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| LA
ENFERMEDAD COMO CAMINO |
La enfermedad,
además de una desarmonización de nuestro ser, es el lenguaje
que utiliza el cuerpo para decirnos que algo funciona mal
en nuestra vida. Y así, si el problema es menor, nos lo
dice con un susurro provocándonos un leve dolor. Si el problema
es mayor, nos habla en voz más alta. Y si la cuestión es
grave, nos "grita" haciendo el dolor insoportable. Dolor,
pues, que al igual que la enfermedad es una llamada de atención
que nos indica que algo no funciona bien.
El ser humano, atendiendo a la nueva concepción que
lo define como una unidad de conciencia en evolución,
forma parte de la Gran Conciencia Global manifestada en
el Megaholograma Universal. Razón por la cual podemos
también identificarlo como el Todo en potencia -recuérdese
el antiguo postulado de Hermes Trismegisto, "El
Todo está en la parte; la parte está en el Todo"-, un
Todo que debe ir identificando paso a paso a lo largo de
su interminable camino evolutivo. Desde este punto de vista,
el objetivo de la evolución sería, pues, ir descubriendo
la "información" codificada para integrarla y, de ese modo,
ir ampliando la consciencia del ser y de su relación con
el entorno. Así, la enfermedad que se hace patente a través
de los síntomas representa una señal, un aviso de que hay
algo que modificar. Se la conceptúa pues como el lenguaje
del cuerpo para permitir al individuo introducir cambios
y corregir comportamientos que le crean desarmonía.
Poder identificar las causas de las dolencias buscando su
origen un poco más allá de las causas físicas asomándonos
a los desequilibrios emocionales, a los pensamientos no
armónicos e, incluso, a la contradicción entre lo que nos
dicta nuestro interior y lo que vivimos en el exterior nos
plantea una actitud nueva de autorresponsabilidad e independencia
frente a nuestros procesos de cambio y crecimiento.
¿POR QUÉ ENFERMAMOS?
Cuando escuchamos por boca del
médico el diagnóstico de que sufrimos tal o cual enfermedad
no podemos evitar preguntarnos: ¿por qué?, ¿qué hemos hecho
nosotros para que nos suceda eso? Y la respuesta casi siempre
tiene el matiz de un cierto sentimiento de injusticia o,
cuando menos, de incomprensión. Mucha gente cree aún que
la enfermedad se produce por injerencias externas que en
forma de virus o bacterias atacan el buen funcionamiento
de nuestro cuerpo. Sin embargo, eso no explica por qué en
la misma situación no se contagian todos los que han estado
expuestos a ese ambiente contaminado.
Y es que las respuestas deben ser complementadas con nuevas
ideas que nos hagan encontrar razones en otros campos más
sutiles que interaccionan con nuestro cuerpo físico y que
conforman también nuestra personalidad, como son los aspectos
emocionales y mentales.
La ciencia no duda ya de la realidad de la interacción mente-cuerpo
y conoce el efecto que los estados emocionales (depresión,
amor, cólera, odio, amor, generosidad, alegría, optimismo...)
producen en el organismo. Sin embargo, queda aún mucho camino
por recorrer hasta que se produzca un encuentro entre la
Medicina tradicional y la Medicina Holística o Integral.
Porque esta última defiende que la mayoría de las enfermedades
físicas son el resultado de una sobrecarga de crisis emocionales,
psicológicas y espirituales.
Hoy, ante la aparición de los primeros síntomas, empieza
la búsqueda implacable de culpables: ¿por qué ha fallado
el corazón? ¿un excesivo nivel de colesterol?, ¿una vida
demasiado sedentaria?, ¿un excesivo consumo de grasas o
sal? ¿Por qué ese cáncer? ¿quizá el tabaco?, ¿la radiación
ambiental?, ¿los genes...? Es decir, siempre se busca la
razón de la enfermedad en el mundo físico. Sin embargo,
en la mayoría de los casos no es ahí donde hay que buscar
sino en el plano emocional y mental. De hecho, se ha comprobado
que previa a la aparición del síntoma de la enfermedad hay
alteraciones en esos otros niveles que han provocado finalmente
la disfunción física.
La verdad es que hoy nadie pone en duda que el rencor, el
odio o la depresión producen reacciones químicas en nuestro
organismo, confirmación de que son nuestros pensamientos
y emociones los que desencadenan el proceso -o, al menos,
coadyuvan en él- que nos lleva a caer enfermos. Y son ya
muchos los profesionales de la Medicina y la Psicología
que afirman hoy que la causa de la enfermedad se relaciona
fundamentalmente con las tensiones internas presentes en
la vida de una persona. Tensiones que se podrían identificar
con la culpa, el rencor, el odio, la falta de ilusión por
la vida, la falta de autoestima y el miedo en todas sus
manifestaciones. Factores todos ellos desencadenantes de
grandes "epidemias" tanto físicas como psicológicas.
