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| EDITORIAL
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NÚMERO
23 / DICIEMBRE / 2000
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| ¿INQUISICIÓN
MÉDICA? |
Hace
ahora poco más de 150 años Ignacio Semmelweis -médico
húngaro que trabaja en un hospital de Viena- comprobó
que el número de fallecimientos entre las mujeres que
daban a luz en un hospital era mucho mayor que el de
las que parían en sus casas. Preocupado por el hecho
al no entender qué pasaba -a diferencia de sus colegas,
a los que les parecía algo "normal"- analizó qué había
de distinto en ambas situaciones comprendiendo pronto
que la diferencia sólo estaba, básicamente, en el lugar
donde se desarrollaba el parto -el hospital y no la
casa- y la atención: médicos y matronas. Asimismo, se
preguntó si el hecho de que los médicos pasaran con
toda normalidad de practicar una autopsia a atender
un parto podía tener relación. Piénsese que hablamos
de una época anterior a Luis Pasteur y la ciencia no
conocía la existencia de los microbios y cómo éstos
provocan infecciones. Obviamente, tampoco había antibióticos.
Pues bien, a fin de averiguarlo decidió que a partir
de ese momento los miembros de su equipo se lavaran
siempre las manos con agua a la que había echado cloruro
de cal antes de atender a una persona. Las consecuencias
fueron espectaculares: del 30% de fallecimientos en
los partos se pasó al 1%. Entusiasmado, comunicó su
descubrimiento a todos sus colegas. ¿Resultado?: risas,
burlas y todo tipo de comentarios jocosos e hirientes.
Prácticamente todos los colegas se carcajearon de él.
Un escarnio constante que le llevaría a enfermar siendo
recluido en un manicomio. Allí, una enfermera que le
atendía le provocó una herida involuntariamente causándole
una infección que le llevaría a la muerte. De esa forma,
el hombre que primero combatió las infecciones moría
víctima de una de ellas.
Es sólo un ejemplo pero la historia de la Medicina está
llena de ellos. Y no sólo en épocas remotas: hoy
día ocurre lo mismo. Lo grave es que nadie parece
sentirse aludido cuando se narran este tipo de ejemplos.
Los "ignorantes repletos de soberbia" son siempre los
otros. Pero, ¿cómo habría que calificar a quienes reclaman
a gritos que las autoridades políticas y sanitarias
persigan de oficio a quienes no aceptan como borregos
las "verdades" oficialmente establecidas? Porque esos
médicos existen, son cada vez más y están sufriendo
en todo el mundo una vergonzosa persecución que pretende
justificarse en nombre de la ciencia. Sépalo el lector:
no vamos a consentir impasibles una inquisición médica.
A los argumentos de quienes disienten de lo oficialmente
establecido se les debe responder con argumentos. No
con exabruptos ni persecuciones.
José Antonio Campoy
Director
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