No estamos acostumbrados a aceptar el
dolor. Nadie nos ha enseñado. Es más, en nuestra cultura
occidental y progresista se coartan las manifestaciones
de dolor: está mal visto. En una sociedad dónde el éxito,
el brillo personal o profesional, las metas y los logros
alcanzados son mostrados como exponente de la valía de una
persona resulta muy difícil admitir que a todo proceso de
pérdida -sea de un ser querido, de una situación, de una
circunstancia, de un estatus o de un objeto- le sigue un
proceso más o menos largo de adaptación a la nueva situación.
La forma que tenemos en Occidente de controlar las emociones
es sencillamente negarlas, ignorarlas, seguir nuestra vida
como si no pasara nada, como si no existieran. Sin embargo,
esa actitud es una fuente de desequilibrios psicológicos
y emocionales que hará que nuestro cuerpo reaccione -con
el tiempo- provocando somatizaciones que probablemente desemboquen
en enfermedades de todo tipo. Veamos cómo es el proceso.
Cada situación que vivimos, especialmente si trae consigo
una carga emocional, provoca en nuestro organismo un torrente
de reacciones químicas de tal manera que nuestras glándulas
-obedeciendo las órdenes del cerebro- segrega gran cantidad
de hormonas que permitan al organismo liberarse de esa emoción,
sea del signo que sea.
Cuando se trata de algo que nos produce alegría, felicidad,
normalmente no tenemos problema para expresarlo dando así
salida a esa energía extra que hemos acumulado en el cuerpo.
Y cuando la expresamos el cuerpo se libera, se limpia y
deja espacio libre para poder repetir el proceso cuando
llegue la ocasión.
Pero, ¿qué sucede cuando se trata de algo doloroso? Cómo
reaccionamos ante algo que nos da miedo? ¿Qué hacemos cuando
nos sentimos avergonzados por sentir algo que nos parece
que no está "bien visto"? Pues, sencillamente, que coartamos
la manifestación de esa emoción, la negamos y seguimos actuando
como si nada hubiera pasado.
Y claro, cuando vuelve a aparecer otro episodio del mismo
signo nuestro cuerpo sigue recibiendo su carga química correspondiente
para poder resolver la situación y esa nueva dosis se acumula
a la que ya teníamos almacenada.
Eso sucede con el estrés pero también con la tristeza, con
la nostalgia, con el miedo y con cualquier otra expresión
de nuestra personalidad a la que no proporcionamos una salida
fácil.
Y llega un momento en que la reacción ante cualquier hecho
puede llegar a ser tan desorbitada que nos sorprendemos
cuando vemos en otros o en nosotros mismos tal desproporción
entre la respuesta y el estímulo que la produjo. Simplemente
estamos dando salida a esa carga química que cuando llega
a su nivel de saturación en el cuerpo busca la manera de
salir como sea, arrasando cuanto encuentra a su paso.
Una de las mayores dificultades con la que nos encontramos
es precisamente la expresión de dolor por la pérdida, sea
ésta del tipo que sea (física, económica o social). Aunque
la situación más grave es cuando nos enfrentamos a la muerte
de un ser querido. También es algo que se produce cuando
nos encontramos con una situación de ruptura ya sea de pareja,
afectiva, laboral o de cualquier otro tipo. Pues bien, el
nivel de tolerancia a la frustración y la forma en que hayamos
resuelto en la vida las pequeñas pérdidas a las que nos
hemos enfrentado serán determinantes a la hora de resolver
situaciones más graves.
Socialmente, la expresión del sufrimiento está mal vista.
Se nos exige superar cuanto antes las crisis y volver a
"la normalidad". No obstante, nos olvidamos de que la tristeza,
la nostalgia o el dolor son reacciones absolutamente normales
y necesitan su tiempo y espacio para ser expresadas. Si
les damos la espalda y nos refugiamos en taparlas con nuevas
adquisiciones o experiencias que sustituyan a lo que hemos
perdido estaremos engañándonos a nosotros mismos.
El mundo exterior apoya constantemente este comportamiento
evasivo pero aunque nos resulte difícil incorporar la palabra
"duelo" en nuestra vida hoy es más necesario que nunca porque
la vida, con sus constantes cambios, nos coloca muy a menudo
en situaciones de pérdida. Bien es verdad que no todas tienen
el mismo significado ni la misma profundidad pero sí que
es importante familiarizarse con esos sentimientos y, sobre
todo, estar preparado para afrontarlas cuando se presenten.
