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     REPORTAJES
NÚMERO 185 / SEPTIEMBRE / 2015

¡LOS PENSAMIENTOS PUEDEN MODIFICAR EL ADN!


Al menos así lo asevera un equipo de investigadores de Estados Unidos, España y Francia coordinado por Richard J. Davidson -fundador del Centro para la Investigación de Mentes Saludables y profesor de Psiquiatría de la Universidad de Wisconsin- en un artículo que acaba de publicarse en Psyconeuroendocrinology. Un descubrimiento que avala lo que desde hace años plantea el biólogo Bruce Lipton en obras como La biología de la creencia según la cual los seres humanos tenemos potencialidades ignoradas que explican la autocuración y el efecto placebo. Algo que apoya la Epigenética según la cual la vida no está programada por los genes ya que éstos se manifiestan de una manera u otra dependiendo de nuestros actos, emociones y pensamientos así como del entorno medioambiental; muy especialmente de lo que respiramos, bebemos e ingerimos así como de las radiaciones electromagnéticas artificiales.

Hace ya diez años el biólogo estadounidense Bruce Lipton aseveraba en su obra La biología de la creencia que “no son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente" sino "nuestras creencias”. Obviamente el libro fue ignorado por las corrientes oficiales de la Biología y la Medicina convirtiéndose en cambio en referencia obligada de quienes ven más allá de los estrechos límites de la dominante ciencia mecanicista. Lipton explica luego cómo el descubrimiento del ADN por James Watson y Francis Crick llevó a minimizar la influencia del entorno en la salud y a centrar ésta en la herencia, en los genes; hasta el punto de que para la mayoría de las personas las palabras “hereditario” y “genético” significan lo mismo... cuando no es verdad. Y eso que, como recuerda Lipton, el propio Charles Darwin escribiría en 1876 una carta al geógrafo, naturalista y médico alemán Moritz Wagner en la que le decía: “A mi juicio el mayor error que he cometido ha sido no dar suficiente peso a la influencia directa del ambiente -es decir, de la comida, del clima, et.-, independientemente del proceso de selección natural. Ni cuando escribí El origen de las especies ni en los años posteriores pude encontrar la más mínima evidencia de la acción directa del ambiente... pero ahora hay una enorme cantidad de ellas”.

Lipton explica a continuación que fue ese desprecio por el papel del ambiente lo que llevaría al peligroso determinismo genético actual que considera que los genes controlan la biología, algo que en el ámbito de la salud ha dado lugar a una visión simplista y falsa según la cual hay enfermedades causadas por genes alterados. Lo cierto sin embargo es que los artículos científicos que han dado pie a tantos titulares rimbombantes sobre supuestos descubrimientos de genes causantes de tal o cual enfermedad lo único que hicieron es "relacionar" genes con trastornos o dolencias ¡pero en modo alguno demostrar que esos genes alterados sean causa de las patologías!

Lo singular es que uno de los más duros reveses de la teoría determinista lo supuso el propio Proyecto Genoma Humano al constatarse que en lugar de los más de 100.000 mil genes codificantes que se esperaba descubrir en el ser humano se calcula que hay apenas 19.000 dejando sin base uno de los principios fundamentales del determinismo genético: “Un gen, una proteína”. Hecho que Lipton comenta en su obra: “Sencillamente, no hay suficientes genes para explicar la complejidad de la vida y las enfermedades humanas”. Algo que ya el conocido científico y Premio Nobel David Baltimore intuía porque hace quince años vaticinó lo siguiente: “A menos que el genoma humano contenga un montón de genes que resultan invisibles para nuestros ordenadores es evidente que nuestra incuestionable complejidad no se basa en que tengamos más genes que los gusanos o las plantas. Comprender cuál es el origen de nuestra complejidad sigue siendo un enigma a descubrir en el futuro”.

Y así es aunque además de genes codificantes de proteínas el genoma humano contenga varios miles de genes ARN cuya transcripción reproduce ARN de transferencia (ARNt), ARN ribosómico (ARNr), microARN (miARN) y otros genes ARN no codificantes.

