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| CONFIAR
EN LA VIDA |
El sentido de la vida está plenamente relacionado con
un impulso: la supervivencia. Y ésta, a su vez, con
otro también fundamental: la confianza. Es el caso de
la confianza que alienta al espermatozoide que
compite con varios millones más para llegar al óvulo
y que, cuando llega a su destino, le hace de nuevo confiar
en que aquél le aceptará, se abrirá y podrá entrar.
Luego, cuando nacemos, la confianza sigue presente;
y es que no sólo ignoramos lo que nos vamos a encontrar
sino que llegamos indefensos a un lugar desconocido
sin saber quién nos va a recibir y qué recibimiento
nos hará.
Sin embargo, casi todos, en un momento determinado,
sentimos el impulso irresistible de empujar y empujar
abriéndonos camino por un túnel oscuro y angosto sin
saber a ciencia cierta qué nos espera al otro lado.
Confiando, una vez más, en que al final de ese trayecto
está lo que necesitamos. La naturaleza, después de meses
de preparación y gestación, se vuelca en ese momento
trascendental y todas las fuerzas -tanto de la madre
como del niño- se alinean con el objetivo de alumbrar,
de dar a luz.
Todo el que ha asistido a un parto ha podido comprobar
que es un momento maravilloso en el que parece que el
universo entero se para una milésima de segundo para
observar cómo nace a la vida un nuevo ser. Pues bien,
ese momento contiene, en sí mismo, toda la fuerza y
la magia de la creación. Y para el ser humano es su
primera prueba de confianza. La primera que le enfrenta
a un reto, la primera que le hace romper una barrera:
el primer miedo.
A partir de ese momento, en el que el niño muestra una
confianza absoluta en la vida, va a encontrar muchos
momentos en los que se va a sentir igualmente retado.
De hecho, apenas unos instantes después abre sus ojos
dispuesto a ver, extiende los brazos esperando que alguien
le reciba en los suyos, busca el contacto con otro ser,
el latido de otro corazón que le haga sentirse seguro...
y sigue dando pasos poniendo en práctica su confianza
una y otra vez.
La prueba máxima para él llega en el momento en que
ha de dar su primera inspiración, cuando siente la necesidad
de llenar sus pulmones de aire e inspira una y otra
vez confiando en que el aire estará ahí, que habrá aire
para su siguiente inspiración. Confiando...
Así pues, llegamos a la vida como seres débiles e indefensos
y es nuestra propia vulnerabilidad la que nos hace confiar.
Confiar, sobre todo, en los que nos rodean, conscientes
de que dependemos de ellos para nuestra supervivencia.
En esos primeros instantes, como seres independientes,
el impulso de confiar es tan fuerte como el de sobrevivir.
Y es el instinto vital el que activa ese mecanismo de
confianza ciega.
Después, a medida que pasa el tiempo y acumulamos experiencias,
vamos perdiendo la confianza incondicional con la que
nacimos y, a cambio, aprendemos a protegernos del exterior
con dos propósitos fundamentales: huir del dolor, en
unas ocasiones, y buscar la felicidad, en otras. Así
pues, cuando llegamos a adultos manejamos una buena
colección de mecanismos instintivos que nos ayudan a
sobrevivir pero, ¿confiamos en la vida?
Planteado de ese modo parece una frase grandilocuente
pero podemos acercarla a nuestra realidad cotidiana
bajándola alguna octava y preguntándonos: ¿Confío
en los que me rodean?
Vivimos en un mundo de interacciones constantes y cada
vez con más claridad comprobamos en qué medida nos afecta
lo que sucede a nuestro alrededor y cómo somos afectados
por el entorno.
Todos sabemos que las relaciones interpersonales son
los motores fundamentales de nuestra existencia pero
también que, a menudo, se convierten en una de las principales
fuentes de nuestros conflictos.
En el mundo de la empresa, por ejemplo, uno de los objetivos
más perseguidos es crear equipo, lograr grupos operativos
de trabajo donde las personas encuentren su función,
puedan desarrollar sus potencialidades y sean capaces
de unir sus esfuerzos para alcanzar objetivos comunes
previamente planteados.
