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     REPORTAJES
NÚMERO 186 / OCTUBRE / 2015

TRATAN CON ÉXITO A PACIENTES DE CÁNCER DESAHUCIADOS ¡ESTIMULANDO SUS DEFENSAS!

En 1891 el cirujano norteamericano William B. Coley inyectó estreptococos en un paciente de cáncer para causarle erisipela y estimular su sistema inmune... ¡y el tumor del enfermo desapareció! El éxito le llevaría a tratar durante los cuarenta años siguientes a centenares de personas con cáncer óseo inoperable y sarcomas de tejidos blandos utilizando una combinación de bacterias muertas del Streptococcus pyogenes y el bacilo Serratia marcescens -fórmula que terminaría conociéndose como Toxina, Fluido o Vacuna de Coley- con excelentes resultados que se vieron sin embargo oscurecidos por el auge de la radioterapia y la quimioterapia. Pues bien, entre 2007 y 2012 la empresa MBVax Bioscience empezó a distribuir a pacientes de cáncer desahuciados una fórmula similar bautizada como Vacuna Bacteriana Mixta (MBV por sus siglas en inglés) logrando que en el 20% de los casos desaparecieran los tumores y en un 70% hubiera regresión parcial.

El Premio William B. Coley se otorga desde 1993 en Estados Unidos -en honor a William Bradford Coley (1862-1936), responsable durante años de la Unidad de Sarcoma Óseo del Hospital del Cáncer de Nueva York (que más tarde se convirtió en parte del Sloan-Kettering Cancer Center Memorial)- a quienes destacan por sus aportaciones en el ámbito de la Inmunoterapia Oncológica; es decir, en la búsqueda de métodos que ayuden al propio organismo a afrontar de forma natural el cáncer. Y es que si bien Coley no fue quien descubrió que esta enfermedad puede afrontarse infectando con bacterias a los pacientes para aumentar sus defensas sí fue el primero que optó por tratarlos así de forma sistemática. Obviamente probando distintas opciones hasta que encontró una que le pareció idónea y consistía en la mezcla de dos bacterias muertas: una gram-positiva -la Streptococcus pyogenes y una gram-negativa -la Serratia marcescens- cuya solución inyectaba a los enfermos haciendo reaccionar al organismo con escalofríos y fiebre y aumentando su defensas para acabar con el tumor. Años después los médicos preferirían usar venenos para matar las células cancerosas aun sabiendo que también destruyen las sanas y abandonaron mayoritariamente la estrategia de potenciar el sistema inmune. Sabiendo que es peor solución pero económicamente mucho más rentable.

Pues bien, casi un siglo después, constatado ya el fracaso de la quimioterapia, los oncólogos se han visto obligados a cambiar de estrategia y a buscar métodos para reforzar el sistema inmune. Sin duda porque los pésimos resultados que se obtienen con la quimio -como con la radioterapia- son ya difíciles de ocultar. Eso sí, apostando por métodos patentables y no por soluciones naturales y económicas. Coley conseguía resultados sin embargo porque al infectar a los pacientes ponía en marcha los mecanismos de defensa del organismo; entre ellos la fiebre y la inflamación; porque aunque ambas reacciones han sido demonizadas por la industria farmacéutica para vender antipiréticos y antiinflamatorios -sólo necesarios en casos extremos-  lo cierto es que son mecanismos de autorreparación.

La Dra. Pilar García Barreno -de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales- lo reconoce abiertamente: “La inflamación es la respuesta del sistema inmune al daño causado a sus células y tejidos vascularizados por patógenos bacterianos y cualquier otro agresor de naturaleza biológica, química, física o mecánica. Aunque dolorosa, la inflamación es normalmente una respuesta reparadora”.

Y otro tanto cabe decir de la fiebre. Esto es lo que dice sobre ella el Dr. Stanley Robbins en Pathologic Basis of Disease, uno de los manuales clásicos de la medicina actual: “La fiebre es una de las más prominentes manifestaciones sistémicas, especialmente cuando la inflamación se asocia con bacteremia. La bacteremia generalmente induce fiebre con un dramático subir y bajar de la temperatura produciendo los llamados picos en la gráfica de la temperatura. En la actualidad la fiebre es sin embargo considerada a menudo algo desagradable e innecesario que promueve un estado debilitante y debería pues prevenirse. Una 'culpabilidad por asociación' que sigue firmemente arraigada en la mayoría de las áreas de la actual medicina. Posición que no siempre fue así; Parménides, que vivió entre el 540 y 480 a.C., ya dijo 'Dadme el poder para inducir fiebre y curaré todas las enfermedades'".

