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     REPORTAJES
NÚMERO 186 / OCTUBRE / 2015

LAS AGRESIONES DE ANTIBIÓTICOS Y PESTICIDAS AL MICROBIOMA HUMANO COMO CAUSA DE LAS ALERGIAS


Son cada vez más numerosas las evidencias de que las intolerancias y alergias alimentarias, el asma y las enfermedades autoinmunes tienen un origen común: el desequilibrio del ecosistema bacteriano natural que convive simbióticamente en nuestro organismo. Ecosistema que en buena medida lo deteriora el actual uso masivo de pesticidas, químicos tóxicos y antibióticos dando lugar a una auténtica pandemia de enfermedades por rechazo del organismo a muchos alimentos, aditivos y fármacos. Afortunadamente la solución que la medicina convencional es incapaz de ofrecer es sencilla: basta restablecer el equilibrio natural de las colonias bacterianas beneficiosas que pueblan nuestro aparato digestivo.

El médico londinense John Bostock (1773-1846) sufrió desde los 8 años una serie de síntomas no habituales que daría a conocer en 1819 en la Sociedad Médica y Quirúrgica de Londres; síntomas que hoy describen la rinitis alérgica o fiebre del heno que se achaca a la dispersión en el aire del polen vegetal. Lo curioso es que durante los nueve años siguientes buscó afanosamente a otras personas con los mismos síntomas y solo halló a 28 cuando se calcula que en el Londres actual sufren esta patología ¡más de un millón! Además a pesar de su perseverancia nunca llegó a encontrar la causa de las congestiones, probablemente porque los médicos de la época pensaban que las provocaba el calor estival ya que cuando en verano alquilaba una casa frente a los acantilados de Dover (Ramsgate) comprobaba que el aire fresco del mar aliviaba sus síntomas. De hecho no fue hasta 1873 -un cuarto de siglo después de su muerte- cuando el Dr. Charles Blackley publicó un libro en el que identificó al polen como el alérgeno responsable.

Pues bien, un reciente estudio revela que en Reino Unido sufre hoy procesos alérgicos ¡la tercera parte de la población! Al polen, a los alimentos, a los ácaros, a los animales domésticos y exóticos, a pesticidas y herbicidas, a los fármacos, a los tintes, a los aditivos alimentarios (conservantes, colorantes, aromatizantes, espesantes, acidulantes, edulcorantes y potenciadores del sabor)... El número de alérgicos aumenta año tras año -especialmente desde finales del siglo XX- sin que los médicos encuentren una explicación razonable; de hecho se alega de forma absurda una posible predisposición genética. Y se trata de un problema global en Europa ya que se espera que en el año 2020 el problema afecte a ¡uno de cada dos europeos! En cuanto a España la proporción de alérgicos es efectivamente similar según aseveró el Dr. J. Mullol en una reciente reunión del Centro Europeo de la Fundación para la Investigación de las Alergias (ECARF): casi 14 millones de españoles padecen algún tipo de alergia. De hecho los datos indican que el número de casos se duplicó entre 1992 y 2005 sufriendo alergias  de tipo alimentario entre el 12% y 15% de la población; especialmente a los frutos secos, las frutas, la leche, los huevos, el marisco, el pescado y el vino -básicamente por los sulfitos- padeciéndose sobre todo insuficiencias respiratorias y complicaciones digestivas.

¿Y qué ofrece nuestra "medicina científica"? Pues meros paliativos: antihistamínicos y otras drogas para calmar los síntomas -sin ir a la raíz del problema- que terminan provocando efectos iatrogénicos. Porque aunque los antihistamínicos se consideran medicamentos de escasos efectos secundarios algunos -como los cromoglicatos y los corticoides- pueden provocar daños graves, en especial si se consumen durante años (es el caso de los broncodilatadores utilizados por los asmáticos).

Para algunos investigadores tan brutal incremento de casos solo se explica por el uso masivo de sustancias tóxicas en los productos "modernos" -especialmente bactericidas-, el consumo de cereales modificados que no tienen nada que ver con los que se cultivaban hace un siglo, los transgénicos, el abuso de proteínas animales -muy especialmente las lácteas-, las moléculas desnaturalizadas al ser los alimentos cocinados a altas temperaturas, los alimentos irradiados, las grasas "trans", los fármacos... y un largo etcétera. Destacando entre las sustancias biológicas extrañas al organismo los antibióticos que, como su propio nombre indica, son toxinas que matan bacterias. Antibióticos cuyo uso puntual en casos de infecciones graves causadas por microorganismos patógenos puede justificarse pero que de forma habitual termina afectando gravemente al microbioma.

