Ocurrió hace ya más de dos décadas en Río de Janeiro. Fue en mis primeros viajes
en busca de una información que pudiera ayudarme a esclarecer mis investigaciones
de laboratorio en torno a las modalidades de percepción humana.
Ocurrió en
una zona alejada del centro de Río. Y fue allí donde asistí a la primera umbanda
negra. El terreriro: Caminheiros da Verdade. Se trataba de invocar a los
pretos velhos. A los viejos negros, no a negros con nombre y apellido sino
a las entidades arquetípicas a las que representan. Yo, el único asistente blanco,
me acomodé en una zona alta desde la que dominaba el espacio en el que iba a tener
lugar la ceremonia. Sonaron los atabaques (tambores rituales) y los médiums -todos
los asistentes, mujeres y hombres, lo eran- no tardaron en dar señales de estar
poseídos energéticamente por las entidades que habían sido invocadas. Los cuerpos
se agitaron y se inició uno de los espectáculos más instructivos y fascinantes
de cuantos he presenciado. Una anciana danzaba en torno a sí misma suavemente
al tiempo que iba depositando flores en el suelo. Otra miraba a lo alto y, como
impulsada por una fuerza alada, serpenteaba por la pista. Otra, con ligeras convulsiones
púbicas que electrizaban su cuerpo, se estremecía al tiempo que escondía púdicamente
la mirada. Otra, con la cadencia de un adagio, se movía solícita en torno a las
médiums con gestos de implorar un abrazo. Otro, un médium joven, asumió los rasgos
de un anciano y sus piernas, temblorosas, le llevaron a un rincón, donde, apoyado
en su bastón de nudos y fumando su tosca pipa, se preparó para, poco antes de
ser descabalgados los médiums, poco antes de salir del trance, recibirles y darles
palabras de consuelo así como remedios porque toda umbanda tiene como finalidad
la curación.
Y durante casi dos horas, todos, hombres y mujeres, todos en
trance, se movieron, flamearon, temblaron impulsados por un genio poético que
convirtió la sesión de umbanda negra en el más fascinante de los espectáculos.
No hubo movimientos ensayados, no hubo coreografías surgidas del neocórtex, no
hubo piernas que se levantaran, rápidas y rígidas, todas a un tiempo, a golpe
de cronómetro. Todo era inspiración, todo era dejarse llevar, todo era aparentemente
anacrónico, un fundirse con la Naturaleza, un moverse aparentemente a destiempo,
en forma muy personal. Pero visto en su conjunto era de una sincronía y armonía
perfectas. Era la variedad hecha unidad. Era la fuerza cinética de eso que llamamos
espíritu.
Y eso, en mayor o menos medida, he ido viendo en todas las sesiones
de umbanda negra, de candomblé y de vudú a las que he asistido. Porque un negro
pocas veces impone su voluntad a la voluntad superior que le incorpora. Y no decide
nunca cuál debe ser la entidad que le incorpore. Es cierto que todo médium, hombre
o mujer, ha sido antes desposado con una entidad y que esa entidad -entendiendo
por entidad unas determinadas vibraciones de la Naturaleza- será luego la que
más profusamente le incorpore pero cierto es también que la misión de todo jefe
de terreiro es descubrir qué entidad corresponde a cada médium. O más claro aún:
conocer qué entidad quiere desposarse con el médium. Porque no es el médium quien
elige sino la entidad. Y así, las curaciones son fruto de la inspiración. Es la
entidad quien habla. Es la entidad quien aconseja remedios, la que cura. El hombre,
la mujer, son sólo el vehículo, el medio.
Tenda Mirim, también en Río
de Janeiro, era hace más de dos décadas -cuando la visité por primera vez- un
centro de umbanda creado, organizado y regido por un blanco. Era el más importante
de los centros de umbanda de Brasil. Tenía terreiros en todos los estados y contaban
con miles de fieles.
Asistí a una ceremonia de curación en Tenda Mirimy
y allí no sonaban los atabaques, allí se escuchaba el órgano interpretando a Bach.
Y era Benjamín Figueredo, el fundador y primer jefe del centro, quien abría
y cerraba las sesiones. Quien daba órdenes a sus muchos subordinados y también
a los caboclos (primitivos pobladores blancos autóctonos de Brasil). Porque en
Tenda Mirim, donde Cristo -así rezaba un rótulo- era el Gran Médium, el
que tocaba el silbato y decidía qué entidades se incorporarían y cuándo debían
hacerlo era el jefe del centro, no los caboclos. Y así, porque quienes jerárquicamente
regían el centro eran blancos, todo estaba reglado y medido. Mujeres a un lado
y hombres a otro. Y quienes iban a curarse, a efectuar una limpia de "descarga",
debían recorrer una hilera de médiums que recibían las cargas negativas y tras
esos médiums otros que a su vez las descargaban. Todo era neocórtex. Todo estaba
sujeto a una ordenanza. Y las entidades, no importa cuán altas pudieran estar
en su cielo, debían someterse al dictado de la voluntad humana. Era la curación
en blanco, todo lo contrario de la curación en negro. Era el afán de nuestra cultura
blanca de someterlo todo a la uniformidad. Era la necesidad de controlar y dominar.
Era la destrucción del orden natural, orgánico. Porque en la umbanda negra los
médiums actuaban holísticamente, como una analogía del cuerpo humano. Cada uno
era una célula que se dejaba llevar por los estímulos de la Gran Energía. Y el
médium sabía -sin saberlo conscientemente- que esa diversidad celular sería precisamente
la que generaría la armonía de la superior unidad pluricelular. Es la integral
unidad de lo aparentemente distinto. Es, analógicamente, la variedad de los órganos
humanos -riñones, hígado, corazón...- que cada uno con su distinta función conforman
la unidad integral que hace posible nuestra vida.
El blanco, en cambio, impone
su orden y su medicina. En definitiva, su concepto de la salud. No se deja llevar
por los "dioses", los utiliza. No habla con la dolencia, no intenta comprenderla,
se impone a golpe de fármaco y de bisturí hasta destruirla, que es destruirse
a sí mismo. No abre nuevos cauces a los desbordamientos, se limita a levantar
diques, a cimentar barreras. No es de extrañar que en la umbanda negra el juego
y la risa sea una constante. Y que en toda umbanda blanca los rostros se muestren
tensos, adustos. Y lo curioso es que los negros se refieren a sus umbandas terapéuticas
diciendo que van a trabajar. Los blancos, por el contrario, no las consideran
trabajo pero se las toman tan en serio que acaban agotados. Porque es muy dura
la misión que nos hemos impuesto de controlar y dirigir a hombres y a dioses.
De controlar y dirigir a la Naturaleza. De controlar y dirigirlo todo.
Hace
unos pocos años volví una vez más a Brasil y comprobé que las umbandas negras
son un poco menos negras en tanto que las umbandas blancas -la de Tenda Mirim
incluida- son más caóticas pero no menos blancas. Es una lástima que, en gran
medida, esa caótica polución de la medicina reglada blanca no sea uno de los puntos
a debatir en las conferencias oficiales occidentales en torno a la polución medioambiental.
Joaquín Grau