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| PONERSE
EN EL LUGAR DEL OTRO |
A lo largo del proceso de aprendizaje
y maduración las personas vamos conformando todo un
"corpus" de creencias que son la base sobre la que sustentamos
nuestra personalidad. Una personalidad que está muy
marcada por las experiencias vividas durante la infancia.
De hecho, la Psicología explica que la familia es la
ventana a través de la cual miramos al mundo y que las
figuras paterna y materna conforman los arquetipos fundamentales
sobre los que se asienta nuestro carácter.
Más tarde, el aprendizaje está basado en la etapa de
la formación intelectual (escuela, instituto, universidad...)
y, por supuesto, también social ya que la propia vida
y sobre todo la interrelación con los que nos rodean
es una fuente inagotable de experiencias que nos permiten
ir poniendo en práctica nuestras ideas y recoger los
resultados en un proceso de aprendizaje constante.
Pues bien, en ocasiones nos encontramos con que tenemos
ideas contrapuestas incluso con aquellas personas a
las que más queremos, de las que más cerca nos sentimos.
Posturas que pueden provocar polarizaciones que lleven
a la ruptura o, cuando menos, a la falta de entendimiento.
¿Y cómo salvar una situación de ese tipo? La lógica
nos dice que para lograr un buen nivel de comunicación
con los demás tenemos que desarrollar nuestra asertividad,
es decir, la capacidad de colocarnos en el lugar del
otro. Pero, ¿cómo se hace eso?
Imaginemos una situación en la que dos personas se encuentran
en puntos diametralmente opuestos sobre una misma idea:
una la defiende y otro la rechaza. Sin embargo, por
encima de ese enfrentamiento hay un sentimiento de amor,
amistad o, simplemente, deseos de entenderse.
Es muy importante no perder de vista el objetivo: entenderse.
Después hay que prepararnos como si fuésemos a realizar
una tarea delicada, esto es: ponernos en disposición
de que todo nuestro ser tenga presente el objetivo propuesto.
Así, como si de un experimento se tratara, prepararemos
nuestro cuerpo cuidando que nuestra postura corporal
refleje apertura y evitando aquellos gestos que vayan
en sentido contrario, como unos brazos cruzados sobre
el pecho, estar encogidos, no mirar de frente, etc.
Si vamos caminando es conveniente acompasar los pasos
con los de la otra persona y mantener con ella algún
contacto físico como, por ejemplo, ir de la mano o del
brazo. Después intentaremos relajarnos para acompasar
el ritmo respiratorio y, por último, abrir nuestros
sentidos para escuchar. Pero escuchar de verdad que
es algo más que oír las palabras que nos dicen: es captar
los tonos, sentir la pasión con que el otro expresa
lo que dice, aceptar sus argumentos y explicaciones
sin juzgarlos ni valorarlos sino escuchando como se
escucha el discurrir del río. Porque nunca interpretamos
lo que el río nos quiere decir, simplemente dejamos
que el sonido que produce nos invada y forme parte del
ambiente y de nosotros mismos.
Probablemente, el simple hecho de no querer enfrentarnos
ni establecer un concurso para ver quién consigue convencer
al otro provoque una situación donde no haya vencedores
ni vencidos sino que, de forma natural, cada uno cederá
en alguna postura tratando de llegar a un acuerdo, a
compartir -partir con- las ideas y los objetivos.
Lamentablemente, el ruido que produce nuestro propio
cerebro nos impide la mayoría de las veces escuchar
lo que nos llega del exterior y, en todo caso, tratamos
inmediatamente de encontrar la respuesta adecuada a
lo que oímos como si tuviéramos la obligación de defendernos,
de estar siempre dispuestos a dar soluciones a cuanto
se nos comenta, comportándonos como el famoso "caballero
de la armadura oxidada".
En otras ocasiones aprovechamos que nos cuentan algún
problema para inmediatamente responder, no con palabras
de comprensión o de ánimo sino con nuestras propias
problemáticas, dando a entender al otro que las mías
son más importantes que las suyas y, esperando, además,
que el otro se ponga en nuestro lugar, que nos comprenda
y nos acoja. Justo lo que nosotros no hemos sabido hacer.
¿A qué tenemos miedo? ¿Qué creemos que podemos perder?
El poner en tela de juicio nuestra propia imagen -sobre
todo cuando hemos sido celosos guardianes de ella- es
un ejercicio que deberíamos hacer periódicamente. Y
nada mejor que la relación abierta con los demás, sin
falsas posturas que distorsionen esa relación, para
conseguir replantearnos nuestras creencias y nuestras
decisiones, esas que tomamos casi de forma automática
de acuerdo a los patrones o programas que, muchas veces
sin darnos cuenta, hemos incorporado en nuestra mente.
El aprendizaje que se deriva de una relación donde prime
la intención de acompañar -como si de una terapia mutua
se tratara- beneficia por igual a ambas partes y, lejos
de perder, lo que se consigue es un aprendizaje de alto
valor personal.
En definitiva, la asertividad, cuando se hace de corazón,
produce un efecto de ida y vuelta provocando que el
otro adopte la misma postura e inmediatamente trate
de ponerse en tu lugar. Si aprendemos a escuchar y permitimos
que resuene en nuestro interior lo que los demás nos
dicen conseguiremos establecer una dinámica de relación
gratificante donde no habrá ya que estar pendiente de
la respuesta sino sólo de envolver la relación con la
energía del amor incondicional, el de la verdadera amistad.
María
Pinar Merino
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