De hecho hoy sabemos algo que en la época de Alexander Fleming -el descubridor de la penicilina- se ignoraba: que en nuestro organismo hay diez veces más bacterias que células. Es decir, que las bacterias cohabitan y se interrelacionan con las células porque somos seres simbiontes ya que al igual que un liquen o una seta intercambiamos sustancias con seres de diferentes funciones biológicas y energéticas. Y no somos la excepción ya que la simbiosis entre bacterias y células es universal y característica de la biología terrestre; se da en todos los seres vivos, ya sean vacas, hormigas, árboles o lechugas. Es pues fácil colegir que si ingerimos una cápsula que contiene moléculas capaces de destruir bacterias patógenas -los antibióticos- morirán a la vez muchas bacterias “aliadas”. Es más, los bactericidas "desprograman" nuestro sistema inmune y todo indica que son la causa de numerosas alergias y enfermedades autoinmunes. Existen evidencias claras de ello como veremos a continuación.

Los antibióticos empezaron a utilizarse de forma masiva durante la II Guerra Mundial y forman parte fundamental de la farmacopea moderna desde 1945 reemplazando en casi todo el mundo a otras sustancias bactericidas de menor efectividad pero también de menos agresividad. En cualquier caso no ha sido su utilización el principal problema sino su uso masivo en lugar de reservarlos para los casos más agudos y graves. Si así se hubiera hecho hoy no estaríamos escribiendo este artículo. Lo que se ha hecho es lo contrario llegándose al absurdo de desarrollar productos farmacéuticos como la blastoestimulina, pomada cuyo compuesto esencial es el extracto de Centella asiatica, planta que estimula el crecimiento celular y potencia la cicatrización a la que para transformarla en producto patentable se agregó un 1% de otro antibiótico, la neomicina, bactericida absolutamente innecesario dado que el extracto natural de esa planta ya tiene sobradas propiedades antisépticas. Lamentablemente los médicos siguen prescribiendo antibióticos con inusitada ligereza hasta como "preventivos"; por ejemplo para prevenir una infección antes de extraer un diente. Aunque lo que ya resulta grotesco es que los recomiendan incluso en casos de infecciones víricas y fúngicas a pesar de su clara inutilidad.

Es más, se están utilizando de forma masiva y universal en los alimentos de muchos animales como "factor de crecimiento; especialmente en la comida de pollos, cerdos y vacas lecheras. Usándose en Europa solo en casos de infección o enfermedad... en teoría; porque en la práctica su uso es casi indiscriminado. Basta analizar su carne, los huevos, la leche o las aguas de su entorno. Hay restos de antibióticos en todas partes. ¿Y qué decir de otras naciones? En Estados Unidos por ejemplo se permite el uso de antibióticos hasta para 'la cría y engorde del ganado! De hecho hoy el 80% de los antibióticos que se producen se destinan a animales.

En suma, incluso quienes nos negamos a ingerirlos voluntariamente nos los encontramos en los alimentos que ingerimos y en el agua que bebemos. Estamos tomando antibióticos de forma continua y permanente y eso tiene serias consecuencias para nuestro sistema inmune. Lo que se detecta porque da lugar a alergias y enfermedades autoinmunes. Veamos las evidencias publicadas en trabajos muy recientes.

 

ENSAYOS MURINOS

 

En 2012 se publicó en MBO Reports -revista de la European Molecular Biology Organization- un trabajo elaborado por un numeroso grupo de investigadores de la University of British Columbia de Vancouver (Canadá) encabezado por el Dr. S. L. Russell que demuestra que la vancomicina no parece afectar negativamente a los ratones adultos  asmáticos a los que se les dio pero agrava los síntomas en los neo-natos (lo que no ocurre con la estreptomicina).

