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     ALIMENTACIÓN
NÚMERO 124 / FEBRERO / 2010

¿CUÁNTOS DE NUESTROS ALIMENTOS ESTÁN CONTAMINADOS CON GLIFOSATO?

 

Que los medicamentos son peligrosos no lo pone en duda hoy nadie siendo una de las razones que se trata de productos sintéticos que el cuerpo con frecuencia rechaza, unas veces a corto plazo, otras a largo. Pues bien, lo mismo pasa con los herbicidas que se usan para proteger las cosechas, muy especialmente en el caso de los organofosforados. Eso hizo que el anuncio de que se había encontrado uno conocido como glifosato que era inocuo –es decir, que no perjudica a la salud- lo convirtiera en el más usado del mundo. Sobre todo el Roundup de la multinacional Monsanto. Pues bien, estudios recientes demuestran que sí es tóxico y por tanto peligroso. Y nuestras autoridades sanitarias lo saben y lo consienten. Un escándalo más pues cuyos responsables no pagarán por ello. Sepa cómo nos están sutilmente envenenando.

El glifosato -sustancia presente en productos como Roundup, el pesticida estrella de Monsanto- parece tener más riesgos de los que se decían. Hablamos de un compuesto organofosforado que según la multinacional se diferencia de los demás en que no afecta el sistema nervioso y de hecho se vende como “inocuo para la salud humana” y “biodegradable” lo que unido a su eficacia contra todo tipo de hierbas lo convirtió pronto en el plaguicida más usado del mundo; tanto en agricultura como en jardinería. Sin embargo estudios “in vitro” realizados recientemente por bioquímicos de la Universidad de Caen (Francia) revelan que en realidad se comporta como un veneno potencialmente mortal ante células placentarias humanas a concentraciones muy bajas mientras a concentraciones aún más bajas actúa como alterador endocrino. De hecho para Eric Seralini, el científico que ha coordinado los trabajos, los efectos ahora descubiertos “podrían explicar las crecientes tasas de nacimientos prematuros y abortos espontáneos en poblaciones agrícolas de Francia”.
El estudio de los investigadores galos -publicado en la revista científica norteamericana Environmental Health Perspective- subraya que los efectos tóxicos y hormonales del glifosato en general y del Roundup en particular son proporcionales a la dosis –mayores cuanto mayor cantidad de compuesto recibe la célula- pero también al tiempo de exposición (algo especialmente preocupante para los agricultores o jardineros que llevan muchos años usando el herbicida en cuestión).
Ya con anterioridad estudios similares del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Roscoff (Francia) habían concluido que el Roundup, en contacto con células de erizo de mar, activaba o aumentaba ciertos mecanismos celulares que conducen a la división celular y, por tanto, al cáncer. Y otro efectuado en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de California (EEUU) determinó que el herbicida “matatodo” es la causa más común de enfermedades relacionadas con agrotóxicos entre los trabajadores de jardinería paisajista en California y la tercera causa más común entre los trabajadores de la agricultura.
Aunque lo peor es que no son sólo los trabajadores los que tienen motivos de preocupación porque las plantas que reciben Roundup absorben el glifosato por sus raíces y éste acaba en sus partes comestibles. De hecho ya se  ha encontrado en fresas, lechugas, zanahorias y cebada a pesar de que en su publicidad Monsanto afirma que cuando el glifosato entra en contacto con el suelo se fija rápidamente a las partículas del mismo quedando inactivo.
“En Europa–denuncia Juan José Viedma, ecocertificador, ecoaceitero y director del mercado Ventas Ecológicas- el uso de glifosato en cultivos alimentarios directos -como las hortalizas- está restringido porque siempre quedan restos en el alimento pero debería estar mucho más restringido; en los cereales, por ejemplo. Y España es el país de Europa más permisivo con el uso de glifosato en agricultura”.
Al medio ambiente, por supuesto, tampoco le sienta muy bien un herbicida no selectivo que se usa masivamente y cada vez más mientras se reduce en conjunto el uso de venenos agrícolas en Europa y se tiende hacia plaguicidas selectivos. Sobre todo cuando la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos ha reconocido ya que muchas especies de plantas -así como el sapo de Houston- están en peligro de extinción por la dispersión en el ambiente de glifosato. Eso explica que en Australia, por ejemplo, las instrucciones de empleo establezcan que la mayoría de las formulaciones de glifosato no deben usarse en el agua o cerca de ella debido a sus efectos tóxicos sobre renacuajos y ranas adultas.
Por supuesto, portavoces de la compañía norteamericana en Francia restaron de inmediato importancia a los trabajos -en cuanto se publicaron- alegando que ni las autoridades europeas, ni la Organización Mundial de la Salud (OMS), ni la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) tienen clasificado el producto como tóxico o cancerígeno.

