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| ¿SABE
USTED QUIÉN ES Y LO QUE QUIERE DE LA VIDA? |
La construcción de la propia identidad
es una empresa que le ocupa al ser humano desde el mismo
momento de nacer y que probablemente no concluya hasta
el final de su existencia. Algo que se inició el día
en el que los seres humanos tomaron consciencia de sí
mismos y del entorno aprendiendo a darse cuenta de cómo
era la existencia y, por ende, a desarrollar capacidades
que le terminarían alejando del mundo animal: la observación,
la reflexión, la modificación del comportamiento, el
razonamiento, la lógica... En definitiva, la conquista
del reino de la mente gracias al mayor desarrollo de
sus conexiones neuronales. Sin embargo, llegaría también
un momento en el que -después de millones de años de
evolución- su mejor aliado se convertiría en ocasiones
también en su peor enemigo. Y es que la mente, que en
su momento le ayudó a diferenciarse del resto de la
creación, puede convertirse a veces en algo engañoso.
Si observamos a grandes rasgos el proceso evolutivo
de un ser humano veremos que, desde el nacimiento, los
niños son como cuadernos en blanco donde las personas
que les rodean van escribiendo sus creencias, sus juicios
de valor, sus expectativas, sus temores, sus alegrías,
sus emociones y sentimientos. Y el niño aprende, absorbe
como una esponja todo lo que sucede a su alrededor y
va colocando las primeras piezas de su personalidad,
los cimientos de su escala de valores que, en su mayor
parte, son adquiridos. No olvidemos que la familia representa
los ojos con los que miramos el mundo.
Después, durante el periodo de formación en la escuela
y el instituto, sigue colocando nuevas hileras de piezas
gracias a los estímulos que recibe. En esa etapa la
sociedad, la cultura, la posición económica, la religión,
etc., marcan pautas muy significativas.
Más adelante, la adolescencia marca un punto de ruptura
y rebeldía con sus orígenes. El joven quiere transgredir
normas y leyes para experimentar sus ansias de libertad.
Necesita probar sus propios límites y para ello quiere
reforzarse "inventando" algo nuevo, original, que le
permita canalizar sus ideales.
Posteriormente, con la incorporación al mundo laboral
-que tiene también su particular escala de valores-,
se enfrentará a nuevas tensiones y ajustes. Y, finalmente,
en ese proceso de construcción de la personalidad, llega
a la creación de una familia propia en la que intenta
implantar su concepción de la vida.
Pero, ¿y lo innato? ¿Dónde está esa parte esencial que
anida dentro de la persona y que forma parte del bagaje
intangible acumulado por los seres humanos a lo largo
de millones de años? ¿Dónde se manifiesta esa filosofía
interna de valores profundos? ¿Qué hay de esa ética
que es independiente de la cultura y el medio?
Comienza entonces a producirse tensión entre lo que
su interior demanda y lo que la persona está viviendo
en su vida cotidiana. Y como resultado de esa tensión
se produce una reflexión, un análisis. Es cuando la
persona siente la necesidad de hacer un alto en el camino
para formularse una serie de preguntas a las que le
suele resultar muy difícil responder: "¿Qué estoy
haciendo? ¿Hago lo que quiero? ¿Cuáles son mis prioridades?
La escala de valores por la que me muevo, ¿es la que
deseo? ¿Quién soy realmente?"
Y es en ese momento, al echar la vista atrás, cuando
uno se da cuenta de que siendo niño adquirió una serie
de modelos o "identidades" que le proporcionaban lo
que necesitaba: atención, cariño, seguridad, poder,
etc. Que en la adolescencia eligió sus propios modelos,
aquellos que la sociedad o los medios de comunicación
le vendían. Que más tarde su desarrollo profesional
le llevó a adoptar "roles" que encajaran dentro de ese
entorno. Y así sucesivamente.
De tal manera que cuando llega a la madurez, a esa mal
llamada crisis de los cuarenta, se da cuenta
de que eso no es así, de que la vida misma, desde su
origen, es una continua sucesión de crisis: la de la
infancia, la de la adolescencia, la de la juventud,
la de la madurez y la de la vejez. Que todas las etapas
de la vida son crisis porque esa palabra es sinónimo
de cambio y el cambio es compañero inseparable de la
vida. Y entiende que mientras hay transformación hay
vida, que cuando dejamos de aprender nos morimos, que
cuando cualquier aspecto del ser humano se cristaliza
esa parte de sí ha comenzado a morir.
