Las ondas electromagnéticas y las microondas perjudican gravemente la salud


Tanto las ondas electromagnéticas generadas por las corrientes eléctricas -especialmente los centros de transformación y las torres de alta tensión- como las microondas -las que emiten los aparatos de telefonía, radio y televisión así como los radares y las antenas- interfieren y distorsionan el funcionamiento del organismo pudiendo perjudicar gravemente la salud. Lo hemos repetido en esta revista muchas veces haciéndonos eco de los numerosos trabajos científicos que así lo demuestran pero nadie parece querer escuchar. Pues bien, un nuevo informe científico que publicamos en este número, esta vez del doctor Darío Acuña Castroviejo -catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada e investigador español de prestigio internacional- asevera -una vez más- que estar expuesto a radiaciones electromagnéticas puede provocar trastornos neurológicos (irritabilidad, cefalea, astenia, hipotonía, síndrome de hiperexcitabilidad, somnolencia, alteraciones sensoriales, temblores y mareos), mentales (alteraciones del humor y del carácter, depresiones y tendencias suicidas), cardiopulmonares (alteraciones de la frecuencia cardiaca, modificaciones de la tensión arterial y alteraciones vasculares periféricas), reproductivos (alteraciones del ciclo menstrual, abortos, infertilidad y disminución de la libido sexual), dermatológicos (dermatitis inespecíficas y alergias cutáneas), hormonales (alteraciones en el ritmo y niveles de melatonina, substancias neurosecretoras y hormonas sexuales) e inmunológicos (alteraciones del sistema de inmunovigilancia antiinfecciosa y antitumoral) además de incrementar el riesgo de cáncer, especialmente leucemias agudas y tumores en el sistema nervioso central en niños. Espeluznante panorama. Ya en mayo del 2002 un centenar de investigadores, catedráticos y expertos en temas biológicos y médicos denunció públicamente en un amplio documento bautizado como Declaración de Alcalá que las radiofrecuencias de baja intensidad de los teléfonos móviles pueden alterar la membrana celular, alterar la transducción de señales fisico-químicas, provocar un incremento de marcadores de la presencia de células tumorales y generar cáncer. Agregándose que parecen "afectar a numerosas funciones cerebrales y al sistema endocrino". Instando por ello a reexaminar también la exposición a radiofrecuencias provenientes de las emisoras de radio y televisión así como las de los radares pues los estudios epidemiológicos sobre exposición a esas ondas incluyen "incrementos de patología tumoral así como alteraciones cardiacas, neurológicas y reproductivas". Bueno, pues por si todo esto fuera poco otros dos estudios publicados en el 2004 complementan la alerta sobre las antenas de telefonía. Uno israelí efectuado por Wolf y Wolf demostró que la incidencia de cáncer es mayor entre quienes viven o trabajan en un área de 350 metros de radio de una antena de telefonía. El segundo, realizado en Alemania por Eger, corrobora el aumento de riesgo de contraer cáncer asegurando que se multiplica por 3,29 entre quienes viven o trabajan a menos de 400 metros de ellas. A lo que cabe añadir el último trabajo del profesor José Luis Bardasano, Presidente de la Fundación Europea de Bioelectromagnetismo y Ciencias de la Salud, quien acaba de presentar en el congreso internacional que sobre este asunto acaba de finalizar en Creta (Grecia) un trabajo demostrando que usar el teléfono móvil directamente pegado a la oreja modifica los parámetros del cerebro afectado a su funcionamiento. Y uno puede optar por no usar el móvil pero millones de personas están siendo sometidas sin posibilidad de evitarlo a multitud de radiaciones -especialmente las generadas por los centros de transformación, las torres de alta tensión y las antenas de telefonía- sencillamente porque las autoridades lo permiten a pesar de que ninguna empresa eléctrica o de telefonía ha podido demostrar jamás científicamente su inocuidad. Antes bien, existen centenares -si no miles- de trabajos científicos que demuestran su peligrosidad. ¿Hasta cuándo vamos a consentir los ciudadanos que nuestras autoridades se inhiban en un asunto de tanta importancia para la salud? Porque lo estamos pagando todos muy caro pero, sobre todo, nuestros hijos.


José Antonio Campoy