La vida nos hace a veces afrontar situaciones
críticas en las que se ponen a prueba nuestras convicciones
más profundas: una enfermedad propia o de alguien cercano,
la pérdida de un ser querido, un despido inesperado, un
accidente grave, la pérdida de poder, estatus o imagen...
Casos en los que es normal que nuestro primer sentimiento
sea el de inseguridad por el nuevo estado y surja el miedo
como mecanismo de defensa. Y hay que decir que la respuesta
habitual ante las crisis suele ser instintiva: atacar o
huir. Es decir, enfrentándonos para repeler el peligro o
escapando para intentar evitar el dolor.
Pues bien, la Filosofía Perenne nos habla de que las crisis
son, en realidad, puntos de máxima tensión de un proceso
continuo como es la vida; que estar en crisis es síntoma
de crecimiento y que, consecuentemente, representa una oportunidad
inestimable de aprendizaje, de cambio, de plantearse alternativas
en la vida que no hubiéramos visto de no haberse planteado
esa situación. Y si bien normalmente no tenemos capacidad
para cambiar los acontecimientos sí tenemos a nuestro alcance
la facultad de elegir cómo vivirlos.
Hace poco visité a una amiga que había sufrido un accidente
hacía algo más de tres meses mientras practicaba senderismo.
Había caído por la grieta de un barranco desde 10 metros
de altura. Y creo que su caso puede servirnos de referencia
para identificar algunas de las actitudes, posturas y reacciones
características a las que quiero referirme.
Un denominador común es la sensación que tienen muchas personas
de que el proceso en realidad había comenzado bastante tiempo
antes de que se produjeran los hechos. En este caso,
M.
J. me relataría que durante los tres meses que estuvo
en cama, prácticamente inmovilizada, fue dándose cuenta
de que el proceso que estaba viviendo había comenzado varios
meses antes. En los últimos tiempos tenía la sensación interna
de que se avecinaba un cambio grande en su vida. Y que en
los momentos de soledad, cuando lograba acallar el ruido
de su mente, percibía claramente una especie de impresión
que identificaba con algo como
"Prepárate, va a suceder
algo importante".
¿Sería -se preguntaba- un cambio de trabajo? ¿Algún viaje?
¿Conocería a alguien interesante? Todo eran conjeturas.
Sin embargo, percibía cada vez más claramente ese aviso
sutil. Y de forma inconsciente empezó a hacer cosas que
hoy, cuando rememora lo sucedido semanas antes del accidente,
le parecen muy significativas y entiende que no se trataban
de hechos aislados, como creía, sino que obedecían a un
hilo conductor que estaba presente en cuanto hacía: renovó
la tierra de todas las plantas de su casa, se deshizo de
ropa que no usaba, reorganizó los armarios, la biblioteca,
la cocina... Nunca había sido una maniática del orden pero
la sensación de dejar las cosas hechas le producía una gran
tranquilidad.
"Aquella mañana del 26 de Abril -me diría-,
cuando cerré
la puerta de casa pensé: 'Está todo en orden'.
Y
ese pensamiento me produjo una sensación de alivio".
Poco después tendría el accidente. Y tras un complicado
rescate, a las tres horas ingresaba en el hospital. Tenía
varias vértebras sacras dañadas, el tobillo izquierdo roto
por varios sitios y la muñeca izquierda también fracturada.
Afortunadamente no había lesión medular ni daños neurológicos;
era simplemente una paciente para traumatología, lo mínimo
que podía sucederle ante lo peligroso de la caída.
"A partir del momento en que ingresé en el hospital
-continuaría diciéndome-
toda mi vida se desarrolló en
función de las horas en las que estaban fijadas las pruebas,
los análisis, las visitas de los equipos especialistas...
y la cercanía de mi familia y mis amigos. Mis hijos acudieron
inmediatamente a mi lado al igual que mi ex marido y estuvieron
apoyándome y acompañándome en todo momento. Las muestras
de cariño, las llamadas, las flores y los mensajes constantes
me hicieron dar cuenta de lo afortunada que era al contar
con tanta gente cercana".
Todo el mundo le decía que había vuelto a nacer y ella preguntaba:
"Si, pero, ¿a qué he nacido?" Sabía que ese parón
en su vida debía tener un significado, que era una oportunidad
inestimable... pero enredada en el día a día del hospital,
de las camillas, de los quirófanos y de los diagnósticos
no tenía tiempo para estar en silencio consigo misma.
Resultaba curioso oírla hablar sobre lo que había pasado.