¿CUÁNDO EMPEZAMOS A PONERNOS ENFERMOS?
Desde que se produce la alteración
en la mente hasta que se somatiza el conflicto en el cuerpo
físico transcurre un tiempo. El cirujano norteamericano
C. Norman Shealy, neurólogo y experto en tratamiento
del dolor y el estrés, y coautor del libro "La creación
de la salud", identifica ocho grandes focos desencadenantes
de enfermedades.
De forma resumida, son estos:
1) Cualquier tensión emocional, psicológica o espiritual
no resuelta en tanto crea una contradicción entre lo que
le dicta el interior y lo que la persona está viviendo en
la vida.
2) La influencia de las creencias. A fin de cuentas,
cada uno de nosotros estamos condicionados por una serie
de creencias que nos hacen ver y vivir la realidad de modo
bien distinto. Y así, mientras las actitudes positivas son
favorecedoras del equilibrio y la salud, las negativas producen
el debilitamiento de nuestro sistema inmunitario.
3) La incapacidad de dar y/o recibir amor. Todos
tenemos necesidad de tener experiencias gratificantes y
compensatorias en el terreno afectivo y, si no es así, se
producen bloqueos que desembocan tarde o temprano en la
temida enfermedad.
4) La falta de humor y la incapacidad de desdramatizar
los sucesos de la vida cotidiana. La risa tiene un poder
curativo enorme y el sentido del humor hace eliminar muchas
de las tensiones que, en caso contrario, se somatizarán
en el físico al "enquistarse" energéticamente.
5) La imposibilidad de elegir libremente en la vida.
Y es que la necesidad de tener el control de nuestra propia
vida se ha convertido en una fuente de conflictos permanente
ante la dificultad que supone mantenerse libre en un mundo
tan mediatizado como el nuestro.
6) La falta de cuidado de nuestro cuerpo físico.
La alimentación, el ejercicio, la vida saludable, los hábitos
sanos, etc., son pilares fundamentales para mantener la
salud.
7) La pérdida de ilusión por la vida, la ausencia
de metas y objetivos. La vorágine de vida que llevamos nos
hace en ocasiones perder de vista nuestra proyección de
futuro con lo que el presente carece de sentido. Es una
de las principales causas de enfermedades, primero psicológicas
-depresión, neurosis, etc.- y más tarde físicas.
8) La tendencia a la negación. Es decir, la incapacidad
para enfrentarse a los obstáculos de la vida y de reconocer
lo que en ella no funciona.
LA CONSCIENCIA
He aquí un ingrediente imprescindible
dentro del proceso de desarrollo personal. La consciencia
es la clave de la evolución y no es otra cosa que darse
cuenta, saber el por qué de las cosas, conocerse uno mismo,
identificar sus potencialidades y límites para encauzarlas
hacia el progreso y el mejoramiento. Si cada persona
fuera consciente de que participa en la creación de su propia
realidad y de que esa realidad incluye el mantenimiento
de su salud habríamos logrado un gran avance.
Claro que para completar ese camino que nos lleve a lograr
la expansión de nuestra consciencia habremos de dar varios
pasos fundamentales. Uno de ellos obtener la identificación
del poder personal, es decir, de ese potencial que nos permite
salir de cualquier situación por adversa que sea en la certeza
de que somos responsables de nosotros mismos, de nuestra
vida, de nuestros logros y fracasos y, ¡cómo no!, de nuestra
salud. En definitiva, cada persona debe asumir la responsabilidad
de su propia vida. Otro punto importante es la facultad
de encontrar el aprendizaje que conlleva cada experiencia
que vivimos. Porque es verdad que a veces nos encontramos
inmersos en situaciones dolorosas y aparentemente injustas
que, además, parece que se repiten a lo largo de nuestra
vida... pero sólo si desciframos la lección que representa
ese hecho y asumimos su enseñanza habremos roto el círculo
vicioso. Sencillamente porque cuando se asimila una experiencia
no es necesario volver a repetirla. Aunque el mayor paso
consistirá en aprender a abrirse al amor, a dar y recibir
la energía de mayor poder que existe en el universo, dejando
que fluya en nosotros y en nuestras relaciones interpersonales.
MIRAR AL ENFERMO DE FORMA GLOBAL
Ya hemos dicho que la Medicina
Holística o Integral considera al hombre como un ser en
interacción constante con otros campos energéticos y no
como una máquina aislada y autónoma. Por tanto, procura
tratar las causas y no sólo los síntomas. El médico holístico
no es ya una autoridad en materia de salud sino un amigo
que establece una relación de confianza y afecto. Y que
además piensa que es el enfermo y no él quien debe reestablecer
su propio equilibrio.
El cuerpo y el espíritu, pues, forman junto con el entorno,
el medio, un conjunto; y la enfermedad es considerada el
resultado de la ausencia de armonía entre esos tres factores.
