La fuente de la eterna juventud


Dicen las crónicas que el conquistador español Juan Ponce de León oyó hablar a los indígenas americanos de un río en el actual estado norteamericano de Florida cuyas aguas rejuvenecían a quienes la bebían y se bañaban en él así como de una fuente de similares propiedades que se encontraba en una isla llamada Bimini teóricamente ubicada entre la isla de Cuba y Las Bahamas que pasaría desde entonces a conocerse como "la fuente de la eterna juventud". Excuso decir que aunque el río y la mítica isla fueron ampliamente buscados nunca se encontraron. Lo singular es que la historia de la humanidad está repleta de referencias similares. En unos casos se habla de fuentes, en otros de ríos o manantiales y en algunos del agua obtenida de la nieve derretida de las más altas montañas. Pero en todos los casos el elixir de la juventud es agua. Y ciertamente es así aunque luego muchos investigadores, rechazando apriorísticamente que la misma pueda ser fuente de salud más allá de lo comúnmente reconocido ya que ignoran sus características porque nadie se las ha dicho jamás hayan intentado encontrar otras explicaciones a la longevidad de algunas poblaciones. Porque hoy hay tres zonas en el mundo donde ésta es mucho mayor que en el resto: la ciudad ecuatoriana de Vilacampa cercana a los Andes, la zona caucasiana de Abkhazia (nombre de la antigua república soviética de Georgia) y el valle de los Hunza en el Karakorum pakistaní. Encontrar allí a personas centenarias que gozan de excelente salud es muy corriente. Y es evidente que ni la altura en la que viven, ni el entorno, ni las peculiaridades de la tierra, ni la vegetación, ni la fauna, ni la alimentación, ni la genética, ni el tipo de vida de los tres pueblos son similares. Lo único que realmente tienen en común al parecer además de la longevidad es que comen de forma moderada y sin apenas grasa saturada, ingieren sobre todo frutas, verduras, cereales, frutos secos y legumbres, su zona está menos contaminada por tóxicos industriales, apenas hay contaminación electromagnética, desarrollan una notable actividad física y, sobre todo, beben agua de excelente calidad. Y no olvidemos que el agua es el medio de disolución universal en el que tienen lugar todos los procesos de metabolización y de intercambio de información no sólo a nivel bioquímico sino también a nivel fotónico y cuántico. Y, sobre todo, que cumple la trascendental función de limpieza que nos permite vivir sanos. Sin agua el organismo no puede depurarse. Aunque para ello hace falta que se trate de agua de buena calidad. Y ése es el problema. Porque, singularidades aparte, el agua de grifo es ciertamente de calidad muy distinta de unas ciudades a otras pero hay una característica común en todas: no es agua viva y pura. Todas las aguas que bebemos hoy están -en mayor o menor medida- contaminadas. Incluidas las aguas minerales embotelladas. Obviamente los grados de contaminación son muy variables y en ocasiones importantes pero el problema es que no es agua de buena calidad. Sencillamente porque actualmente la contaminación química alcanza a la totalidad del planeta, acuíferos, altas cumbres y polos incluidos. Por eso en las últimas décadas han aparecido tantos dispositivos para mejorar su calidad: filtros mecánicos, de carbón activo, resinas de intercambio iónico, aparatos de ósmosis inversa… Solo que hoy sabemos que ninguno de los mencionados acaba con todas las sustancias patógenas presentes en el agua -arena, bacterias, virus, hongos, mohos, microalgas, pesticidas, herbicidas, disolventes, metales pesados, sulfatos, cloruros, trihalometanos, policlorobifenilos, contaminantes radioactivos (estroncio 90 y radio 226 y 228) y contaminantes inorgánicos (arsénico, sodio, hierro, selenio, zinc, boro, cadmio, calcio, cromo, cobre, plomo, plata, manganeso, mercurio y cloro) salvo uno: las destiladoras de agua al vapor. Puede pues afirmarse que a día de hoy -antes de la Revolución Industrial esto no era así en absoluto- la única agua pura que podemos beber es el agua destilada. Desaparece en buena medida hasta la "información" no química de sus moléculas. Porque, como en su día explicamos, parte del agua de nuestro organismo está compuesta de cristales líquidos en forma de clatratos que son los que permiten que en nuestro interior la luz viaje a velocidades increíbles transmitiendo información y que, por tanto, su pérdida sea una de las principales causas de enfermedad. A fin de cuentas, como plantea la doctora Esther del Río, "nuestro organismo es como un gran ordenador con pantalla de cristal líquido que se relaciona con el exterior y con el interior así como con el 'disco duro', el cerebro, dando respuestas en millonésimas de segundo gracias al sistema de cristal líquido-magnetitas. Y ello nos hace virtualmente cibernéticos". Ahora bien, el agua destilada puede desestructurarse y por eso antes de beberla procede reestructurarla, reenergetizarla y cargarla de la información más adecuada. Invito al lector a profundizar en tan importante asunto leyendo el artículo donde lo explico con mayor profundidad en este mismo número. Puedo asegurarles que se trata, a mi juicio, de un tema de tanta importancia que confío en haber sabido trasmitirla.


José Antonio Campoy