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| MOSTRAR
LA OTRA MEJILLA |
Hay momentos en la vida en que
nos encontramos con situaciones especialmente dolorosas,
periodos de crisis en que sentimos que las circunstancias
nos pueden. Y esto puede suceder tanto en el contexto
de lo personal/afectivo como en lo profesional o en
lo social.
Cuando percibimos el entorno o a las personas como algo
hostil, cuando somos objeto de ataques o desprecios,
cuando consideramos que estamos recibiendo un trato
inmerecido y que lo que vivimos es injusto se crea en
nosotros un sentimiento de rechazo, de rebeldía.
¿Cuál es nuestra reacción entonces? En un primer momento
nos negamos a aceptar lo que está sucediendo, convencidos
de que es fruto de un error y el tiempo pondrá cada
cosa en su sitio. Pero cuando eso no sucede intentamos
luchar contra esa situación para contrarrestar el ataque
y defender nuestra verdad, nuestra postura o nuestras
ideas.
Empleamos energía, dinero, tiempo y todo lo que sea
necesario para que prevalezca nuestra imagen o nuestra
versión de los hechos. Al cabo del tiempo, ante la falta
de resultados claros, empezamos a pensar si no estaremos
inmersos en una lucha estéril. Y, como siempre, cuando
el ser humano se plantea una duda es cuando surgen otras
perspectivas para contemplar el mismo hecho.
La mayoría de las artes marciales, que intentan hacer
confluir la fuerza física, las energías y la mente en
un punto o en una misma dirección, nos hablan de la
importancia de ser flexible, de no ofrecer resistencia
ante el ataque sino de ser capaz de absorber la energía
del contrario y utilizarla después en tu favor para
responderle. El aikido es una buena muestra de
ello: ante un ataque frontal, el atacado realiza un
movimiento suave de aceptación, recoge la energía que
le llega y la une a la suya propia. Aprovecha el impulso
del otro y cambia la trayectoria de tal manera que los
dos contrincantes terminan mirando en la misma dirección.
Oriente nos enseña que, normalmente, la resistencia,
el rechazo y la respuesta por la fuerza producen ruptura
y dolor.
Esto mismo se puede trasvasar al mundo de las ideas:
son muchas las filosofías orientales que nos hablan
de que los antagonismos y los enfrentamientos se mantienen
mientras pongamos en ellos nuestra atención porque de
alguna forma se está alimentando el conflicto, proporcionándole
la energía que necesita para subsistir. La tensión se
mantiene cuando cada parte tira de uno de los extremos
pero en el momento en que uno suelta la tensión desaparece.
La sabiduría popular nos habla, asimismo, de una máxima:
"Dos no se pelean si uno no quiere" que, en el fondo,
viene a decir lo mismo.
También tenemos un ejemplo en el Nuevo Testamento cuando
el maestro Jesús de Nazaret aconsejaba a los
que le escuchaban de la necesidad de responder a las
afrentas devolviendo bien por mal, de poner la otra
mejilla. Pero también es posible que, debido a las sucesivas
traducciones e interpretaciones que se han producido
a lo largo del tiempo, ese pasaje nos haya llegado ligeramente
desvirtuado. Tal vez no se trate de "poner la otra mejilla"
sino de "mostrar la otra mejilla". La diferencia, aunque
sutil es, sin embargo, muy grande.
Al ladear el rostro para mostrar la otra mejilla al
que te ataca estás haciendo precisamente lo mismo que
nos dice Buda: dejas de prestarle atención, pones
tu mirada en otro lugar, diriges tu energía hacia otro
sitio; al ignorarlo, le quitas fuerza y le ayudas a
desaparecer.
No se trataría de huir sino de emplear nuestras herramientas
de forma un poco más objetiva permitiendo que energías
más sutiles actúen. La disposición de nuestra mente
no cabe duda que puede favorecer o perjudicar la resolución
de un conflicto.
En muchas ocasiones, la energía que utilizamos en responder
a los ataques se la restamos a la que disponemos para
aprender, para evolucionar. Te involucras en el conflicto,
las emociones te arrastran y se producen situaciones
repetitivas que te hacen perder perspectiva de futuro.
¿Cuántas veces nos hemos quedado en un círculo vicioso
en el que nos planteamos lo que debíamos haber dicho
o hecho y lo que la otra persona debería haber respondido?
¿Cuántas horas perdemos reconstruyendo el pasado? ¿Cuántas
en planificar nuestro comportamiento hasta el detalle
más insignificante?
Es una prueba dura y difícil de superar para cualquier
persona de nuestra sociedad occidental. Estamos demasiado
acostumbrados a responder siempre para contrarrestar
lo que nos llega; nos sentimos útiles si lo hacemos
así y, en cambio, nos crea conflicto si no intervenimos
directamente en las situaciones.
Y es bueno involucrarse pero hasta cierto punto. Porque
si implicándonos perdemos la perspectiva de nuestra
trayectoria estaremos pagando un precio muy elevado.
Un ejemplo de ello lo tenemos en la medicina alopática
que está basada en la ley de los contrarios; es decir,
ante una dolencia provocada por una sustancia se aplica
la sustancia opuesta para luchar contra ella. Y, sin
embargo, también sabemos que la aplicación de una sustancia
que produce los mismos síntomas que la enfermedad, en
pequeñísimas dosis, provoca que el organismo reaccione
activando sus propias capacidades curativas, como demuestra
la Homeopatía. Sin efectos secundarios, además.
En suma, el cambio de actitud al que nos referimos representa
quizás uno de los esquemas mentales más difíciles de
modificar. Acción y reacción son parte del lenguaje
y de los hechos pero el resultado suele ser poco efectivo.
Dejar sin argumentos a quienes nos agreden, simplemente
no centrando nuestra atención en ellos, nos acerca más
a un ideal evolutivo carente de agresividad. Recordemos
a Gandhi y lo que consiguió con su política de
no reacción. En realidad, la vulnerabilidad que creemos
mostrar cuando no respondemos con la misma agresividad
con la que somos atacados se convierte en nuestra fuerza.
María
Pinar Merino
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