El dolor no sería, en este contexto, sino una señal de alarma
de esa falta de armonía. Con lo que el sufrimiento proviene
simplemente de que nos olvidamos de la existencia de un
Yo que no está separado del universo al que pertenece sino
que es una pieza fundamental y única dentro de él.
En suma, la Medicina Holística o Integral incorpora algunos
de los planteamientos tradicionales pero incorpora, desde
esta nueva concepción del hombre y de la Realidad toda una
serie de nuevas terapias encaminadas a reequilibrar el cuerpo
físico, el energético, las emociones y la mente de la persona
sin olvidar atender también su proyección transcendente.
En definitiva, cuando aparecen los primeros síntomas y el
médico pronuncia su diagnóstico es importante afrontar la
situación desde la realidad porque para sanar de cualquier
dolencia es necesario primero reconocerla y aceptarla. No
aceptarla de manera permanente o inevitable, por supuesto,
sino ser conscientes de que hemos de prestarla la
atención necesaria. Es decir, no se trata de obviar la
enfermedad o ignorar los síntomas sino, por el contrario,
asumir la desarmonía que se ha producido y buscar los medios
más adecuados para resolverlo.
EL LENGUAJE DEL CUERPO
Los doctores alemanes Thorwald
Dethlefsen -psicólogo- y Rudiger Dahlke -médico
y psicoterapeuta- publicaron en los años ochenta un libro
llamado La enfermedad como camino en el que planteaban lo
que llamaron el Método de la interrogación profunda, propugnando
la necesidad de establecer un diálogo con los síntomas de
la enfermedad. Método que podríamos simplificar en cuatro
fases.
La primera sería la valoración del síntoma de forma cualitativa
y subjetiva: ¿Qué es? ¿Cómo es? ¿Cómo se manifiesta?
¿Qué me hace sentir?
En la segunda fase habría que centrarse en el momento en
que apareció el síntoma: ¿Qué sucedió antes de que apareciera?
¿Qué estaba haciendo yo? ¿Con quién estaba? ¿Cuándo comenzó?
¿Cuáles eran mis pensamientos y sentimientos en aquel momento?
¿Cuáles eran mis miedos o frustraciones? ¿Cuáles mis fantasías
o mis sueños?
La tercera etapa nos plantea la necesidad de observar con
atención las palabras y el tono que empleamos, los giros
y las expresiones que utilizamos para verbalizar el proceso.
No olvidemos que según la Programación Neurolingüística
(PNL) somos animales idiomáticos y que el lenguaje personal
es profundamente psicosomático.
La cuarta y última fase del proceso de análisis lleva a
un replanteamiento personal: ¿Qué me está impidiendo
hacer este síntoma? ¿Qué me está obligando a hacer? ¿Qué
estoy obteniendo gracias a él? ¿Podría obtener lo mismo
sin necesidad de esta enfermedad?
Porque no podemos olvidar que hay muchas ocasiones en
que la enfermedad oculta deseos de atención, manipulación
de situaciones, miedos encubiertos, venganzas, problemas
de infravaloración o baja autoestima, necesidad de sentirnos
queridos... Innumerables razones que en cada persona encontrarán
una u otra vía de expresión dependiendo de las características
de su biología.
LAS INTERPRETACIONES GENÉRICAS
DEL SIGNIFICADO DE LA ENFERMEDAD
Si consideramos que la enfermedad
no aparece fortuitamente sino que es un indicativo de que
algo necesita ser modificado en nuestro ser integral es
importante que analicemos los síntomas para su posterior
interpretación. Evidentemente, cada persona somatizará sus
disfunciones emocionales o mentales de forma distinta y
según dónde se localice la enfermedad en el cuerpo cabrá
hacer una lectura u otra. Pero ello no justifica la tendencia
de algunos especialistas a generalizar. Es lo que sucede
cuando, por ejemplo, entienden que una persona con una afección
en los ojos que le impide la visión debe ser interpretada
como su negativa inconsciente a ver algo que no hace bien
en la vida. O que quien tiene problemas en los pies es porque
se niega a avanzar. O que quien sufre problemas digestivos
es porque no puede digerir todo lo que está "tragándose"
en sus relaciones con los demás. Y la crítica es comprensible
porque los ejemplos anteriores suponen caer en una simplificación
excesiva ya que cada persona es un complejo mundo único
e irrepetible formado por su físico, sus componentes genéticos,
sus energías, sus emociones y sus procesos mentales. Y al
igual que no se puede extrapolar atendiendo a la interpretación
de los sueños -según la vieja Psicología- que todo el que
sueña con agua es porque tiene conflictos emocionales tampoco
podemos guiarnos por esa serie de libros que acumulan listas
de dolencias y sus correspondencias con estados psicológicos.
Incluido el de los dos autores mencionados.
