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| LA
NECESARIA REBELIÓN DE LOS NIÑOS |
David Satcher -Director
General estadounidense de Salud Pública- ha presentado
un informe titulado "Agenda nacional de acción para
la salud mental de los niños" en el que advierte que
"la nación se está enfrentando a una crisis en cuanto
a la salud mental de los niños y adolescentes".
Concretamente, el informe afirma que en Estados Unidos
uno de cada diez niños y adolescentes sufre un trastorno
psíquico lo suficientemente severo como para causar
algún tipo de discapacidad y que sólo uno de cada cinco
recibe tratamiento. En España los porcentajes son más
bajos. Se estima que en nuestro país sólo -y nada menos-
que alrededor de un 24% de los niños y adolescentes
padece alguna vez en su vida una patología neuropsíquica.
Y que el porcentaje es del 15% en el caso de los menores
de 12 años. Si bien la Organización Mundial de la Salud
ya ha advertido que ese porcentaje, en toda Europa,
será en el 2020 del 50%. Lo que le lleva a denunciar
la no existencia de psiquiatras especializados en niños
en nuestro continente. Porque en Estados Unidos sí que
los hay.
Es de agradecer que las organizaciones médicas se preocupen
de la salud de los niños. Que a nadie se le oculta -y
menos a mí como creador de la terapia Anatheóresis-
la gravedad de aquellos daños que muestran su somatización
en estadios de vida tan precoces como la infancia. Ahora
bien, teniendo en cuenta que las enfermedades son sociales,
el problema está en qué es lo que se considera enfermedad
y qué no. O en qué grado del comportamiento se sitúa
el listón llamado enfermedad.
He escrito que la enfermedad es social y aclaro que
lo es por dos razones. Una, lo es porque la enfermedad,
aparte posibles causas biográficas -por ejemplo una
enfermedad genética-, es consecuencia de una cultura.
O sea, del caldo de cultivo social. La otra razón, que
es la que aquí más importa, tiene su explicación en
la valoración social de lo que es o no enfermedad. Y
más ahora en que los países avanzados deben hacer un
catálogo de enfermedades a fin de situarlas o no dentro
de las prestaciones sociales. Así, cuanto más rico y
culturalmente avanzado es un país mayor es su catálogo
de enfermedades. Actualmente en nuestro país la Seguridad
Social atiende malformaciones que hace pocos años nadie
consideraba enfermedad. Era simplemente tener los dientes
feos. O era, en otros casos, tener muchos granos. ¿A
qué niño llevaban al médico por llegar a casa con un
churrete de moco verde?
Y bien está que nos quiten los mocos, si nos los quitan
sin enfermarnos debido a un exceso de antibióticos,
pero mal está que acabemos considerando que el simple
echar mocos es una enfermedad.
Me explico: según las organizaciones psiquiátricas oficiales
que han intervenido en el informe que ha dado al mundo
el doctor David Satcher, entre las enfermedades infantiles
que hay que combatir se encuentran las de comportamiento.
Y de acuerdo con el informe son enfermedades del comportamiento
la desobediencia, la arrogancia, la actitud desafiante,
la rebeldía, el que un niño se distraiga fácilmente,
el que no escuche nada de lo que se le dice, hablar
demasiado en clase, mostrarse todo el día inquieto...
También se consideran enfermedades -en este caso de
ansiedad- el miedo a ir a la escuela, las dificultades
para dormir, el no separarse de los padres y otras actitudes
parecidas.
Cierto es que también se consideran enfermedades casos
de depresión y la anorexia.
Pero si dejamos la depresión y la anorexia y consideramos
tan sólo las llamadas enfermedades de comportamiento
y de ansiedad, estoy seguro de que ni uno solo de mis
lectores ha sido un niño sano. En lo que a mí respecta,
si tenemos en cuenta lo que el informe entiende es enfermedad
infantil, he sido un catálogo de patologías. Y lo más
grave: resulta que los psiquiatras consideran que, aparte
alguna aportación de la Psicología, todas esas llamadas
enfermedades deben ser tratadas con fármacos. Pobres
niños nuestros, qué triste porvenir les espera. Porque
de ese informe se desprende que, de tomarse en serio,
aparte de aumentar los beneficios de las multinacionales
médicas, sanos tan sólo estarán aquellos niños que digan
a todo "sí, mamá", que bajan la cabeza cuando se
les habla, que ni por asomo se les ocurra discutir lo
que se les impone, que no golpeen el suelo con el pie
dando muestras de disconformidad, que estén sin distraerse,
constantemente atentos a todo, que ir a la escuela les
parezca el mejor regalo... En resumidas cuentas, que
nuestro hijo se pase el día entero muy quietecito delante
del televisor o jugando con su consola y que ni se le
ocurra discutir una orden. O sea, que el día de mañana
sea un súbdito sumiso y obediente aun cuando se le haya
puesto cara de gilipollas.
Y esto es cultura y alta civilización. Pues lo será...
pero yo prefiero a mis aucas, esa etnia amazónica que
vivía en el Paleolítico y que me mostró la riqueza de
una cultura totalmente lúdica. Y lo lúdico no es sólo
jugar, es ser todo eso que al parecer nuestros descendientes
estarán condenados a no ser.
Invito a mis lectores a que lean "Mi vida con los
aucas", el libro en el que describo la vida tribal
de los aucas, una etnia considerada primitiva y salvaje
en la que, no obstante, el juego es vida. Y en la que
la vida es libertad y afirmación de las potencialidades
de cada componente del grupo. Un niño auca juega con
los adultos, juega constantemente, cuerpo a cuerpo,
hechos grupo con el grupo, con juegos auténticos, con
juegos que no tienen reglas, que no requieren un árbitro...
porque el juego no consiste en ganar sino en jugar.
Y jugar es rebelarse y revelarse. Es ser y manifestarse.
Claro que, ¿dónde pueden jugar libremente nuestros niños
urbanos? ¿En la calle? Imposible. Y en casa, como no
se muera de una vez el pesado del abuelo y deje una
habitación libre...; pues eso, si es que el niño no
tiene ni habitación propia. No, el problema no es la
falta de psiquiatras infantiles, el problema es que
nosotros, los adultos -psiquiatras incluidos-, estamos
enfermos y no nos percatamos de que estamos inoculando
nuestra enfermedad a nuestros hijos. Pero no importa:
la vida siempre gana y nuestros hijos serán cada vez
más rebeldes -eso que llamamos enfermedad- y su rebeldía
será su liberación.
Joaquín
Grau
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