No reflejaba ningún miedo; al contrario, mostraba una serenidad
sorprendente. Incluso su voz era más reposada, un poco más
grave y la mirada más sosegada.
Cuando llegó el momento de entrar en el quirófano para enfrentarse
a la operación de columna -que duró cinco horas- era ella
quien daba ánimos a los demás que no podían ocultar su preocupación,
su miedo. M. J. bromeaba, completamente segura de que todo
iba a ir muy bien. Y así sucedió: la intervención fue un
éxito, los médicos estaban muy contentos, repararon la vértebras
con unas placas y después operaron el tobillo y la muñeca.
Colocaron clavos y recrearon las estructuras dañadas.
¡Ya estaba lista!... pero ella seguía preguntándose:
"¿Por
qué y para qué?".
Y llegó el día de salir del hospital y regresar a casa,
a su antigua casa, la que había dejado tras su separación.
Acondicionaron la casa para que pudiera tener una cama en
el salón. Podía ver la calle por la ventana, los árboles...
le llegaba el ruido de la vida a través del gran ventanal.
Escuchaba el tráfico, las voces, las músicas cada vez más
cercanas... pero seguía en la cama. Aún no le habían dado
permiso para usar la silla de ruedas. Así que dependía absolutamente
de los demás.
Entonces empezaron a surgir los miedos. Las sensaciones
y emociones que habían estado agazapadas mientras estaba
en el hospital irrumpieron en aquel salón. Y M. J. no sabía
como zafarse de ellos. Tenía miedo a dormirse, a cerrar
los ojos. Pensó que seguramente era un efecto secundario
de la morfina que le producía un estado de somnolencia extraña,
plagado de pesadillas. Se despertaba siempre angustiada
y no quería volver a dormirse. Temía cerrar los ojos. También
tenía miedo a la oscuridad pero, sobre todo, a quedarse
sola.
"La familia empezó a hacer su vida norma -me diría-.
Se iban a trabajar y yo me quedaba allí, en la cama, hasta
mediodía. Tenía a mi alrededor todo lo que podía necesitar
pero... estaba sola durante horas".
Entonces comprendió que la imagen de mujer fuerte y
decidida que tanto le había costado construir se venía abajo.
Seguramente todos la veían tan bien, tan animosa, que no
se daban cuenta de que aunque no era una enferma sí necesitaba
mucha ayuda. No veían que dependía de ellos para todo, que
no podía valerse por sí misma y que les necesitaba.
Empezó entonces a plantearse que tal vez había cosas del
pasado que se habían quedado colgadas y era necesario retomarlas.
"Había salido de aquella casa hacía varios años -me
diría-
, tras mi separación matrimonial, que no había
sido sino un paso más de una ruptura que se había producido
ya años antes. Por eso me marché sin dar demasiadas explicaciones.
Estaba todo dicho y no había nada que aclarar, ni que justificar.
Yo entendía que estaba claro para todos".
Fue una "muerte dulce", algo que se había ido apagando y
ella simplemente cerró la puerta y se alejó. Buscó un piso,
lo arregló y se independizó. Pocos meses después su hijo
pequeño se fue a vivir con ella.
Habían pasado cuatro años desde entonces y ahora las circunstancias
de la vida la llevaban de nuevo allí, a convivir con las
mismas personas. Estaba otra vez entre aquellas paredes
y con toda la familia. ¿Qué le estaba mostrando la vida?
Su única salida para entender lo que estaba pasando era
mirar hacia dentro porque si miraba hacia fuera no entendía
nada. Porque fuera estaba la indiferencia que provocaba
en los suyos, la rabia contenida porque había venido a inmiscuirse
en sus vidas de nuevo, la reclamación por sentirse abandonados,
los recelos... Fuera estaban las molestias que les causaba,
el trabajo extra, la atención que tenían que prestarle,
la responsabilidad que habían adquirido sin haberlo elegido...
Y todo eso era terriblemente doloroso. Mucho más que las
cicatrices del accidente y las operaciones.
Pero descubrió que mirando hacia dentro siempre encontraba
un camino, una vía de comprensión y aceptación. La regalaron
un libro de Feng-Shui y comenzó a recolocar las cosas a
su alrededor mientras internamente intentaba seguir un proceso
similar.
Primero empezó a trabajar sus propios sentimientos y emociones
para aceptar lo que le estaba pasando, para no renegar de
lo que sentía, para reconocer dónde estaba, cómo estaba,
con quién estaba y por qué estaba así.
Y cuando tuvo claras las cosas decidió hablar con cada uno.