NUESTRAS CAPACIDADES INNATAS
La influencia de la mente sobre
la materia está sobradamente demostrada. Sabemos incluso
que la actitud mental, los deseos y los pensamientos de
un experimentador en el laboratorio influyen en el comportamiento
de las partículas de su experimento. Algo que corrobora
el postulado de que todo es energía manifestándose en distintos
planos vibratorios y que cualquier incidencia en uno de
ellos tiene una correspondencia armónica en los demás. Pues
bien, la Medicina Holística o Integral se basa en esos mismos
principios y plantea que si son los problemas emocionales
y psicológicos los que terminan somatizándose en el organismo
y provocando las dolencias, armonizando la mente y las emociones
es posible sanar el cuerpo. Es decir, que trabajando sobre
los campos más sutiles se incide más fácilmente en los más
densos. En cualquier caso, hay que decir que esta nueva
concepción de la salud y la enfermedad no pretende sin más
que el enfermo busque vías alternativas para resolver sus
problemas sino que se produzca un cambio en su forma de
ver la realidad, de concebir la vida.
El aprendizaje de técnicas como la relajación, la visualización,
la meditación, el control mental, la introspección, etc.,
tienen pues como objetivo descubrir nuevas capacidades innatas
en el ser humano que están casi inexploradas en estos momentos.
Y, sobre todo, estas técnicas tienen un único objetivo:
implicar al paciente en su propia curación, hacerle consciente
de que el médico o sanador favorece la curación, ayuda y
proporciona remedios pero no es quien cura realmente. De
hecho, la palabra terapeuta significa acompañante, aquel
que te sigue en el proceso de sanación. Premisa clave para
que funcionen tanto los tratamientos tradicionales como
las terapias alternativas. Si ese cambio de actitud no se
produce ni la farmacopea ni la cirugía serán capaces de
sanar las dolencias emocionales o psicológicas, las experiencias
traumáticas del pasado o las actitudes negativas. Es siempre
el propio enfermo quien debe actuar utilizando como apoyo
las técnicas o terapias que considere más adecuadas para
él.
¿CÓMO FUNCIONA EL SISTEMA INMUNOLÓGICO?
Son muchos los profesionales
de la salud que han comprobado cómo los desequilibrios psicológicos
y emocionales afectan al sistema inmunológico. De tal manera
que los estados de felicidad y alegría así como las actitudes
positivas producen un fortalecimiento de nuestro sistema
de defensa mientras que el pesimismo, la depresión o la
angustia provocan inmunosupresión, es decir, supresión de
las defensas naturales del organismo. Recordemos al respecto
que existen en nuestro cerebro determinadas áreas que, al
ser estimuladas, generan sustancias analgésicas y estimulantes
naturales muy potentes.
Otro ejemplo significativo del poder de la mente lo tenemos
en el efecto que los placebos tienen sobre la sanación.
Cuando el enfermo cree que está recibiendo la medicación
que el médico -en quien confía ciegamente- le prescribe,
inconscientemente pone en marcha mecanismos que tienen efectos
inmediatos sobre su cuerpo. Las estadísticas son espectaculares
y alcanzan en algunos casos el 80-90% de efectividad, observándose
incluso que el paciente puede llegar a sentir los efectos
secundarios que normalmente produciría el medicamento que
cree estar tomando, algo que demuestra que son las creencias
que tiene lo que en realidad está poniendo en marcha los
mecanismos para su curación. Se demuestra así que muchas
veces lo más importante para el enfermo es la fe en el fármaco
y la confianza en el médico.
EL SISTEMA INMUNOLÓGICO
El sistema inmunológico es la
base defensiva de nuestro organismo. Reacciona frente a
cualquier tipo de partícula extraña al cuerpo que pudiera
representar una amenaza para nuestra integridad, sea una
bacteria, un virus o cualquier otro tipo de sustancia potencialmente
peligrosa.
Ante la más mínima sospecha de invasión, el organismo tiene
tres tipos de respuesta. Primero, la anatómica, que constituye
la primera línea de defensa y está representada por la piel,
las sustancias defensivas de la saliva y los jugos gástricos.
Luego, si el agresor -germen o toxina- sobrepasa esa barrera,
se encuentra con la segunda línea defensiva: la respuesta
inflamatoria, que consiste en un aumento del calor local
y una serie de cambios que procuran hacer difícil o imposible
la proliferación del "enemigo" viral o bacteriano en el
cuerpo. Y, por fin, si todo falla, el organismo cuenta con
la respuesta inmunológica, la mas profunda y sofisticada.
Respuesta que está centrada en una serie de células de la
sangre altamente especializadas -los leucocitos o glóbulos
blancos- que actúan en las distintas fases de la respuesta
defensiva inmunológica.