 

UNA NUEVA CIENCIA

 

En suma, la complejidad del ser humano es mucho mayor de lo que se nos ha pretendido hacer creer.  Un experimento especialmente significativo que lo avala consiste en extraer de una célula su núcleo -que es donde está el ADN- y comprobar que ésta puede sobrevivir meses sin los genes manteniendo activo su metabolismo y la coordinación de todas sus funciones: respiración, digestión, excreción, motilidad, comunicación, respuestas de crecimiento y protección. Un experimento que viene realizándose desde hace un siglo y demuestra que las células enucleadas -sin núcleo- mantienen comportamientos vitales complejos... de lo que se infiere que el ADN no es el "cerebro" de la célula. Así que, ¿cuál es entonces? ¿Y qué papel juega exactamente el ADN en la vida celular? El hecho de que las células sin núcleo acaben muriendo indica que la falta del ADN les impide reponer componentes esenciales y reproducirse pero no que éste sea el cerebro, el controlador de la vida.

Pues bien, es aquí cuando entra en juego la Epigenética, disciplina según la cual nuestros genes dependen de forma directa de nuestros actos, emociones y pensamientos así como del entorno medioambiental; muy especialmente de lo que respiramos, bebemos e ingerimos así como de las radiaciones electromagnéticas del entorno. Todo ello puede modificar el comportamiento de los genes sin alterar su configuración básica trasmitiendo las modificaciones sufridas a las futuras generaciones. El propio Lipton llevó a cabo experimentos reveladores a principios de los años noventa del pasado siglo XX con cultivos de células endoteliales, las que recubren el interior de los vasos y capilares sanguíneos. Lo que hizo fue introducir histamina y adrenalina en cultivos celulares y descubrir que la respuesta de las células era distinta, que unas veces se protegían y otras crecían. Constatando que todo depende de la sustancia que se introduce y de los receptores bioquímicos de la membrana celular. Lo singular es que al añadir las dos sustancias al mismo tiempo se produjo un fenómeno sorprendente: las moléculas de adrenalina anularon a las de histamina. Y teniendo en cuenta que la adrenalina se produce en el sistema nervioso central y la histamina a nivel local eso significa que ante dos órdenes contradictorias las células obedecen al sistema nervioso y no a los estímulos locales. Lo que implica que es la mente la que rige el cuerpo. Lipton confiesa en su libro que se vio obligado a publicar sus experimentos camuflando esta conclusión para evitar el descrédito.

 

UN HITO EN LA INVESTIGACIÓN

 

Pues bien, acaba de publicarse en Psyconeuroendocrinology un artículo que marca un hito en este ámbito ya que sus autores aseguran haber constatado con un experimento -por primera vez- que la mente tiene la capacidad de modificar la expresión de los genes. El trabajo lo firman seis investigadores del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona y de las universidades de Wisconsin-Madison y Lyon coordinados por Richard J. Davidson, fundador del Center for Investigation Healthy Minds y profesor de Psicología y Psiquiatría en la mencionada universidad estadunidense.

Lo que hicieron fue reunir a 19 personas con una experiencia mínima de tres años en la práctica de la meditación y a un grupo de control de 21 de similar edad, peso, género y raza pero que no la hubiesen practicado nunca sometiendo -un día- entre 8.00 a 16.00 a los primeros a actividades de meditación “mindfulness” o de plena conciencia y al segundo a actividades recreativas corrientes (lectura, visión de documentales, juegos de ordenador, paseos...). A continuación se sometió a todos al conocido Test de Stress Social Trier, método especialmente diseñado en 1993 en la Universidad de Trier (Alemania) para inducir estrés en apenas 15 minutos haciendo entrar a los participantes en una habitación en la que hay tres jueces con una videocámara y una grabadora, pedirles que hagan una presentación de 5 minutos y cuando llega el momento de la exposición... ocultarles el papel con el texto que habían preparado. A continuación se les pide simplemente que cuenten hacia atrás de 13 en 13 desde 1.022. Obviamente el resultado depende del estrés que se les provoca y ello se valoró ¡midiendo la expresión de una serie de genes! Con los siguientes resultados:

-No hubo diferencia entre los dos grupos en los niveles de expresión de los genes de control circadiano - los que sincronizan las fases de luz-oscuridad- con funciones fisiológicas metabólicas, secreción de hormonas, temperatura corporal y pautas de alimentación.

-No se encontraron diferencias estadísticamente significativas en los niveles de expresión de genes relacionados con enzimas implicadas en procesos inflamatorios.