 

LA ERISIPELA ANTES DE COLEY

 

Nacido en 1862 William B. Coley se graduaría en la Facultad de Medicina de Harvard en 1888 pasando pronto a trabajar como ayudante en el servicio de cirugía del ya citado Hospital del Cáncer de Nueva York y una de sus primeras pacientes -la atendió en 1890- fue una joven de 17 años llamada Bessie Dashiell cuya mano había quedado atrapada entre los asientos de un vagón de tren a la que tras un mes de intensos dolores le aparecería un sarcoma, tumor óseo maligno muy agresivo. Dada la gravedad del caso se optó por amputarle el antebrazo pero al cabo de diez semanas murió de metástasis generalizada provocando su muerte una conmoción tan profunda en Coley que se dedicó a buscar casos similares con finales diferentes. Sería así como encontraría en los registros de su propio hospital el caso de un paciente que siete años antes había ingresado con un tumor maligno inoperable en el cuello que le desapareció inexplicablemente tras desarrollar erisipela, enfermedad infectocontagiosa aguda y febril producida por estreptococos (fundamentalmente por el Streptoccus pyogenes que afecta sobre todo a la piel). Coley decidió entonces averiguar si ese hombre aún vivía, lo buscó y acabó encontrándolo en el bajo Manhattan. Se trataba de un inmigrante alemán llamado Stein y tras quedar con él comprobó que no mostraba signo residual alguno del tumor.

Animado por el descubrimiento proseguiría la búsqueda encontrando en la literatura científica otras referencias. Entre ellas un artículo aparecido el 13 de marzo de 1868 sobre un experimento efectuado en la Berliner Klinische Wochenschrift por el Dr. Wilhelm Busch que había tratado a un paciente con cáncer induciéndole fiebre y logrando así la desaparición del tumor. Terapia que se le ocurrió probar tras haber observado que en algunos pacientes con sarcomas en cara y cuello éstos desaparecían al contraer erisipela.

Posteriormente averiguaría que en 1883 el Dr. Friedrich Fehleisen había identificado la causa de esa enfermedad -su trabajo se publicó con el título Die Etiologie des Erysipels (La etiología de la erisipela)- que achacaría al Streptococcus erysipelatos (posteriormente denominado Streptococcus pyogenes). De hecho cultivó bacterias vivas de Streptococcus erysipelatos en laboratorio y las inoculó tanto a perros -primero- como a humanos provocándoles a ambos erisipela. Tratándose en el caso de éstos de 7 pacientes desahuciados con cánceres inoperables. ¿El resultado? En seis de ellos desaparecieron los tumores... aunque no todos sobrevivieran a la infección.

Coley daría asimismo con el trabajo Die Heilwirkung des Erysipel auf Geschwulste (El efecto curativo de la erisipela en tumores) del Dr. Paul Von Bruns -publicado en 1888 en Beiträge zur klinischen Chirurgie- en el que se da cuenta de 14 pacientes con cáncer avanzado a  los que en tres casos de sarcoma la erisipela hizo también desaparecer sus tumores.

En fin, el caso es que Coley llegaría a encontrar en la literatura 47 trabajos que documentaban el efecto beneficioso de las infecciones en el tratamiento de tumores así que en 1891 se decidió a inyectar estreptococos a un inmigrante italiano llamado Zola que presentaba en su amígdala derecha "un tumor del tamaño de un pequeño huevo de gallina" al que le diagnosticaron unas semanas de vida. Y para asombro de Coley y de sus colegas el experimento funcionó: hubo regresión completa y el hombre vivió otros 8 años. Lógicamente animado decidió tratar a otros dos pacientes con sarcomas de huesos largos y éstos remitieron... pero sus pacientes murieron a consecuencia de la infección.

