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| ¿QUÉ
ES SER MÁS INTELIGENTE? |
El Centro Médico Beth Israel
Deaconess de Boston -en Estados Unidos- desveló hace
poco que ha creado artificialmente -mediante manipulación
genética- ratones que poseen un cerebro más grande de
lo normal y, además, con más pliegues. "Es un cerebro
como el que caracteriza a los humanos", dicen Christopher
Walsh y Anjen Chenn, autores del estudio
entregado a la revista Science. "O sea
-siguen diciendo-, se trata de un cerebro más inteligente".
Y añaden: "En principio, la creación de estos
ratones sugiere que dentro de unos años quizás exista
la posibilidad de aumentar artificialmente el tamaño
del cerebro humano y ampliar nuestro potencial intelectual
mediante técnicas de manipulación genética".
Seguro que sí, seguro que a nuestros descendientes no
lejanos les duplicarán el tamaño y pliegues del cerebro
científicos multicerebrados del Centro Médico Beth
Israel Deaconess, pero, ¿es cierto que quienes así
hinchen y plieguen y vuelvan a plegar los cerebros van
a hacer que los poseedores de esos nuevos cerebros sean
más inteligentes?
Más concretamente: ¿sigue siendo cierta la creencia
de que más masa cerebral presupone una mayor inteligencia?
¿No se admite ya que la inteligencia humana tiene su
asiento en la sincronización en fase de los dos hemisferios
cerebrales, esos dos antagonistas que cuanto más energéticos
son -¿más masa?- más potencialmente peligroso se hace
su reconocido antagonismo? ¿Y quién puede afirmar que
un humano es más inteligente que un ratón normal? Porque,
a fin de cuentas -y ese es el problema-, ¿qué es ser
inteligente? ¿Ser inteligente es sólo poseer un mayor
neocórtex, eso que nos permite razonar y que es lo que
nos distingue, en mayor o menor medida, de los restantes
seres existentes en nuestro planeta? Eso es llevar la
inteligencia a un simple problema de cuantificación
cuando los humanos también -y en mayor medida- nos distinguimos
por nuestros sentimientos y éstos son cualitativos.
Que el amor no puede cuantificarse, el amor es amor
o no es amor. Me refiero al auténtico amor, no a lo
que solemos llamar amor. Y nuestra vida, ¿no se basa
acaso en nuestro cerebro emocional que es el que puede
hacernos felices o desdichados? Que nuestra vida no
es cuanto nos acontece sino cómo sentimos -con gozo
o sufrimiento- eso que nos acontece. ¿Quién es más inteligente:
aquel que con su corteza cerebral razonadora inventa
y construye bombas termonucleares o quien, utilizando
el cerebro emocional -que no es el neocórtex sino el
límbico- busca la solidaridad entre los humanos, un
mundo, en definitiva, sin conflictos? Que ser más inteligente
-a mí entender- no es crear un reloj con un timbre más
estridente a fin de que mejor me asegure pueda llegar
a tiempo al trabajo sino dejar que sea el sol y los
pájaros quienes me despierten, sin prisas ni timbres
estridentes.
El problema de la ciencia es que en sus raíces se comporta
como una religión. Una religión menos estricta que las
religiones monoteístas, es cierto, pero como una religión.
Me explico: una religión monoteísta se basa en una verdad
revelada por alguien a quien ni siquiera podemos concebir
y al que se le dan distintos nombres: nosotros le llamamos
Dios. Y esa verdad, que se considera indiscutible porque
su valor es absoluto, está expuesta en un libro. O sea,
que la Iglesia -cualquier iglesia de cualquier religión
monoteísta- sabe. Y lo que sabe no puede
discutirse ni modificarse. Y lógicamente -que todo monoteísmo
es teología racional-, cada religión tiene la verdad.
Y como esa verdad -que es sólo "su" verdad- se
considera absoluta es una verdad que segrega, no que
une. Hasta el punto de que quien se opone a ella diciendo
que la verdad es otra se considera un enemigo al que
hay que exterminar.
Pues bien, la ciencia -como la religión- hunde también
sus raíces en una verdad inicial aceptada que posee
la fuerza de una revelación. Pero, en realidad, toda
ciencia es tan sólo una metodología que excluye cualquier
otra. Y así, la ciencia occidental establece una metodología
de la corteza cerebral. Excluyendo, por tanto, cualquier
otra metodología de conocimiento. De manera que para
nuestra ciencia la inteligencia es básicamente más masa
gris con más pliegues. Y esta verdad metodológica se
convierte en una verdad, en principio, teológica. Algo
que difícilmente se discute. Y que, desde luego, excluye
y combate otra posible metodología.
Cierto es que hay que añadir que la ciencia está -afortunadamente-
muy lejos de defender sus verdades con el rigor absolutista
de las religiones monoteístas pero cierto es también
que toda metodología científica que no incluya un conocimiento
global es -en todos los casos- simple verdad fragmentada.
Lo adecuado sería, por tanto, articular una metodología
global, de integración de ambos hemisferios cerebrales,
de manera que no nos encontremos con una ciencia en
guerra de hemisferios.
Lo malo es que por conocimiento global entendemos ahora
pensamiento único. Y pensamiento único no es pensamiento
global sino el único pensamiento que impone la metodología
oficial que, por ser la oficial, es la que puede imponerse.
Concretamente en esta misma revista, su director, en
el editorial mensual de octubre, ha expuesto la necesidad
de reciclar a los médicos. Y llamaba reciclar a la necesidad
de que los médicos de nuestra medicina alopática -que
es la oficial- acepten los postulados con eficacia probada
de las medicinas alternativas. Y ello con una valoración
no de medicinas alternativas -inferiores o, como mucho,
complementarias- sino en un plano de igualdad. O mejor:
de integración en una investigada y probada medicina
global. Si bien para ello sería necesario precisar antes
no ya qué es ser inteligente -que eso nos desborda-
sino simplemente qué es enfermedad y qué salud
porque es un hecho que toda medicina -que es otra metodología,
o sea, otra forma de entender la enfermedad y consecuentemente
la salud- tiene también sus razones -y no menos científicas-
al definirlas. Porque enfermedad no es sólo -y no siempre
lo es- aquello que decide incluir en su catálogo de
patologías la Seguridad Social. Ni lo que incluye debe
ser necesariamente tratado de la manera que la Seguridad
Social impone.
Juaquín
Grau
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