¡Pienso, luego existo!, gritó alborozado
Descartes bien arropado en la
cama, lugar en el que -según sus biógrafos- nuestro gran sabio se dedicaba a pensar
hasta el mediodía. Y el grito de júbilo de Descartes planeó sobre el mundo y el
mundo dijo sí. Y este fue el instante en que guillotinados, puesta la cabeza en
un podio y arrojado el resto del cuerpo a una letrina, la mente pensante se erigió
en única y gran vencedora de ese maratón llamado progreso.
Pero Descartes
no nos dijo que sólo lanzar su famoso grito se sintió sorprendido por una imperiosa
necesidad de comer. Y esa necesidad ahogó todo pensamiento.
Tampoco nos dijo
Descartes que una vez saciada el hambre -lo que hizo con voracidad tras su inicial
y agotadora actividad pensante- su cuerpo le pidió volver a la cama, lo que hizo,
si bien acompañado porque algo, también perteneciente a su cuerpo y sentimiento,
le pedía no hacerlo solo.
Y Descartes, bien comido, bien ayuntado y bien sesteado
se dijo -y esta vez sí estaba pensando adecuadamente- que la vida no deja de tener
sus buenos momentos.
Lástima que Descartes, tan pensante él, no llegara a
la conclusión de que sus buenos momentos habían sido los momentos sentidos, no
los momentos pensados y que, por estricta conclusión filosófica, debía rectificar
su eslogan de pensante por el de sentiente. O sea,
"Siento, luego existo".
Que pensar no es existir, pensar es simplemente ser.
Existir es sentirse,
es estar viviendo -gozando o sufriendo- la película. Es un estado afectivo experimentado,
un estado afectivo que puede llegar a un estado psicológico tan intenso que provoque
ciertas manifestaciones orgánicas, eso que llamamos emociones. Eso que cercano
a nuestros días todavía se llamaban apetitos carnales. Eso que tan claro tenía
ya, en el siglo XIV,
Juan Ruiz, el
Arcipreste de Hita:
"Commo
dize Aristóteles, cosa es verdadera: el mundo por dos cosas trabaja:
la primera, por aver mantenencia; la otra cosa era por aver juntamiento
con fenbra placentera...". |
"Commo
dize Aristóteles, cosa es verdadera: el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenencia; la otra cosa era por aver juntamiento con fenbra placentera..."
Indudablemente nuestro Arcipreste poeta vivió en tiempos anteriores a Descartes
-más anteriores todavía a nuestra telefonía móvil- y por eso llamó pecado a la
enfermedad y buscaba comunicarse piel a piel, puño a puño. Por eso su vida fue
existencial, fue responder a un cómo, a un percepto, no dando prioridad a responder
a un
por qué, que esto es una reflexión, un juego de noria con espejos
reflectantes, algo que lleva a un
concepto.
No olvidemos -
Anatheóresis,
la terapia que he articulado, lo tiene muy en cuenta- que desde el mismo momento
en que somos un óvulo fecundado hasta un tiempo después de nacer vivimos sin los
ritmos cerebrales que originan nuestra capacidad de discernimiento reflexivo.
Y que ese discernimiento no se muestra maduro antes de los siete a doce años de
vida. O sea, que nuestro yo es un producto de los sentidos, de la emotividad,
no de la reflexión.
Pensar no es estar en la pantalla, viviendo la película.
Ni siquiera es estarla sintiendo en el patio de butacas. Pensar -auténticamente
pensar- es un acto mental previo o posterior a una experiencia sentida. Es mirar
desde el yo y desde el tiempo. Y esto es ser, no existir.
Existir es un hecho
subjetivo que tiene su frontera básica en la piel, que nos lleva a una realidad
impactante por sentida. Ser, por el contrario, consiste en situarnos fuera de
los límites de nuestra frontera somática y emocional. Es ver fuera y desde fuera.