La primera fase, la más directa, está representada por los
macrófagos y los neutrófilos (dos tipos de leucocito), que
actúan como verdaderos soldados de un ejército defensivo
persiguiendo, englobando y digiriendo las partículas extrañas
-virus y bacterias- con lo que en muchos casos resuelven
el problema. Pero los sistemas defensivos del organismo
no se limitan a esa acción básica. Una vez que los leucocitos
defensivos engullen al virus, partículas de éste son depositadas
desde el interior en la superficie de la célula. Partículas
a las que se llaman antígenos. Esos antígenos son inmediatamente
reconocidos por las células defensivas más sofisticadas
de nuestro cuerpo, los linfocitos, encargados de transportar,
adaptar y fabricar las sustancias defensivas o anticuerpos,
destruyéndolos.
Hay dos tipos de linfocitos: los linfocitos B, responsables
de las llamadas inmunoproteínas, que llevan el peso de los
sistemas defensivos generales de nuestro organismo y los
linfocitos T (originados por la misteriosa glándula timo
y de larga vida) que producen antígenos defensivos sólo
contra determinadas infecciones; es decir, son más específicos.
LA OPORTUNIDAD DE LA ENFERMEDAD
Todos sabemos que cuando se estropea
el mecanismo de una máquina se encienden luces o pilotos
de alarma para que tomemos las medidas oportunas para repararla.
Pues bien, si aceptamos que el síntoma es una señal de alarma,
una luz roja que nos avisa de que es necesario actuar para
corregir una disfunción, tendremos que ponernos en marcha
para solucionar el problema.
Dicho de otro modo: los síntomas de cualquier enfermedad
representan una oportunidad de conocer aquellos aspectos
de nuestra vida que no están bien encajados ya que toda
dolencia indica que se ha producido una desarmonización
en algún nivel y que nuestro cuerpo, a veces con el concurso
de elementos externos, está somatizando el conflicto.
El primer paso para la curación, pues, es la aceptación
de la realidad. El siguiente sería la oportunidad de hacer
un trabajo interior en el que el enfermo deberá realizar
un autoanálisis sincero sobre todos los aspectos de su vida
a fin de intentar descubrir las desarmonías. Piénsese que
cuando la luz de la consciencia ilumina los rincones oscuros
de nuestra mente ya no hay marcha atrás. A partir de ese
momento es importante identificar y potenciar nuestros propios
recursos naturales. Y, en ese sentido, las técnicas encaminadas
al control y la generación de pensamientos, el trabajo con
nuestras emociones, la capacidad de crear imágenes mediante
la visualización, etc., sí serán útiles por tener una incidencia
directa sobre el cuerpo físico.
Bien, ahora sabemos que nuestras creencias y nuestra actitud
influyen en la salud; y puesto que los pensamientos y las
actitudes se pueden elegir, elijamos aquellos que nos conduzcan
al mantenimiento y conservación de nuestro equilibrio como
seres integrales. Ya Buda decía que "somos lo
que pensamos".
TÉCNICAS PARA EL CAMBIO
Hemos de acostumbrar a nuestros
pensamientos a trabajar para nosotros, no al contrario.
Sabemos que el cuerpo responde a lo que la mente dicta y
que a través de pensamientos, sentimientos y emociones producimos
efectos fisiológicos directos en nuestro organismo. Pues
bien, una de las facultades más poderosas de nuestro cerebro
es la de visualizar, es decir, crear imágenes o imaginar.
Y todas las personas somos capaces de visualizar aunque
debido a la falta de hábito pueda en ocasiones resultar
una tarea ardua. Visualizar no es otra cosa que poner imágenes
a los pensamientos, es decir, lo que se conoce comúnmente
como imaginar, fantasear. Una facultad del hemisferio cerebral
derecho. Algo que hacemos -de manera inconsciente- cuando
soñamos. Por tanto, todos somos capaces de hacerlo.
Pues bien, está ampliamente contrastado que en el ámbito
de la salud la visualización es una herramienta fantástica
de curación, de recuperación de la armonía perdida. Y como
las técnicas son muchas, cada persona podrá elegir aquella
con el que se sienta más cómoda ya que lo que cualquiera
de ellas hará es estimular nuestra mente con imágenes de
salud, equilibrio y armonía sabiendo que, en la medida en
que seamos capaces de mantener esas imágenes el mayor tiempo
posible en nuestra mente, estaremos favoreciendo en nuestro
cerebro la creación de engramas (figuras que se graban
a nivel neurológico gracias a la repetición). Para lo cual
puede uno concentrarse en el órgano que manifiesta la enfermedad
o en la zona del problema.
