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| EL
SEÑOR DE LOS SAURIOS |
La evolución humana -desde el cigoto
hasta la muerte- sigue las pautas de la evolución de
la vida: desde el primer barro calentado por el sol
hasta nuestros días. Y ya fuera del agua -nacidos tras
nueve meses de océano amniótico- iniciamos el rodaje
de nuestro primer cerebro. Ese cerebro reptiliano que
nos obliga a gatear y a abrir la boca en constante exigencia
de alimento. Somos seres adormecidos con sólo dos impulsos
básicos: comer y tratar de no ser comidos. Nuestra motivación
vital es simplemente sobrevivir. En realidad, no es
una motivación nuestra, es la vida la que busca sobrevivirse.
Por eso a la exigencia del alimento sigue muy pronto
la de procrear.
El fisiólogo Paul McLean explicó que a ese primer
cerebro reptiliano, casi sólo centrado en los movimientos
de ataque y huida, le siguió un nuevo cerebro más evolucionado
-el límbico- cuya característica básica fue la de estar
capacitado para sentir afecto. Surgió así un cerebro
social, capaz de unir a cuantos lo poseían en unidades
tribales. Y de esa manera, siempre en busca de una mejor
forma de sobrevivir, los primeros monos límbicos pudieron
vencer a los más solitarios saurios.
Recuerdo -lo cuento extensamente en mi libro Mi vida
con los aucas- el día en que Tita, el mejor
cazador de la tribu, capaz de desafiar al solitario
jaguar y vencerle, me expresó su temor ante una manada
de pécaris -pequeños jabalís amazónicos- porque, dijo,
al atacar en manada de hasta cuarenta un cazador podía
matar uno, dos, quizá tres, pero no tenía lanzas para
abatir más ni le era posible seguir matando pécaris
ante el ataque en masa de la manada. Que ya se sabe
que el pécari unido jamás será vencido.
Así pues, con el cerebro límbico surgido un día en el
cráneo de un mono nocturno la vida no mejoró pero sí
alcanzó mayor capacidad de supervivencia. Si bien esto
-lo he consignado ya- fue sólo una estrategia del propio
y mismo cerebro reptiliano puesto que se trataba de
encontrar una mejor forma de atacar o de huir. En definitiva,
de ser más fuerte para mejor asegurar el alimento.
Pero a la vida, al parecer, no le bastó crear eso que
ahora llamamos amor sino que siguió buscando nuevas
formas de mejor asegurarse el alimento y sobrepuso al
cerebro límbico una corteza gris capaz no sólo de hacerle
más fuerte sino -y este es el gran hallazgo de la vida-
capaz también de justificar sus actos.
Ahora, con su masa gris -eso que llamamos cerebro razonador-
quien tiene poder puede asegurarse todos los deseos
reptilianos y justificarlos con las mil razones de una
moral que no es ética. La moral del cerebro razonador
es sólo coherencia. Y, por ello, puede ser cambiada
si así conviene. Y lo que más importa, la moral, que
es dual, enjuicia generando el antagonismo entre algo
que consideramos el Bien -y que es sólo lo que a nosotros
conviene para nuestra supervivencia- y el Mal -que es
algo que atribuimos al otro, a quien tratamos de comer-.
Y así creamos un Dios bueno y "nuestro" que bendice
nuestra mesa, un Dios que se opone, naturalmente, al
Dios Malo, que es precisamente el que los otros afirman
y sostienen que es el Dios bueno, único y verdadero.
Y lo que es la pugna de dos grandes saurios por comer
y no ser comidos ha pasado ahora a ser un Armagedón,
esa terrible batalla apocalíptica en la que los Hijos
de Dios se oponen a los Hijos de las Tinieblas. Sólo
que esos dos grandes saurios -ambos ya en nuestros días
con sus respectivas masas grises- se atribuyen, cada
uno, ser ellos los Hijos de la Luz. Algo comprensible
en un cerebro reptiliano que se ha hecho dicotómico
y que expresa simplemente que tanto unos como los otros
lo que intentan es justificar que no desean ser comidos,
que tan sólo -y nada menos- desean ser quienes posean
toda la comida. O sea, el Poder.
Evidentemente, no es lícito llenar los propios graneros
a expensas de graneros ajenos, ni es lícito tampoco
que algunas de las tribus que se alimentan del grano
ajeno erijan descomunales torres fálicas en un exhibicionismo
simbólico de su hartanza. Y menos lícito es que unos
y otros llamen Dios a lo que es sólo búsqueda de aliados
poderosos.
Dios no puede ser invocado. Y no puede serlo porque
eso que llamamos Dios es sólo un anhelo de nuestra debilidad
humana. Y si bien es verdad que en todo corazón anida
un ansia de trascendencia, esto, que puede llamarse
divino por ser un sentimiento de un algo más y mejor
que nosotros, esto, que es inefable, no es el Dios teológico
de nuestras religiones monoteístas.
No hay un posible Armagedón, no hay Hijos de la Luz
ni Hijos de las Tinieblas, hay simplemente reptiles
que poseen más de lo que pueden consumir y reptiles
que son desposeídos de la comida. Y hay un cerebro límbico
-también reptiliano- que no ilumina sino que incendia
a quienes -quizás por tener poco- se sienten tan inseguros
que necesitan lanzar a la batalla a su Dios. A ellos
mismos hechos Dios.
Y la crueldad reptiliana sigue imperando. El cerebro
gris ha generado armas apocalípticas. Armas que inevitablemente
el cerebro reptiliano lanzará contra sí mismo si el
cerebro límbico apela a la cólera de Dios y el cerebro
razonador lo justifica en nombre de los "buenos" de
la humanidad. Y la humanidad, alcanzada ya la cima de
su evolución -que al parecer es ser un saurio cada vez
mejor armado y más vengativo-, descansará en paz. Aunque
no en la del Señor de los Justos sino en la del Señor
de los Saurios.
Juaquín Grau
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