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| LOS
PASOS QUE SE DAN A MEDIAS SOLO SIRVEN PARA RETROCEDER |
La mayoría de los seres humanos tenemos
dificultad para darnos cuenta de que es necesario ir cerrando
etapas en nuestra vida. Nos empeñamos muchas veces en
mantener empleos, casas, relaciones, en vivir en un determinado
lugar... Decisiones que nos hacen infelices.
Nos resulta complicado admitir que algo ha llegado a su
fin. Tal vez sea para ocultar ese miedo ancestral que
nos enfrenta a nuestra propia y definitiva desaparición:
la muerte. Por eso cuando se producen cambios en nuestra
vida no dejamos de preguntarnos los porqués creyendo que
si entendemos el motivo podremos liberarnos y vivir plenamente
el momento presente.
Cuando nuestra mirada está dirigida al pasado, sin aceptar
que hay momentos en la vida, circunstancias, amistades,
matrimonios, trabajos, etc., que quedaron atrás y nos
empeñamos en añorar lo que teníamos antes o en preguntarnos
por qué lo hemos perdido estamos malgastando una gran
cantidad de energía en algo que no tiene solución: lo
que pasó, pasó, y nada podrá hacerlo cambiar.
Como decía Fritz Pearls en aquel fantástico poema
de la Gestalt:
"Yo hago lo mío y tú haces lo
tuyo.
No estoy en este mundo para llenar tus expectativas
y no estás en este mundo para llenar las mías.
Tu eres tú y yo soy yo,
y si por casualidad nos encontramos, es hermoso.
Si no, no hay nada que hacer".
La filosofía oriental nos habla de la necesidad del desapego,
de desprenderse, de soltar. Está claro que nadie puede
quedarse en la infancia -por mucho que esa haya sido una
bella etapa de su vida- o mantenerse en una eterna adolescencia
-peleando contra todo y contra todos-. Ni podemos mantener
una relación con quien ha roto sus vínculos con nosotros,
ni pretender conservar el trabajo en una empresa que quizás
ya ni existe.
Las experiencias de la vida pasan y es importante dejarlas
ir. Por eso tiene sentido cuando hacemos limpieza en nuestros
armarios y regalamos aquella ropa que ya nunca nos volveremos
a poner. O nos deshacemos de esa caja que contenía los
mil pequeños recuerdos (la entrada del cine, el lazo que
envolvió un regalo, una hoja de aquel otoño en Aranjuez,
unas cartas, un libro etc.). A veces es necesario regalar
o vender cosas de nuestro pasado porque nos mantienen
atados a él. Y cuando uno está atado no puede seguir avanzando.
Esas acciones externas favorecen procesos interiores de
desapego, de superación, que nos permiten pasar una página
más de nuestra vida para centrarnos en lo que hoy somos,
tenemos, queremos, sentimos, deseamos o proyectamos.
El cerebro es un elemento que está a nuestro servicio,
es decir, nos brinda aquello que le solicitamos. Si nos
empeñamos en revisar la "cinta" grabada de nuestros recuerdos
nos la servirá sin dudar y la colocará una y otra vez
hasta que nuestra obsesión deje de solicitarlo.
La vida es algo que va hacia delante, nunca hacia atrás.
No podemos rebobinar constantemente lo que fue, no podemos
seguir dejando la puerta abierta "por si acaso", ni esperar
volver a trabajar en aquella empresa que nos motivó, ni
participar en aquel proyecto que nos cautivó. Porque nada
de aquello existe en nuestro día de hoy. Todo y todos
han cambiado igual que hemos cambiado nosotros. Aquella
experiencia nos sirvió en ese momento y seguramente hoy
sería irrepetible.
Especialmente las rupturas sentimentales son las que mayores
problemas psicológicos y emocionales producen. Es necesario,
como decíamos hace unos meses, vivir el tiempo de duelo.
