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| ¿MIEDO?
¡NO HUYA DE LA VIDA! |
Dicen quienes se
consideran expertos en Psicología del ser humano que sólo
hay dos emociones: el amor y el miedo. Y que ambas son
tan antiguas como la vida. Pero mientras que la primera
nos permite alcanzar la felicidad, la segunda se convierte
en un hándicap tremendo que nos impide no sólo gozar de
la vida sino disfrutar de buena salud tanto física como
mental.
Nuestro cuerpo, como consecuencia de la herencia genética,
tiene registrado un fortísimo impulso de supervivencia
que está grabado en cada una de sus células. Cuando las
condiciones de supervivencia eran muy adversas, nuestro
cerebro desencadenó toda una serie de mecanismos inconscientes
tendentes a protegernos del medio hostil que nos rodeaba.
Miles de años después muchos de esos mecanismos siguen
activos y, a pesar de que las condiciones externas han
variado sustancialmente, hay situaciones que activan determinadas
áreas cerebrales que desencadenan, igual que antaño, la
producción de sustancias bioquímicas que se distribuyen
por el torrente sanguíneo y provocan un vasto repertorio
de alteraciones emocionales.
El problema es que -la mayoría de las veces- esas energías
emocionales que se generan no encuentran una fácil canalización
y se quedan almacenadas produciendo bloqueos que más tarde
desembocan en problemas físicos.
Esto sucede porque el enemigo contra el que tendríamos
que defendernos no está fuera sino dentro. Es decir, no
hay algo externo que atente contra nuestra vida sino que
son procesos mentales -a veces inconscientes- los que
nos hacen saltar los resortes del miedo y su consecuencia
inmediata: la inseguridad.
EL
LABERINTO DE LA VIDA
Desde tiempos mitológicos se consideró la vida como un
intrincado laberinto que teníamos que recorrer hasta alcanzar
el centro donde se encontraba el tesoro: la superación,
la iluminación, la conciencia... Durante el recorrido
encontrábamos obstáculos, teníamos que superar continuas
pruebas, tomar decisiones y riesgos; pero, sobre todo,
era necesario vencer los miedos.
Esa es, sin duda, una de las principales batallas que
hemos de librar, los miedos que se manifiestan con múltiples
ropajes: inseguridad, angustia, temor, fobias..., toda
una serie de emociones que nos impiden avanzar entre la
niebla. Cuando estos sentimientos aparecen todo adquiere
una importancia extrema y la mente no encuentra salida.
La mayoría de las veces la persona entra en una cadena
de causas y efectos que la mantienen atrapada y confusa,
incapaz de superar las circunstancias en las que se halla
inmersa.
DE
LA INCONSCIENCIA A LA CONSCIENCIA
Saber qué nos produce miedo, fobia, angustia o inseguridad
es el primer paso para poder librarnos de ello. La pregunta
a responder sería pues: ¿A qué le tengo miedo?
Después hemos de recordar alguna situación en la que nos
vimos asaltados por ese sentimiento, observar nuestro
comportamiento, nuestras respuestas ante el estímulo,
los mecanismos inconscientes que funcionan a pesar de
nuestros deseos o nuestra intención.
La segunda cuestión a plantear es: ¿Cómo se manifiesta
ese miedo? Además, hay que identificar en qué situaciones
se reproduce.
A continuación es importante identificar la raíz de esa
emoción, su origen, recordar los hechos que la hicieron
surgir anteriormente e ir recorriendo el camino hacia
atrás hasta encontrar la causa primera: ¿De dónde arranca
ese miedo?
RECUPERAR
EL TERRENO PERDIDO
Evidentemente, los miedos -cualquiera que sea su manifestación-
no se superan obviándolos sino enfrentándose a ellos.
Y para hacerlo hay que echar mano de dos herramientas
fundamentales y complementarias que nos proporcionan nuestros
dos hemisferios cerebrales. Por un lado, hay que analizar
la situación desde el razonamiento y la lógica y responder
a las preguntas anteriores ¿Qué..., Cómo..., Cuándo...,
Dónde...? Y, por otro, potenciar la imaginación y
la visualización.
Encontraremos entonces que los miedos son tan variados
como las personas ya que no hablamos sólo de miedos físicos
como puede ser el temor a viajar en avión o barco, a estar
en lugares cerrados o excesivamente abiertos, a los insectos,
a la oscuridad, a la altura o a las aglomeraciones de
gente sino que se han despertado otra serie de miedos
psicológicos o emocionales producto de nuestro tiempo:
miedo al ridículo, al qué dirán, a no ser aceptados, a
no ser queridos o valorados, al fracaso, al error, a equivocarnos,
a perder nuestra imagen, a las personas que amamos o a
lo que poseemos.
Una vez enfocado el problema habrá que recurrir a las
capacidades de nuestro hemisferio cerebral derecho: el
pensamiento positivo, las afirmaciones y la visualización.
Para ello basta con imaginar los obstáculos que nos impiden
avanzar para alejar el miedo de nuestra vida, planteándonos
-¿qué necesito para vencer este miedo?, ¿cómo puedo superarlo?,
¿con qué herramientas cuento?- e imaginar que todo
es posible.
Y es ahí donde hay que recurrir a toda la fantasía y creatividad
de que seamos capaces. El hecho de recrear las imágenes
o teatralizar la situación nos permitirá generar en nuestra
mente escenas en las que nos "veamos" superando sin dificultad
los hechos que nos agarrotaban. Y recordemos una vez más
que nuestra mente es creadora y que para conseguir que
todo aquello que seamos capaces de "crear" se convierta
en realidad hay que empezar por dar el primer paso que
consiste en saltarse los propios límites.
En cualquier caso, hay que recordar que la única manera
de perder el miedo a hacer algo es precisamente hacerlo.
A medida que vayamos superando situaciones iremos ganando
confianza y seguridad y eso generará un estado de satisfacción
que, sin duda, redundará en beneficio de nuestra salud
tanto física como psicológica y emocional.
María
Pinar Merino
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