Ese mismo año -1891- publicaría en Annals of Surgery un artículo titulado Contribution to the knowledge of sarcoma (Contribución al conocimiento del sarcoma) contando sus primeras experiencias en el que incluyó un apartado específico: El efecto curativo de la erisipela en la enfermedad maligna. Capítulo en el que, obviamente, hacía referencia al importante papel de la fiebre. Esta era su opinión: “La fiebre es solo un factor del proceso curativo pero no precisamente insignificante. Numerosas observaciones han constatado que hace disminuir de tamaño los tumores -benignos y malignos- cuando aparece por causa de diversas enfermedades infecciosas; entre ellas, la escarlatina, el tifus, el cólera e, incluso, la piemia”.

 

LA INFECCIÓN COMO TRATATAMIENTO

 

Ahora bien, consciente del peligro de los bacilos vivos Coley se planteó usar solo organismos muertos infiriendo que los más adecuados eran el Streptococcus pyogenes y la Serratia marcescens desarrollando con ellos un producto que con el tiempo pasaría a ser conocido indistintamente como Vacuna de Coley, Toxina de Coley o Fluido de Coley.

En 1893 trataría con él a 10 pacientes obteniendo buenos resultados en la mayoría de los casos. Y en 1916 publicó una monografía documentando 80 casos más. Al final de su carrera -en 1933- los casos tratados superaban el millar -principalmente sarcomas óseos y tumores de tejidos blandos inoperables- habiendo escrito más de 150 artículos sobre el tema en los que siempre destacó el papel clave que en el tratamiento tiene la fiebre. Cabe añadir que a lo largo de este tiempo Coley entendió que las dosis debían personalizarse en función de cada paciente comprobando asimismo que el producto es más eficaz si se administra diariamente a lo largo de varios meses a fin de provocar fiebre en varias ocasiones dejando entre esos episodios pequeños intervalos. Aseguraba que ello prevenía además posibles recidivas.

Las buenas expectativas llevarían pronto a la comercialización del producto -encargándose de ello en 1899 la compañía Parke Davis & Company- siendo éste ampliamente utilizado durante los siguientes 30 años a pesar de no contar con respaldo oficial. Más bien todo lo contrario: cinco años antes -en 1894- el producto había sido duramente atacado en el Diario de la Asociación Médica Americana (JAMA): “Puede hablarse sin problema del fracaso de las inyecciones de toxinas como cura para sarcomas y tumores malignos -se afirmaba en él-. Durante los últimos seis meses el presunto remedio fue fielmente utilizado por muchos cirujanos sin que hasta ahora se haya reportado un solo caso bien autentificado de recuperación”. Es más, quien fuera su jefe durante muchos años, el doctor James Ewing -quizás el más famoso patólogo del cáncer del país y un fanático defensor de la Radioterapia en el tratamiento de todos los tumores óseos-, negó a Coley el permiso para utilizar en el hospital su producto a pesar de ser el cirujano del país con más experiencia en el tratamiento del Sarcoma de Ewing.

¿Y por qué? Pues para salvaguardar intereses. De hecho tanto Ewing como los demás miembros responsables del primer registro de tumores óseos que se creó en 1920 objetaron a fin de evitar incluir en él las recuperaciones logradas por Coley que todos esos casos de presunta recuperación obedecían  a ¡diagnósticos erróneos! La misma falacia que luego utilizaron durante décadas los oncólogos para desprestigiar todo producto o terapia que pudiera hacer la competencia a las que a ellos les proporcionaban pingües beneficios. Pero no importó porque siempre hay quien utiliza su cerebro en lugar de vivir de "opiniones prestadas". Tales fueron los casos -entre otros- de los famosos hermanos William James Mayo y Charles Horace Mayo -cofundadores en Minnesota de la prestigiosa Clínica Mayo- y del cirujano ortopédico Henry W. Meyerding. Los tres demostraron que las tasas de supervivencia entre los pacientes con cáncer óseo son muy superiores cuando además de cirugía se utiliza conjuntamente ese producto. No puede por ello extrañar que 40 años después JAMA rectificara y en 1934 reconociera que "la toxina de Coley" podía ser de gran valor: “Las toxinas combinadas de la erisipela y la prodigiosus (serratia) pueden jugar a veces un papel significativo en la prevención del cáncer y retardar la recurrencia de metástasis malignas; puntualmente pueden incluso ser curativas en tumores inoperables sin remedio”.