Dos años después -en 2104- un equipo de la Universidad de Chicago coordinado por el Dr. A. T. Stefka publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences un trabajo según el cual las colonias bacterianas de nuestro sistema gastrointestinal nos protegen ante una sensibilidad exacerbada del sistema inmune. Mediante ensayos murinos efectuados tanto con ratones “estériles” -es decir, desprovistos de flora intestinal- como con otros animalillos tratados con antibióticos y alimentados con cacahuetes -típico alimento alergénico- demostraron que las bacterias de la denostada familia Clostridia son básicas para una buena permeabilidad del epitelio intestinal y la funcionalidad de las células linfoides. Los autores llegan de hecho a proponer por ello como solución más adecuada a las intolerancias alimentarias ¡una terapia probiótica! (aunque en realidad lo que guía sus experimentos es el hallazgo de una droga patentable que los reemplace).

Ya en 2015 un grupo de investigadores chinos de la School of Food Science and Technology dirigido por el Dr. Q. Zhang dio un paso más demostrando que si tras dar  antibióticos a ratones se les suministran luego bacterias lácteas del tipo Streptococcus thermophilus ¡se inhibe la inflamación alérgica de las vías respiratorias! Lo cuentan en un artículo publicado en Journal of Applied Microbiology destacando que el probiótico modula la respuesta sistémica inmune al restablecer la flora intestinal afectada.

 

ENSAYOS CLÍNICOS EN HUMANOS

 

El Dr. A. Ouwehand -de la Universidad de Turku (Finlandia)- publicó por su parte en 2007 en Journal of Nutrition un interesante estudio según el cual la microbiota intestinal de los niños alérgicos tiene más Clostridia y menos bifidobacterias que los sanos. Para ello efectuó ensayos clínicos en casos de eczema atópico agregando simplemente a la dieta habitual Lactobacillus rhamnosusGG o Bifidobacterium lactis Bb-12 -tanto a las madres durante el embarazo como a los niños durante los primeros 6 meses- y los síntomas alérgicos disminuyeron a la mitad

Ya en 2013 un grupo de médicos de la Baqiyatallah University of Medical Sciences de Teherán (Irán) coordinado por el Dr. A. A. Fooladi publicó en Inflammation & Allergy Drug Targets una revisión de los estudios relativos al empleo de antibióticos y las pautas de nacimiento en niños con alergias señalando que la toma de antibióticas de la madre durante el embarazo, el parto normal por vía vaginal y la lactancia materna son los factores más importantes tanto para el desarrollo de una flora intestinal sana en el bebé como para disminuir la incidencia de enfermedades alérgicas.

Un año después un grupo de investigadores de la Chung-Ang University de Seúl (Corea) dirigido por el Dr. H. Park comparó la población bacteriana de 18 pacientes asmáticos y 17 con EPOC con los de 12 personas sanas constatando que los microbiomas de los enfermos eran similares entre sí y diferían notablemente con el de las sanas. En el artículo -se publicó en 2014 en PLoS One- los autores señalan que lo encontrado coincide con lo detectado por otros investigadores en distintas zonas del aparato respiratorio por lo que sería importante definir qué papel juega el microbioma en las enfermedades del tracto respiratorio.

Y este año un amplio grupo de investigadores de la University of Ulsan College of Medicine de Seúl (Corea) dirigido por el Dr. E. Lee encontró evidencias -tras analizar los casos de 1.395 niños- de que el uso de antibióticos en el primer año de vida es un factor de riesgo para desarrollar asma. El trabajo se ha publicado en 2015 en Allergy, Asthma & Immunology Research y según los autores la toma temprana de antibióticos es un factor mucho más relevante para desarrollar asma que el hecho de que los progenitores sufran problemas alérgicos.

Añadiremos el singular caso presentado por los doctores Anne Des Roches y F. Graham -del Hôpital de Notre-Dame en Montreal (Canadá)- sobre el asma desarrollado por una niña de 10 años que se achacó al consumo de arándanos pero resultó que no era así encontrándose que en realidad era alérgica al antibiótico con el que se trataba a los arándanos y no al fruto en sí. La desinfección de alimentos con antibióticos, práctica prohibida hoy en la mayoría de los países europeos, sigue utilizándose en Estados Unidos. El artículo apareció en 2014 en Annals of Allergy, Asthma and Immunology.

