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| EL
ORIGEN DE LA ENFERMEDAD ES, BÁSICAMENTE, EMOCIONAL |
En 1978 -como quienes me leen asiduamente
ya saben- conviví durante un tiempo con una tribu de
la etnia huaorani. Los huaorani -más conocidos por el
nombre quéchua de aucas- habitaban en la zona amazónica
de Pastaza, en Ecuador. Era una etnia que prácticamente
vivía en el Paleolítico y algunas de sus tribus -entre
otras, la que me acogió- llegaban incluso a desconocer
la existencia del "hombre blanco". O sea, del hombre
de nuestra cultura y, en general, de cualquier otro
tipo de humano que habitara más allá de la selva puesto
que para ellos el mundo terminaba donde terminaba la
selva.
En mi libro "Mi vida con los aucas" el lector
puede encontrar todo un estudio antropológico de su
tipo de vida pero aquí indicaré tan solo que era una
cultura sumamente primigenia, analógica, totalmente
integrada en la Naturaleza. Sirva de ejemplo decir que
la selva era, a entender de ellos, la Gran Madre, la
que les nutría. Y, así, entendían también que ellos
no mataban animales sino que la Madre Selva se los daba.
Y entendían también que si cazaban para más de tres
días esa misma Madre Selva les castigaría. Y eso, en
su cultura analógica, equivalía a decir, en el primer
caso, que mataban -y así era- aquellos animales menos
dotados para sobrevivir, algo que Darwin hubiera
anotado en el haber de su selección natural de las especies;
y en el segundo caso, que si cazaban para más de tres
días -que era el tiempo en que se conservaba comestible
lo cazado- el castigo sería destruir la despensa-selva
quedándose sin posible comida.
Un breve resumen, el que antecede, con el que intento
dejar claro que los aucas vivían -y digo vivían porque
el "hombre blanco" ya ha acabado con ellos- totalmente
mimetizados con la Naturaleza: desnudos, sin concepto
de jerarquías, lúdicos, sin más trabajo que el de alargar
la mano para coger alimento vegetal y soplar por una
bodoquera para cazar al mono, su alimento básico, conviviendo
sexualmente los hermanos solteros con las mujeres de
los hermanos casados, acariciándose afectivamente cuando
se buscaban los piojos -que eliminaban comiéndoselos-
y mil cosas más que se pueden leer en mi libro. Y claro,
ustedes dirán que eran unos salvajes, unos inmorales
y unos guarros y que, lógicamente, estarían llenos de
enfermedades. Pues bien, lean lo que sigue: a finales
de 1983 el Club de Exploradores de Nueva York
hizo pública una nota de prensa indicando que había
organizado una expedición científica que incluiría entre
sus fines básicos "determinar las causas de la resistencia
de los huaoranís -o sea, de los aucas- a las
más dañinas y mortales de nuestras enfermedades".
Porque, concretamente, los aucas no padecían cáncer,
ni enfermedades cardiacas, ni estrés, ni las restantes
dolencias básicas o enfermedades mortales que azotan
nuestra cultura blanca. "James Larrick
-añadía la nota de prensa-, médico que encabeza una
expedición de ocho facultativos y experto en Genética,
espera poner en marcha el primer "banco" genético de
un grupo aislado de indios amazónicos. Y estudiando
esas muestras de genes procedentes de los huaoranís
se podrá determinar por qué los miembros de esta tribu
no padecen las enfermedades más comunes que se dan en
las sociedades civilizadas". A lo que James Larrick
añadió: "Y quizás podamos resolver, al tiempo, una
incógnita mayor: por qué el hombre occidental padece
las enfermedades que él mismo produce".
Desconozco los resultados médicos a que llegó -si llegó
a algún resultado- el doctor Larrick, de quien tan sólo
puedo añadir que, si por un lado era un optimista de
la genética, por el otro, en cambio, mostraba la sensatez
de aceptar que toda enfermedad es básicamente cultural.
