La verdad es que en los tiempos que vivimos
resulta difícil mantener una actitud optimista ante la vida.
Y es que los medios de comunicación nos pintan un panorama
bastante negro: guerras, desastres naturales y provocados,
luchas separatistas, terrorismo, delitos, accidentes, amenazas
y crispación, aumento de las enfermedades, conflictos de
todo tipo... A veces nos engañamos diciéndonos que son cosas
lejanas que no nos afectan porque están acaeciendo en otro
país, en otra provincia o, a lo sumo, en otra familia. Sin
embargo, si nos detenemos un momento a observar lo que sucede
en nuestro entorno más inmediato nos daremos cuenta de que
no estamos tan lejos de esa "fotografía" que nos muestran
los medios de comunicación y que también en nuestra vida
cotidiana imperan esos mismos parámetros.
Pondré un ejemplo: hace unos días tuve que viajar a Barcelona
y el avión estaba lleno. Observé entonces que en la fila
de al lado se sentaban, uno detrás de otro, dos ejecutivos
con su maletín y esa mirada resuelta y un tanto hostil que
suelen mantener para defender su "territorio" ante los demás.
Tras el despegue, el viajero que estaba delante reclinó
el respaldo de su asiento. El que estaba detrás hizo un
aspaviento visiblemente molesto por el poco espacio que
le quedaba para leer cómodamente su periódico mientras protestaba
de forma genérica pero con el suficiente volumen para ser
oído. Entonces, en lugar de dirigirse a quien tenía sentado
delante para pedirle que no se echara tan atrás llamó a
la azafata y con un tono fuerte y desagradable le dijo:
"Haga el favor de decirle a ese señor que coloque su
asiento en otra posición porque me está molestando".
Obviamente, todos los que estábamos cerca le oímos; y, por
supuesto, el "aludido" también. La azafata se acercó pues
a éste y le preguntó si podría subir un poquito la posición
del respaldo.
-"Dígale a ese señor -respondió secamente
- que
estoy en mi pleno derecho de utilizar mi asiento y no tengo
ninguna intención de moverme. Estoy dentro de mi espacio".
Los recados se sucedieron y la azafata -muy joven- fue varias
veces de uno a otro repitiendo los mensajes que los protagonistas
se dirigían. Mientras, el resto de los viajeros asistíamos
atónitos a lo que sucedía. Finalmente, ninguno cedió y los
dos tuvieron un mal viaje. Porque estoy segura de que la
situación les hizo sentirse incómodos a ambos, no sólo por
fuera sino también por dentro.
Actitudes infantiles -o cuando menos adolescentes-, crispación,
ninguna intención de diálogo, prepotencia, soberbia, incapacidad
de autocrítica, inflexibilidad, enquistamiento de posturas...
¿No son los mismos atributos que adjudicamos a gobernantes,
políticos, dirigentes religiosos...? ¿No nos hemos contagiado
también la gente de "a pie" de esos mismos virus?
Cuando se asiste a este tipo de situaciones u otras similares,
tan normales en nuestra vida, uno no puede dejar de pensar
que algo hay que cambiar, que hay que mirar la vida con
otros ojos porque el camino que estamos emprendiendo no
conducirá a ninguna salida.
Veamos. Objetivamente, tenemos indicios claros para tener
una visión pesimista sobre lo que vivimos. El mundo está
tal y como nos muestran las imágenes de los medios de comunicación
y también como nosotros "vemos" cada día. Pero cabría preguntarse,
¿es todo así?
Evidentemente, no. ¡Hay tantas cosas hermosas a nuestro
alrededor! Lo que pasa es que son tan pequeñas que nos pasan
desapercibidas y cuesta verlas porque normalmente no "salen"
en las fotos que hacemos cuando observamos la realidad que
nos rodea.
Yo llevo siempre desde hace tiempo un pequeño cuaderno en
el bolso y cada vez que veo algo hermoso, algo que me conmueve,
me emociona o me sorprende lo anoto. Y cuando llega la noche,
antes de dormir, siempre leo la lista. Al principio eran
unas pocas cosas, ahora... ¡no sabéis como ha aumentado!
Y no creo que sea porque sucedan más cosas buenas a mi alrededor
sino porque mis ojos han cambiado, he aprendido a APRECIAR
(dar valor) a cosas que antes ni siquiera reparaba en ellas.
Os invito a que hagáis lo mismo durante tan sólo una semana
y veréis como crece vuestra lista.
Es hermoso el invierno cuando se expresa; bellísimo el amanecer
de cada día, siempre diferente; tierna y cálida la sonrisa
de un niño; reconfortante ver el asombro en los ojos de
un anciano; gratificante observar el vuelo de los pájaros
o mirar las nubes y descubrir el poco apego que tienen a
su forma y cómo nos dan ejemplo de cambio y adaptación constantes;
fantástico ver los colores, disfrutar de los olores, salir
de la ciudad y descubrir que tras los cristales de tu coche
hay un horizonte inmenso que es tuyo, encender un incienso
y cerrar los ojos, coger un libro, descubrir que te emociona
la poesía, oír una música hermosa, sentirte ayudado por
alguien que no esperas, escribir, tomarse una infusión calentita,
escuchar el viento y la lluvia fuera, respirar profundamente
y sentir el aire distribuyéndose por todos los rincones
del cuerpo, sentir la vida, buscar en los periódicos buenas
noticias (¡Las hay! No ocupan grandes titulares pero están
ahí...), etc.
La naturaleza -el decorado- y los actores -los seres vivos,
incluyendo a las personas- nos ofrecen cada día un montón
de cosas que pueden hacernos felices si nos paramos a mirarlas.
Y que no se me malinterprete que con esto no quiero decir
que cerremos los ojos a esa otra realidad que convive con
ésta. Al contrario, hay muchas cosas que mejorar y mucho
trabajo por hacer. Pero eso debe alegrarnos en lugar de
hacernos sentir infelices porque significa que estamos vivos
y aún no somos perfectos. Si lo fuéramos no estaríamos aprendiendo
y ya habría terminado todo para nosotros. Hay mucho que
mejorar pero también mucho que apreciar. Y me gustaría que
no nos olvidáramos de ello. Creo que es importante "sumar"
pensamientos positivos porque de los otros ya se encarga
mucha gente.
María Pinar Merino