Pues bien, a pesar de ello el uso de la Toxina o Vacuna de Coley fue disminuyendo progresivamente tras su muerte en 1936. Sin duda por el auge del uso de la la radiación -que comenzó a utilizarse en 1896- y, a partir de 1940, de la quimioterapia. Terapias que se convertirían en pilares del tratamiento del cáncer porque requerían un tratamiento menos personalizado y sus resultados eran más inmediatos y predecibles. Aunque pronto se hiciera evidente que de corta duración porque los enfermos terminan muriendo. Además el uso masivo de antibióticos en la cirugía a partir de 1950 hizo disminuir las posibilidades de infección y, por tanto, de posibles recuperaciones “anecdóticas” por esta vía.

En suma, en 1952 la Park Davis&Company dejó de producir la Toxina de Coley y posteriormente la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos se negó en 1962 a autorizarla como medicamento ¡a pesar de haber sido utilizada durante casi medio siglo!

William Donald Regelson, oncólogo, académico y profesor de la Universidad Commonwealth de Virginia (EEUU), escribió en 1980 en JAMA un artículo titulado La "gran conspiración" contra la cura del cáncer para intentar desmentir que la misma existiera pero en él cita tres ejemplos de claros "errores" cometidos por el establishment oncológico y según asevera uno de ellos fue la valoración de la Toxina de Coley. “No hay duda –escribió- de que juicios inapropiados han resultado perjudiciales para buenos planteamientos: si analizamos la Toxina de Coley, tratamiento de hace un siglo mediante endotoxina bacteriana pirógena contra el cáncer, vemos que ese enfoque válido fue falsamente etiquetado por la Sociedad Americana del Cáncer como 'remedio de curanderos'".

En suma, la Vacuna de Coley no llegó a ocupar el lugar que merecían sus éxitos porque no se comprendió su mecanismo de acción y porque Coley, investigando, usó formulaciones diferentes y no todas resultaron igualmente eficaces; además obviamente de por el apoyo oficial a la quimio y la radioterapia.

 

LA HERENCIA DE COLEY

 

Hoy, sin embargo, se admite que su intuición fue correcta. Gracias en buena parte al trabajo de su hija Helen Coley Nauts (1907-2001), fundadora del Cancer Research Institute (CRI), que dedicó toda su vida al estudio de las toxinas de su padre junto a importantes oncólogos (como Lloyd Old, del Memorial Sloan Kettering Center). De hecho publicó 18 monografías entre las que destaca Historical 5-yr survival rates, publicada en 1984 y en la que se analizaron más de 897 casos de su padre dando cuenta de que en 500 de ellos hubo remisión del tumor. Siendo muchos los casos de total recuperación. En sarcomas de células gigantes inoperables vivió más de 5 años el 79%, en melanomas no operables el 60%, en cáncer de pecho no quirúrgico el 60% y en linfomas no Hodgkins inoperables el 49%. En cuanto a los casos de cánceres operables diría: "Estudiando los porcentajes de supervivencia tras cirugía sola y cirugía combinada con las toxinas en cánceres operables de diversos tipos -testículos, mama, cabeza y cuello por ejemplo- me encontré con una supervivencia a cinco años del 80% cuando las toxinas se administran razonablemente bien, con, la frecuencia y dosis adecuadas. Un porcentaje mucho más alto del que puede obtenerse con los mejores procedimientos quirúrgicos, con o sin radiación”. Cabe añadir que otros estudios retrospectivos sobre melanomas, cáncer de testículo, linfosarcomas y otros arrojaron resultados similares.

Lloyd Old, colaborador suyo -es director médico del Cancer Research Institute (CRI) y fue director asociado del Memorial Sloan Kettering- escribiría por su parte: “Quienes hemos analizado los resultados de Coley tenemos pocas dudas de que estas toxinas bacterianas son muy eficaces en algunos casos".

Y que tiene razón lo apoyan otros trabajos con vacunas bacterianas mixtas efectuados en las últimas décadas. Veamos algunos. R. S. Axelrod -del Departamento de Medicina de la Universidad de Temple (EEUU)- publicó en 1988 en Cancer un trabajo titulado Effect of the mixed bacterial vaccine on the immune response of patients with non-small cell lung cancer and refractory malignancies. (Efecto de la vacuna bacteriana mixta sobre la respuesta inmune en pacientes con cáncer de pulmón de células no pequeñas y malignidades refractarias que da cuenta de los resultados obtenidos en 12 pacientes con la llamada Vacuna Bacteriana Mixta (MBV por sus siglas en inglés) derivada de Streptococcus pyogenes y Serratia marcescens. “En este estudio piloto –concluye el estudio- los pacientes con cáncer tratados con MBV mostraron evidencias objetivas de estimulación inmune con toxicidad aceptable ".

