Había una vez un príncipe que para defender de los ladrones el tesoro que guardaba
en su palacio erigió un gran muro en torno a él. Y ocurrió que ya próximo a morir
se dio cuenta de que por defender ese tesoro -en el que había delegado la seguridad
de su vida- lo que había sucedido era que con aquella muralla se había creado
la más dolorosa de las cárceles.
Y este corto cuento a ti, amigo lector, te
habrá llevado a recordar la Muralla China, el Muro de Berlín y, ¡cómo no!, la
más reciente muralla erigida por los israelíes, unas murallas éstas que, como
la del príncipe del cuento, en lugar de ser una defensa ante supuestos enemigos
son, por el contrario, murallas generadoras de opresivos
ghettos, murallas
que inmovilizan a los mismos que las construyen. Y sí, esas murallas también cuentan,
pero esas murallas -alambradas, timbres de alarma, cordones policiales, controles
en los aeropuertos, etc.- son tan sólo la expresión externa de los muros corporales
y mentales que erigimos para defendernos de nuestro propio miedo. Un muro es una
forma de andar, una forma de callar, una forma de hablar, una forma de mirar,
una forma de actuar... En definitiva, una forma de pensar. Una forma de buscar
verdades a las que sujetarnos. Y así, la medicina, con sus verdades, nos vende
la seguridad de nuestra salud corporal en esta vida y las religiones, con su Verdad,
nos venden la seguridad de la salud de nuestra alma en el más allá. Un simple
reparto de territorio. Un quedarse los primeros dentro del muro y un monopolizar
los segundos el otro lado del muro, donde nuestra vista no alcanza.
Buscamos
seguridad, plena seguridad, y como eso es una entelequia, una simple palabra,
algo que no existe, nos seguimos sintiendo inseguros. De hecho cuanto más deseo
de seguridad -o sea, más temor- mayor sentimiento patológico de inseguridad. Y
como en el aquí y ahora del presente difícilmente podemos sentirnos seguros situamos
la seguridad en el futuro. Y así llegamos a esas guerras preventivas que consisten
en hacer la guerra para evitar la guerra e incluso a la actitud médica cada vez
más generalizada de aconsejar una ablación de mamas y de ovarios sanos ante el
supuesto peligro de un futuro cáncer. Antesala de ese, por algunos ya anunciado,
nuevo humano -medio hombre y medio máquina- que considerando que la naturaleza
nos ha dotado de órganos poco seguros quieren sustituir las arterias naturales
por otras de dralón, más resistentes, los huesos por aleaciones metálicas, el
corazón por máquinas electrónicas más manejables y revisables...
Miedos, miedos,
miedos. Tantos miedos que no sólo pretendemos alcanzar una seguridad relativa
o sólo en ciertos aspectos sino que pretendemos una seguridad absoluta, total
y en todo momento. Sin comprender que la vida es cambio, flujo y reflujo, el vaivén
de un péndulo de reloj. Y que inmovilizar ese flujo, que es la vida, no es obtener
seguridad, es perder la libertad, es dejar de vivir. No queramos controlar la
vida, dejemos que la vida se exprese en nosotros. Y si dejamos que se exprese
entenderemos por qué a una subida sigue siempre una bajada.
Dicho con otro
cuento. En este caso un muy antiguo cuento taoísta. Verás, había una vez un hombre
que se dedicaba a la cría y doma de caballos. Y ocurrió que un día los caballos
que tenía en el corral y eran toda su fortuna, huyeron. Los vecinos se reunieron
y fueron a compadecerle por haber tenido tan mala suerte. Pero el hombre dijo:
"Puede ser".Al día siguiente los caballos regresaron trayendo consigo
seis caballos salvajes y los vecinos le felicitaron por su buena suerte. Pero
el hombre dijo:
"Puede ser". Entonces, al siguiente día, su hijo intentó
ensillar y montar uno de los caballos salvajes. Fue derribado y se rompió un brazo.
Nuevamente los vecinos fueron a expresarle su compasión por la desgracia. Pero
el hombre dijo:
"Puede ser". Un día más tarde los oficiales de reclutamiento
llegaron al pueblo para llevarse a los hombres jóvenes al ejército... pero como
tenía un brazo roto su hijo fue excluido. Los vecinos expresaron al hombre cuán
favorable se le había tornado la situación. Pero el hombre dijo:
"Puede ser".
Tú mismo, lector, puedes ir añadiendo nuevos párrafos al cuento; un cuento tan
largo y real como la propia vida. Que la vida, como enunció
Heráclito,
se rige por lo que él denominó
enantiodromía. O sea, que todo acontecimiento
se dirige a su contrario. De manera que cuando tratamos de permanecer en la superficie
del agua nos hundimos pero cuando tratamos de sumergirnos flotamos. Así, lo que
llamamos vivir es dirigirse a la muerte. Y en definitiva, buscar seguridad es
vivir en la inseguridad. Y como buscar seguridad es buscar un placer constante,
el buscarla nos lleva a vivir en el infortunio de una constante ansiedad.
Debemos comprender que la vida es conflicto, es lucha, que esta es su esencia,
que vivir es eso y que, por tanto, eso es lo que da razón de ser a la vida. Vivir
es vivir en la inseguridad. Y hay un solo sentimiento que puede hacernos sentir
seguros. Y ese sentimiento es el amor. Si tenemos amor porque en la gestación
y niñez lo hemos recibido viviremos en la comprensión y, por tanto, en la aceptación
de la inseguridad. De ahí que regresivamente busquemos la seguridad intentando
volver, como los heroinómanos, al grato calor del endorfínico claustro materno.
Pero nuestros temores son tantos que ni el claustro de nuestra madre nos basta.
De ahí que lo hayamos agrandado y busquemos el claustro materno del arquetipo
del amor maternal: La Virgen, esa madre que en nuestra cultura integra a todas
las madres, esa madre que es el símbolo de la más protectora de las madres, esa
madre universal generada por los más profundos anhelos de seguridad y por ello
tan cantada por los poetas. Entre ellos
Dámaso Alonso:
"¡Qué
dulce sueño, en tu regazo, madre, soto seguro y verde entre corrientes rugidoras,
alto nido colgante sobre el pinar cimero, nieve en quien Dios se posa como
el aire de estío, en un enorme beso azul, oh tú, primera y extrañísima creación
de su amor...! ". |
Joaquín Grau