-El nivel de las enzimas HDAC2 y RIPK2 que el cuerpo produce para contrarrestar la producción de cortisol -hormona esteroidea segregada por la glándula suprarrenal en respuesta al estrés- ¡era menor entre los meditadores!

Los investigadores concluirían que si bien algunos genes no se ven afectados por la meditación -como los que sincronizan los ciclos circadianos con actividades fisiológicas- ésta sí parece influir en los mediadores moleculares con funciones antiinflamatorias y analgésicas. Hoy sabemos que la inflamación crónica se encuentra asociada a los problemas de salud más comunes -incluyendo las patologías cardiovasculares, las metabólicas, los desordenes neurológicos y el cáncer- y de ahí el actual uso masivo de antiinflamatorios y analgésicos... solo que ahora se ha constatado que la meditación permite lograr los mismos efectos. Algo que las medicinas tradicionales mantienen desde hace milenios y la ciencia "moderna" apenas comienza a asumir. La Asociación Americana del Corazón por ejemplo ya ha asumido los efectos beneficiosos a nivel preventivo del mindfulness o Conciencia plena, método que consiste en concentrarse en los pensamientos, emociones y sensaciones corporales así como en el ambiente circundante aceptándolos sin juzgar, enfocándose solo en lo que se percibe en cada momento sin valorarlo ni relacionarlo con nada.

Algo interesante que ha sido superado por este descubrimiento. El ya citado Richard J. Davidson comentaría al respecto: “Los genes son muy dinámicos y nuestros resultados sugieren que una mente en reposo puede realmente influir en su expresión”.

Perla Kaliman, licenciada en Bioquímica por la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y directora de un grupo de investigación sobre neurodegeneración y envejecimiento en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) español, explica por su parte: “La regulación de las enzimas HDAC y de los procesos inflamatorias pueden representar algunos de los mecanismos que subyacen en el potencial terapéutico de las intervenciones basadas en el Mindfulness. Nuestros resultados establecen de hecho las bases para futuros estudios que evalúen más a fondo las estrategias de meditación para el tratamiento de enfermedades inflamatorias crónicas”. De hecho asevera que también existen estudios científicos que documentan cómo la meditación mejora la resistencia al estrés, la salud cardiovascular y la respuesta inmunitaria y preserva la integridad de zonas del cerebro al envejecer mejorando ciertas funciones, como la atención. Entiéndase que la meditación no reduce el estrés por el mero hecho de relajarse sino porque da lugar a un conjunto de complejos mecanismos que incluyen la disminución del ritmo respiratorio, cambios en ciertas áreas del cerebro -en especial en la amígdala- y un aumento de la capacidad de autoobservación de las emociones y sentimientos entrenándonos para focalizarnos en el momento presente y reducir así la ansiedad que supone estar pendientes del mismo pero relacionándolo con el pasado o el futuro.

El estudio del que nos ocupamos lo ha financiado, por cierto, un organismo dependiente de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos dedicado a promover y financiar la investigación en Medicina Integrativa: el Centro Nacional de Medicina Complementaria y Alternativa. Un ámbito en el que trabajan actualmente científicos tan prestigiosos como la Premio Nobel de Medicina Elisabeth Blakburn. Algo que contrasta con la actitud predominante en nuestro país respecto a todo lo "alternativo". La propia Perla Kaliman ha reconocido que sus colegas en Barcelona le dijeron que arriesgaba su carrera dedicándose a este tipo de investigaciones.

 

PLACEBO Y NOCEBO

 

En suma, estos mecanismos -y otros muchos que sin duda irán descubriéndose si se continúa invirtiendo dinero en esta línea de investigación- explican algo que la medicina conoce como efecto placebo -eso sí, pasando de puntillas sobre el fenómeno- y que Lipton ha decidido denominar “efecto de las creencias”. Un asunto al que viene prestándole especial atención ya que constituye la materialización de su teoría sobre la influencia que realmente tiene la mente sobre el cuerpo.

Todos hemos conocido ejemplos del llamado efecto placebo -o incluso lo hemos experimentado- pero probablemente sin darle la importancia que tiene y la Medicina mecanicista niega. De hecho ésta considera placebo "toda sustancia inerte y biológicamente inactiva” lo que supone una total contradicción con su aceptación de que un placebo puede tener efectos beneficiosos.