Y así, consideramos que los hechos son objetivos, existentes por sí mismos. Y
así, creamos un mundo de realidades objetivas que sustentan nuestras vidas sin
darnos cuenta de que no creemos en algo porque ese algo sea una verdad objetiva
sino que es una verdad objetiva porque así lo creemos. Y si así lo creemos es
porque así lo sentimos. Y si así lo sentimos es porque así nos impulsa a sentir
nuestro depósito de memoria emocional -gozosa y traumática- acumulada desde el
cigoto hasta la infancia.
En definitiva, aun cuando no lo aceptamos nos alimentamos
mentalmente de verdades sentidas. Y estas verdades son las que nos condicionan,
las que ponen luz en nuestras vidas y también las que la oscurecen y nos enferman.
Insisto en que eso es
Anatheóresis. Una psicología perceptiva que distingue
entre el existir como algo perceptivamente substancial -de sustantivo- y el ser
como simple adjetivación.
Veámoslo utilizando una metáfora que te lleva al
cine: Suponte que estás en él, prendido en cuanto ocurre en la pantalla. Estás
viviendo las imágenes que se suceden en ella. Te sientes en ellas y con ellas.
Existes.
Pero por un momento retiras tu percepción sentida de la pantalla
y piensas que estás viendo una película. Hay ya un yo, que eres tú, que se dice:
"Estoy viendo una película". Y has dejado de sentir. Eres sólo un yo que
piensa. Alguien virtual que mira la película desde ese ser yo. Alguien que se
ve a sí mismo desde fuera. Eres un yo que habla de sí mismo diciendo "mi nariz,
mis piernas...", como podrías decir "mi coche, mi cuenta bancaria..."
Pero
aún más, puedes ir más allá. Puedes incluso somatizar tu yo virtual, llevarlo
a un:
"Pienso que estoy pensando que estoy viendo una película". Lo que
no pocas veces pasa a ser un metafísico alguien piensa en mí -o sin mí- que yo
soy. Y los hay que llaman a esto Dios. Pero dejemos a Dios en paz y veamos los
dos primeros supuestos.
Por un lado hay alguien que siente, que vive en sí
mismo la película, que es la película. Y no olvidemos que llamo película a lo
que es su vida. A lo que siente como tal.
Por otro lado, esa vida sentida
va forjando un yo con el que empieza a identificarse en la niñez. Y ese yo es
una somatización, un yo virtual que desde fuera justifica o rechaza sus sentimientos,
un yo que intenta controlarlos de acuerdo con sus verdades mentales. Un yo, en
definitiva, que dicta lo que es bueno y lo que es malo -pone adjetivos calificativos-
a lo que él mismo, en sí mismo, si bien viéndose desde fuera, está sintiendo.
Y consideramos que ese yo virtual -que es básicamente una simple compensación
mental de esa realidad somática que siente- es el que tiene que prevalecer. Y
esto hasta tal punto que nuestra cultura ha pasado a ser la cultura de un mundo
virtual. Si no estás en el ordenador no existes. Si no se ha dado nombre a tu
sufrimiento no estás enfermo. Y lo que es peor: si se considera que mirar parpadeando
es enfermedad y se la califica de tal con un nombre, entonces no dudes de que
hay -que había ya- un fármaco aquietapárpados.
Y conste que no intento descalificar
la capacidad razonadora del cerebro pensante, insisto tan sólo en distinguir entre
una percepción y otra, algo que avala la experiencia terapéutica anatheorética.
Se trata sencillamente de aprender a discernir entre vivir la película o pensar
en ella desde fuera de la pantalla, desde un yo. Y saber que una cosa y otra están
condicionadas por nuestra búsqueda de aquellas gratificaciones que un día lejano,
hechas ya memoria, pero no recuerdo, nos impactaron gratamente y de alejarnos
de aquellas otras que nos dañaron. Si tienes esta bipolaridad en cuenta quizás
tendrás el valor de vivir tu vida, no de limitarte a verla desde una cómoda butaca.
Joaquín Grau