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| EDITORIAL
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NÚMERO 70 / MARZO
/ 2005 | |
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NO ESTÁ CIENTÍFICAMENTE
DEMOSTRADO QUE LOS MÓVILES NO SEAN PELIGROSOS |
La
inocuidad de los teléfonos móviles cuando se usan de forma habitual no está
científicamente demostrada. Y punto. Antes bien, hay numerosas evidencias
de su potencial peligrosidad, muy especialmente en el caso de niños y adolescentes.
Se arguye que los teléfonos móviles cumplen la normativa internacional pero lo
que no se dice es que esa normativa recoge sólo los efectos térmicos y
no los efectos atérmicos porque está elaborada a la medida de las empresas
y no pensada para proteger la salud de los ciudadanos. Hace ya casi tres años
lo denunciaba públicamente un centenar de investigadores, catedráticos y expertos
en temas biológicos y médicos en un amplio documento -nada menos que 60 folios-
denominado Declaración de Alcalá que fue presentado en mayo del 2002 en
la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). Documento apoyado en cerca de 600
comunicaciones científicas y en el que ya entonces se afirmaba que, según los
numerosos estudios realizados en laboratorios independientes, los efectos atérmicos
de las radiofrecuencias de baja intensidad de los teléfonos móviles -que no
se quieren reconocer oficialmente- pueden:
Alterar las características dinámico-funcionales
de la membrana celular.
Alterar la transducción de señales
fisico-químicas.
Provocar respuestas celulares proliferativas
(cáncer). Y,
Provocar un incremento de marcadores
de la presencia de células tumorales. Más aún, se explicitaba que parecen
afectar "a numerosas funciones cerebrales y al sistema endocrino", que
la sintomatología de las personas expuestas a campos electromagnéticos es "fundamentalmente
neurológica" -cefaleas, migrañas y alteraciones del sueño- y que se han constatado
además "perturbaciones en la audición y en el comportamiento" (aumento
del estrés). Sus firmantes, tras hacer un llamamiento "para evitar en lo posible
cometer los errores del pasado", instaban a reexaminar incluso los trabajos
sobre salud y exposición a radiofrecuencias provenientes de emisoras de radio
y televisión así como las de los radares pues los estudios epidemiológicos sobre
exposición a esas ondas incluyen "incrementos de patología tumoral así como
alteraciones cardiacas, neurológicas y reproductivas". "Si se conviene
en que es necesario colocar la protección de la salud de los ciudadanos por encima
de otras consideraciones de desarrollo o económicas -se alertaba en el manifiesto-
entonces las normativas adoptadas por la Unión Europea deberían revisarse hasta
los límites donde hoy encontramos posibles efectos a nivel celular". Apostillando
en lo que a España se refiere: "Si estudios científicos y normativas de otros
países, aplicando el principio de cautela, establecen niveles de protección 0.1
W/cm2 (o incluso inferiores) es una grave negligencia que en nuestro país la población
siga expuesta a niveles que pueden llegar hasta 450 ó 900 W/cm2 esperando a que
la evidencia firme establezca plenamente los efectos nocivos de los campos electromagnéticos
débiles en exposiciones a largo plazo". Pues bien, en estos tres últimos
años el número de estudios que resaltan los daños que provocan las radiaciones
de los teléfonos móviles -térmicos y atérmicos- ha aumentado espectacularmente.
A pesar de lo cual los gobiernos, a fin de proteger a las empresas del sector,
se niegan tanto a cambiar la legislación como a financiar ensayos que prueben
o desmientan las advertencias de los científicos independientes. Los responsables
gubernamentales, junto a las compañías telefónicas, han decidido seguir la misma
estrategia hipócrita y criminal que en su día adoptaron las empresas tabacaleras:
negar todo y decir que "no está científicamente demostrado". Latiguillo
al que, dada la cantidad de estudios que empiezan a aflorar, han añadido últimamente
la expresión "directamente". Es decir, como ya no pueden afirmar tal cosa
porque sí hay evidencias científicas ahora la estrategia es decir que no hay evidencias
de que afecten "directamente". Una falacia que el reciente experimento
realizado por el profesor José Luis Bardasano del que hablamos en este número
-entre otros- hecha por tierra. Es hora pues de denunciar con rotundidad la
estrategia de las empresas de telefonía, copiada de las tabacaleras. Hay innumerables
datos que indican claramente que los teléfonos móviles -y otro tanto cabe decir
de las antenas repetidoras de señal y de las torres de alta tensión- parecen ser
los responsables directos de numerosas dolencias, especialmente patologías
cerebrales, endocrinas y cáncer. No se trata ya pues de demostrar que los teléfonos
móviles son peligrosos, se trata de que sean las empresas que los comercializan
las que demuestren científicamente que son inocuas. Porque, sencillamente,
no pueden. Por tanto, nos reiteramos: los teléfonos móviles son peligrosos. Y
los móviles UMTS de nueva generación mucho más. Y ahora haga usted lo que le plazca.
Pero no diga luego que nadie la advirtió.
José Antonio Campoy
Director
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