Lipton da cuenta en su libro de un ejemplo significativo: un estudio coordinado por el Dr. R. Bruce Moseley -el trabajo se publicó en 2002 en New England Journal of Medicine- en el que se dividió a 180 pacientes con osteoartritis en tres grupos practicándose a los miembros de dos de ellos técnicas diferentes de lavado quirúrgico mientras a los del tercero se les hizo creer -siendo falso- que también se les intervenía (sedándoles, sajando y cosiendo luego) y sometiéndoles a los mismos cuidados postoperatorios que al resto. ¿El resultado? Los pacientes de los tres grupos mejoraron por igual. De ahí que Moseley llegara a declarar: “Mi habilidad como cirujano no supuso beneficio alguno a esos pacientes. Cualquier posible beneficio de la cirugía para la osteoartritis de rodilla se debió al efecto placebo”.

Sin comentarios. ¿Qué ocurriría pues si en lugar de minimizar la importancia del efecto placebo se potenciara su investigación? De hecho hoy el placebo se considera por algunos expertos la terapia más eficaz en el tratamiento de la depresión. Hasta el punto de que el psiquiatra Walter Brown propuso en 1998 que se establecieran los placebos como tratamiento principal de los pacientes con depresión leve o moderada. De hecho los estudios realizados indican que incluso cuando la persona sabe que está tomando un placebo éste continúa funcionando. El caso de la diseñadora Janis Schonfeld que Lipton cita en su libro es asombroso: no solo mejoró de su depresión con el placebo y experimentó en la corteza cerebral variaciones similares a los que tomaron el fármaco sino que mostró ¡los mismos efectos secundarios que quienes ingirieron el medicamento! (un antidepresivo denominado Effexor). El estudio se hizo en 1997.

Obviamente no se hizo caso de sus peticiones. Divulgar los estudios que demuestran la eficacia de los placebos cuestiona todo el edificio de la actual Medicina y pone en peligro el fabuloso negocio de los fármacos. Sin duda por eso el profesor de Psicología de la Universidad de Connecticut Irving Kirsh tuvo que recurrir a la Ley de Libertad de Información para poder reunir la información que en 2002 le permitió publicar en Prevention & Treatment un artículo titulado Los nuevos fármacos del emperador en el que revela que el 80% de los efectos de los antidepresivos podrían atribuirse al efecto placebo.

Claro que al igual que el “efecto de las creencias” puede curar... puede provocar graves problemas. Es lo que se conoce como “efecto nocebo”. Y exactamente por los mismos motivos. Un ejemplo relatado por Lipton lo pone de manifiesto de modo dramático: en 1974 un terapeuta de Nashville llamado Clifton Meador tuvo un paciente jubilado que padecía cáncer de esófago considerado por entonces mortal y aunque recibió su tratamiento los médicos sabían que no sobreviviría. Y de hecho así fue: murió a las pocas semanas. Solo que al hacerle la autopsia descubrieron que si bien tenía unas manchas en el hígado y otra en el pulmón ¡no había rastro alguno de cáncer de esófago! Clifton Meador aún se pregunta si le robó la esperanza a su paciente y si el hecho de que todos creyeran que tenía ese cáncer -incluido el enfermo- fue lo que en realidad le mató.

 

LA SERPIENTE CÓSMICA

 

Añadiremos que también el antropólogo Jeremy Narby aportó en su día una perspectiva sorprendente sobre la relación entre la mente y el ADN. En 1985 hizo en la Amazonía peruana una investigación que le llevaría a una serie de increíbles descubrimientos que expondría con minuciosidad y rigor en su libro La serpiente cósmica. Narby partió de una pregunta: ¿cómo habían obtenido los indígenas sus increíbles conocimientos sobre botánica? Se lo preguntó a los propios indígenas y éstos le respondieron que las propias plantas les comunicaban sus propiedades mentalmente. Lo que, estupefacto, calificó de "alucinaciones". No obstante decidió continuar investigando y se puso en contacto con otras pequeñas tribus amazónicas. Supo así que en 1979 se había descubierto uno de los ingredientes activos de la ayahuasca, la dimetiltriptamina, ¡sustancia que el cerebro humano también segrega de forma natural e induce "alucinaciones! Y encontraría asimismo los trabajos del antropólogo Michael Harner quien tras una carrera ejemplar en prestigiosas universidades terminó siendo descalificado por sus colegas cuando publicó un estudio sobre las técnicas chamánicas.