Y de ahí que los aucas no fueran agredidos por nuestras
enfermedades. Y que si lo eran, su sistema inmunitario
no estaba dañado como el nuestro y, por tanto, podía
abortarlas.
Pero, ¿qué tienen esos salvajes que se comen los piojos
para no sufrir las penalidades de nuestras más graves
enfermedades, de esas enfermedades de las que morimos
casi exclusivamente nosotros, los maravillosos seres
de nuestra cultura del dólar y del euro? Pues eso: que
están al margen de cuanto supone nuestra cultura del
dólar y del euro...
Pero vayamos por partes. Ante todo debo indicar que
nuestra ciencia, aun sabiendo que estamos escindidos
en dos hemisferios cerebrales que procesan la información
de manera casi opuesta -un hemisferio es el racional
y el otro el emocional-, aun así, prescinde del emocional
y basa toda su problemática en plantear y resolver proposiciones
racionales cuantificables. O sea, lo que puede verse,
medirse y físicamente extirparse, eso que no es la enfermedad
sino tan sólo su forma de expresarse en el hemisferio
cerebral especular. Simple escaparate de la realidad
emocional profunda.
Sé que este último párrafo, por razones de espacio,
es en su exposición sumamente esquemático pero eso no
impide que sea cierto. Como cierto, aunque esquemático,
es que la técnica terapéutica Anatheóresis, que
busca y encuentra soluciones en la sincronización de
esos dos hemisferios cerebrales, muestra que no sólo
es aberrante ir por el mundo con ese medio cerebro de
la ciencia sino que esa cultura científica hemicerebral
es en sí misma causa básica de nuestras más graves enfermedades.
El hemisferio cerebral derecho, ese cerebro emocional,
creativo, sensorial, cualitativo, analógico, ese cerebro
que es el que predominaba en los aucas, es el cerebro
que nos mantiene en simbiosis con el entorno, con la
Naturaleza. En tanto que el hemisferio cerebral izquierdo,
ese medio cerebro racional, mental, cuantitativo, causal
es el que nos segrega del entorno, de la Naturaleza,
el que nos lleva a generar y vivir en un mundo de entelequias
que nos sume en una realidad que es simple virtualidad,
simple coherencia racional carente de emotividad. Es
un hemicerebro elevado a la categoría de Sumo Cerebro
que reduce el mundo a nosotros mismos. A unos nosotros
mismos cada vez más lejanos unos de otros. Y así, negando
una cultura cerebral holística, confundimos la somatización
de una enfermedad con la etiología de esa enfermedad.
Anatheóresis -y para una mejor comprensión veáse
mi "Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis. Las
claves de la enfermedad"- muestra que el origen
de las enfermedades es básicamente emocional. Y que
una cultura como la nuestra que se segrega de lo natural
genera por sí misma un caldo de cultivo patológico que
incide en el equilibrio emocional. O sea, en el sistema
inmunitario.
En el número 20 de esta misma revista -septiembre del
2000- mostré ya, con datos contrastados, la más que
grave incidencia del estrés en el sistema inmunitario.
Y dígame, ¿conoce usted a una persona, a una sola persona
de nuestra cultura, que no muestre -en mayor o menor
grado- signos de estrés? Nuestra cultura es la cultura
del estrés. Vivimos en una cultura patológica, en una
cultura emocionalmente nefasta. Y aun así buscamos genes
y bichitos para encontrar la clave de nuestras enfermedades
mortales. Pero en nuestra cultura nadie muere, todos
nos matamos. Aunque, eso sí, de enfermedades que van
cambiando de nombre aun cuando siguen siendo etiológicamente
la misma enfermedad.
Concretamente, el problema del cáncer es que un científico
no ha dado un nombre distinto a eso que llamamos cáncer.
Si así hubiera sido, hoy no moriríamos ya de cáncer
sino de esa otra enfermedad con otro nombre. Y esto
no es un chiste: es una realidad.