Y se produce lo mismo en cualquier grupo del que participemos:
la familia, los amigos, los compañeros... Y es que en
todos los aspectos de nuestra vida precisamos cubrir
tres necesidades básicas:
1) Sentirnos incluidos. Saber que pertenecemos
a ese grupo y que nos consideran parte de él, que se
cuenta con nosotros.
2) Sentir que tenemos control sobre las decisiones
y las acciones de ese grupo, que sabemos cuáles son
las reglas del juego y que participamos activamente
en él.
3) Sentirnos queridos, aceptados y reconocidos
por lo que somos, no por lo que tenemos o sabemos. Esos
tres aspectos, cuando están cubiertos, producen personas
maduras, seguras, equilibradas, capaces de interactuar
perfectamente con los demás, sin conflictos en el dar
y el recibir, sin dependencias ni reclamaciones exageradas.
Y no cabe duda de que una de las piedras de toque con
que vamos a enfrentarnos en la interrelación con los
demás es el tema que hoy nos ocupa. Porque para que
una relación sea sana es preciso que se asiente sobre
un substrato de confianza mutua.
Es importante para la persona sentir que goza de un
espacio de seguridad donde puede expresarse con plena
libertad, donde coseche el respeto hacia sus ideas y
su persona, donde no se sienta juzgado y mucho menos
condenado. Y es que si no tiene ese espacio terminará
desarrollando una serie de mecanismos o escudos adoptando
posturas ficticias que no corresponden a su personalidad
interna sino que son fruto del miedo. Esa es la primera
piedra de un muro que se empieza a levantar entre los
protagonistas. A continuación vendrán los problemas
de comunicación, las ideas preconcebidas, la inflexibilidad
para renunciar a las posturas adoptadas, la crítica,
el juicio... Y ya estará creado el ambiente, sembrada
la desconfianza y todo lo que suceda a partir de ese
momento será recibido a través de ese tupido filtro
que hemos colocado.
Pero, ¿por qué es tan difícil crear un espacio de confianza?
Porque da igual que sea un grupo de varias personas
o una pareja: el problema se plantea en ambos casos.
Aunque cuando se produce en un grupo se hace mucho más
complejo ya que se desencadenan una serie de acciones
y actitudes tendentes a buscar el apoyo de los otros
miembros del grupo para los propios posicionamientos
con lo que se producen escisiones que en nada favorecen
la concordia y la comunicación.
¿Cómo romper, pues, esa situación? ¿Cómo capitalizar
esa experiencia que está siendo dolorosa para aprender
de ella? Un buen consejo es alejarse un poco, intentar
observar la situación desde la distancia porque así
podremos ver aspectos que antes nos pasaban desapercibidos.
Por ejemplo, apreciar desde dónde habla o actúa la otra
persona, cuál es el bagaje de experiencias que la han
llevado hasta donde ahora está, ver sus circunstancias,
su momento, sus motivaciones... Y -a poco que observemos
sin enjuiciar- descubrir qué reclamación hay tras esa
actitud, qué miedo trata de ocultar, qué necesidades
intenta cubrir...
Si hacemos una buena observación intentando partir de
cero, sin prejuzgar, olvidando la historia pasada, como
si estrenáramos la relación, seguramente encontraremos
un enfoque de la situación o de la persona que antes
no habíamos visto. La comprensión lleva al entendimiento
y éste a la aceptación de las diferencias sin por ello
sentirnos atacados ni sentir que nos están quitando
algo que nos pertenece.
La experiencia grupal, la relación interpersonal, sea
de la índole que sea, es la más bella de las escuelas.
Es la fuente de aprendizaje por excelencia, donde podemos
hacer realidad nuestras ideas, nuestras inquietudes,
la pista de pruebas donde experimentar los impulsos
internos. La vida nos proporciona un feed-back
real, mucho más auténtico que los test de laboratorio
de la Psicología.
La confianza en la vida nos haría verla como una escuela
de aprendizaje y experimentación constante con la conciencia
de que vamos a proyectar las experiencias que necesitamos
para seguir atendiendo a ese impulso que nos hizo llegar
a este mundo, un impulso que sigue haciéndonos empujar
-empujar con fuerza- para salir de los corredores oscuros
donde a veces nos metemos y para confiar en que, al
final de él, siempre se encuentra la luz.
María
Pinar Merino
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