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TRANSPLANTE DE SEGUNDA MANO |
En el año 1985 una sierra mecánica
dejó sin mano derecha al neozelandés Clint Hallam.
Trece años después ocho médicos del hospital francés
Edouard-Herrior, en Lyon, le trasplantaron una nueva
mano procedente de un recién fallecido.
Fue una operación pionera que unos consideraron un éxito
médico y otros consideraron no ética toda vez que le
condenaba a estarse medicando de por vida. O sea, a
pasar de ser un manco sano a ser un diestro enfermo.
Durante un tiempo Clint Hallam dio la impresión de que
su nueva mano y él se llevaban bien porque nada anunciaba
un posible rechazo. No obstante, pasados esos primeros
meses de trasplante Clint Hallam empezó a pedir -luego
ya a suplicar- que le quitaran del brazo esa mano que
no le pertenecía. Pero los ocho médicos que le trasplantaron
esa mano de un muerto se negaron a aceptar una devolución
que -y de eso no cabe duda- mermaba el prestigio que
habían adquirido con su largo y laborioso trabajo de
costura. Y si ahora esa mano se pudría eso no era cosa
de ellos sino de Clint Hallam, un paciente tan poco
paciente como para no estar tomando los medicamentos
antirrechazo que ellos le prescribieron. Y ni escuchar
quisieron las palabras de Clint Hallam, quien afirmaba
una y otra vez que si había dejado de tomar esos medicamentos
era porque no soportaba la mano de un extraño. Finalmente,
en febrero de este año, uno de los médicos que realizó
el trasplante -Nadye Hakim- intervino a Clint
Hallam en una clínica privada de Londres y en menos
de una hora le quitó esa mano derecha que no uno, sino
ocho cirujanos, tardaron trece horas en coserle.
Con toda seguridad el lector ya conocía -o tenía una
idea- de esta historia de una mano de quita y pon. Y
siendo así, ¿entonces...?
Entonces hágame un favor, mírese la mano derecha. Mírela
bien. Es su mano. La mano -salvo que sea zurdo- con
la que ha forjado su vida. Con ella ha golpeado pero
también ha acariciado. Y aún tiene en la piel de la
palma de su mano el dulzor cálido de una piel amada.
Si es mujer, ¿recuerda el momento en que su mano recibió
el fruto recién nacido de su vientre? Y si es hombre,
¿guarda todavía memoria de esa mano que no sabía cómo
mover para sujetar la cabeza de su bebé? Esa mano que
ha quitado la fiebre de la frente de la persona amada
y que ha consolado a quien moría. Esa mano que a veces
hemos mirado con desprecio, mano húmeda, asustada. Esa
mano con la que hemos amasado el pan y hemos ofrecido
el vino, que pan y vino es todo acto de vida. Y con
esa misma mano hemos dicho "ven". Y con esa misma mano
hemos tenido que decir adiós a cuanto se nos iba. Esa
mano sacra que en la Capilla Sixtina une su dedo al
del hombre y le dice "ya eres"... porque eres manos.
También manos que apresan, qué duda cabe, manos que
sujetan con dentellada de dedos, pero manos también
generosas que se abren y dan. Manos que bendicen.
Mírate las manos, lector, mira tu mano derecha; cierto
es que en ella estás tú, y no en las rayas de la palma
de tu mano sino en el recuerdo táctil que esa mano guarda.
Y dime, ¿qué otra mano puede ser la tuya?
Esa otra mano que Clint Hallam llevaba en su muñeca
y no era suya... ¿de quién era esa mano? Y ese otro,
ya muerto, con una mano condenada a pudrirse pero que
seguía viva en otro brazo, esa mano, ¿a quién había
acariciado? ¿Que otra vida-mano era esa mano muerta
pero con vida?
Un riñón es algo que excreta orina, algo no sólo un
tanto impúdico sino que, además, está oculto; yo no
veo mis riñones, simplemente sé que están. Y puedo aceptar
que uno de mis riñones -aquí importa menos que sea el
derecho o el izquierdo- haya pertenecido a otro. Incluso
el corazón, con ser el símbolo del amor, es injertable
porque cierto es que late; pero más y mejor late, con
su aleteo, la mano que expresa nuestros sentimientos.
Y también el corazón está dentro, forma parte de un
universo personal oculto. Y lo mismo si trasplantamos
un cerebro porque, aparte de ser también mobiliario
anatómico interior, eso lleva a la paradoja soportable
de que no seré yo luchando con un cerebro ajeno sino
que -eso dicen y eso parece- mi yo será el de ese otro
cerebro. Algo indudablemente obsceno por osado pero
que exime de conflicto. No en balde la antigua mitología
sabía que la mejor manera de ocultar a alguien de los
dioses era injertarlo en el cerebro de ese dios perseguidor,
el único lugar donde ni los dioses pueden encontrar
a sus enemigos porque cuanto está en nuestro cerebro
pasa a ser nuestro. No hay conflicto.
Pero las manos... Puede comprarse un coche de segunda
mano, pero, ¿podemos soportar un trasplante de segunda
mano? Eso es algo que ningún médico ha tenido en cuenta.
Los cirujanos que injertaron la mano a Clint Hallam
aún ahora le reprochan que dejara de tomar los fármacos
antirrechazo pero ninguno de ellos -y con ellos ningún
otro médico, por lo menos públicamente- ha considerado
el aspecto emocional de algo aparentemente tan simple
como llevarse un pitillo a la boca con una mano que
no es nuestra mano pero que está en nosotros gritándonos
a los ojos, con cada inhalación, que esos dedos que
sujetan el cigarrillo son dedos de otra vida.
Joaquín
Grau
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