En 1991 el investigador chino Z. Y. Tang -del Instituto del Cáncer de Hígado de Shanghai (China)- publicó en Medical oncology and tumor pharmacotherapy el trabajo Preliminary result of mixed bacterial vaccine as adjuvant treatment of hepatocellular carcinoma (Resultado preliminar de una vacuna bacteriana mixta como tratamiento adyuvante del carcinoma hepatocelular) y en él concluye que se trata de “un tratamiento inmunoestimulante no específico que debe considerarse dentro de la modalidad de tratamientos del carcinoma hepatocelular”.  

También en 1991 K. Kolmel publicó en Oncology Research and Treatment el trabajo Treatment of advanced malignant melanoma by a pyrogenic bacterial lysate. A pilot study (Tratamiento de melanoma avanzado con un lisado bacteriano pirogénico. Estudio piloto) en el que se explica que 15 personas -8 mujeres y 7 varones- con melanoma avanzado recibieron inyecciones intravenosas de un lisado bacteriano pirógeno de Streptococcus pyogenes y Serratia marcescens y “en tres casos con metástasis en la piel el tratamiento dio lugar a una remisión duradera total en el tiempo". Añadiendo: "En otro caso con metástasis de los ganglios linfáticos inguinales se logró un período de cinco meses de estabilidad”.

Y son sólo unos ejemplos.

Pues bien, haciendo balance de los resultados obtenidos por Coley el investigador de la Universidad Britsh Columbia de Canadá Stephen Hoption Cann publicó en 2002 en Medical Hypotheses el trabajo Spontaneous regression: a hidden treasure buried in time (Remisión espontánea: un tesoro oculto enterrado en el tiempo) en el que asevera: “Los cánceres en los que se observó regresión parcial o total tras el tratamiento con la vacuna de Coley incluyen linfomas, melanomas, mielomas, sarcomas y un amplio espectro de carcinomas. Las investigaciones modernas han demostrado lo difícil que es reproducir de manera similar una respuesta inmune compleja y por tanto la regresión del tumor. En contraste con tales inmunoterapias la vacuna de Coley podría ser producida para ser usada en un amplio espectro de tipos de cáncer y proporcionar un significativo beneficio a los enfermos en todas las etapas de la enfermedad”.

El caso es que intentando que la FDA apruebe la terapia el Cancer Research Institute financió en 2007 un ensayo clínico fase I con la vacuna de Coley dirigido por Elke Jäger en el Hospital Krankenhaus Nordwest de Frankfurt (Alemania) con pacientes de distintos tipos de cáncer a los que se inyectó subcutáneamente dos veces a la semana hasta inducirles fiebre dándoles luego cuatro dosis adicionales. Y aunque el estudio no tenía como objetivo determinar la eficacia clínica sino establecer la seguridad y determinar la dosis óptima hubo resultados prometedores (un tumor de vejiga metastásico experimentó por ejemplo una reducción del 50% lo que se correlacionó con unos elevados niveles de citoquinas). Bueno, pues a pesar de los buenos resultados el ensayo está paralizado por falta de fondos ya que preparar un nuevo lote de la vacuna tiene un coste superior al millón de dólares.

Terminamos este apartado recordando que si en el uso de bacterias contra el cáncer destaca algún trabajo en el mundo ése es el del investigador español Fernando Chacón (1917-2004) quien hace ya décadas patentó una autovacuna cuya base era un lisado de proteínas procedentes de bacilos aerobios esporulados apatógenos y más tarde dio lugar al ya conocido Bio-Bac que hoy se comercializa como Renovén,  producto de muy buenos resultados frente al cáncer que a diferencia de la vacuna de Coley no infecta al paciente. De ello hemos hablado ampliamente y el lector interesado puede leerlo en este apartado de nuestra web: www.dsalud.com/index.php?pagina=biobac.

