Hace un tiempo investigadores médicos en visita científica a países africanos
comprobaron asombrados que los niños prematuros nacidos en ellos mostraban no
sólo una más rápida capacidad de recuperación sino también menor índice de mortalidad.
Y tras mucho indagar, tras desechar factores medioambientales, genéticos, etc.,
llegaron a la conclusión de que eso podía deberse a que, por falta de medios clínicos,
esos niños no eran recluidos en una incubadora, alejados de sus madres, sino que
sus madres los mantenían en sus brazos abrigándoles con sus cuidados amorosos.
Así que esos médicos introdujeron, esperanzados, el sistema africano en sus clínicas.
Si bien a pequeñas dosis. Así que las madres de prematuros pudieron ya sentarse
unos minutos junto a las cunas de sus hijos y hasta hablarles. Y sí, el sistema
africano funcionaba. De manera que esos científicos airearon su descubrimiento.
Un descubrimiento que cualquier madre les habría podido anticipar. Porque las
madres no han suprimido, como la Ciencia, el valor afectivo en sus razonamientos.
Y la razón científica no sólo acostumbra a excluir la importancia básica de los
sentimientos sino que al sacar conclusiones difícilmente tiene en cuenta que la
propia aplicación cultural de la razón científica puede ser causa de enfermedad.
Un ejemplo: a finales de 1983 el Club de Exploradores de Nueva York hizo
pública una nota de prensa indicando que había organizado una expedición científica
que incluía entre sus fines básicos determinar las causas de las resistencias
de los huaoranis -o sea, de esos selváticos aucas con los que conviví en
la Amazonía- a las más dañinas y mortales de nuestras enfermedades. Concretamente
los aucas no padecían de cáncer, ni de enfermedades cardiacas, ni de estrés, entre
otras de nuestras dolencias. Y la ciencia médica tuvo que ir hasta ellos para
llegar a la sospecha -no a la total conclusión- de que eso se debía a que esas
son enfermedades alimentadas por nuestra cultura racional. O sea, irracional.
Ahora los aucas, desplazados de su hábitat natural e integrados en nuestra cultura,
ya disfrutan de los beneficios de nuestras enfermedades.
Evidentemente es
fácil encubrir -consciente o inconscientemente- las falsas razones de nuestros
razonamientos mediante, por ejemplo, pruebas clínicas cuyas muestras son válidas
matemáticamente pero que aun así no cubren la realidad experimental. Y menos válido
es obtener conclusiones estadísticas sin tener en cuenta la adecuada relación
entre muestras y conclusiones. Y esto se da hasta tal punto que un día no me extrañaría
leer que llevar reloj de pulsera puede ser causa de cáncer. En tanto que llevar
reloj de bolsillo es potencialmente menos peligroso. Y, finalmente, que llevar
reloj de pared es un antídoto contra el cáncer. Y esto porque en las encuestas
se hace claro que un 99% de enfermos de cáncer llevaban reloj de pulsera en tanto
que sólo un uno por ciento lo llevaba de bolsillo y, por cierto, ninguno iba con
un reloj de pared.
Y todo eso viene a cuento de una noticia reciente divulgada
por la sapiente Nature Neurocience. La noticia es que la Universidad
de Nueva York ha comprobado encefalográficamente que las personas políticamente
de izquierdas presentan una mayor actividad neuronal en el córtex cingulado anterior
que las personas políticamente de derechas. Por lo que puede deducirse, al entender
de esos científicos de la Universidad de Nueva York, que el cerebro de
las personas de derechas funciona de manera diferente a como funciona el cerebro
de quienes son de izquierdas.
Aclaro que esa afirmación reduccionista que
diferencia a los de inclinaciones de izquierdas con quienes se muestran inclinados
a la derecha se debe a que los científicos de Nueva York han encontrado que los
de izquierdas se muestran más flexibles que los de derechas a la hora de improvisar
ante hechos inesperados así como tienen más facilidad para cambiar de hábitos.
Una conclusión válida pero reduccionista toda vez que el hecho no es que haya
cerebros de derechas y de izquierdas -al margen de que también podemos indicar
que los hay que no se inclinan por ninguno de esos dos extremos- sino que todo
cerebro es una totalidad que procesa información de acuerdo con sus contenidos
emocionales traumáticos y gratificantes. Unos contenidos que no son básicamente
genéticos y que más conforma que genera lo cultural, unos contenidos en definitiva
que son el resultado de los estímulos que hemos recibido básicamente en el transcurso
de nuestra gestación y en la época preverbal, cuando no teníamos capacidad para
discernir, cuando nuestro mundo era perceptivamente tan sólo emocional. De manera
que todo cerebro es reduccionistamente de izquierdas o de derechas, maltratador
o protector, materialista o espiritual... Y sí, eso es cierto para una "ciencia"
como la nuestra que en su metodología fracciona el todo en partes y luego considera
cada una de esas partes un todo pero qué duda cabe de que nuestro yo perceptivo
-nuestro cerebro- es un todo y un todo mucho más complejo en su conjunto y en
sus matices de cuanto la ciencia reduccionista nos quiere hacer creer. De manera
que una misma persona es de izquierdas en unos determinados aspectos y de derechas
en otros. No hay absolutos.
Pero el título de este artículo es: "¿Eso es
ciencia?" Y no, no es ciencia. Porque la auténtica ciencia existe. Incluso
las bases metodológicas utilizadas en esa investigación de la Universidad de
Nueva York que aquí comento pueden considerarse ciencia... pero sus conclusiones
mediáticas altamente esquemáticas, que elevan la parte al valor de totalidad,
que llevan a una dualidad política la alta complejidad de los procesos perceptivos,
eso no es ciencia aun cuando sí se asemeja mucho a la ciencia que estamos acostumbrados
a encontrarnos en el menú cultural diario. Una ciencia, ésta, que busca más aplicaciones
mercantiles que hallazgos intelectuales. Y en ese sentido no sería de extrañar
que nos encontráramos con que quienes mueven la cuna -e intentan apropiarse de
las urnas- nos induzcan a ingerir una cápsulas que anuncien nos pueden hacer más
liberales, tan ágiles mentales como se supone lo son los de izquierdas o tan graves
y sólidos como se supone lo son los de derechas.
Joaquín Grau