Primero fue el espacio sin límites, la percepción del cerebro emocional, intuitivo,
en el que nada encierra a nada, en el que Cielo y Tierra son una misma cosa, en
el que todo es ventana sin marco. Pero nos llegó luego la percepción causal, dicotómica,
razonadora, con sus tabiques, fraccionando el todo, segregando la Tierra del Cielo
y al hombre de Dios. Y se erigieron grandiosas catedrales símbolo del universo
causal. Así que al otro lado de la bóveda de la catedral, el Cielo. Dentro de
la catedral, entre sus muros, la Tierra. Y como fraccionar es desunir hubo que
abrir huecos en la tierra para que pudiera llegar a ésta la luz del cielo. Y surgieron
las ventanas. Y con ellas las vidrieras alquímicas que pretendían recoger la luz
pura del Cielo -sin distorsiones- y lograr así llenar con ella la Tierra, esa
cámara oscura que era el interior de toda catedral. Fue el primer cinematógrafo
en el que tan sólo había luz y un objetivo que intentaba recogerla en toda su
pureza. Pero la percepción dual, generadora de un yo, trazó imágenes terrestres
en los cristales, antes puros, de las ventanas para que la luz del cielo los proyectara
en la pantalla de nuestro mundo. Y primero fue el Demiurgo y luego el taumaturgo
Jesús. Después los cristales de las ventanas se fueron opacando y fraccionando
más y más y de esas primeras imágenes simbólicamente divinas se pasó a unas ventanas
multimedia que ya no son luz sino que utilizan la luz para mostrarnos historias
terrenas.
Y el yo de los humanos, ya hipertrofiado, cerró ventanas y creó
espejos. Ya no somos cristal que deja cruzar la luz. Somos vidrio en el que tan
sólo podemos vernos a nosotros mismos fragmentados. Porque ya ni siquiera somos
un yo integral. Mi yo puede enfermar de las piernas, del bazo, de los intestinos...
Y si enferma -a decir de la medicina causal- de los intestinos, ¿de qué parte
concreta de esos intestinos? Y esa enfermedad de un trocito del yo será o no enfermedad
según lo decida el médico que más espacio ocupe en el espejo.
Un ejemplo.
Un doloroso ejemplo de cristales fragmentados y de espacios en el espejo: cuando
yo tenía 17 años mi padre enfermó. En realidad, a entender del médico de cabecera,
quienes enfermaron fueron los intestinos de mi padre. Y como era un médico con
poco reflejo especular decidió llamar a consulta a un médico con más entidad especular
porque su reflejo se condensaba en el fragmento intestinos. Y ese fragmento de
lumbrera decretó que a mi padre, con una oclusión, se le habían muerto los intestinos.
Pero mi padre que, como todo humano, era un ser integral, mostró otro fragmento
enfermo: los bronquios. Y vino una lumbrera mayor que sólo sabía leer en el fragmento
especular pulmones y decretó que no, que no eran los intestinos los que se morían
sino los bronquios. Sólo que mi padre se murió entero aunque en el certificado
de defunción quedara claro que lo que habían muerto eran los bronquios. Así fue
porque el fragmento médico-bronquios tenía más reflejos iridiscentes ante el espejo
que el fragmento médico-intestinos. Opino que si hubiera sido llamado a consulta
un podólogo especialmente renombrado lo que se le hubiera muerto a mi padre hubiera
sido un callo.
No hay un Big Bang. Somos un Big Bang. Fuimos
un átomo-universo sin fronteras. Pasamos luego a irnos fragmentando en el claustro
materno. Y ahora, hechos ya catedral de espejos en los que sólo podemos vernos
a nosotros mismos, la percepción dual nos va alejando más y más a unos de otros.
O sea, nos alejamos más y más de nosotros mismos. Vivimos en la paradoja de una
percepción dicotómica que actúa como una noria de espejos. Giramos, giramos...
y creemos avanzar cuando simplemente damos vueltas y vueltas en torno a nuestros
propios pensamientos. Aun cuando, eso sí, unos pensamientos que al fraccionarse
y volverse más y más a fraccionar nos da la sensación de que avanzamos. Sin comprender
que nos perseguimos a nosotros mismos. Y que nuestra acción es inacción. Saltamos
de un fragmento a otro de nuestro propio espejo intentando el imposible de vernos
en nuestra totalidad.
Ya no somos ventana. Nos hemos cerrado a la auténtica
luz. Ya no somos capaces de ver el océano en una gota de agua. Ni el amor en una
caricia. Que, como dijo a su amada alguien que me es muy cercano:
"No
es verdad que tengamos un alma,
es el alma la que nos tiene a nosotros.
Tus ojos son oscuros porque oscura es la noche,
y cuando acaricias, es la
caricia la que mueve las manos.
El amor, ese corazón que late en otro corazón,
es el corazón del mundo que late y es Vida,
y cuando decimos te amo, ¿quién
ama? ¿El amor?
Para mí eres tú, que has hecho del alma del mundo tu alma".
Pero ya no sabemos hacer del alma del mundo nuestra alma. Ahora vemos
en el espejo los mil fragmentos de nuestra alma y creemos haber apresado, aunque
despedazada, el alma del mundo. Somos tan sólo esquirlas de nuestro propio Big
Bang perceptivo y nos estamos alejando a tanta velocidad de nosotros mismos
que tenemos que buscarnos en la voz de un teléfono móvil. Hemos levantado tantos
tabiques que no sabemos ya que en el fragmento vecino al nuestro también estamos
nosotros.
Y hablamos de ayer, de hoy, de mañana. Fragmentos de un hoy que
al tiempo es pasado y futuro. Que nuestro hoy es lo que fuimos y, por ello, seguimos
siendo. Y nuestro futuro es lo que hoy somos y, por ello, seguiremos siendo. Salvo
que aceptemos no ser espejo y volvamos a ser ventana, a abrirnos a la Luz. Que
todo es Luz y sólo Luz. Y la Luz es Amor. Auténtico Amor.
Joaquín Grau