¿Medicamentos para enfermedades
o enfermedades para medicamentos? O si lo prefieren
más claro: ¿medicamentos para vencer las enfermedades
existentes o nuevas enfermedades para vender más medicamentos?
Porque ahora no estamos tristes, ahora tenemos depresión.
Que la tristeza es un hecho natural que requiere remedios
que no se venden en botica sino remedios culturales.
Eso que es tan natural como cariño y comprensión. La
depresión, en cambio, es ya una patología que sí requiere
la intervención de un laboratorio que la combata con
su cultura de la hostia química. Esa pastilla blanca
y redonda que se disuelve en la boca y sustituye a la
antigua comunión cristiana. Ahora los milagros no los
hace Dios, ahora los milagros los hace un laboratorio
farmacéutico. Su evangelio es un prospecto explicativo
que, además, no exige arrepentirse de pecado alguno.
Salvo el de tomar la comunión química con hostias que
no sean de la competencia. Es la nueva guerra de las
especias, aquella guerra de intereses que se disfrazó
con el nombre de Santa Cruzada en la que un nombre de
laboratorio-religión luchaba contra otro nombre de laboratorio-religión
y que no era sino la guerra entre dos marcas de salvación.
Y ya se sabe que salvación equivale a sanación. Que
tanto Dios, como Alá, como Yavé no tratan sino de competir
entre ellos por vendernos, cada uno, su maravilloso
cielo particular en donde nadie muere de cáncer y donde,
además, hay música celestial a todas horas. Esto en
el nuestro aunque yo prefiero el otro, el cielo que
ofrece huríes.
En resumidas cuentas, no hay tristeza, hay depresión
que la tristeza no vende y la depresión sí. Lo malo
es que con hostias -sean o no químicas- los humanos
seguimos muriéndonos. Y lo que es peor, dado que los
laboratorios no han encontrado todavía un nombre que
sustituya el de suicidio y, en consecuencia, todavía
no tienen un remedio químico específico para quienes
deciden matarse, lo lamentable es, insisto, que por
ello seguimos muriéndonos de automuerte. O sea, de suicidio.
No de una enfermedad. Que de ser así, aparte dar un
dinero a los laboratorios nos permitiría justificar
eso que ahora, tan primitivos nosotros, llamamos suicidio.
Cierto es que, de hecho, nadie muere. Que, de una u
otra manera, sin tomar conciencia de ello, todos nos
suicidamos. Porque, de una u otra manera, todos nos
matamos antes de que nos llegue la muerte. Pero lo triste
no es que esto sea así, lo triste es que las estadísticas
nos dicen que el mayor número de muertes en el mundo
es por suicidio consciente. O sea, que nuestra infelicidad
es tanta que preferimos matarnos antes de que la muerte
llegue.
Y digo yo: ¿por que las multinacionales farmacéuticas
no se dedican a darnos salud en lugar de dedicarse a
fomentar el número de enfermedades que nos pueden matar?
¿Por que no dejan de asustarnos con frases insidiosas,
de marketing truculento, como: "¿Has comprobado tu tensión?
Ya sabes que una tensión alta mata". "¿Cómo vas de colesterol?
Verifica su índice si quieres evitar el infarto". "Si
has cumplido 50 años, ¿por qué no revisas tu próstata?"
Como si la próstata fuera un coche. Y todo así: comprobar,
verificar, revisar... O sea, pasar regularmente por
la ITV a ver si hay suerte y tenemos que reponer alguna
pieza, que ahí están las multinacionales para vendérnosla.
Más todavía: si la enfermedad es mental -o sea, si simplemente
estás triste, aunque esto ahora sea depresión-, entonces
cuando alguien te cuente un chiste y salgas de la tristeza
-o sea, de la depresión- el laboratorio te dice que
no te fíes, que inmediatamente tomes la dosis de recuerdo.
De recuerdo, naturalmente, de que estás enfermo, de
que lo sigues estando y de que ya no dejarás de estarlo
por más chistes que te cuenten. O sea, de que nunca
dejes de tomar tu hostia química, la de la Iglesia-Laboratorio
a la que te hayas afiliado vía sacerdote-médico.
Aunque justo es decir que los médicos, esos profesionales
que expanden teórica salud recetando medicamentos cuya
efectividad no pueden comprobar salvo mediante el sistema
empírico de recetar y recetar y ver si funciona en sus
enfermos, esos médicos que están hartos de verse sometidos
al nihil obstat de sus obispos-laboratorio empiezan
ya a llamar a la depresión tristeza, a no dar dosis
de recuerdo y -descreídos ellos- a empezar a pasar de
las creencias-laboratorio.
Cierto es que nos enferma la vida pero no menos cierto
es que ahora, más todavía, nos enferma nuestra cultura,
no sólo médica. El problema, por tanto, no es ya esa
enfermedad mortal que es la vida, el problema ahora
es ya nuestra cultura mercantil-capitalista que no sólo
nos recuerda que vamos a morir sino que, además, ha
puesto el pago de un constante peaje al hecho de seguir
viviendo.
¿Por qué no volvemos a lo natural? ¿Por que no decidimos
morir como Dios manda, o sea, morir de muerte? ¿Por
qué no dejamos de preocuparnos de si dolor en la zona
fronto-temporal de la cabeza, de si hormigueo en el
dedo gordo del pie derecho, de si un gen que va por
donde no debe, de si tenemos una neurona muda, sin chispa,
de si perdemos memoria porque ya no nos acordamos de
la famosa de turno, de si comemos poco sin preguntarnos
si lo que no queremos comer es una porquería de precocinado...?
Yo, lo reconozco, hay días que estoy triste e, incluso,
a veces me duele la cabeza y hasta se me tuerce alguna
digestión pero sé que los días tristes lo son por acontecimientos
que entristecen, que si me duele alguna vez la cabeza
es porque duermo con una voluminosa almohada de hotel
que me obliga a roncar mirando forzadamente mi nuez
de Adán y que las malas digestiones van unidas a lo
que como y cuanto como. Lo que no sé es por qué a veces
siento un ligero hormigueo en el dedo gordo del pie
derecho. Y eso me tiene a morir. ¿Será del colesterol,
del exceso de azúcar, de la falta de sal, de la tensión,
de un gen ácrata...? Decididamente voy a tener que buscar
un fármaco porque he oído decir que así empieza el cáncer
de dedo de pie derecho.