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| EDITORIAL
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NÚMERO
28 / MAYO / 2001
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| IMPOTENCIA
CIUDADANA |
En
los últimos meses hemos recibido en redacción multitud
de llamadas telefónicas cartas, fax y e-mail -especialmente
desde principios de este año- en las que nuestros lectores
nos hacen partícipes de su profundo malestar por el
trato recibido tanto en centros médicos, hospitales
y clínicas -públicas y privadas- como en consultas particulares.
Y si bien las quejas planteadas son de lo más variado
y variopinto la mayoría muestran su indignación por
lo que califican de desidia o despreocupación de los
médicos que les atendieron ante su problemática y la
falta de sensibilidad y calidad humana con que fueron
"atendidos". Asimismo, no es menor la denuncia de que
los centros y consultas médicas particulares que atienden
a los asociados de las compañías sanitarias privadas
comienzan a tener problemas similares a los del servicio
público: imposibilidad de conseguir cita antes de varios
días -a veces incluso semanas-, salas de espera llenas
y con demora, trato impersonal frío y rápido, médicos
de escasa experiencia... Y todo ello sin las ventajas
del sofisticado y caro aparataje de los hospitales públicos.
Pero siendo todo eso importante, lo que más preocupa
e indigna a quienes nos han escrito son los hechos a
los que termina llevando todo eso. Hechos que se denuncian
en los centros de atención al paciente en la confianza
de que van a servir de algo cuando la verdad es que
tales departamentos se han convertido en el paraguas
protector de los centros y sus trabajadores sanitarios.
Allí, el paciente enfadado -o sus familiares o amigos-
recibe un trato afable y comprensivo, se le invita a
desahogarse y, a veces -si está muy enfadado-, hasta
a rellenar una hoja con su versión para tramitarla.
La realidad, sin embargo, es que todo eso se convierte
en puro trámite formal para que se tenga la sensación
de haber sido atendido pero generalmente no sirve para
nada ni se efectúa investigación alguna en serio.
Mientras escribimos estas líneas, la hija de un lector
se debate entre la vida y la muerte a causa de una peritonitis.
El día antes había estado en ese mismo hospital quejándose
de un fuerte dolor en el vientre y, tras ser explorada,
fue devuelta a casa porque "debía ser un problema
de nervios y lo que tenía que hacer era tranquilizarse".
Otro lector fue también al hospital manifestando que
le dolía el abdomen y, tras ser explorado por el médico
de guardia de Semana Santa, mandado a casa porque "probablemente
no eran más que gases". Tres horas después ingresaba
con un infarto agudo de corazón.
Y no crea el lector que estos dos casos que narramos
son excepcionales: suceden todos los días con
absoluta impunidad. Solo que, en muchos casos, el resultado
es la muerte.
No esperamos nada de nuestros representantes políticos
ni de las autoridades sanitarias, pero, ¿qué esperan
todas esas asociaciones existentes en nuestro país que
se dedican a atender a las víctimas de estos casos para
abandonar sus personalismos y problemas egóicos y unirse
para así lograr crear la suficiente presión social?.
José Antonio Campoy
Director
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