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| EL
HECHO Y LA INTERPRETACIÓN |
Se cuenta que había un sabio muy
sabio que investigaba el secreto de las dos patas saltadoras
de una pulga. Y ese gran sabio cogió la necesaria pulga,
la puso sobre una mesa y la dijo que saltara. Y la pulga
saltó y el sabio observó que había alcanzado una altura
de un metro. Puesto que el sabio era un gran sabio y
sabía que había unas no menos sabias leyes estadísticas
hizo que la pulga las cumpliera saltando una y otra
vez. Y así, la pulga saltó lloviendo, en tiempo de sequía,
dentro de casa, fuera, etc. Mil veces saltó la pulga
y las mil veces alcanzó la altura de un metro. Con lo
que la experiencia pasó a ser Gran Ley: "Cuando la
pulga conserva sus dos patas saltadoras alcanza la altura
de un metro".
Aceptada ya esa primera premisa, el gran sabio cortó
una de las patas saltadoras a la pulga y repitió una
y otra vez el mismo experimento comprobando que tan
sólo alcanzaba una altura de medio metro. Y así surgió
una segunda Gran Ley: "Cuando a una pulga se le corta
una de sus dos patas saltadoras alcanza una altura de
cincuenta centímetros".
Y esas dos grandes leyes, que eran dos premisas científicas
básicas, tenían que llevar a una conclusión. Así que
el gran sabio cortó la segunda pata saltadora de la
pulga observando entonces que ésta no obedecía sus órdenes
de que saltara. Y la Gran Conclusión fue: "Cuando
a una pulga se le cortan las dos patas saltadoras se
vuelve sorda".
Sí, ya sé: es un chiste. Y es un chiste, además, contado
por alguien -el que esto firma- al que no se le da solvencia
científica. Porque si fuera un santón de la ciencia...
V. S. Ramachandrán, reputado neurólogo, un día
en que al parecer estaba de humor escribió un ensayo
expresamente disparatado en el que exponía las razones
por las que los hombres las prefieren rubias. "Con
gran asombro por mi parte -escribió Ramachandrán
en su libro Fantasmas en el cerebro, en el que
transcribe el texto de ese ensayo-, cuando envié
mi burlesco ensayo a una revista médica lo aceptaron
inmediatamente. Y todavía fue mayor mi sorpresa al comprobar
que muchos de mis colegas no le veían la gracia: para
ellos mis argumentos eran totalmente plausibles".
Claro que Ramachandrán es una autoridad y además exponía
su ponencia-chiste con terminología médica. Así que:
lo que usted diga, doctor, siempre que lo diga en jerga
médica.
Pero volvamos a la pulga: ¿es un chiste que confundamos
los hechos concretos con su interpretación? En absoluto.
El gran error de nuestras vidas es que a menudo vivimos
de falsas interpretaciones. Falsas... pero aceptadas
como verdaderas. Unas veces porque somos tan racionalmente
estúpidos que no sabemos establecer razonadamente los
términos de una proposición. Otras, porque las verdades
sentidas de nuestra experiencia vital nos llevan a esos
errores. Y casi siempre porque establecemos conclusiones
sobre premisas falsas. Falsas pero que damos por ciertas.
Por ejemplo, científicos de Estados Unidos, comandados
por un gran sabio llamado Robert Plomin, han
seleccionado a doscientos niños normales. Su propósito
es establecer el mapa genético de esos niños normales
a fin de poderlo contrastar después con otro mapa genético
obtenido con niños geniales. Y de esa manera llegar
a conocer cuál es el gen de la genialidad. Gen que,
naturalmente, venderán a buen precio. Maravilloso. Y
digo yo, que soy estúpido pero no tanto como para no
saber que lo soy, ¿conoce realmente alguien qué es eso
de un niño normal? ¿Y qué es eso de un niño genial?
¿Y qué ocurrirá si implantan ese considerado gen de
la genialidad? Todo interpretación. Y nada objetaría
contra la interpretación si se aceptara como tal. O
sea, como algo sujeto a error. Lo malo es que se la
confunde con un hecho, con una verdad sensiblemente
contrastada. Y así, luego, como con la pulga, consideran
sordos a los que están cojos.
Joaquín
Grau
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