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| "LO
QUE USTED DIGA, DOCTOR" |
Se
sabe que en Babilonia, una cultura heredera de la cultura
matriz sumeria, la Medicina era ejercida por los magos,
que eran sacerdotes y médicos al tiempo. Y era así porque
en aquellas culturas, con grandes reminiscencias animistas,
cuerpo y alma, o lo natural y lo sobrenatural, no se
habían todavía escindido. Y ni que decir tiene que en
aquellos remotos tiempos en que el poder era teocrático
toda persona oficialmente investida como mago tenía
un casi omnímodo poder.
Pero pasado el tiempo el alma se escindió culturalmente
del cuerpo, si bien adquiriendo preeminencia sobre éste,
y fueron, en nuestra cultura, tiempos en que salvar
el alma era curarnos. Y así, manteniendo el antiguo
poder de los magos, el sacerdote exigía fidelidad. Total
sumisión. No en balde el sacerdote, ese ser elegido
por Dios, ostentaba el poder de sanar los cuerpos enfermos
de pecado con la palabra y el sumo medicamento de la
hostia consagrada. Rito antropofágico el de la comunión
que tiene la virtud de limpiar toda mancha.
Y el tiempo ha seguido pasando y ahora aquellos sacerdotes
que dictaban nuestras vidas porque se habían atribuido
el derecho a decidir sobre nuestra muerte han sido sustituidos
por los médicos, sacerdotes del cuerpo que se atribuyen
el derecho a dictar nuestra muerte al haberse apropiado
del derecho a decirnos cómo tenemos que vivir.
Y así, en general, los médicos, nuevos sacerdotes del
cuerpo, también exigen fidelidad y sumisión hasta el
punto de imponernos la obligación de ser pacientes.
Así nos llaman. Y porque así nos consideran nos dan
también su hostia consagrada. En este caso, una hostia
química, cierto es que no siempre blanca aunque casi
siempre redonda. Y pocas personas hay que no la tomen
sumisamente con la bovina actitud de un paciente. Es
el poder del miedo. Del miedo un día a los tormentos
del Infierno y de los miedos ahora a los tormentos del
cuerpo.
Pero, ¿debe ser así?
No y por varias razones: la primera, y decisiva, que
nadie será él mismo si no asume la soberanía de su vida
y de su muerte. No más miedos. Y que nadie nos diga
si nos quedan tres años o dos días de vida. Entre otras
razones, porque ese alguien juzga nuestra pervivencia
en función de unos conocimientos limitados. Además,
¿tiene la medicina oficial en cuenta nuestra capacidad
personal de supervivencia? No más sentencias de muerte
avaladas en la prepotencia y en la ignorancia. No más
Juanas de Arco ardiendo por causa de no ser obedientes
y pacientes. Y puedo asegurar que no escribo esto por
escribir. Conozco personas que han cumplido pacientemente
el veredicto de muerte de sus médicos. Podían haber
luchado pero se entregaron a esa instancia superior
que les condenaba a muerte. Si bien debo añadir aquí
que no todos los médicos se creen tan infalibles como
la Iglesia.
Además, ¿no hay más medicina que la bendecida por el
Sanedrín del Colegio Médico? Y conste que no digo que
ésta no sea medicina. E incluso digo que en muchos casos
es una magnífica medicina. Que no escribo contra la
medicina sino contra la actitud de muchos de cuantos
la ejercen. Reminiscencia todavía del antiguo mago y
del más cercano -en parte, todavía actual- sacerdote.
Pero ese reconocimiento de los fundamentos científicos
de la medicina oficial no debe ocultar el hecho de que,
al igual que un día el pueblo fiel no sabía -no podía
saber- qué le estaban dando con la hostia porque todo
era un acto de fe, también ahora nos dan tabletas que
sólo los laboratorios que las fabrican saben si sanan
o enferman.
Porque también ahora todo es un acto de fe. Y no sólo
de fe del paciente sino también del médico que -en ningún
caso- tiene acceso a los secretos de ese Vaticano
fabricador de hostias químicas que son los laboratorios.
Y además, díganme: ¿quién conoce mejor su enfermedad
que el propio enfermo? Aunque crea no conocerla. ¿Y
es enfermedad la enfermedad? O es sólo una advertencia
de que la vida que llevamos no es nuestra vida? ¿Por
qué no aprendemos a escuchar a nuestro cuerpo, a serle
fiel, a sernos fieles, a ser sumisos sólo a nosotros
mismos y cambiar el rumbo de nuestros pasos antes de
que la somatización nos obligue a ir a la Iglesia-Hospital?
Podría añadir decenas de razones más pero todas ellas
se resumen en una: no dejemos que el sufrimiento eclipse
la razón, seamos en todo momento críticos con todos
-especialmente con nosotros mismos-, seamos insumisos
ante la sumisión.
Ya saben: "¿Y tú qué harías si el médico te diera
sólo una semana de vida?" Y uno de los tres preguntados,
repuso: "Hombre, yo me recluiría en un monasterio
y me hincharía a pedir perdón por mis pecados". Y
el otro: "Yo no, yo haría de esa semana una juerga
sin fin". Y el último, un no paciente: "Pues
yo lo primero que haría sería cambiar de médico. Y si
lo creyera adecuado, incluso de tipo de medicina".
lo que consiguió con su política de no reacción. En
realidad, la vulnerabilidad que creemos mostrar cuando
no respondemos con la misma agresividad con la que somos
atacados se convierte en nuestra fuerza.
Joaquín Grau
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