¿Fantasía? William Tiller, profesor de Ciencias Materiales
en la Universidad de Stanford (EE.UU.), construyó
un mecanismo que emitía electrones. Pues bien, en sus experimentos
pudo observar que cuando se aplicaban las manos al dispositivo
con intención curativa se producía una descarga mucho mayor
de electrones. Más tarde constató que con la simple emisión
de pensamientos a distancia también se activaban. E incluso
que cuando se utilizaba la visualización se producía el
mismo efecto. Tras miles de pruebas, Tiller concluyó que
ha de existir una energía más allá del espectro electromagnético
emitida por los seres humanos que puede activar la liberación
de electrones. Energía sutil capaz de transferir información
dirigida por la mente, concentrada por la intención, la
atención y la visualización. Y que además puede afectar
el equilibrio de carga de las membranas celulares y del
ADN, y, en consecuencia, recuperar el orden electromagnético
favoreciendo la salud de las células vivas.
El médico norteamericano Leonard Laskow, que retomó
los experimentos de Tiller, comprobaría posteriormente en
su laboratorio que con el uso de la visualización podía
inducir una inhibición del crecimiento de células tumorales
en cultivos del orden del 80%.
LA RESPIRACIÓN CURATIVA
Igualmente importante es saber
que la respiración es vida y otra forma efectiva de inducir
cambios fisiológicos para el proceso curativo. En latín
se denomina spiritus a "un principio animador que da
vida a los organismos físicos"; en chino, la palabra
chi tiene dos acepciones: "vida" y "respiración";
para los egipcios, el símbolo del ankh representa "el
aliento de la vida"; en sánscrito, se denomina prana
a la "fuerza vital".
No es casualidad. La respiración implica una carga fisiológica
de energía que, cuando se concentra y se dirige adecuadamente,
puede ser regulada por la mente para trasladar información
a una parte del cuerpo. Por ejemplo, visualizando la entrada
y salida de aire en una zona específica se observa un aporte
energético extra en esa área así como una activación de
los campos energéticos que rodean el cuerpo. Por eso una
vez activado el órgano o la zona, éste puede reequilibrar
su desorden celular.
Otro hecho comprobado es que sosteniendo la respiración
en determinados momentos críticos se capta la atención del
subconsciente y se produce una resonancia armónica entre
la respiración y el cuerpo, lo que produce una disminución
del ritmo cardíaco. En otros casos, la respiración impulsiva
-inspiraciones y espiraciones breves e intensas- puede facilitar
la ruptura de modelos emocionales negativos y favorecer
la asimilación de la experiencia traumática. Incluso en
el parto natural se recomienda la respiración para mitigar
el dolor y concentrar la atención de la madre con el fin
de sincronizar sus esfuerzos adecuándolos a los reflejos
normales del proceso de alumbramiento.
LA IMPORTANCIA DE LA ACTITUD
Resulta curioso constatar cómo
son muchas las personas que esperan de las terapias alternativas
o complementarias unos resultados casi instantáneos como
el que, por ejemplo, provoca un fármaco contra el dolor.
Y las cosas no son así. En primer lugar, porque dependiendo
de la dolencia -y, sobre todo, de la gravedad de la misma-,
tendremos que utilizar una o varias técnicas terapéuticas
para inducir la sanación y asegurarnos de que estamos prestando
atención a todos nuestros niveles de manifestación como
seres humanos (cuerpo físico, energético, emocional, mental
e, incluso, espiritual). El problema es que, acostumbrados
a que cuando ingerimos un medicamento éste empieza a dejar
notar sus efectos de forma casi inmediata, pensamos que
la visualización, la meditación o la relajación van a tener
los mismos rápidos efectos. Y la cuestión es mucho más profunda.
La medicina tradicional ha tendido históricamente a considerar
que alguien ha sanado cuando desaparecen las causas físicas
de la enfermedad. Sin embargo, para la Medicina Holística
o Integral la sanación no se considera completa hasta que
se han erradicado las causas psicológicas y emocionales
ya que sólo así estaremos seguros de que no volverá a reproducirse
la dolencia. Es decir, lo que realmente pretende es lograr
un cambio profundo de la persona, de la forma en que utiliza
sus pensamientos, del modo en que maneja sus emociones y
de la responsabilidad hacia su propio cuerpo. Cambio de
actitud que supone una verdadera transformación en la forma
de enfocar la vida. Y, en ese sentido, el handicap principal
no son los hábitos adquiridos sino las creencias que hay
detrás de cada comportamiento.
Hoy sabemos que la vivenciación intensa de un recuerdo desencadena
en el organismo a nivel físico la misma descarga hormonal
-y la consiguiente emoción asociada- que cuando se produjo
el hecho en el pasado. Luego siendo ello así, rememorando
situaciones de felicidad, de plenitud, de gozo, de éxito...
estaremos activando a nivel biológico sustancias altamente
positivas para nuestra salud. Por contra, el recuerdo de
momentos de fracaso, dolor, soledad o angustia provocarán
que en nuestro torrente sanguíneo se distribuyan hormonas
que nos sumergirán en esas mismas emociones y, como consecuencia,
bajará nuestra capacidad de defensa para luchar frente a
las posibles agresiones externas (infecciones, virus, bacterias,
etc.).
