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| EDITORIAL
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NÚMERO
34 / DICIEMBRE / 2001
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| ¡EXIJAMOS
LA PAZ! |
Los
dramáticos acontecimientos que están teniendo lugar
en el mundo demuestran hasta qué punto buena parte de
los miembros de nuestra sociedad están mentalmente enfermos.
De ninguna otra forma pueden explicarse las actitudes,
propuestas y acciones de muchos de ellos, especialmente
de quienes tienen responsabilidades públicas. A lo largo
de mi vida he tenido la oportunidad de conocer a muchas
personas de distintas culturas por haber tenido la fortuna
de haber viajado a más de una veintena de países y haber
seguido en detalle el desarrollo de la política internacional
en razón de mis obligaciones profesionales, por una
parte debido a mi actividad docente como profesor de
Relaciones Internacionales (11 años en la Universidad
Complutense y tres en el Centro Español Universitario)
y, por otra, debido a mi trabajo en la sección de Internacional
de la Agencia EFE durante años. Una etapa que me sirvió
para comprender algo tan aparentemente sencillo -pero
apenas entendido por mucha gente- como que tan asesino
es el que mata con alevosía a una persona como a un
millón. Que tan asesino es el que mata por interés propio
como el que lo hace por cuenta ajena. Que tan asesino
es el que mata en nombre de Dios como en nombre del
honor, de la patria, de la libertad, de la democracia
o de la justicia. Que tan cómplice de asesinato es el
que condena a muerte por hambre a causa de su egoísmo
y omisión -cuando uno es consciente de ello y puede
evitarlo- como el que consiente que otros maten en razón
de una legislación internacional que concede aún en
muchos casos impunidad a los gobiernos en el interior
de sus fronteras.
No. Nadie tiene derecho a matar a otro ser humano y
mucho menos alegando que con ello "se hace justicia".
Cuando tal se hace lo que se practica es la venganza,
no la justicia. Por mucho que se quiera disfrazar esa
verdad. Y si para ejecutar esa venganza encima se asesina
indiscriminadamente a cientos o miles de personas inocentes
arguyendo que se trata de "daños colaterales" inevitables,
el grado de patología mental alcanza ya el paroxismo.
Y argüir para perpetrar semejante barbarie el "derecho
de legítima defensa colectiva preventiva", una excusa
ética y moralmente falaz e intolerable.
Los asesinatos terroristas reflejan el poco nivel evolutivo
como seres humanos de quienes los perpetran. El mismo
nivel de quienes responden con sus mismas armas. No,
aquí no hay dos bandos, uno que representa al Bien y
otro al Mal. Aunque los dos bandos aseguren tener de
su parte... ¡a Dios! Porque Dios está con la vida, no
con la muerte. Dios -si Dios pudiera tomar parte, lo
que es absurdo porque si existe es obvio que no lo haría
ya que todos somos hijos suyos- está en el bando del
amor, no en el del odio; en el de la paz, no en el de
la guerra; en el de la solidaridad, no en el del egoísmo;
en el del diálogo no en el de la confrontación. No,
en este conflicto no luchan dos bandos, el de la Luz
y el de las Tinieblas: se están enfrentado personas
del mismo bando entre sí. El bando de los que practican
la ley del ojo por ojo y diente por diente, el de los
que fomentan el odio, el resentimiento y la muerte en
ambos bandos. Que no cuenten con nosotros.
José Antonio Campoy
Director
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