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| ¿QUIÉN
SOY? |
Esa es la gran
incógnita a la que nos enfrentamos todos los seres humanos
cuando tenemos el primer atisbo de consciencia. ¿Soy mi
cuerpo físico?, ¿soy mi mente?, ¿mis pensamientos?, ¿mis
emociones?, ¿mis logros? ¿Soy lo que esperan de mí mis
seres más cercanos? ¿Soy lo que los demás piensan sobre
mí? ¿Soy algo más aparte de la función que desempeño en
la vida (madre, esposo, médico, abogado, hija...)?
Pues bien, sería bueno intentar responder a tan crucial
pregunta -¿quién soy?- recorriendo la distancia que va
desde la capa más externa, más visible de nuestra personalidad,
hasta intentar llegar a la parte más profunda de ella,
esa de la que normalmente no somos conscientes. No olvidemos
que el camino de la consciencia es un camino difícil de
recorrer, con muchas bifurcaciones que constantemente
nos invitan a perdernos.
Dice la filosofía perenne que no hay evolución sin
consciencia de ella, a la vez que nos recuerda la
importancia de dar bien los pasos para no tener que volver
a repetirlos, de cerrar bien cada etapa de nuestra vida
a fin de no arrastrar cosas del pasado, lastres o anclajes
que nos impidan movernos en el presente e, incluso, hacer
planes de futuro.
Por su parte, la nueva Psicología define la personalidad
externa o psique como el conjunto de estructuras neuronales
que integran los hábitos de comportamiento del individuo
frente al medio que le rodea. Dicho de otra forma,
la personalidad externa sería la suma de los actos externos
y la forma de pensar de un individuo dentro de su hábitat.
Personalidad que estaría impresa en las neuronas, que
son las que delimitan la actuación de la persona frente
al medio en un constante proceso estímulo-respuesta.
La personalidad externa es pues siempre individual aunque,
lógicamente, dentro de un amplio colectivo muchos estímulos
obtienen la misma respuesta. Y es que el tipo de cultura
o sociedad imprime un cierto carácter en todos sus integrantes
que se manifiesta en respuestas similares ante estímulos
idénticos.
Nuestros hábitos de comportamiento adquiridos tienen distintas
raíces: unos son heredados (provienen de nuestros antepasados
y de la memoria genética de la especie en evolución a
la que pertenecemos) mientras otros son fruto de nuestra
vivencia personal y están tremendamente arraigados, siendo
esa parte innata de cada ser humano que no tiene relación
aparente con su historia personal ni con la de la cultura
a la que pertenece. Podríamos encuadrar estos últimos
"hábitos" en la zona de lo transcendente.
Este segundo bloque conforma una serie de facetas poco
visibles en público pero muy claramente manifestadas en
la intimidad y suele contener hábitos positivos que imprimen
el carácter "subliminal" del individuo.
LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD
Pero comencemos por el principio. Es obvio que cuando
un ser humano nace está sometido a todo tipo de influencias
que conforman su personalidad: familiares, ambientales,
afectivas, educacionales, económicas, de supervivencia,
etc. Siendo precisamente esas influencias a las que se
ve sometido las que le hacen manifestar distintas "subpersonalidades"
o "yoes".
Muchas veces, esas personalidades toman forma de arquetipos
que surgen cuando nuestra mente lo cree necesario. Así,
por ejemplo, una persona tremendamente tímida puede, en
determinadas circunstancias, mostrar una personalidad
fuerte y reivindicativa ante lo que considera una injusticia.
Ese "personaje" del guerrero que aparece para solventar
una determinada situación es una faceta de su personalidad
que no está bien integrada y surge como un "yo" distinto.
Otro ejemplo: alguien acostumbrado a tomar decisiones
y a ejercer el poder puede verse en un momento determinado
actuando como un niño indefenso, un pobre de mí que
necesita ayuda.
