¿Deberían prohibirse todas las vacunas?


La verdad es que así lo proponen cada vez más investigadores y científicos. Como el médico canadiense Andrew Moulden que traemos en esta ocasión a nuestras páginas -experto en Neurología, Neuropsicología y Neuropsiquiatría- que ha decidido enfrentarse ya abiertamente a quienes defienden las vacunas y su utilización masiva afirmando que todas ellas -desde las que se ponen en la infancia hasta las que se administran en la vejez- pueden causar miniaccidentes vasculares cerebrales y terminar provocando a medio y largo plazo numerosas patologías neurológicas. “He descubierto -afirma Moulden- que las vacunas provocan deterioros en el flujo sanguíneo en forma de isquemias que afectan tanto al cerebro como al resto del organismo causando desde situaciones clínicamente silentes hasta la muerte”. Y agrega: “Tengo motivos para creer que todos hemos sido afectados por las vacunas y que TODAS ellas han contribuido y contribuyen al abrumador aumento de casos de autismo, trastornos específicos del aprendizaje, trastornos de déficit de atención, muerte súbita del lactante, demencia, convulsiones, algunos tipos de cáncer y muchas otras patologías”. Una convicción que comenzó a gestarse cuando al examinar a pacientes autistas constató en ellos afasias motoras transcorticales y síndrome de aislamiento y del discurso así como parálisis específicas que sólo podían explicarse por ictus isquémicos. De hecho asegura que las reacciones provocadas por las vacunas comienzan a producirse a los pocos minutos de recibirse aunque sus consecuencias en forma de síntomas o enfermedades puedan llegar a aparecer mucho más tarde. Y agrega al hablar de las vacunaciones masivas: “Lo que se está haciendo es genocida. Y lo malo es que se verán más afectados quienes hayan recibido más vacunas porque los daños son acumulativos”. Moulden asevera asimismo -como ya hemos denunciado en esta revista varias veces- que las sustancias adyuvantes que se añaden a las vacunas –como el aluminio, el mercurio, el escualeno y otras- son “extrañas a la fisiología humana e inducen respuestas inmunológicas y electrostáticas que alteran el flujo sanguíneo lo que puede conducir a daños directos en los tejidos”. Es más, afirma que se produce una pérdida de la capacidad del organismo para mantener el grado de fluidez de la sangre -que transporta el oxígeno, la glucosa, los nutrientes y las células reparadoras- porque cuando su electrodinámica es modificada por metales pesados, bacterias infecciosas, vacunas y otros tóxicos no puede luego atravesar los vasos pequeños. Moulden añade que las vacunas pueden terminar provocando estrechamientos microscópicos de los vasos sanguíneos tanto en el cerebro como en el resto del cuerpo, bien de forma inmediata o diferida. Cabe agregar que para Moulden la isquemia provocada por la hiperreacción del sistema inmune y/o el cambio electrostático en el flujo de la sangre ante las vacunas explica el nacimiento de niños sin brazos y piernas, numerosos ataques cardiacos y accidentes cerebrovasculares, la mialgia, la miositis, el Síndrome de Guillaine Barré y la esclerosis múltiple entre otras patologías (como las mencionadas anteriormente). De ahí que considere la decisión de vacunar de forma masiva a la población contra la gripe A “un auténtico desastre para la salud”. Bien, nosotros hemos cumplido con los numerosos textos publicados en los últimos meses. Artículos documentados que han sido sin embargo silenciados por la mayoría de los medios de comunicación ya que todas las revistas en las que aparecieron se enviaron a sus principales responsables. Casi 300 periodistas de alto nivel conocen pues todo lo que hemos publicado sin que casi ninguno se haya querido hacer eco. Es verdad que logramos que a poco de salir el último número de la revista la mayoría dejase de abrir sus informativos de radio y televisión o dedicaran tanto espacio en sus páginas a divulgar la información oficial y tendenciosa que sobre la gripe A estaban difundiendo… pero poco más. De los peligros tanto de la vacuna como de los antivirales recomendados ¡ni una palabra! Han optado por conservar sus puestos de trabajo. Y luego dicen que en España los periodistas son libres para informar y opinar. Falso. Los periodistas en España sólo son libres para hablar de lo que les permiten quienes controlan los grandes medios de comunicación para los que trabajan. Esa es la trágica verdad.


José Antonio Campoy