En suma, debe entenderse que el enfoque personal de la vida
adquiere una importancia vital cuando hablamos de salud
ya que la naturaleza de nuestros pensamientos actúa como
un filtro -a veces impermeable- que ayuda o dificulta la
curación. Es decir, nuestras creencias -especialmente las
más arraigadas- condicionan que un tratamiento -farmacológico
o alternativo- funcione o no. Creencias que además condicionan
nuestro carácter y nuestro comportamiento en la vida; y,
por tanto, nuestra salud.
Pongamos un ejemplo: imagínese a una persona que, admitiendo
los beneficios de la relajación, la meditación o la visualización
practica alguno de ellos todos los días durante veinte o
treinta minutos, visualizando su organismo sano, pletórico
de energía y de vida, sintiendo que absorbe energías de
mayor vibración que equilibran sus carencias, etc., pero
que el resto del día sigue pensando de forma habitual, es
decir, desconfiando de los demás, sintiéndose deprimido
y pesimista, actuando de forma egoísta... ¿Podrá la media
hora de ejercicio de refuerzo positivo contrarrestar los
efectos nocivos de los pensamientos que procesa el resto
del día? O, lo que es lo mismo, ¿podrá el fármaco correspondiente
ayudar a defenderse al organismo de una agresión si el sistema
inmunológico del cuerpo está recibiendo la información inconsciente
de que esa persona está actuando en contra de su conciencia?
LA TRANSFORMACIÓN CONSCIENTE
"El gusano de seda se pasa
la vida comiendo y engordando y no sabe para qué. Un día
siente la necesidad de encerrarse en sí mismo y construye
una celda con el producto de su esfuerzo, se aísla y no
sabe para qué. Un día siente la necesidad de salir de su
encierro y, al salir, cree que el mundo ha cambiado y no
sabe por qué. Sin embargo, si tuviera un espejo delante
sabría en ese momento todos los porqués."
El cuento precedente es una alegoría perfecta que refleja
hasta qué punto la vida es un proceso de transformación
en el que todos los acontecimientos fluyen de forma permanente
y de cómo cada cosa que nos sucede tiene un significado,
un porqué, aunque no logremos en ese instante vislumbrarlo.
Algo que corrobora fehacientemente nuestro propio cuerpo
en el que cada cierto tiempo se regeneran sus células hasta
el punto de que cada siete años todo el organismo es prácticamente
nuevo. Ni una sola célula sobrevive a ese plazo salvo
las neuronas...; o, al menos, así se creía hasta ahora porque
también ese convencimiento empieza a ponerse en entredicho.
Como cambian con los años nuestro carácter, nuestras formas
de pensar o nuestras actitudes.
Ahora bien, hay un aspecto que nos cuesta mucho más modificar:
las creencias. Algo por lo general tan profundamente arraigado
en nosotros que se produce casi siempre una fuerte resistencia
cuando alguien o algo las pone en cuestión. Resistencia
que supone, precisamente, una de las mayores dificultades
del ser humano para crecer interiormente.
Y es que no somos conscientes de la tremenda programación
a la que hemos sido sometidos desde que nacimos, primero
por nuestros padres y luego por los maestros en la escuela,
el ambiente y la sociedad en la que hemos vivido. Al punto
de que las respuestas que damos ahora, como seres adultos,
están completamente condicionadas por todo ese bagaje de
creencias impuestas.
Creencias tan arraigadas que condicionan por completo nuestra
visión de las cosas, nuestros gustos, nuestras percepciones
emocionales y psicológicas, y, en suma, nuestra personalidad.
Sin embargo, es sólo confrontando nuestras creencias con
otras, replanteándonos lo que siempre hemos creído, como
podemos avanzar, como podemos percibir otras realidades,
como podemos evolucionar y crecer como personas. Única forma
de poder realizar una transformación consciente. Transformación
que sólo requiere una herramienta, el libre albedrío, imprescindible
en el camino evolutivo y que nos faculta para elegir -en
todos los ámbitos-, al margen de condicionamientos o creencias.
Y ahí radica la mayor dificultad. Porque "creer" es asumir
como ciertas las informaciones recibidas por distintas vías
sobre un tema para, inmediatamente, convertirse en verdades.
Es decir, las creencias, en general, están exentas de lógica
y suelen asentarse en el inconsciente colectivo hasta que
son sustituidas por otras con mayor carga racional. En ese
sentido, vienen a conformar una especie de plantillas o
esquemas mentales a través de las cuales discurren nuestros
pensamientos y vemos la realidad. Por eso cuando cambiamos
el esquema mental, es decir, cuando modificamos la "plantilla",
cambia inmediatamente la realidad de la persona. Algo de
mucha importancia en el ámbito de la salud. Porque hoy se
sabe que si en lugar de creer que sufrimos procesos degenerativos
creemos que nuestro cuerpo se renueva a cada instante, que
hay una inteligencia innata que se ocupa de mantener la
vida, que nuestras células llevan impresa la orden de supervivencia,
estaremos infundiendo en nuestro cuerpo un mensaje de equilibrio
y salud. Y, sobre todo, no habrá en nuestro interior miedo,
la emoción más nociva de todas porque ataca directamente
a esa orden de supervivencia inscrita a nivel genético de
la que hablamos.