A veces, esas subpersonalidades corresponden a aquellas
facetas de nuestra personalidad que forman parte de lo
que Jung identificó como la sombra, es decir, todos
aquellos aspectos no aceptados por cuestiones sociales
o de creencias y que se camuflan como si correspondieran
a actitudes y comportamientos de otro ser ajeno a nosotros.
Otras veces son auténticos escudos que utiliza la persona
como mecanismos de defensa por miedo e inseguridad. En
ocasiones son personajes que simbolizan los ideales, la
sobrevaloración, la sublimación de alguna faceta positiva.
El problema es que estos arquetipos salen a escena sin
que -la mayoría de las veces- la persona sea consciente
de ello.
El camino del crecimiento personal lleva consigo el reconocimiento
de todos esos "personajes" que forman parte de nosotros
transmutándoles para que podamos integrarlos en nuestra
personalidad, que debe ser una y única.
Para explicar la relación entre la parte consciente y
la inconsciente de nuestro comportamiento, los psicólogos
utilizan el ejemplo de un iceberg. Según parece, nuestro
comportamiento consciente correspondería apenas a un 10%
del total de nuestra personalidad. Esa sería la parte
visible, la que emerge de la superficie del agua. El resto,
un 90%, estaría dentro de la parte inconsciente. Es decir,
la zona sumergida del bloque de hielo. Estaría formada
por los hábitos de conducta mecánica, los comportamientos
estandarizados por convencionalismos sociales, la escala
de valores asumida, la educación recibida, el sistema
de creencias adoptado, las experiencias asimiladas anteriormente;
en definitiva, la parte no consciente.
Antiguamente las terapias psicológicas trabajaban sobre
ese 10% con lo que los resultados eran muy pobres y sobre
todo muy lentos. Luego, a partir de los años sesenta,
con el nacimiento de la psicología humanista, la bioenergética,
la Gestalt, la psicología de Jung, la Psicosíntesis de
R. Assagioli y, finalmente, la Psicología Tanspersonal,
todo dio un gran vuelco y se comenzó a actuar sobre el
90%. El descubrimiento de que la consciencia del ser humano
podía abarcar distintos estados además del de vigilia
y sueño -los dos únicos que reconocía la Psicología tradicional-
fue la puerta que dio entrada a las nuevas terapias.
¿CÓMO SE MANIFIESTA LA PERSONALIDAD
EXTERNA?
Podríamos decir que se manifiesta en tres
grandes zonas:
Zona externa consciente. Es
una zona claramente identificada por la persona y también
por cuantos la rodean. Ahí podríamos incluir la actividad
que desarrollamos, los propósitos que tenemos, cómo nos
organizamos para llevarlos a cabo, etc.
Zona externa inconsciente. Esta
zona es visible para los demás pero la mayoría de las
veces la propia persona no es capaz de reparar en ella.
Es donde se refleja el modo personal de hacer las cosas,
cómo nos movemos, dónde nos colocamos, a qué le damos
prioridad en nuestra actividad cotidiana...
Zona interna. Ni los
demás ni la persona suelen verla. Es donde estaría reflejada
la filosofía profunda que alienta nuestro comportamiento.
Así pues, hay aspectos de nosotros mismos que son muy
obvios para los que nos rodean pero pasan desapercibidos
para nosotros porque en nuestra mente hemos forjado una
idea de cómo somos -es lo que llamamos ego- siendo incapaces
de observar aquellos aspectos que no están incorporados
en esa idea que tenemos sobre nosotros mismos.
Es muy importante ser conscientes de esto para poder dar
entrada a los demás en nuestra vida y practicar así lo
que se llama "labor de espejo". Es decir, aquellas personas
que forman parte de nuestro círculo cercano: familia,
amigos, compañeros de trabajo, etc., -todos con los que
mantenemos vínculos afectivos- van a devolvernos el reflejo
de nuestra manifestación y es muy interesante recibir
ese "feedback" o retroalimentación para conocernos un
poco mejor.
Amamos en los otros aquello que tenemos incorporado en
nuestra personalidad y por eso lo "reconocemos" en el
otro. Rechazamos de los demás aquello que aún tenemos
por solucionar. La intensidad de nuestras reacciones de
aceptación o rechazo está en relación directa con lo integrado
o no que tengamos ese aspecto en nuestra personalidad.
