|
|


| EL
MUNDO CAMBIA... CUANDO CAMBIAS TÚ |
La mayoría de las personas tendemos a situarnos ante
los demás y ante las circunstancias en función de la
información de que disponemos. Una información que mezcla
lo que nos llega del exterior a través de los sentidos
con las ideas o creencias que forman parte de nuestra
personalidad. Y es bueno tener una postura definida
siempre que ello no suponga un estancamiento en las
ideas o esconda miedo al cambio, o resistencia al crecimiento,
o dependencia y apego a lo conocido.
Sin embargo, en ocasiones esa definición de posturas
nos hace posicionarnos ante los demás o ante las circunstancias
de una forma rígida que se manifiesta por una tendencia
al enjuiciamiento. Y es que a veces la línea que separa
esas dos posiciones mentales es tan fina que no nos
damos cuenta cuando abandonamos la asertividad -autoafirmación-
y pasamos al juicio.
La verdad es que con demasiada frecuencia nos atribuimos
la potestad de juzgar con severidad las ideas y comportamientos
de los demás mientras con nosotros mismos somos tremendamente
indulgentes.
Pues bien, las nuevas ideas sobre Psicología y Filosofía
nos hablan de que "todo pensamiento que tenemos se
refiere en realidad a nosotros mismos". Es decir,
que aquello que censuramos o rechazamos en el otro es
signo de autocensura o de autorrechazo.
En "Curso de milagros", ese maravilloso libro
que ha echado raíces profundas en todos los movimientos
de Nueva Conciencia, se sugiere que para evitar caer
en el juicio cambiemos el enfoque, la interpretación
de lo que observamos. Según parece, el hecho de juzgar
está estrechamente relacionado con el pecado y la culpa
mientras que el hecho de cometer un error lo está con
el aprendizaje. Existe una diferencia abismal entre
ambos conceptos. Durante nuestra vida, fruto del proceso
de aprendizaje, podemos cometer errores... y ¡vaya si
lo hacemos! Pero nunca deberían verse como pecados.
Si cuando miramos a alguien vemos que ha cometido un
error consideraremos que es fruto de su momento evolutivo,
de su crecimiento, de su nivel de conciencia; pero si
juzgamos lo que ha hecho como un pecado le imponemos
de inmediato -aunque sea mentalmente- una condena, un
castigo.
De hecho, los sistemas judiciales del mundo civilizado
castigan a los criminales recluyéndolos en cárceles
que tienen un enfoque de expiación, no de rehabilitación,
y las estadísticas demuestran que muchos de los reclusos
son reincidentes y vuelven a ser condenados una y otra
vez. El castigo que infligimos a los demás recae al
final sobre nosotros, el resto de la sociedad.
Y no se trata de perdonar a quienes han atentado -en
cualquiera de sus formas- contra los derechos ajenos
sino de establecer mecanismos para que esas personas
puedan rehabilitarse. Se trata de buscar vías para enmendar
los errores pero, sobre todo, para intentar que no vuelvan
a producirse.
Hay que considerar que cuando alguien nos hace daño
es porque ha perdido el contacto con su ser esencial,
porque está dominado por la ignorancia o la inconsciencia,
o porque se ha dejado llevar por el miedo y se ha olvidado
de su verdadera naturaleza.
Cuando juzgamos a una persona sólo podemos recurrir
al perdón, algo que -de alguna manera- nos coloca en
una posición de superioridad con respecto al otro. En
cambio, cuando ponemos en marcha la comprensión y consideramos
el modus vivendi de esa persona y lo enfocamos
bajo el prisma de un proceso evolutivo de despertar
de la consciencia, surge la aceptación.
Normalmente tenemos una buena opinión de nosotros mismos
y nos cuesta reconocer aquellos aspectos poco positivos
de nuestra personalidad. ¿Por qué no hacemos gala de
la misma indulgencia cuando se trata de otras personas?
Muchas veces nos engañamos creyendo que somos lo que
creemos y que valemos lo que opinamos pero si realmente
nos paráramos a observarnos un poquito veríamos las
incongruencias en que constantemente caemos.
Por ejemplo, cuando vamos a una manifestación pacifista
y terminamos haciendo uso de la violencia -aunque sea
verbal- contra los defensores del sistema; cuando protestamos
por los desastres ecológicos provocados por las grandes
empresas sin que nosotros desarrollemos esa conciencia
de respeto a la naturaleza en nuestra vida cotidiana;
cuando nos escandalizamos de la manipulación que ejercen
los medios de comunicación mientras ignoramos la que
nosotros practicamos; cuando nos creemos mejores que
los demás y simplemente es que manejamos una mayor cantidad
de información... Y así podríamos hacer una larga lista.
¿Qué pasaría si aceptáramos que sólo somos lo que hacemos,
si pusiéramos en nuestro haber únicamente lo útiles
que somos? Quizás llegáramos a la conclusión de que
no estamos tan alto como creíamos, que simplemente somos
una parte de algo y lo único que hacemos es alimentar
nuestro propio ego. Un ego que se niega a reconocer
que participamos y somos responsables de cuanto sucede
a nuestro alrededor, que en nuestra mente también existen
conflictos, guerras, mentiras, violencia, miseria, odio,
injusticia, enfermedad, robos, que participamos de todas
las emociones que nos rodean. Que, en alguna medida,
nosotros ponemos nuestro granito de arena para que la
sociedad sea como es, que es imposible que se acaben
las guerras mientras nosotros no eliminemos de nuestra
mente las armas: pensamientos que se convierten en cañones,
bombas o misiles; intenciones que crean brechas y rupturas
en las relaciones; palabras que se convierten en puñales;
miradas que fulminan, etc.
Por tanto, cabría preguntarse: ¿quién soy yo para juzgar
a los demás? Seguramente eso que juzgamos tan severamente
lo hayamos hecho antes y aún sigamos haciéndolo, tal
vez en otro ámbito, tal vez en menor proporción... pero
la raíz es la misma.
Es posible que la vida nos ofrezca a través de personas
y situaciones difíciles el aprendizaje que nos permitiría
reconocer y sanar esa parte de sombra que nos devuelve
el espejo del otro, que sea la oportunidad de ser consciente
de algo y que cuando demos el paso y resolvamos el conflicto
la situación dolorosa o conflictiva desaparecerá para
siempre porque ya no necesitaremos esas condiciones
tan hostiles o esas experiencias tan duras para seguir
evolucionando.
Así pues, en lugar de juzgar al otro observemos en qué
medida lo que vemos en él forma parte también de nuestra
vida y empecemos por cambiar ese aspecto en nosotros.
Seguro que es la mejor aportación que podemos hacer
para colaborar en la creación de un mundo mejor.
María Pinar
Merino
|
|
|
|
© 2006 DSALUD.COM Ediciones MK3
S.L. C/ Puerto de los Leones 2, 2ª Planta. Oficina 9, 28220 Majadahonda,
Madrid. TF:91 638 27 28. FAX:91 638 40 43. e-mail: mk3@dsalud.com
|
|
|
|