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| EDITORIAL
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NÚMERO
50 / MAYO / 2003
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| HACIA
UNA NUEVA CONCIENCIA |
Tienes en tus manos, amigo lector, el número 50 de Discovery
DSALUD. Y podemos asegurarte que llegar hasta aquí no
ha sido fácil. Va a seguir sin serlo. Romper esquemas
tiene muchas dificultades. Se choca con muchas convicciones
arraigadas, con muchos dogmas establecidos, con muchos
intereses. La salud es hoy, ante todo, un próspero negocio.
Evidentemente, los hospitales, clínicas o centros de
salud necesitan ser correctamente administrados para
que no sean deficitarios pero es que cada vez se crean
más porque son lucrativos, porque dan dinero. No hay
ideales en ello. Hasta se explota descaradamente a quienes
allí trabajan en condiciones muchas veces lamentables.
Ha desaparecido prácticamente el lado humanitario. Las
residencias geriátricas, por ejemplo, no se construyen
porque haya una necesidad social sino porque dan mucho
dinero a quienes manejan el negocio. Especialmente merced
a las ayudas y subvenciones oficiales. Los nuevos fármacos
no se investigan porque exista detrás la intención real
de ayudar a quienes sufren sino porque proporcionan
pingües beneficios. Por eso la industria farmacéutica
no busca medicamentos para las enfermedades minoritarias:
no son rentables. Y lo único que buscan los accionistas
e inversores en bolsa es rentabilidad. En las juntas
de accionistas de los grandes laboratorios no se plantean
aspectos humanos y éticos: sólo se habla de réditos,
de beneficios, de nuevas inversiones para obtener más
ganancias. Allí no se habla de salud, se habla de enfermedad.
En las agencias del medicamento y en los ministerios
de Sanidad de todo el mundo pasa otro tanto. Están infiltrados
por la mafia que controla el actual sistema sanitario.
Como lo están los colegios médicos y farmacéuticos.
Si la colegiación fuera voluntaria y no obligatoria
los colegios médicos y farmacéuticos desaparecerían.
Y eso la mafia no puede permitirlo. Introducir unos
cuantos peones en los órganos de decisión es factible,
controlar a todos los médicos uno a uno, no. Otro tanto
ocurre con la clase periodística y política. Los grandes
laboratorios alquilan con mucha facilidad la conciencia
de los periodistas. Con la misma estrategia con la que
sobornan a los médicos como explicamos en un reportaje
en este número. No sólo usan dinero, viajes, ordenadores,
etc., también les pagan satisfaciendo su ego otorgándoles
"premios periodísticos" e invitándoles a recepciones,
comidas o cenas con grandes "personalidades" intentando
que surja la empatía a nivel personal y sean luego lo
más acríticos posible con quienes tan amables han sido
con ellos. Y no hablemos ya de lo sencillo que es "comprar"
la complicidad o, cuando menos, el silencio de los grandes
medios de comunicación social. Casi ningún empresario
se arriesga a perder las campañas de publicidad de las
empresas detrás de las cuales está la industria farmacéutica.
Que hoy por hoy son la mayoría. Y para qué hablar ya
de la clase política. Buena parte de los miembros del
actual Parlamento Europeo son ex ejecutivos de las grandes
multinacionales farmacéuticas. Los han puesto ellas
allí. Como los tienen en los gabinetes jurídicos de
los ministerios de Sanidad, en la Policía, en los servicios
de inteligencia y hasta en la Judicatura. Están en todas
partes. Y lo singular es que no son muchos pero son
muy poderosos. Prácticamente imbatibles. Salvo que la
gente empiece a entender que está siendo vilmente engañada,
que su salud depende de él y no del médico, de los fármacos
o del sistema sanitario. Que lo único que necesita normalmente
para estar sano o curarse cuando enferma es información
no adulterada ni manipulada. Y para eso sólo necesita
ampliar su conciencia. En los próximos meses intentaremos
orientar de forma aún más explícita a nuestros lectores,
darles pautas para que entiendan. Pero sólo vamos a
ayudarles: el camino lo tendrán que hacer ellos. Es
ley de vida.
José Antonio Campoy
Director
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