 

TENEMOS NUESTRA PROPIA FÁBRICA DE ANTIBIÓTICOS

 

Lo dramático -y vergonzoso- es que nosotros no necesitamos antibióticos ya que nuestra propio organismo fabrica los que necesita; de hecho resulta que las miles de variantes de la denostada bacteria Escherichia coli -que causa tantos problemas de contaminación en aguas y alimentos- es sin embargo una de nuestras mejores aliadas para conservar la salud. De hecho en un bebé las colonias de E. coli se acercan al centenar de millones de individuos por gramo de materia fecal superando a los pocos días de nacer los ¡mil millones por gramo! Bacterias que se encargan de sintetizar las vitaminas K, B1, B2, B6 y B12 y de producir unas complejas moléculas denominadas colicinas, antibióticos naturales que impiden la proliferación de las bacterias patógenas. Así que en realidad mantener en nuestro sistema digestivo las cepas beneficiosas de E. coli es muy sano. De hecho también se encargan de digerir la lactosa lo que lleva a pensar si la famosa “intolerancia a la lactosa” no se deberá a una pobre e insuficiente población de cepas beneficiosas de E. coli en el sistema digestivo. En otras palabras: ¿no será la destrucción de nuestro microbioma lo que da lugar a todo tipo de intolerancias y alergias? ¿No dependerá el nivel de reacción del mayor o menor deterioro del microbioma? Porque se sabe que esas cepas beneficiosas son muy sensibles a los antibióticos; especialmente a la gama de los aminoglicósidos (como la gentamicina) y los macrólidos (como la eritromicina y otros).

¿Le parece ciencia-ficción? Pues sepa que las colicinas ya se están produciendo en masa en cultivos bacterianos con fines farmacéuticos. Y que ya se han aplicado con éxito en el tratamiento de las enfermedades inflamatorias intestinales. Es más, en ensayos murinos han demostrado ser ¡anticancerígenas!

 

ANTIVÍRICAS

 

Y no queda aquí lo descubierto. También se sabe que las propias bacterias intestinales benéficas son capaces de actuar contra virus peligrosos. Lo demostró en ensayos murinos un equipo del Yakult Central Institute for Microbiological Research de Tokio (Japón) dirigido por el Dr. H. Yasui. Bastó agregar en la alimentación de un grupo de ratones afectados por el virus de la gripe bacterias del género Bifidobacterium breve -concretamente de la cepa YIT4064- para que aumentara en ellos el número de inmunoglobulinas antivíricas IgG y IgA. Posteriormente se administraría la misma bacteria a niños infectados con rotavirus obteniéndose parecidos efectos. Y resultados similares se obtuvieron con el Lactobacillus casei (cepa Shirota). En suma, bacterias beneficiosas presentes en los alimentos fermentados. Se explica todo detalladamente en un artículo publicado en 1999 en la revista Antonie Van Leeuwenhoek.

Y es que las E. coli no son las únicas bacterias beneficiosas; hay centenares de especies de bifidobacterias, lactobacterias y otros microorganismos de tipo fúngico que permiten tanto la absorción de nutrientes de los alimentos como su síntesis directa. Porque la naturaleza y la evolución han creado un sistema inteligente que nos mantiene provistos de los nutrientes fundamentales aunque tengamos carencias alimentarias de los mismos. A tal punto que se están encontrando bacterias intestinales capaces de sintetizar vitamina C en nuestros intestinos supliendo las posibles carencias de esta vitamina en la dieta. ¡Si lo hubiesen sabido los millones de víctimas del escorbuto que asoló la humanidad hasta hace un par de siglos!

 

LOS HERBICIDAS AFECTAN A NUESTRO MICROBIOMA

 

Los efectos de los herbicidas y pesticidas -especialmente de los glifosatos- en los microbiomas de aves y ganado están bien estudiados pero no tanto los que producen en la flora bacteriana humana; en cualquier caso los que se han hecho evidencian que los biocidas desequilibran nuestro microbioma y ello se traduce en una proliferación de las bacterias patógenas. Y lo acaba de corroborar un reciente trabajo aparecido este mismo año -2015- en mBio -revista de la American Society of Microbiology- efectuado por un equipo de la Universidad de Canterbury (Reino Unido) junto con investigadores de otras universidades coordinado por la Dra. Brigitta Kurenbach según el cual el glifosato y otros herbicidas similares producen cambios epigenéticos en bacterias como la Escherichia coli y la Salmonella entérica que les hacen más resistentes a los antibióticos. Y no olvidemos que herbicidas como el Round-up no solo se utilizan en la agricultura sino en jardines domésticos, parques, campos deportivos y zonas de esparcimiento poniendo en peligro nuestra salud y, sobre todo, la de nuestros hijos.

