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| EDITORIAL
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NÚMERO
62 / JUNIO / 2004
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| NO
HAY NINGUNA DIFERENCIA |
No hay diferencia entre quienes matan para conseguir
sus objetivos. Todos ellos son asesinos. Y su nivel
ético, similar. Mientras la sociedad no entienda algo
tan simple no avanzaremos. Tan asesino es el que mata
a una persona para lucrarse o por placer como quien
lo hace en nombre de sus ideas religiosas, políticas
o sociales. Tan asesino es el que mata en nombre de
una de esas patrias inventadas que separan a la gente
por fronteras igualmente inventadas que quien lo hace
en nombre de la libertad, la justicia o la democracia.
Tan asesino es el que mata con un cuchillo o una bomba
casera como quien utiliza metralletas, tanques o misiles.
No importa en nombre de qué o de quién se mata: quien
tal hace es un asesino. La ética que les caracteriza
es la misma. Todos matan para conseguir un objetivo
en el que creen. Y eso es así aunque algunos aleguen
que es más ético el que lo hace "altruistamente". Tan
asesinos son los que matan poniendo bombas en un avión
o una estación de trenes -inmolándose o no- que quienes
lo hacen vestidos de uniforme. Que a unos se les considere
terroristas y a otros héroes sólo denota la cultura
en la que vivimos. Quienes comulgan con las ideas de
los primeros los consideran mártires. Quienes comulgan
con las ideas de los segundos, defensores de la libertad
o de la patria. Y a ambos se les rinden honores. Pero
la verdad es que todos son asesinos a los que sólo diferencia
la razón por la que matan. Asesinos cuyas conciencias
intentan tranquilizarse porque la sociedad les comprende
y apoya (a cada cual los suyos). Es más, quienes piensan
como ellos y los ayudan o comprenden son cómplices de
asesinato. Todos. Especialmente los múltiples representantes
de sus líderes religiosos que esos sí que están en todos
los bandos. Es un sarcasmo que a lo largo de los últimos
milenios los sacerdotes de la práctica totalidad de
las religiones hayan llegado a bendecir "en nombre de
Dios" hasta las armas que se usan para perpetrar las
matanzas. Bendicen banderas, cuarteles, ejércitos, tanques,
aviones de combate, misiles... Es tal el grado de psicopatía
social en nuestro mundo que la realidad supera la imaginación
de las mentes más fantasiosas de nuestros antepasados.
Hoy, hasta los judíos y los cristianos, cuyo principal
mandato es "No matarás" -sin matices-aceptan que acabar
con la vida de otros seres humanos puede a veces justificarse.
Lo afirman los representantes eclesiásticos de todas
las iglesias en las que hoy están divididos. Han llegado
incluso a justificar éticamente las alianzas militares.
Y se ha lavado el cerebro a la sociedad de tal modo
que una inmensa mayoría cree en ello, cree que a veces
matar se justifica. ¡Cuando no se justifica nunca! Es
indiferente en nombre de qué o quién se haga: matar
es éticamente injustificable. Siempre.
Afortunadamente algo empieza a cambiar. En el mundo
pero muy especialmente en España. Los habitantes de
este país salieron masivamente a las calles para dar
su NO rotundo a la guerra. Porque aquí sabemos muy bien
que no se puede acabar con la violencia a través de
la violencia (y no quiero profundizar en el vergonzoso
uso de la tortura por el país que dice representar la
libertad y los derechos humanos en el mundo). Es más,
los españoles, que venimos sufriendo desde hace décadas
un terrorismo igual de injustificable que todos los
demás, hemos dado en los últimos años una gigantesca
lección al mundo. Porque a pesar de los miles de muertos
y heridos, del enorme sufrimiento padecido, nadie reclama
desde hace mucho tiempo la pena de muerte para los asesinos.
Se pide que se les detenga, condene y encarcele pero
no que se les mate. El respeto a la vida es absoluto.
Por parte de las personas de todas las ideologías. Y
ese hecho denota un salto cuántico importante. Es obvio
que los españoles -aunque algunos de sus "representantes"
prefieran ignorarlos- han alcanzado un grado de madurez
impensable hace sólo unas décadas. El hecho de que hoy
la inmensa mayoría rechace la pena de muerte, hasta
para los crímenes más espeluznantes cometidos por seres
que están más cerca del nivel animal que del humano,
es digno de elogio. Y, desde luego, si alguna vez alguien
se ha merecido el Premio Nobel de la Paz ése es el pueblo
español. Aun cuando nos quede mucho por avanzar.
José Antonio Campoy
Director
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