Un ejemplo: en Anatheóresis se hace totalmente
claro, de una evidencia meridiana, que los nacimientos
emocionalmente con feto altamente inmovilizado son proclives
a actualizar, ya adultos, enfermedades de inmovilización,
especialmente -antes- la poliomielitis. Pero hoy, afortunadamente,
gracias a S. E. Salk, ya no hay poliomielitis;
ahora la somatización más común de un nacimiento emocionalmente
inmovilizado es la esclerosis lateral amiotrófica. Y
nos morimos igual y básicamente por una misma razón...
pero ahora esa misma razón somatiza con un nombre más
largo. Y esto es posible porque no queremos comprender
el carácter energéticamente holístico de nuestras enfermedades
y por eso seguimos agrediendo nuestra capacidad natural
para inmunizarnos y regenerarnos.
Me explico: nuestra cultura -esa llamada "cultura del
bienestar"- genera tecnologías que posteriormente se
descubren, por ejemplo, cancerígenas. Y ocurre que esas
fuentes cancerígenas no se dan a conocer porque eso
supondría una pérdida de ese llamada bienestar. Bienestar,
claro está, para el grupo económico dominante que explota
esas fuentes cancerígenas. O sea, que la propia cultura
que genera el cáncer se defiende manteniendo la enfermedad.
Y si esa fuente generadora de cáncer -llámese campos
electromagnéticos de alta tensión o determinado espray-
se descubre y denuncia públicamente, a lo sumo, no siempre
-véase el agujero de ozono- se elimina esa fuente cancerígena.
Pero pocos se preguntan si esas llamadas fuentes patológicas
no son sino simples somatizaciones de nuestra cultura
en su generalidad.
Porque, ¿es que acaso esas manifestaciones somáticas
patológicas no tienen sus raíces en la propia estructura
científica -no afectiva- de nuestra cultura tecnológica?
¿Es que acaso tecnología no equivale a considerar la
Naturaleza una simple despensa a nuestro servicio consumista?
Los aucas -esos llamados salvajes- que vivían en y con
la Naturaleza no cazaban para más de tres días. Nosotros
-los llamados civilizados- nos consideramos tan por
encima de la Naturaleza -eso que queramos o no, es lo
que somos- que no dudamos en cazar para más de tres
días. Nosotros estamos generando un nuevo entorno porque
no hay un dentro y un fuera. Lo de fuera es el espejo
en que nos vemos. Y el espejo de nuestra cultura tan
solo refleja nuestro yo. Y pronto todo será protoplasma
humano. Lástima que ese protoplasma esté enfermo. Y
que, además, no sea comestible.
Indudablemente nuestra cultura es tan patológica que
hasta queriendo hacer bien lo hacemos mal. He aquí una
noticia que acabo de leer: "Más de 20.000 niños podrán
pasar los fines de semana y los festivos, así como el
periodo de vacaciones, en el colegio". La noticia
se refiere a municipios de Madrid y se ofrece al lector
como algo maravilloso. ¿Es preciso comentar que, queriendo
resolver un daño de carencia afectiva familiar, se genera
otro daño afectivo? Y no olvidemos que sentimiento de
soledad y cáncer suelen ir muy unidos.
Evidentemente, con nuestra forma actual de entender
la vida -y, más concretamente, con nuestra actual medicina
en general- no erradicaremos de raíz ni el cáncer ni
ninguna de nuestras otras graves enfermedades culturales
(esas que no sufrían los aucas). y eso por la sencilla
razón de que, ¿cómo podemos defendernos de las agresiones
patológicas si la patología es nuestra propia cultura,
es "nosotros mismos"? Dicho de otra manera: ¿se siente
usted feliz? O, si lo prefiere: usted es consciente
de que quiere seguir viviendo pero no se siente vivo;
usted está ya enfermo y en lo más profundo no se defiende.
Porque, en realidad, su deseo de seguir viviendo es
seguir vivo, sí, pero no con los problemas que ahora
oscurecen y apagan su vida. En definitiva, vivimos creyendo
que Tanatos es Eros.
Juaquín
Grau
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