Se habían creado grandes distancias entre ellos. La falta
de comunicación había hecho estragos y ahora era difícil
reanudarla. Las fisuras se habían convertido en brechas
profundas, había que saltar por encima de los reproches,
de los juicios, de las culpas... de todo eso con que nos
"regalamos" los oídos unos a otros cuando no estamos en
paz con nosotros mismos.
Se propuso hablar con cada uno por separado. Fue duro, doloroso,
pero quería escuchar sus palabras, oír sus reproches velados,
recibir sus reivindicaciones e, incluso, intentar escuchar
lo que había detrás de lo que decían.
"Cerraba los ojos durante un instante, respiraba hondo
e intentaba sintonizar con mi corazón, sentir sus latidos.
Y entonces, en una doble conciencia, entendía lo que había
por encima de sus palabras, lo que significaban sus frases,
lo que destilaban sus silencios... y conectaba con ellos,
a un nivel muy profundo, donde residía la incomprensión
como fruto del dolor, del sufrimiento y del miedo. Y pude
ver que hay dolores que no se calman con analgésicos, que
hay heridas que no cicatrizan aunque pase el tiempo, que
hay vacíos que no pueden llenar otras personas u otras relaciones.
Entendía desde dónde me hablaban y lo que estaban expresando".
Y entonces respiraba hondo y colocaba su consciencia ahí,
justo en el corazón, y empezaba a hablar desde ahí, como
si con cada latido saliese impulsada una frase, una palabra,
un sentimiento, una emoción sincera...
Los minutos pasaban y ella seguía manteniendo la conversación
pero siempre desde ese punto, intentando no engancharse
en lo que le decían. Corazón, corazón, sólo corazón... que
fuese el corazón el que hablara. Era su premisa, la única
que mantenía con una fuerza y una convicción totales. A
veces la dejaban sola en la habitación dando por terminada
la charla. Parecía que no habían logrado entenderse, que
todo acaba con un exabrupto o una frase airada... pero cuando
volvían a aparecer al cabo de un rato buscaba algún signo
de cambio. Aprendería así a identificar esos signos imperceptibles
que dejamos cada uno escapar descubriendo en sus palabras
un tono distinto, en su mirada un calor que antes no había...
y aquel sería el comienzo de la distensión, del acercamiento.
"Llevo tres semanas en la silla de ruedas -me contaría-
y hemos hablado tanto que siento que estamos limpiando el
camino que nos separaba y que se había llenado de maleza
haciéndolo intransitable".
En alguna ocasión surgía la necesidad de pedirse perdón
mutuamente pero de una forma en que las palabras ya sólo
eran el punto final porque el reencuentro se había producido
antes. Las palabras finales de reconocimiento del dolor
del otro eran como el trazo que daba por terminado el cuadro
porque las pinceladas se habían ido plasmando en las conversaciones
anteriores.
Hoy M. J. piensa que la vida le ha brindado la oportunidad
de comunicarse con su familia desde una postura diferente.
Esa
"onda de cambio y de replanteamiento de esquemas
mentales" ha alcanzado también a sus hermanos y a otras
relaciones que están sanándose a la vez que cicatrizan los
puntos de sutura de sus heridas físicas.
Ella cree que cuando abandone esa casa, cuando pueda reincorporarse
a la vida normal, tal vez no haya ya tantos bloqueos y la
experiencia habrá servido para que todos maduren un poco
más. Seguramente surgirán nuevas dificultades de comunicación,
tal vez vuelvan a encastillarse en posturas irreconciliables,
quizás aparezcan de nuevo bloqueos y malos entendidos...
pero los pasos que han dado durante estos meses nos muestran
el camino que hay que recorrer para acercarnos a los demás.
Y ese aprendizaje no se olvida.
Mi amiga ha comenzado ahora con las largas sesiones de rehabilitación.
Y mientras el fisioterapeuta mueve sus músculos, sin fuerza
tras la inactividad, ella intenta mover sus "estructuras"
internas de pensamiento en un intento de que la sanación
se produzca en todos los niveles: físico, energético, mental
y emocional.
"Siempre he pensado -terminaría diciéndome
- que
la vida es una escuela y sé que ésta es una lección más
que tenía que aprender. Tal vez como tengo una cabeza dura
me he buscado pasar por algo tan extremo porque de otra
forma tal vez no me habría enterado. Sé que tengo que seguir
aprendiendo y espero que a partir de ahora no necesite pruebas
tan difíciles para asimilar el siguiente aprendizaje".
María Pinar Merino