Una buena labor de espejo, realizada con sinceridad e
intención positiva, es mucho mejor herramienta de aprendizaje
que los modelos repetitivos de la vieja psicología. La
vida se ha convertido en la verdadera pista de pruebas
y los "laboratorios" sólo sirven para los experimentos
con cobayas. Son las personas que nos rodean y el ambiente
en que nos desenvolvemos los verdaderos artífices de nuestro
crecimiento personal, de ese camino de conocimiento que
nos proveerá de la fuerza necesaria para saber coordinar
el impulso que surge del interior con lo que vivimos en
lo cotidiano.
Si son ciertos los estudios sociológicos que presentan
las revistas especializadas es muy probable que la humanidad
esté perdiendo, por falta de uso, muchas de sus capacidades
innatas. El estrés, la falta de tiempo, la vorágine de
vida, el hacer mucho en poco tiempo, el exceso de contenidos,
la presión -no sólo a nivel profesional sino también social-
y las dificultades de relación en general hacen que cada
vez tengamos menos ocasiones para dejar fluir nuestra
verdadera personalidad, la interna, esa que está oculta
por capas y capas como si de una cebolla se tratara. Por
eso se ha puesto de moda asistir a cursillos de comunicación
para recuperar el hábito de hablar con los que tenemos
cerca; de convivencia para darnos cuenta de lo que significa
compartir; de expresión corporal para vencer los bloqueos
y las resistencias que se forman en nuestro cuerpo por
la rigidez de nuestros planteamientos; otros, para aprender
a relacionarnos de forma oportuna en cada situación o
para actuar de forma que tengamos garantizados unos resultados
predeterminados. Tambien hay cursillos para enseñarnos
a hablar en los distintos ambientes o para aprender a
reír... Ante una reflexión parecida, Osso se pregunta:
¿Os imagináis si los pájaros esperaran a ser adiestrados
para ponerse a cantar?
Hemos llegado a creer, erróneamente, que el proceso de
aprender consiste en acumular conocimientos y nos hemos
olvidado de que el verdadero saber surge cuando los estímulos
externos despiertan lo que hay en el interior.
Es posible que en este viaje que ha emprendido la humanidad
para reconocer y crear el mundo esté llegando el momento
de volver hacia una vida más natural, aunque eso sí, sin
despreciar todo el bagaje de experiencias y conocimiento
que hemos acumulado durante el trayecto de ida.
Porque cada día se hace más necesario soltar lo que ha
estado retenido por creencias limitativas. Creencias que
se han conformado gracias a la instrucción que hemos recibido
sobre cómo andar, cómo hablar, qué decir, cuándo decir,
qué vestir, qué pensar y qué sentir; y eso provoca frustración
e infelicidad.
¿Cómo luchar contra esa tendencia? Las nuevas corrientes
psicológicas nos hablan de recuperar la inocencia de los
niños, de recuperar la espontaneidad intentando que las
cosas surjan de dentro, que nuestras palabras describan
lo que pensamos y sentimos, que nuestro cuerpo las acompañe
con sus gestos de forma natural, que las pausas o los
silencios no correspondan a técnicas aprendidas sino al
propio fluir porque todo el mundo tiene experiencias de
que si "se cuenta a sí mismo", es decir, describe su propia
experiencia, se produce un fenómeno de comunicación. La
aceptación de los demás sólo es posible cuando se da la
aceptación propia y para ello es necesario conocerse.
La clave de la salud y la felicidad está en la armonización
de todos los aspectos de la manifestación del ser humano:
físico, energético, emocional, mental y espiritual. Todos
estos aspectos están interactuando constantemente unos
sobre otros. Cada uno de ellos vibraría en diferentes
octavas pero pueden mantener una correspondencia armónica
que nos permita componer una bella sinfonía que un día
podremos interpretar.
María
Pinar Merino
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