EFICAZ CONTRA TODO TIPO DE MALAS HIERBAS

En España -como en otros países desarrollados- el glifosato es ampliamente utilizado en agricultura y jardinería debido a su eficacia contra las malas hierbas. Y su uso va en aumento dado que varios de los cultivos transgénicos más comunes en el mundo incorporan precisamente la modificación genética de resistir el ataque del glifosato, incluso en la fase “adulta” de la planta. Es decir, que Monsanto está haciendo doble negocio y creando un doble problema: venden semillas transgénicas y a continuación el herbicida para protegerlas de las malas hierbas. En otras palabras, expanden los cultivos transgénicos y aumentan el problema rociándolos con una sustancia tóxica.
Un problema que parece ir en aumento. Hace unos meses el Centro Orgánico de Estados Unidos publicó otro estudio incómodo para la industria agroquímica titulado Impacto en los cultivos genéticamente modificados del uso de pesticidas según el cual las variedades de maíz, soja y algodón resistentes a ciertos pesticidas de gran toxicidad –fundamentalmente el glifosato de Monsanto- aumentan un 26% el uso del plaguicida respecto a la misma superficie de cultivo convencional. Mientras la normativa de la Unión Europea se ha planteado el objetivo de reducir a la mitad el uso de plaguicidas químicos para rebajar de este modo la contaminación del suelo y las aguas la biotecnología agrícola ha iniciado en la última década un camino contrario. El citado informe revela que el maíz, la soja y el algodón transgénicos representan ya la mayoría de la superficie de estos tres cultivos en Estados Unidos.
En España la Junta de Castilla y León ha autorizado recientemente los primeros cultivos experimentales de maíz modificado genéticamente resistente al glifosato. Los ensayos en campo se llevarán a cabo en los términos de Toral de los Guzmanes (León), La Cistérniga y Santovenia de Pisuerga (Valladolid), Dueñas (Palencia), Peñarandilla (Salamanca) y Coreses (Zamora). Las variedades que serán analizadas en el campo castellano-leonés y que podrían ser aprobadas después para su desarrollo comercial son el NK 603 y el MON 810 así como híbridos que contienen cualidades de alguna de las anteriores variedades.
Pero volvamos al estudio del ya mencionado Organic Center norteamericano. Utilizando una metodología del Departamento de Agricultura norteamericano ese prestigioso centro ecoagrícola llegó a la conclusión de que en los últimos 13 años las variedades transgénicas que hacen a la planta resistir el ataque químico de determinados pesticidas ha supuesto un uso adicional de 144 millones de kilos (alrededor de 0,25 kg. por cada hectárea sembrada) de estos compuestos sintéticos, una verdadera locura ambiental –pero un suculento negocio para las Bayer, Pioneer, Monsanto y compañía- que recuerda los mejores tiempos del DDT. Y aunque las autoridades ambientales y sanitarias de todo el mundo desarrollado llevan años intentando reducir el uso de pesticidas en el campo y reconvirtiendo a los agricultores hacia los cultivos integrados y otras formas de agricultura más benignas el informe predice que el consumo de glifosato y otros plaguicidas de amplio espectro irá en aumento en los próximos años. No sólo por lo anteriormente dicho sino porque el abuso de sustancias químicas induce plagas resistentes, esto es, malas hierbas que exigen dos o tres veces la dosis normal para ser destruidas; y en ocasiones ni eso es suficiente.
“El problema de los herbicidas–explica Juan José Viedma, experto en todas las fases de la cadena alimentaria- es que hay que aplicarlos con mucho cuidado para eliminar las hierbas sin matar la planta y eso encarece mucho su uso pero con el glifosato y las semillas transgénicas eso no pasa. Se pueden rociar con un tractor sin ningún problema porque la planta lo resiste y como además mata todo tipo de hierbas al agricultor le sale baratísimo”. Sólo que al volverse más y más resistentes las malas hierbas hay que subir más y más la dosis y al final ya no le sale tan barato al agricultor. Y para el medio ambiente el coste es altísimo porque tal “abuso” acaba contaminando cultivos, suelos, aguas subterráneas y aguas superficiales. Según investigadores de la Charles Sturt University de Nueva Gales del Sur (Australia) tras diez fumigaciones efectuadas en un lapso de 15 años la maleza más común en Australia -denominada ryegrass- podía tolerar casi cinco veces la dosis de aplicación recomendada para el glifosato. Esto hará necesario el uso creciente del herbicida y la cantidad de residuos del mismo presentes en el alimento irá inevitablemente en aumento. Monsanto admite tácitamente el problema ya que ha solicitado a las autoridades norteamericanas, europeas y australianas el aumento del límite permitido de residuos de glifosato en la cosecha desde los seis miligramos por kilogramo de peso seco hasta los 20. Es decir, una cantidad  tres veces y media superior.
No es por ello de extrañar que cada vez se alcen más voces exigiendo lo contrario: una regulación más estricta o, sin más, la prohibición del glifosato. Procediendo las voces más críticas de Sudamérica, paraíso de biodiversidad cuyos bosques están siendo literalmente arrasados para plantar soja. De hecho en una iniciativa sin precedentes la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas (AAAA) ha presentado ante la Corte Suprema de Justicia de la nación una acción de amparo del medio ambiente y la salud de la población “ante las gravísimas y generalizadas consecuencias en los ecosistemas y la población" que a su juicio supone la utilización de los dos principales plaguicidas del país: el glifosato y el endosulfán. Particularmente el glifosato de Monsanto resulta esencial para los cultivos de soja transgénica y convencional, cultivos empleados masivamente en alimentación animal y que están provocando una acelerada deforestación en ése y otros países de Iberoamérica.
Terminamos indicando que Andrés Carrasco, uno de los investigadores del laboratorio público argentino CONICET, denunció hace poco que habían comprobado que con dosis de glifosato 1.500 veces inferiores a las que se usan para fumigar soja ya se producen trastornos intestinales, cardíacos, malformaciones y alteraciones neuronales.