 

LA AVENTURA DE MBVAX

 

En 2005 el ya citado Dr. Hoption Cann propondría al experto de la industria biotecnológica Donald H. MacAdam trabajar conjuntamente en el desarrollo de una nueva versión de la Vacuna de Coley y con el respaldo de un grupo de inversores privados fundarían MBVax Bioscience. Y creada la empresa estudiarían todos los documentos antiguos -algunos de más de un siglo- de la bacterióloga que elaboró las toxinas de Coley, Martha Tracey, para saber exactamente cómo hizo la formulación de más éxito y a partir de ahí hacer una versión moderna del producto. Nacería así, de la mano de MacAdam, un producto que durante más de seis años se ha estado distribuyendo en algunos países donde los reguladores gubernamentales permiten a médicos y pacientes desahuciados ponerse de acuerdo para su uso compasivo recibiéndola 86 personas en fase terminal y una calidad de vida muy deteriorada por los efectos secundarios de los tratamientos recibidos. Pues bien, entre los pacientes con cáncer que recibieron la vacuna durante al menos cuatro semanas hubo en el 90% disminución del dolor y de la depresión mejorando su movilidad y apetito con regresión del cáncer en el 70% de los casos. Es más, en cerca de un 20% la remisión fue completa siendo ya el cáncer indetectable. Regresiones en muy diversos tipos de cáncer -linfomas, melanomas, sarcomas, mielomas múltiples...- y órganos: cerebro, lengua, esófago, estómago, pulmones, hígado, páncreas, mama avanzado, próstata, ovarios, cuello uterino, colon y recto. Produciéndose las remisiones completas en cánceres de esófago, estómago,  mama y pulmón.

Bueno, pues al tratar de confirmar tan buenos resultados en ensayos clínicos controlados los reguladores de Estados Unidos, Canadá y Europa denegaron las autorizaciones alegando que el producto no cumple las normas de fabricación de los productos farmacéuticos biológicos. Así que MBVax Bioscience ha tenido que suspender la fabricación del producto para intentar conseguir la financiación necesaria que les permita obtenerlo según los estándares exigidos. Y de ello quisimos hablar con Stephen Hoption Cann, uno de los fundadores de la empresa, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de British Columbia en Canadá y Codirector del UBC Clinical Research Ethics Board que es además experto en fisiopatología de la fiebre y remisión espontánea de enfermedades en casos de infecciones febriles agudas.

-Díganos, doctor: ¿cuándo surgió su interés por la vacuna de Coley?

-Cuando inicié mis estudios sobre inmunología vi que siempre hay células inmunitarias en los tumores; habiendo muchas más en los tumores que más rápidamente crecen. Sin embargo ¡no había evidencia de que los atacaran! Como si en vez de luchar contra ellos los estuvieran ayudando a crecer. Fue entonces cuando un colega me comentó que hacía tiempo había oído decir que un médico llamado Coley utilizaba la fiebre para combatir el cáncer y que quizás ésa podía ser una forma útil de reactivar esas células inmunitarias que a pesar de encontrarse en el lugar correcto no atacaban al tumor. Así que decidí indagar sobre lo que hizo William Coley y me encontré con mucha información ya que publicó casi 150 artículos sobre sus investigaciones.

-Prosiga...

-Bueno, su trabajo me pareció tan interesante y prometedor que traté de conseguir fondos para investigar sobre la vacuna que Coley utilizó pero sistemáticamente me respondían que la idea era demasiado vieja y además la inmunoterapia había recorrido desde entonces un largo camino. Traté entonces de publicar artículos para dar a conocer su obra pero me dijeron que el trabajo de Coley no tenía hoy cabida en una revista de inmunología y su sitio estaba solo en los libros de historia de la Medicina. Fue en ese momento, estando ya reamente frustrado, cuando contacté casualmente con Don MacAdam, vinculado a la industria, que había leído algunos de mis textos y me sugirió crear una empresa para fabricar la vacuna nosotros mismos. Lo que finalmente hicimos con la ayuda de otros investigadores con ideas afines.

-Fue así pues como terminaron ustedes constituyendo MBVax Bioscience y desarrollando la vacuna que probaron luego con pacientes terminales...

-Eso es. La vacuna sólo se ha utilizado por tanto como tratamiento compasivo en pacientes cuyo deterioro era demasiado avanzado para soportar tratamientos convencionales. Se ha usado pues solo en pacientes que ya habían sido sometidos a cirugía, quimioterapia y/o radiación y tenían metástasis en muy distintos lugares del cuerpo porque los tratamientos fueron ineficaces. A pesar de lo cual nuestra vacuna logró la regresión de una amplia variedad de diferentes tipos de cáncer en muy distintos órganos. Obviamente no todos los cánceres responden a este tratamiento.

