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| EL
VIAJE INTERIOR |
Ya estoy de regreso. Hace 11 días que
dejé mi casa, mi mundo, mi realidad cotidiana para viajar
por tercera vez a Egipto. He escrito en otras ocasiones
que "un viaje siempre representa una oportunidad de
cambio, un alto en el camino para reflexionar sobre lo
que nos ha llevado hasta el punto en el que estamos y
para intentar afrontar objetivos de futuro. Es, por tanto,
un factor modificador de vida y un estímulo para que la
psique despierte ante un nuevo entorno, nuevos desafíos
y retos". Y una vez más así ha sido.
Ahora miro hacia atrás y me parece que ha transcurrido
mucho más tiempo a pesar de que el calendario sigue insistiendo
en que sólo han sido 11 días. He encendido una velita
que parpadea nerviosa al lado de la pantalla del ordenador.
Cerca se consume una barrita de incienso y junto al teclado
humea una taza de té con miel muy caliente. Tengo la esperanza
de que el hecho de rodearme de estos elementos que me
son tan familiares, que forman parte de mi vida, del día
a día, me ayudará a volver más rápidamente. Necesito conectarme
otra vez con esta realidad pero sé que antes necesito
colocar todas las piezas que se han amontonado en mi interior
en los últimos días.
Me siento llena pero no es una sensación de plenitud sino
de abarrotamiento, como si mi cuerpo, mi mente o tal vez
todo mi ser fuese un enorme saco de piezas multicolores
y multiformes que aparentemente no tienen relación unas
con otras más que en su naturaleza interna, en el material
del que están hechas.
Y una vez más tengo que recurrir a ese mecanismo que tan
buenos resultados me ha dado desde muy niña, creo que
desde que aprendí a escribir: colocarme frente al reto
de un folio en blanco o ante el teclado de un ordenador
para ir sacando una a una esas piezas, las brillantes,
las oscuras, las de tacto suave y agradable, y las toscas
y ásperas, las que tienen armonía en sus formas y esas
otras tan extrañas que parecen producto de una mente enferma.
Sé que cuando empiezo a sacar esas piezas, a colocarlas
frente a mí, a mirarlas sin miedo, a observarlas con todos
mis sentidos, los físicos y los internos, para intentar
describirlas fielmente a través de la escritura, entro
en un estado de calma, de entrega, de sosiego que va más
allá de mi intención primera. Sé que con cada lágrima
que brota incontenible, cuando los recuerdos vuelven a
la vida, se va una tensión; sé que las resistencias se
van aflojando y me da la impresión de que me he quitado
una espina que tenía clavada dentro. Siento un alivio
tan grande que es el mejor remedio que conozco.
Siempre aconsejo a mis amigos que escriban. Cuando me
cuentan algo, da igual que sea de signo positivo o una
experiencia poco gratificante, siempre les digo: "¡Escríbelo!
No pierdas esa oportunidad". Y es que escribir me
parece una herramienta tan terapéutica, tan al alcance
de nuestra mano que no entiendo cómo no es más utilizada
ya sea de forma preventiva o como remedio sanador.
Volviendo a mi viaje... Han sido unos días tan intensos,
tan fuertes, tan duros, que resulta difícil reflejarlos
en palabras pero quiero intentarlo. No es mi intención
relatar lo sucedido porque los hechos en sí no son más
que un detonante y me gustaría detenerme en los procesos
que decantan. Ahora recuerdo que Natalie Goldberg en
su libro El gozo de escribir dice que en realidad
los que escribimos lo hacemos para informarnos a nosotros
mismos; y tal vez sea así. Tal vez necesite describir
las experiencias vividas para contármelo a mí misma porque
soy yo quien lo necesita. Pero también sé que cuando hago
esto siempre hay algún lector que encuentra referencias,
sintonías, reflexiones que le pueden ser útiles. Así me
lo demuestran después las cartas o llamadas que recibo.
