El sistema sanitario español ha alcanzado tal
grado de ineficacia y caos que resulta inconcebible la ausencia
de iniciativas por parte de los parlamentarios españoles. Porque,
¿cuál es el panorama de nuestro sistema sanitario al margen de
la propaganda oficial y del silencio cómplice de la mayor parte
de los medios de comunicación? Pues sencillamente aterrador. Porque
en España hoy la situación es ésta:

Los
servicios de Urgencias están saturados con el agravante de que
el 90% de los médicos que se encuentran en ellos son recién licenciados
y, por tanto, carecen de experiencia.
Las listas de espera tanto para un simple diagnóstico como para
ser sometido a tratamiento siguen siendo un escarnio a pesar de
la retórica demagógica de los responsables.
La mayor parte de los hospitales están abarrotados y los enfermos
tienen que permanecer días en los pasillos en condiciones vergonzosas
que violan sus derechos fundamentales básicos.
Los familiares no tienen dónde aguardar y deben sentarse en el
suelo o en las escaleras.
La posibilidad de contagio en los hospitales alcanza niveles intolerables.
Los médicos y enfermeras están desmotivados porque se sienten,
más que mal pagados, sencillamente explotados. Y muchos en permanente
situación de interinidad.
Los tratamientos ortodoxos convencionalmente aceptados como los
más adecuados son sólo paliativos o sintomáticos. Es decir, no
ayudan a curar casi ninguna patología. Con el agravante de que
la mayoría de los fármacos que se prescriben tienen efectos iatrogénicos.
Un reciente estudio indica que la 3ª parte de las consultas urgentes
se deben a problemas generados por fármacos.
La Medicina convencional no conoce ni la causa ni cómo curar ninguna
de las llamadas enfermedades degenerativas. No sabe curar el cáncer,
el Parkinson, el Alzheimer, el Sida, la esclerosis múltiple, la
fibromialgia, la fatiga crónica... y así centenares de patologías.
Los gastos del estado en Sanidad suben sin parar año tras año
de forma desbocada.
La industria farmacéutica controla el Ministerio de Sanidad, gran
parte de las consejerías autonómicas y la Agencia Española del
Medicamento. Eso explica que fármacos absolutamente inútiles sean
sufragados por el estado y recetados incluso para patologías para
las que no están indicados mientras a otros se les pone todo tipo
de trabas para ser legalizados.
Gran parte de los médicos del sistema sanitario llevan siendo
"gratificados" -por no decir sobornados"- por algunas multinacionales
farmacéuticas desde hace años para que receten sus productos.
Los recientes escándalos que han llevado a los tribunales a los
responsables de algunas conocidas empresas y a muchos médicos
están en la mente de todos. Y no se trata de casos aislados sino
de una práctica muy extendida que no se quiere investigar.
Muchos de los fármacos sufragados por el
estado no sólo no son más eficaces que otros sino que en muchos
casos se desconocen sus efectos secundarios y encima son más caros.
Lo acaba de afirmar Joan Ramón Laporte, director del
Instituto
Catalán de Farmacología, asegurando que así ocurre al menos
con las estatinas, los antipsicóticos "atípicos", los antidepresivos,
los medicamentos para la osteoporosis y los antihipertensivos.
Los ensayos clínicos que se efectúan para
aprobar los fármacos son deficientes y fácilmente manipulables.
Lo acaba de asegurar la prestigiosa revista
The Lancet reconociendo
la dificultad para generalizar los resultados, cómo se obvia que
el entorno elegido para una investigación influye de forma determinante
en los resultados, cómo los pacientes se seleccionan antes del
ensayo para asegurarse de que sean los que tienen más posibilidades
de mejorar con el producto que se está testando, cómo se hace
a menudo con grupos demasiado pequeños para que los resultados
sean significativos... Y así otras muchas cuestiones que deberían
haber invalidado la aprobación de numerosos fármacos. Lo que se
demuestra con la retirada del mercado en los últimos meses de
numerosos medicamentos que llevaban años vendiéndose. Unos porque
no sirven en realidad para las enfermedades para las que se prescribían,
otros porque los efectos negativos son mucho mayores de los reconocidos
y las empresa fabricantes, sabiéndolo, lo habían ocultado.
¿Para qué seguir? Necesitaríamos muchas páginas -pero muchas-
para describir la lamentable situación del sistema sanitario y
la corrupción que sufre. Corrupción contrastada que nadie quiere
destapar. Hay implicada demasiada gente de altos vuelos y escasa
ética y conciencia.
José Antonio Campoy
Director