En él se hará la revisión que consideremos oportuna pero
después hay que romper con las expectativas de recuperar
lo perdido e, incluso, con la obsesión por las aclaraciones,
con el recuerdo de las palabras, de los gestos, de los
silencios. Hemos de tomarnos un tiempo prudencial para
recolocar todas esas piezas que quedaron dispersas y sin
aparente conexión pero, una vez hecha esa tarea, hay que
mirar hacia delante y vivir el presente porque si no,
nos lo estaremos perdiendo.
Es bueno reconocer que igual que no podemos ponernos la
misma ropa de cuando éramos pequeños tampoco podemos encajar
en aquella relación del pasado, o en aquel trabajo primero,
o en aquella amistad... No somos los mismos, sabemos que
cambiamos a cada instante aunque no seamos muy conscientes
de ello y el ambiente donde pretendemos volver tampoco
es el mismo.
A veces decimos que nada ni nadie es indispensable pero,
¿realmente nos lo creemos? ¿Lo practicamos? ¿O tratamos
de aferrarnos al pasado idealizando los recuerdos?
Nada hay tan falso como un recuerdo. La primera vez que
accedemos a él y lo relatamos somos ligeramente inexactos
pero cada vez que accedemos a ese mismo registro vamos
variando de forma significativa los hechos añadiéndole
detalles, ignorando otros, olvidando algunos... y eso
se produce porque cada vez que intentamos recordar no
podemos sustraernos al fuerte condicionante de lo que
estamos viviendo en el momento presente, con quién estamos,
qué sentido queremos resaltar de ese recuerdo, qué objetivo
perseguimos al contarlo. Y eso nos hace ir modificándolo
de acuerdo a lo que necesitamos en cada momento. No olvidemos
que la memoria es selectiva y nos va a proporcionar lo
que deseamos.
Así pues, y en orden a liberarnos de los pesos del pasado,
es importante recordar que cuando venimos a este mundo
venimos solos y que solos iremos cuando lo abandonemos.
En el transcurso que va de uno a otro momento es cuando
nos vamos interrelacionando y eso está bien porque es
nuestra principal fuente de aprendizaje.
Prácticamente todas las escuelas de conocimiento y crecimiento
tienen entre sus objetivos que el alumno encuentre un
posicionamiento mental que le permita desidentificarse
de posturas o situaciones, un estado que le facilite la
observación de las personas o circunstancias con mayor
objetividad; en definitiva, intentan alcanzar una independencia
emocional. Y ello sólo es posible si logra liberarse de
las vivencias del pasado, si no arrastra consigo las situaciones
-resueltas o no- que ha ido viviendo.
Es preciso cerrar las experiencias cuando éstas se agotan
para poder abrirnos a otras nuevas, como hace la madre
naturaleza que nos muestra su sabiduría al programar sus
ciclos continuos pero claramente diferenciados.
La vida y la muerte son dos pasos de un mismo proceso.
Y el nacimiento de una amistad, de una relación amorosa,
de un trabajo, de un proyecto... tienen también su ciclo
natural en el que la energía le hará crecer, desarrollarse
y después terminar en algo diferente. Sólo hay que estar
atentos al momento en que eso se produce, darnos cuenta
de cuándo se ha terminado algo para soltarlo sin quedarnos
atrapados en las emociones.
Y es que las emociones -ya lo hemos dicho otras veces-
parece que nublan nuestra capacidad de usar la lógica
y el razonamiento o que, al menos, interfieren de forma
clara. No podemos ver la vida mirando constantemente hacia
atrás, esperando que se produzcan cosas que tienen relación
con el pasado y no con el momento presente. Sería como
colocar un filtro que distorsione nuestro enfoque de la
vida.
"Deslígate de la vivencia. Aprende a desligarte. No
te aferres a las cosas porque todo es impermanente" (dicen
los budistas).
Las cargas del pasado se convierten en lastres que nos
impiden avanzar hacia lo nuevo. Los pasos hacia delante
deben ser completos, claros, decididos... El pasado representa
la culpa, el futuro está marcado por el miedo y el presente
significa asumir nuestra responsabilidad.
María Pinar Merino
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