El caso es que Narby aprendería que la ayahuasca debe consumirse en ayunas y de noche -en completa oscuridad-, sin haber bebido alcohol ni mantenido relaciones sexuales y dejándose guiar por alguien experto. Y además constataría que las imágenes que quienes consumen ayahuasca perciben durante sus alucinaciones tienen claras correspondencias con el ADN. El antropólogo Claude Lévi-Strauss escribió por ejemplo al respecto: “En náhuatl la palabra coatl tiene el doble sentido de `serpiente´ y `gemelo´. Y el nombre Quetzalcoatl puede interpretarse a la vez como `serpiente emplumada´ o como `gemelo magnífico´”. Narby encontraría luego menciones de “escalas chamánicas” que evocan la “escala” o la “escalera de caracol” con la que se compara el ADN en los cinco continentes. E incluso encontró un sello mesopotámico del 2200 a.C. que tenía como símbolo del dios Serpiente dos serpientes entrelazadas cuya semejanza con la doble hélice del ADN resulta perturbadora.

Al saberlo Narby anotó en su diario de trabajo: “Estaba aturdido. Nadie había notado los posibles lazos entre los mitos de los pueblos `primitivos´ y la biología molecular. Nadie se había dado cuenta de que la doble hélice simboliza desde hace miles de años en el mundo entero el principio vital. Ni de que las alucinaciones desbordan información genética”. Añadiendo más adelante: “Vi claramente que existe un lazo entre la ciencia y toda clase de tradiciones chamánicas, espirituales y mitológicas y que ese lazo parece haber pasado desapercibido, sin duda a causa de la fragmentación del saber occidental”.

En suma, la tesis de Narby es que los chamanes de todas las culturas acceden mentalmente a la información genética contenida en las plantas y por eso desde hace milenios visualizan el ADN describiéndolo como dos serpientes entrelazadas. Buscando luego nuevas correspondencias entre las visiones chamánicas y los modernos conocimientos científicos Narby relacionaría algunas descripciones chamánicas de las ondas electromagnéticas que emite el ADN con algunas investigaciones de la década de los ochenta que las describían como fotones de origen biológico cuya frecuencia de onda se corresponde exactamente con la banda estrecha de la luz visible. Emisión de biofotones que podría constituir el lenguaje intercelular, una forma de comunicación que explicaría por ejemplo el hecho de que millones de organismos individuales de plancton se comporten como un super-organismo coordinado. Así que decidió contactar con el físico alemán Fritz-Albert Popp y le preguntó si a su juicio es posible que la conciencia se comunique a nivel fotónico respondiendo éste: “Sí. La conciencia podría estar constituida por un campo electromagnético integrado por el conjunto de esas emisiones; pero, como usted sabe, sabemos aún muy poco sobre las bases neurológicas de la conciencia”.

En pocas palabras: Narby está convencido de que la mente humana tiene la capacidad de comunicarse en estado alterado de conciencia con la red global de la vida cuya base es el ADN. Y si eso es así nuestra perspectiva del universo y de la realidad habría que replanteársela por completo. 

 

Jesús García Blanca

 



Enlaces a documentos y libros mencionados

-Kaliman, P. y otros. Rapid changes in histone deacetylases and inflammatory gene expression in expert meditators. (Psychoneuroendocrinology, 2014)

www.investigatinghealthyminds.org/pdfs/KalimanRapidPNEC.pdf

-Lipton, B. Biología de la creencia: la liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros. (Palmyra, 2007) http://es.slideshare.net/vivesur/la-biologiadelacreenciadrbrucehlipton

-Moseley, J. B. y otros. A controlled trial of arthroscopic surgery for osteoarthritis of the knee. (The New England Journal of Medicine, 2002)  www.prairietrailphysio.ca/_downloads/Moseley-et-al-2002.pdf

-Kirsch, I. y Moore, T. The Emperor's New Drugs: An Analysis of Antidepressant Medication Data Submitted to the U.S. Food and Drug Administration (Prevention & Treatment, 2002).  http://alphachoices.com/repository/assets/pdf/EmperorsNewDrugs.pdf.

-Narby, J. La serpiente cósmica: el ADN y los orígenes del saber (Takiwasi/Los racimos de Ungurahui, 1997) www.crecimiento-personal.net/wp-content/uploads/2013/12/serpiente-cosmica.pdf
 



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