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| TODOS
MERECEMOS DISFRUTAR DE LA VIDA |
A veces nos llegan noticias sorprendentes
de personas que han vivido siempre en la precariedad e,
incluso, en la miseria... y al fallecer sus familiares
descubren que guardaban grandes cantidades de dinero escondido
en los sitios más insospechados. Hay muchos casos. Y uno
se pregunta: ¿qué motivaciones puede haber detrás de semejante
comportamiento?
Suele pasarles a personas con desarreglos de personalidad
que sufren algún tipo de neurosis o síndrome paranoico
y frecuentemente es consecuencia de haber pasado grandes
privaciones en la infancia o en la juventud siendo eso
lo que las ha llevado a atesorar y guardar cuanto conseguían
a lo largo de su vida. De hecho, esa actitud suele darse
mucho entre personas en cuyo hogar se vieron privados
de casi todo a causa de la guerra. Y a veces se añade
la excusa de que lo guardan para sus hijos, para que no
pasen lo que él -o ella- ha pasado. Pero da la sensación
de que lo que se esconde de verdad detrás es el miedo,
la inseguridad.
Quizás sean casos extremos pero hay muchos aspectos que
entroncan con esas mismas actitudes de negación. Por ejemplo,
esa costumbre tan extendida -incluso hoy día- de mantener
el salón de casa como si fuese una exposición de arte
donde sólo se puede entrar cuando llega alguna visita.
O el no usar jamás esa vajilla especial, ese estupendo
mantel de lino, la cubertería de plata... o incluso la
ropa recién comprada porque es sólo para las grandes ocasiones.
¿Cuantas veces se habrán quedado pequeñas en los armarios
prendas de vestir y zapatos porque los niños crecieron
sin tener la oportunidad de usarlos o lo hicieron hecho
sólo en alguna ocasión muy especial?
Aún se mantiene, sobre todo en los pueblos, la costumbre
de conservar las antiguas cocinas de leña o carbón en
alguna parte de la vivienda tras construir una nueva cocina,
amueblada con esmero y todo tipo de comodidades y electrodomésticos.
A pesar de lo cual muchas veces la vida se sigue haciendo
en la vieja cocina mientras la zona nueva de la casa se
mantiene incólume, como si de una exposición se tratara.
Pues bien, si profundizamos un poco quizás descubramos
otras motivaciones detrás de tanto anacronismo, de tanto
afán por conservar para la ocasión, de guardar para el
futuro. Es posible que en el fondo haya un problema de
autoestima, de no sentirse merecedores de disfrutar de
lo que se ha logrado con esfuerzo. Tal vez la idea de
"no ser dignos de" -que tan buen resultado le ha dado
a algunas instituciones religiosas para crecer- nos haya
marcado en cosas tan aparentemente sencillas de nuestra
vida cotidiana. Solo que esa actitud es como mirar la
vida por un ventanuco en lugar de abrir un amplio ventanal
ante nosotros. Y por ese ventanuco nunca veremos más que
una pequeña porción del horizonte.
Es más, ¿relacionamos tal vez el poseer bienes materiales
con el pecado? ¿El disfrutar y el placer con algo reprobable?
¿El sufrimiento y la estrechez con el ingreso por la puerta
grande en el mundo espiritual? No están tan lejos de nosotros
algunas ideas que han funcionado como pilares en nuestra
cultura como la convicción de que la mortificación y la
renuncia nos acercan más a Dios. Desgraciadamente, algunas
mentes obtusas de nuestros predecesores han dibujado un
mundo tan pequeño a nuestro alrededor que sólo cabía el
propio ego dejando fuera todo lo que nos alejaba de nosotros
mismos...
Y, sin embargo,, cabe preguntase: ¿qué pasaría si a un
niño recién nacido le priváramos de estímulos, de ayuda,
de "escenarios" por recorrer para ir aprendiendo y creciendo?
Pues cuando nosotros nos quedamos en la cocina vieja,
cuando guardamos muy bien en nuestros armarios lo que
tenemos, cuando no usamos lo que hemos construido... estamos
encerrando a nuestro ser en un mundo tan pequeño, en un
corsé tan estrecho que va a limitar su desarrollo. Porque
si uno no sabe ser generoso consigo mismo es imposible
que pueda serlo con los demás. Es curioso observar cómo
esas personas que todo lo guardan para después, a medida
que se van haciendo mayores se ven aquejadas de una terrible
desconfianza que va creciendo dentro de ellos como si
de un tumor maligno se tratara.
Creen que los que les rodean buscan lo que tienen, que
quieren quitárselo. Y se valoran a sí mismos en la medida
en que tienen. Por eso hay tantos padres que no sueltan
sus herencias hasta el final provocando a veces que Hacienda
se quede con un buen pedazo del pastel. Piensan que si
reparten antes su patrimonio sus hijos no les van a querer
igual y se van a ver solos y abandonados. Y esto, que
podría parecer algo propio sólo de la España profunda,
no lo es tanto. Sucede cada día en todas partes e, incluso,
en familias acomodadas.
Es importante darnos cuenta del momento en el que estamos.
Las cosas han cambiado, nosotros hemos cambiado y no podemos
seguir viviendo la vida como hacíamos antaño. Ya no. Antes
quizás fuera importante no usar los zapatos nuevos más
que en las fiestas del pueblo o en las bodas pero ahora
hay que ponérselos en el mismo instante en que te los
has comprado, hay que disfrutar la ilusión que te ha hecho
llevártelos. No se puede renunciar a lo que uno ha conseguido;
es un autocastigo inútil que sólo conduce al aislamiento.
Si tenemos conciencia de precariedad estaremos sembrando
en nuestro universo personal esa misma energía. Si generamos
la idea de que no somos merecedores de lo que tenemos
es que no somos capaces de valorarlo y terminaremos perdiéndolo.
Es increíble hasta qué punto el pasado y los condicionantes
aprendidos en la infancia, la escala de valores inculcada
en los primeros años, puede llegar a condicionar nuestra
vida.
Los apegos son una lacra para la persona y cuando esos
apegos son materiales representan un encadenamiento difícil
de romper. Aquel viejo y falso dicho de "Tanto tienes,
tanto vales" está profundamente arraigado en el inconsciente
colectivo de nuestra cultura.
Es importante romper ese patrón neurótico para que las
generaciones venideras no sigan repitiéndolo. Si has logrado
algo con tu esfuerzo te asiste todo el derecho de disfrutarlo.
Más que el derecho, el deber. Porque sólo así podrás apreciarlo,
transformarlo en energía, liberarlo, hacerlo crecer y,
sobre todo, dejando espacio para que sigan llegándote
más bendiciones.
María Pinar Merino
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