Se trata de un punto en el que comienza la ardua tarea
de tomar consciencia de todas aquellas cosas con las
que nos identificamos pero que en realidad no somos.
Porque nos identificamos con las funciones, con los
"roles" que desempeñamos, con los títulos que atesoramos
y llegamos así a tal identificación con los cargos,
las profesiones, los estatus, lo que poseemos, lo que
sabemos e, incluso, lo que somos para los demás... que
llega un momento en que no tenemos respuesta a aquella
simple pregunta: ¿Quién soy yo?
El peligro de identificarnos sólo con alguno de los
aspectos de nuestra personalidad es que renunciamos
a vivir el resto, a experimentar la gran riqueza de
aprendizaje que se oculta tras cada una de nuestras
facetas. Si uno se centra exclusivamente en ser médico,
o padre, o deportista; si otra cree que es hija, o broker
de la Bolsa, o cocinera; si otro piensa que ha nacido
para ayudar a los demás, o para ser sincero, o para
enseñar... estará contemplando sólo el aspecto más sobresaliente,
quizá al que dedica mayor número de horas, o el que
más gratificaciones le proporciona, o el que le resulta
más fácil, o... Cada uno encontrará mil y una razones
para sentirse satisfecho con su identificación.
Pero preguntémonos: ¿soy capaz de estar solo?, ¿me atrevo
a quedarme conmigo mismo, sin títulos, sin escudos,
sin disfraces, desnudo?, ¿puedo mirarme al espejo y
ver qué hay más allá?, ¿me reconozco en esa imagen que
me devuelve el espejo?, ¿qué dice mi mirada?, ¿qué expresan
mis ojos, mis gestos?, ¿qué hay escrito en mi rostro?
Probablemente, para dar respuesta a tantos interrogantes
sea necesario apartarnos, alejarnos -siquiera mentalmente-
de nuestras circunstancias y desde ese punto recurrir
al observador interno que todos llevamos incorporado.
Si en la maraña de relaciones interpersonales que hemos
creado hemos perdido identidad o bien no somos capaces
de recuperar la sensación de ser auténticos, de ser
fieles a nosotros mismos, si el poder, el dinero, el
prestigio o las expectativas que los demás han volcado
sobre nosotros nos han hecho olvidar al Ser que somos,
será necesario alejarse un poco para identificar cuál
es nuestro territorio.
Pero, ¿cómo hacer eso en nuestra vida cotidiana? -nos
preguntamos-. Pues, en primer lugar, siendo conscientes
de que nos identificamos con imágenes creadas por nosotros
mismos y también con las que crean los demás en su relación
con nosotros. Debemos saber que ambas no son sino interpretaciones
de la mente -la nuestra y la de ellos- y que, como tales,
son aspectos parciales de una totalidad mucho mayor.
En segundo lugar, descubriendo las potencialidades que
tenemos aún por desarrollar y que nos abrirán las puertas
de la consciencia. Para lo cual deberemos afrontar los
retos y las oportunidades que la vida pondrá a nuestro
alcance.
Tercero, admitiendo que los límites y los miedos los
fabrica nuestra mente y que si es ella la que nos coloca
las cadenas y nos priva de libertad puede igualmente
hacer lo contrario. Sólo hay que ponerla a trabajar
a nuestro servicio con el objetivo bien definido.
Cuarto, abriéndonos a la energía de la vida que fluye
en el universo constantemente como un río sin fin y
confiando en que el sumergirnos en esa corriente nos
va a proporcionar las experiencias que necesitamos incorporar.
En quinto lugar, tomando consciencia de nuestro ser
integral. De que somos una energía espiritual que se
manifiesta en distintos planos vibratorios: físico,
energético, emocional y mental. Esa energía espiritual
superior proporciona coherencia y da sentido a todo
lo demás. En la medida en que todos esos soportes estén
alineados, es decir, vibren armónicamente, podremos
acceder a un nivel de consciencia que nos permita beneficiarnos
del orden imperante en el universo donde funciona la
ley de la sintonía vibratoria.
En sexto lugar, incorporando en la ampliación de consciencia
a los que nos rodean. Porque nunca estamos solos, siempre
participamos de la misma esencia que el resto del universo.
Y, en séptimo lugar, haciendo silencio interior, buscando
el sosiego y la paz dentro de nosotros mismos para poder
vivirla después. Porque sólo aquietándonos podremos
escuchar las notas del espíritu, apreciar la dirección
y descubrir la intención que la Inteligencia Suprema
dejó impresa en cada una de nuestras células.
María
Pinar Merino
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