Y es que no somos tan distintos unos de otros.
Se oye constantemente que vivimos momentos de verdadera
vorágine, que la velocidad de los acontecimientos arrolla
a las personas sin darnos tiempo para asentar lo que vivimos,
que las experiencias se suceden a tal velocidad que no
hay tiempo material de asimilarlas porque ya está esperando
la siguiente y se amontona otra y otra más. Se oye que
la energía de decantación que invade nuestra civilización
se hace cada día más fuerte con lo cual la polarización
de los extremos se agudiza también. Se oye también que
en estos tiempos es imposible mantener las cosas ocultas,
que todo se muestra al exterior, que es imposible eludir
la manifestación de lo que generamos a nivel mental. Es
como si el proceso de creación de lo nuevo que está por
surgir necesitase -antes de darse en toda su pujanza-
hacer una limpieza de lo que es oscuro, de sacar a la
luz lo escondido, de mostrar la manipulación, la incoherencia,
la inconsciencia.
Siempre me he negado a considerar el mundo dividido en
esa forma dual que nos han enseñado. He rechazado desde
muy niña esos términos radicales de el bien y el mal
con que enmarcaban nuestra vida aquellos que nos educaban.
Hace años encontré dos términos que fueron mi tabla de
salvación: consciencia e inconsciencia. Esa banda que
está delimitada por ambos extremos me ha servido para
organizar mi vida y para manejarme en el mundo. Con esos
dos criterios y otros similares -congruencia-incongruencia,
equilibrio-desequilibrio...- he podido ir sustituyendo
los otros términos que tanto rechazaba: bueno-malo, positivo-negativo,
acierto-error, premio-castigo...
Sin embargo, reconozco que hay momentos en la vida, momentos
especiales, puntos álgidos de nuestra trayectoria en los
que uno se ve impelido a decantarse, a tomar decisiones,
a posicionarse de forma clara en uno de esos extremos.
Son situaciones en las que nos enfrentamos con aspectos
que tocan directamente nuestra escala de valores, nuestra
filosofía profunda, nuestro "patrimonio interior", esos
valores a los que no podemos renunciar porque conforman
nuestra parte más esencial y sabemos que si cedemos estamos
negándonos a nosotros mismos.
Pues bien, en esas situaciones siempre hay alguien que
representa el otro extremo, que asume la representación
del polo opuesto y entonces las circunstancias propician
un enfrentamiento... y uno se encuentra metido en una
batalla que hay que librar. Y lejos, muy lejos, en el
trasfondo del decorado, se aprecia esa lucha mítica de
fuerzas entre la luz y la oscuridad.
Hay un momento en el que ante ese pensamiento un tanto
grandilocuente uno se siente un poco ridículo pero enseguida
surge una sensación de dignidad en la que sabes con toda
certeza que no puedes retroceder ni un ápice en los territorios
de consciencia que habías conquistado porque no sería
una derrota ante el adversario sino ante ti mismo.
Circunstancias en los que la energía se radicaliza y el
otro extremo se pone cada vez más oscuro y es como una
bola de nieve que baja rodando por la montaña aumentando
su tamaño con cada nueva vuelta, imparable y cada vez
mayor. Todo se precipita...
Y llega el momento duro en el que hay que pararse y mirar
de frente la situación para perderle el miedo a las consecuencias
que se prevén catastróficas cuando algo tan poderoso llegue
hasta ti. Y es entonces cuando surge la fuerza interior
que nos hace afrontar el problema y responder, tal vez
repeliendo la agresión, evitando la manipulación, esquivando
el golpe, negándote a aceptar el engaño, rechazando la
injusticia o manteniéndote firme... Puedes elegir cualquier
camino para salir de esa situación pero siempre atento
a que la respuesta surja del interior, que sea realmente
una defensa de tus valores irrenunciables. Que no sea
una reacción producto sólo de la mente o del ego sino
una acción transcendente.
