Constituyen
amplia mayoría las personas que, con sorprendente ingenuidad, creen aun que los
ministerios de Sanidad -de todos los países- se ocupan preferentemente de salvaguardar
la salud de los ciudadanos. Y nada más alejado de la realidad. Los ministerios
de Sanidad de todo el mundo están al servicio del poder y, por ende, de las grandes
industrias. Es pues a sus dueños y controladores a quienes protegen y sirven.
Que la mayor parte de la gente no sea consciente de ello es otra cosa. Pero es
que vivimos en una sociedad donde en general la población vive con ideas, creencias
y opiniones prestadas en lugar de propias. Lo ocurrido en el ámbito sanitario
español en los últimos tiempos es una buena muestra. Analicemos por ejemplo el
caso del tabaco que tanta polémica ha creado. El público recibió la noticia de
que en todas las cajetillas iba a obligarse a poner la leyenda
El tabaco puede
matar como un triunfo de la ciudadanía cuando la verdad es que se incluyó
para proteger a las tabaqueras. Para que cuando alguien acuda a un tribunal porque
su salud se ha deteriorado gravemente por fumar las empresas fabricantes puedan
alegar ante los jueces que tales personas estaban perfectamente advertidas. Hasta
de que podían morir. Y por consiguiente no pueden alegar engaño o falta de información.
Y se legisló que en los lugares públicos los fumadores estuvieran apartados de
los no fumadores para evitar que éstos enfermaran y pudieran acudir a la justicia
ya que con la nueva ley la responsabilidad ha pasado de las tabaqueras a los establecimientos
-bares, cafeterías, restaurantes, etc.- o, en su defecto, a la Administración
-central o autonómica- que legisle sobre ello. Las tabaqueras se protegen así
también de las posibles demandas de fumadores pasivos. Es obvio que si la intención
del Ministerio de Sanidad fuera proteger a la ciudadanía y no a las tabaqueras
habría simplemente obligado a éstas a que los cigarrillos no contuvieran más que
tabaco exigiéndolas que dejaran de envenenarlos con miles de sustancias tóxicas,
sesenta de ellas al menos altamente cancerígenas como denunciamos en el reportaje
al que dedicamos la portada de este número. Es más, ni siquiera se ha dignado
a legislar el posible control de todo ese veneno que se añade al tabaco. Habrá
quien alegue que el Ministerio, al menos, aprobó un decreto que obliga a los restaurantes,
bares, cafeterías, hoteles, hospitales, colegios, residencias, comedores de empresas,
empresas de catering y similares a congelar a 20 grados bajo cero durante 24 horas
los pescados que vayan a servir crudos, poco hechos, ahumados, en salazón o en
escabeche a fin de evitar el contagio con el parásito
anisakis pero resulta
que esa medida no la promovió nuestro Ministerio: éste no hizo más que cumplir
la normativa comunitaria recientemente aprobada. La realidad es que España fue
denunciada hace ya años ante la Comisión de las Comunidades Europeas por el Director
de
Laboratorios Oikos,
Antonio López Román y ninguna de las tres
ministras que han estado en él desde entonces hizo nada para proteger a los ciudadanos:
Celia Villalobos,
Ana Pastor y
Elena Salgado. Y lo mismo
cabe decir de las radiaciones electromagnéticas. Toda la legislación existente
se ha regulado para proteger a las compañías eléctricas y de telefonía. La actual
Ministra de Sanidad y Consumo, Elena Salgado, fue en ese sentido muy bien elegida.
No en vano ha sido Consejera Delegada de
Vallehermoso Telecom, Presidenta
de
11811 Nueva Información Telefónica -filial de
Telegate AG- y
miembro del Consejo de Administración de
Abertis Telecom. De ahí
que a pesar de las numerosas advertencias en ese ámbito hechas una y otra vez
por los expertos en bioelectromagnetismo no haya tomado una sola iniciativa. Allá
quien crea que es "casualidad". Claro que hablamos de alguien que para luchar
contra la obesidad apela a la responsabilidad del consumidor y pide a los fabricantes
de pizzas y hamburguesas que no anuncien productos de "tallas grandes" pero no
prohíbe los numerosos productos que contaminan y envenenan nuestros alimentos:
pesticidas, conservantes, colorantes, saborizantes -como el glutamato monosódico-,
aromatizantes, edulcorantes, etc. Es más, se trata de una ministra extrañamente
protegida -¿acaso goza de algún tipo de inmunidad especial?- ya que hasta se permite
hacer caso omiso de los requerimientos de los jueces. Dos veces la ha pedido un
juzgado que su departamento se pronuncie sobre los ensayos clínicos sobre el
Bio-Bac
vergonzosamente incautados hace cuatro años y ni siquiera contesta. ¡Y para qué
hablar de los medicamentos!, esos productos cuya eficacia para curar enfermedades,
excepción hecha de los antibióticos, es lisa y llanamente nula. Especialmente
en el ámbito del cáncer donde no existe un solo fármaco utilizado por los oncólogos
que haya demostrado jamás en un ensayo clínico con humanos la curación de un solo
caso. No existe ni uno y a pesar de ello poco menos que se obliga a los médicos
a recetarlos y a los pacientes a consumirlos. Siendo además todos increíblemente
caros y tóxicos. Algo que hemos repetido hasta la saciedad sin que muchas personas
parezcan entenderlo. Instamos por enésima vez al Ministerio de Sanidad y a los
oncólogos a que nos hagan llegar un solo ensayo de cualquier producto usado en
quimioterapia que demuestre haber curado
un solo caso de cáncer. ¿No alegan
que hay miles de ensayos que lo demuestran? ¿Pues por qué no nos hacen llegar
uno? Sólo uno. Pues porque no existen. No, los ministerios de Sanidad no
están al servicio de los ciudadanos.
José
Antonio Campoy
Director