De ahí que ser conscientes de nuestros procesos físicos,
emocionales y mentales redunde de inmediato en una mejoría
de la salud. Así lo demostraron, entre otros, los experimentos
de laboratorio realizados por el prestigioso médico Deepak
Chopra en la Facultad de Medicina de la Universidad
de Boston y en la Asociación de Medicina Ayurvédica de Lancaster,
Massachusetts, según los cuales todas las funciones supuestamente
involuntarias -regidas por el inconsciente- del cuerpo,
como el latido del corazón, la respiración, la digestión,
la temperatura corporal, las secreciones hormonales, etc.,
pueden ser también reguladas conscientemente mediante la
biorrealimentación, un proceso de toma de consciencia muy
sencillo basado en técnicas de meditación.
Algo comprensible si tenemos en cuenta que si la energía
mental coordina el orden electromagnético de la energía
vital y ésta a su vez mantiene el orden a nivel celular,
cuanta más coherencia haya en la emisión de pensamientos
mayor será el aporte energético que recibirá nuestro cuerpo
físico, lo cual redundará en beneficio de nuestra salud.
Por el contrario, la inconsciencia puede provocar un caos
o desorden energético que a la larga terminará produciendo
deterioros corporales. En cambio, una vida de participación
consciente los previene. Es decir, si prestamos atención
a los procesos corporales en lugar de dejar que funcionen
de forma automática se producirá en ellos una mejora sustancial.
Se ha observado, por ejemplo, que mediante ejercicios de
respiración consciente comienzan a los pocos minutos a sincronizarse
las ondas cerebrales, se aquieta el ritmo cardiaco y se
equilibra la presión arterial.
Por otra parte, sabemos que nuestros sistemas más importantes
son el endocrino, el inmunológico y el nervioso ya que son
los principales controladores de nuestro cuerpo. Pues bien,
las células inmunitarias y las glándulas endocrinas tienen
los mismos receptores de señales cerebrales que las neuronas;
es decir, son como una prolongación de nuestro cerebro que
circula por todo el cuerpo. Lo que ha llevado a los científicos
a plantearse que la consciencia ha de existir en realidad
en todas las células de nuestro organismo. De hecho, ya
decíamos antes que está comprobado que los estados de aflicción
mental se convierten en procesos bioquímicos que crean enfermedades
pero también es verdad que un estado de felicidad, alegría,
ilusión u optimismo es capaz de producir automáticamente
las sustancias necesarias naturales para contrarrestar la
enfermedad.
A fin de cuentas, la entropía -es decir, la tendencia que
tienen los sistemas complejos a desorganizarse- sólo tiene
lugar -en lo que al ser humano se refiere al menos- en el
mundo físico. No ocurre así en el plano mental -no hablamos
del cerebro, que es un órgano físico- ya que está en un
nivel vibratorio superior y no sigue esa tendencia. De ahí
que pueda volver a poner en orden el caos electromagnético
que produce toda enfermedad.
AMPLIANDO NUESTRA CONSCIENCIA
En suma, es preciso entender
que el aprendizaje del ser humano no se completa en una
determinada etapa sino que es algo consustancial y no termina
nunca. En consecuencia, sólo estamos limitados por nuestro
grado de consciencia, lo que implica que en la medida en
que ampliemos ésta se ampliarán también nuestros propios
límites.
Y es que es el desconocimiento de nosotros mismos lo que
nos hace víctimas de la enfermedad, del envejecimiento y
de la muerte. Por eso es tan importante revisar de manera
constante todas las creencias que hemos ido acumulando a
lo largo de la vida ya que a lo mejor descubrimos que pueden
ser sustituidas por otras más acordes con nosotros, con
la vida y con la realidad. Algo a lo que podemos acceder
hoy merced a los nuevos descubrimientos de la ciencia en
todos los ámbitos.
En suma, sabemos que nuestra mente es un arma de doble filo
y que tanto puede destruirnos como curarnos. Sólo depende
de cómo adiestremos o condicionemos nuestros pensamientos
para crear patrones mentales destructivos o constructivos.
Además, de la actitud con la que afrontemos nuestros problemas
de salud dependerá que ello redunde en un beneficio para
nuestro crecimiento como seres en evolución o que la experiencia
se limite a formar parte del sufrimiento de la inconsciencia.
Veamos pues la enfermedad como una oportunidad para descubrir
aquellos aspectos de nuestra vida que no funcionan. Para
ello sólo tenemos que escuchar a nuestro cuerpo cuando nos
habla.
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