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| EDITORIAL
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NÚMERO
26 / MARZO / 2001
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| ¿LE
INTERESA A ALGUIEN LA VERDAD? |
Cualquier
buscador de la verdad sabe que el maestro no aparece
hasta que el discípulo está preparado. Lo que, entre
otras cosas, implica la imposibilidad de conocer respuestas
a preguntas que uno no puede formular. Y no puede porque
no sabe. Quien no sabe no se interroga. Luego, ¿puede
explicarse a la gente lo que es incapaz de entender
o asimilar? La respuesta es obvia. Y no piense el lector
que hay orgullo intelectual en esta afirmación. Es simple
constatación de una realidad. Nadie puede explicarle
a quien no ha manejado jamás un ordenador cómo se maneja
un programa de diseño. Y quien no ha manejado jamás
un programa de diseño ni encendido un ordenador está
incapacitado para formular otras preguntas que las básicas.
Como, por ejemplo, ¿qué es un programa de diseño
por ordenador? O, ¿para qué sirve? Pero jamás
podría preguntarse -y, por tanto, entender la respuesta-
preguntas menos obvias como ¿cuántos megas de memoria
RAM preciso con un Pentium III para grabar en DVD una
imagen de 45 megas en treinta segundos? Bien, pues
esto es aplicable a todos los ámbitos de la vida. Y
el de la salud no es una excepción.
Pues bien, la gente en general asegura que le interesan
"los temas de salud"... pero no está dispuesta a hacer
nada por informarse. Le han enseñado -y se lo ha creído-
que su salud es algo que depende de Dios, del Destino
o de la Genética (nuevo cajón de sastre salvador de
todas las preguntas sin respuesta sobre cualquier dolencia
o enfermedad) pero no de él. Y le han enseñado, además,
que si enferma ya se ocupará el médico o papá Estado
de decirle lo que tiene que hacer para curarse. Es más,
la gente cree sinceramente que los médicos y los científicos
les van a poder curar de casi todas sus "enfermedades"
merced a su "arsenal terapéutico". Luego, cuando se
enteran de la verdad, o es tarde o terminan en asociaciones
de víctimas o enfermos de...
Y uno se pregunta, decepcionado, si a la gente le interesa
realmente la verdad. Tengo la sensación de que nuestra
sociedad está profundamente adormecida; casi drogada.
Quizás eso explique la resignación -¿y yo qué puedo
hacer?- que últimamente percibo en muchas de las
personas con las que hablo. No se extrañe el lector,
pues, de que me pregunte a veces si no estaremos sembrando
en el desierto, si de verdad a las personas les interesa
formarse e informarse. Afortunadamente, cuando esa duda
surge siempre aparece alguna carta de aliento o agradecimiento
que nos hace sonreír, que nos alegra el corazón. Y ese
es motivo suficiente para seguir intentándolo. Gracias
a los lectores por ese apoyo.
José Antonio Campoy
Director
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