Puede haber crisis, dolor, sufrimiento, cansancio y desconsuelo
durante el proceso pero algo dentro te dice que por debajo
de la tristeza y del miedo hay una sensación de contento
contigo mismo, de victoria por no haber renunciado a tu
parte más esencial.
Se entremezclan los sentimientos, la mente se ve desbordada
y sólo un entendimiento más allá de los procesos mentales
y los pensamientos puede serenarnos. Poco a poco el corazón
comienza su diálogo y "razona" pero de una forma distinta.
A partir de ese momento uno puede darse cuenta del aprendizaje
que conlleva la experiencia, de la importancia de haber
vivido esos hechos desde el punto de vista evolutivo.
Decimos que la evolución consiste en ir viviendo en el
exterior lo que dicta nuestro interior y aunque algunos
pasos sean especialmente duros es importante no renunciar
a la oportunidad de afrontar lo que la vida nos depara.
He ido a Egipto buscando lugares especiales desde el punto
de vista energético -piedras cargadas durante milenios
con el poder que les otorgaron quienes a lo largo de los
siglos las han utilizado, imágenes que representaban la
fuerza que uno no tiene-, he entrado en cámaras que un
día fueron secretas, en sarcófagos a los que en su momento
se achacaron propiedades mágicas, he recorrido pasadizos
y caminos que conducían a lugares que según la tradición
propiciaban la elevación de la consciencia, he escuchado
sonidos con la esperanza de que su resonancia despertase
recuerdos dormidos, he pisado con mis pies descalzos piedras
desgastadas por el roce de los pies de peregrinos de todos
los tiempos, he acariciado piedras brillantes por el contacto
de millones de manos a lo largo de milenios... y, sin
embargo, no me daba cuenta de que durante las 24 horas
de cada día la vida nos ofrece la mejor escuela.
Tenía mis sentidos tan orientados a buscar lo especial,
lo insólito, lo trascendente, lo superior... que no reparaba
en el aprendizaje derivado de la interrelación con los
otros. No estaba atenta a las emociones, sentimientos
y reacciones que se producían en mí como consecuencia
de la experiencia de convivencia que estábamos viviendo.
He aprendido que cada ser, con sus matices, sus formas,
su potencial, sus acciones, sus pensamientos, sus emociones,
su energía... es una fuente inagotable de referencias,
contenidos y aprendizajes.
A veces buscamos en las estrellas lo que tenemos frente
a nuestras propias narices. Nos empeñamos en mirar a un
horizonte lejano pasando por encima de la hierba que pisan
nuestros pies. Valoramos lo que consideramos inalcanzable
sin apreciar lo que tenemos a nuestro lado.
Este ha sido mi primer aprendizaje. He comprobado que
hay lugares de nuestro planeta en los que las experiencias
suelen verse potenciadas y aceleradas, tanto las positivas
como las negativas. Como si en esos enclaves la energía
estuviera condensada y las personas que acceden allí fueran
capaces de polarizarla en uno u otro sentido merced a
lo que eligen haciendo ejercicio de su libertad.
Sólo una actitud de estar abierto al aprendizaje que se
deriva de la experiencia le dará verdadero sentido pero
para eso hay que verlo con los ojos del interior, donde
se descubren las cualidades, el significado. La otra actitud,
la de limitarse a mirar, a percibir el mundo de las apariencias,
nos hará perdernos en una cadena interminable de juicios
y justificaciones.
Podemos limitarnos a oír físicamente o a escuchar de verdad,
buscando la sintonía, la resonancia, la comunicación.
La mayoría de las veces descubriremos que las experiencias
externas son excusas, una mera "puesta en escena" que
únicamente tiene por objeto favorecer el descubrimiento
de nuestra verdadera naturaleza esencial. Y de nuevo el
aprendizaje no está en lo que vivimos sino en cómo lo
vivimos.
María Pinar Merino
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