Internet
que ahora está aprendiendo con otro taita llamado Alejandro,
un anciano de ciento ocho años que camina, viaja y se
expresa con total lucidez. Le está enseñando a anticiparse
en el diagnóstico, a conocer lo que tiene un paciente
simplemente sintiéndolo. Y que también investiga
sobre los efectos del yagé para comunicar sus resultados
a una universidad colombiana en la que realizan conferencias
y tomas de yagé con los taitas para investigar su conocimiento
secular. Es evidente que sus títulos académicos no les
impiden acercarse con humildad a los taitas para aprender
su forma de sanar.
La propia Naturaleza es posiblemente el agente con mayor
potencial de sanar y equilibrar al ser humano. Su poder
ha sido conocido en todas las tradiciones. Quizás por
medio de la medicina no convencional este conocimiento
se esté recuperando en Occidente para, apoyado en la
medicina convencional y la tecnología, crear una nueva
medicina para la salud.
Fernando Sánchez
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