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| EDITORIAL
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NÚMERO
11 / DICIEMBRE / 1999
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| INTEGRACIÓN |
Es
difícilmente comprensible que hoy día sigan existiendo
en el ámbito de la Salud actitudes tan enfrentadas,
excluyentes y cuasi fanáticas en personas -afortunadamente
minoritarias- que, convencidas de "su" verdad, tachan
a todos quienes no piensan como ellos de ignorantes
cuando no de farsantes. Y nos estamos refiriendo tanto
a ese tipo de gente que desde el plano de las llamadas
medicinas naturales rechazan visceralmente la Medicina
alopática o convencional -y muy especialmente todo fármaco
elaborado en laboratorio- como a aquellos que piensan
que quienes predican las bondades de todas o algunas
de las llamadas medicinas alternativas o complementarias
son poco menos que un peligro para sí mismos, sus hijos
y los demás. Gente que se ha posicionado en uno u otro
bando en función de sus creencias -para ellos, sólidamente
fundadas- sin darse cuenta de que son eso: creencias.
Y que éstas -como ha sido el caso de muchas aceptadas
casi unánimemente como verdades indiscutibles durante
siglos y se demostraron luego equivocadas- raramente
son absolutas e inmutables. Problema que suele tener
su origen en la falta de información y, sobre todo,
en la información parcial o errónea. Pasa en todos los
ámbitos y a todos los niveles. Ahora bien, hay personas
abiertas dispuestas a revisar cada día sus esquemas
sin problema alguno porque late en ellos el ansia de
saber y les mueve la curiosidad y otros que precisan
asentarse en esquemas rígidos, inamovibles, férreos...
porque se sienten incapaces de fluir con la vida sin
unas normas fijas. En la familia como en el trabajo,
en la religión como en la ética. Personas que padecen
-podríamos definirlo así- esclerosis mental. Y lo singular
es que no son generalmente gente poca instruida sino
personas de conocimiento; es decir, de información aprendida.
El problema es que no se replantean nunca si lo que
les enseñaron era correcto ni están dispuestas a aceptar
el error salvo que la "autoridad" -científica, por supuesto,
en el ámbito de la salud- les diga que efectivamente
lo afirmado hasta entonces se trataba de un error. Personas
para quienes las cosas son blancas o negras, verdaderas
o falsas, buenas o malas... en una dicotomía radical
que ciertamente casi nunca se corresponde con la realidad.
Pues bien, nosotros nos negamos a elegir entre una u
otra concepción de la salud, entre un tipo de Medicina
u otra, entre uno u otro tipo de terapia. Sencillamente
porque creemos que la mayor parte son útiles. Quizá
unas más que otras pero eso depende de las personas
porque cada una de ellas es un mundo. Lo que sin embargo
sí nos parece razonable es que tales terapias sean impartidas
por profesionales bien formados. Si pudiera ser en el
futuro, sólo por médicos. Claro que para eso haría falta
que las autoridades políticas -en especial, las sanitarias-
entendieran que hay que regular tales enseñanzas llevándolas
incluso a la universidad si procediera. Eso evitaría
que la demanda social de las mismas, cada vez más creciente,
quedara, como ocurre hoy, en manos de personas autodidactas
con más buena voluntad -la mayor parte de las veces-
que conocimiento.
José Antonio Campoy
Director
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