 

Rafael Carrasco 

 


 

¿Qué es el glifosato?

El glifosato es un organofosforado de amplio espectro que se usa desde hace años para combatir las malas hierbas siendo el más vendido el Roundup de la multinacional Monsanto. Habiéndose disparado su demanda en la última década tras la introducción por la misma compañía de la soja Roundup Ready (SRR), genéticamente modificada para soportar mejor su fumigación con el herbicida.
Hoy día existen tres formas de glifosato para eliminar malezas. Dos patentadas por Monsanto –el glifosato isopropilamonio y el glifosato sesquidio-  y la tercera por ICI -actualmente Zeneca, otra de las mayores transnacionales en la industria agroquímica: el glifosato trimesio,.
En todas sus formulaciones se trata de herbicidas no selectivos que matan todas las malas hierbas, incluidos pastizales, plantas de hojas grandes y plantas leñosas. Se absorbe principalmente a través de las raíces. Debido a su amplio espectro de acción se utiliza para controlar gran variedad de arbustos leñosos, pastizales de ciclos anuales, bianuales y perennes, setos y malezas de hoja ancha. Es utilizado en cultivos frutales, viñedos, plantaciones de coníferas, café, té, plátano, soja, cereales, hortalizas, algodón, viveros forestales, jardinería y hasta en áreas no cultivables -para eliminar maleza- como los caminos peatonales.

 


 

¿Quién teme a los transgénicos?

Aunque la industria habla con frecuencia de plantas transgénicas que apenas precisan agua, que aportan mejores valores nutritivos o que crecen en suelos salinos casi todos los maíces modificados que se cultivan en España –y no hay otros cultivos aprobados- han desarrollado propiedades insecticidas para “protegerse” de un insecto-plaga llamado taladro mediante la introducción de un gen de bacteria llamado Bt (de Bacillus turigensis) que hace a la planta venenosa para ese insecto. Otras modificaciones genéticas (marginales hoy en España pero muy extendidas en Estados Unidos, Brasil o Argentina) hacen a la planta tolerante a los controvertidos pesticidas “mata-todo”: el glifosato de Monsanto y el glifosinato de Syngenta. ¿Debemos preocuparnos por estas “novedades”? Lo cierto es que los consumidores europeos rechazan el maíz o la soja transgénica porque la mayoría de ellos -según todas las encuestas- creen que los nuevos vegetales pueden ser perjudiciales para la salud.
Las organizaciones ecologistas y un cierto número de científicos alertan además de que no existe conocimiento sobre los efectos en el medio ambiente de introducir unos organismos genéticamente modificados, esto es, ajenos por completo a la naturaleza y en muchos casos pensados para combatir cierto tipo de insectos-plaga de los que tal vez dependan especies (de pájaros, por ejemplo).
Muchos agricultores, por su parte, temen ya que la costosa inversión que representan estas semillas y los servicios asociados a ellas les lleven a la ruina y concentren la actividad agraria en un puñado de “agroindustrias”, algo que está ocurriendo ya en Estados Unidos. Otros agricultores saben que el flujo de polen transgénico puede contaminar cultivos convencionales o cultivos ecológicos con lo que se corre el riesgo de que toda la agricultura acabe siendo transgénica. Los gobiernos europeos -la mayoría al menos- temen además que la agricultura europea no resista la competencia de Estados Unidos y otros países, mucho más expertos en los tecnocultivos. El resultado es una abrumadora oposición entre consumidores, agricultores, ecologistas y gobiernos de toda la Unión Europea.



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