Consejos del tipo
"No estés triste", "Tienes que distraerte
más", "Olvídate de lo que no puedes cambiar", "Mira hacia
delante", "No pienses más en eso", "Hay que ser fuerte",
"No llores delante de los demás, que no te vean así" o
"Piensa en los demás" lo único que hacen es negar a
la persona la oportunidad de expresar sus sentimientos obligándola
a comportarse de acuerdo con determinados criterios sociales
o del ambiente donde vive.
No hay por qué temer la expresión de un sentimiento de dolor.
Ni hay por qué aconsejar al otro lo que tiene que hacer.
Nadie puede saber cómo se siente una persona ya que cada
uno de nosotros vive los acontecimientos de forma absolutamente
única y personal. No debemos recurrir a expresiones como
"el tiempo lo cura todo" o apremiar al otro a que
se dé prisa en resolver su dolor. Tampoco podemos resolver
la situación sustituyendo lo que hemos perdido por algo
nuevo. Cuando a un niño que ha perdido su mascota le regalamos
de inmediato otra le estamos negando la posibilidad de expresar
sus sentimientos, reconocerlos, crecer y madurar. Le estamos
negando un aprendizaje que le será imprescindible para su
vida.
Si ante un aborto o la pérdida de un hijo pequeño corremos
desesperadamente en busca de otro embarazo estaremos eludiendo
el proceso doloroso y probablemente ese niño que nazca estará
sobreprotegido y sometido a presiones familiares que de
otro modo no hubiera sufrido.
Cuando la ruptura con una pareja nos hace incorporar de
inmediato a nuestra vida a otra persona estaremos proyectando
en esa nueva relación angustias, expectativas y dependencias
no resueltas de los anteriores lazos.
Cuando recurrimos a sedantes y barbitúricos que nos "ayuden"
a no ser conscientes del proceso que estamos atravesando
estamos impidiendo que se activen los resortes internos
que tenemos los seres humanos para salir de cualquier situación.
En definitiva, cuando intentamos tapar la pérdida y distraer
nuestra atención de ese proceso nos estamos negando una
maravillosa oportunidad de crecimiento.
Cuando perdemos algo o a alguien hay una parte de nosotros
que también se va con ellos y es preciso recuperarnos de
la pérdida volviendo a encontrarnos con esas partes perdidas,
recuperándolas; y para ello el duelo es un tiempo muy necesario.
Es la forma de reajustar nuestra vida a la nueva situación.
Si realizamos todo el proceso seguramente atravesaremos
zonas de nuestro territorio interior poco transitadas, sentimientos
difíciles de identificar, emociones que nos producirán dolor.
Sin embargo, no podemos olvidar que en el recorrido habrá
etapas más o menos agudas hasta que por fin desemboquemos
en la resolución de la crisis.
En los primeros momentos se producirá un shock, un estado
de aturdimiento, de dolor agudo, tal vez de insensibilidad,
de negación o de incredulidad ante lo que la persona está
viviendo.
Después hay realmente una toma de conciencia de la pérdida.
A continuación surgen las emociones y los bloqueos, la rabia,
la ira, la sensación de injusticia, el resentimiento.
En la siguiente fase la persona puede sentirse aislada,
buscar la soledad, sumirse en la depresión o la tristeza,
dejarse ganar por el miedo y la angustia.
Más adelante surge un proceso de autoanálisis en el que
con frecuencia aparece la culpa, los autorreproches.
Y, finalmente, llegamos a un proceso de cicatrización de
las heridas abiertas. En esta fase la persona aprender a
confiar en sus propios recursos para salir adelante. Se
produce la aceptación tanto de forma intelectual como emocional
de la pérdida. Se reconcilia con el pasado y es capaz de
recordarlo sin rencor y sin conflicto con lo cual está preparada
para mirar al futuro y afrontar nuevas actividades y responsabilidades.
En resumen, se trataría de:
1. Aceptar la pérdida.
2. Expresar emociones y sentimientos.
3. Aprender a vivir sin lo
que hemos perdido.
4. Recuperar el interés por
la vida soltando el dolor y el pasado y recordando que la
vida está llena de maravillosas posibilidades que nos esperan.
Dicen los psicólogos que el ser humano tiene dos mecanismos
para avanzar: acercarse a lo que le proporciona placer y
alejarse de lo que le causa dolor. Y es bien cierto pero
también lo es que si no completamos el proceso del duelo
por la pérdida habremos dejado etapas por cubrir, etapas
fundamentales para conocernos mejor, para superar nuestros
retos, nuestras dificultades, para descubrir los recursos
internos que todo ser tiene, para conectar con la fuerza
interior que nos permita sentirnos libres en cualquier circunstancia
María Pinar Merino