-Pero lo conseguido no deja de ser espectacular...

-Sí. Y quiero dejar claro que nosotros no hemos tratado directamente a ningún paciente. Solo hemos proporcionado la vacuna y el asesoramiento sobre cómo usarla. Fueron los pacientes los que tuvieron que encargarse de encontrar médicos dispuestos a tratarlos con ella de forma experimental tras solicitar a las correspondientes autoridades sanitarias los permisos requeridos para su uso compasivo. Eso sí, gracias a ello hemos aprendido mucho sobre los factores que ayudan a hacer el tratamiento más eficaz. Y nos sentimos muy gratificados al saber que muchos pacientes que hoy estarían muertos viven aún gracias a nuestro tratamiento.

-¿La composición de su vacuna es similar a la formulada por Coley?

-Coley nunca hizo la vacuna por sí mismo; tuvo bacteriólogos trabajando para él. Y a lo largo de su carrera -de 1891 a 1936- utilizó varias formulaciones; eso sí, siempre con las mismas dos bacterias: el Streptococcus pyogenes y la Serratia marcescens. Siendo unas formulaciones más eficaces que otras. Tuvimos pues que estudiarlas para ver cuáles eran las mejores usando las modernas técnicas de laboratorio y eso es lo que nos permitió elaborar una vacuna que se parece a la más eficaz que Coley usó.

 

LA FIEBRE UNA RESPUESTA

 

-¿Y cómo se fabrica y funciona la vacuna?

-La vacuna se elabora con las dos bacterias muertas que antes mencioné. No están vivas pero cuando se introducen mezcladas en el organismo el sistema inmune cree que se trata de una infección patógena real y activa sus defensas. Y lo hace subiendo la temperatura interior -que es como el organismo reacciona ante una infección, es decir, con fiebre- y activando las células inmunitarias presentes ya en los diversos tumores del cuerpo a fin de ataquen las células cancerosas y destruyan los tumores. Ahora bien, la activación del sistema inmune es sólo temporal y por eso se debe administrar la vacuna cada cierto tiempo hasta conseguir el objetivo.

-Pero, ¿por qué es necesario provocar infecciones agudas en repetidas ocasiones?

-Porque se activan así las células inmunitarias en cada ocasión. Es como la respuesta inmune es eficaz; tanto ante una infección como ante un tumor.

-Pues la fiebre se ha demonizado absurdamente obviándose que es el primer recurso de la naturaleza  para combatir las infecciones...

-Cierto. Lamentablemente los médicos prefieren impedir la fiebre y usar antiinfecciosos sintéticos. Han olvidado lo que dijo Hipócrates cuando afirmó que "las potencias naturales que poseemos en nuestro interior son las verdaderas sanadoras de la enfermedad".

-Una última pregunta: ¿creen ustedes de verdad que la vacuna que han desarrollado puede constituir un tratamiento eficaz en casos de cáncer?

-Le aseguro que se trata de una terapia con mucho potencial en el tratamiento del cáncer; solo necesita ser validada en ensayos clínicos. Por desgracia los recientes cambios en la normativa sobre la fabricación de productos para ensayos clínicos tienen un alto coste y no hemos podido incorporar aún la tecnología requerida a nuestro laboratorio. Hemos pues tenido que dejar de fabricarla de momento y buscar los fondos necesarios. Algo lamentable porque la vacuna podría ser económicamente muy asequible y, desde luego, eficaz.

Hasta aquí nuestro diálogo con el Dr. Hoption Cann. Queda sin embargo mucho que decir  sobre la forma en que la fiebre activa el sistema inmune para lograr que actúe contra la célula tumoral. Y sobre los cientos de enfermos de cáncer que se curaron -se calificaron de "remisiones espontáneas"- tras sufrir infecciones agudas. Es más, hoy se usan ya sustancias procedentes de bacterias -los ligandos de reconocimiento de patógenos (PRRL)- que son capaces de imitar los beneficios de la infección frente al cáncer y los denominados inmunomoduladores órgano-específicos (ISQ), productos asimismo derivados de bacterias que al mostrar afinidad por determinados órganos se utilizan para combatir tumores específicos sin provocar fiebre.  Lo contaremos en detalle en nuestro próximo número.

 

Antonio F. Muro
 



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