Agregaremos que según publicó este año en Beneficial Microbes un equipo del Lawson Health Research Institute de Ontario (Canadá) dirigido por el Dr. M. Trinder los lactobacilos probióticos (tipo Lactobacillus rhamnosus GR-1) han demostrado in vitro su capacidad para absorber y neutralizar los pesticidas absorbidos con los alimentos. Y hablamos de bacterias presentes en yogures y otros productos fermentados.

 

EL AGUA CLORADA

 

En 2012 la Dra. Elina Jerschow y sus colegas del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York publicaron en Annals of Allergy, Asthma and Immunology un interesante artículo alertando de la presencia de diclorofenoles en las aguas de consumo que provienen principalmente de los pesticidas que contaminan las aguas -tanto las superficiales como las subterráneas- aunque también podrían derivarse del cloro utilizado para la potabilización aunque se trate de trazas. De hecho esto llevó a los autores a examinar la presencia de inmunoglobulinas E (IgE) -específicas de las reacciones alérgicas- en un grupo de 2.211 personas de más de 6 años -en el marco del Estudio Nacional de Salud y Nutrición realizado en Estados Unidos en 2005 y 2006- constatando que hay una relación inequívoca entre altos niveles de diclorofenoles en la orina y sensibilidad a los alérgenos alimentarios.

 

LOS ANTIBIÓTICOS, CAUSA DE MUCHOS OTROS PROBLEMAS

 

Y por si lo dicho fuera poco sepa que los antibióticos pueden ser causa de muchos otros problemas. Por ejemplo de...

 

-Diabetes. Los tratamientos antibióticos tempranos parecen estar relacionados con el desarrollo de diabetes tipo 2 y el Síndrome Metabólico; al menos así lo indica un interesantísimo estudio publicado en 2015 en European Journal of Endocrinology por B. Boursi -de la Universidad de Pennsylvania- junto a otros investigadores de la Universidad de Tel-Aviv (Israel) tras analizar los datos de 208.002 diabéticos británicos que se compararon con los de 815.576 de otras patologías. El número de quienes desarrollaron diabetes tipo 2 era significativamente mayor entre los que recibieron más de dos ciclos de antibióticos (penicilina, cefalosporinas, macrólidos y quinolonas).

 

-Obesidad. Un equipo de la University of Eastern Finland de Kuopio coordinado por el Dr. A. Saari publicó en 2005 en Pediatrics un sorprendente estudio que relacionó la toma de antibióticos en la niñez con la obesidad. Los investigadores partieron de un hecho universalmente aceptado: que el ganado engorda cuando se le dan antibióticos. Así que quisieron saber si pasaba lo mismo con los humanos y examinaron los datos de seguimiento de 6.114 varones y 5.948 niñas sanas que habían ingerido antibióticos en los primeros dos años de vida comparándolos con los de niños de ambos sexos que no habían seguido ninguna terapia antibiótica. Constatarían así que los que tomaron antibióticos alcanzaron mayor peso, especialmente entre aquellos a los que se dio macrólidos antes de cumplir 6 meses. Concluyendo que una de las principales razones de la epidemia mundial de obesidad infantil actual podría estar relacionada con el temprano consumo de antibióticos, en especial durante los primeros 6 meses de vida.

Unos años después -en 2011- un equipo de la Kyungpook National University de Corea coordinado por el Dr. H.S. Lee publicaba  en PLoS One un sugestivo trabajo según el cual existen claras evidencias clínicas de la asociación entre los pesticidas organoclorados y la obesidad femenina. Y es que además de un alto contenido de éstos en las heces encontraron en 27 de las 83 mujeres estudiadas una abundante cantidad de metanobacterias.

 

-Otras enfermedades autoinmunes. En 2012 un equipo del JR Sendai Hospital de Japón coordinado por los doctores K. Mon, Y. Nakagawa y H. Ozaki publicó en Discovery Medicine un artículo indicando que hay serias evidencias de que los desequilibrios en el microbioma intestinal favorecen la sobrepoblación de especies patógenas que disparan la respuesta proinflamatoria del sistema inmune pudiendo ello dar lugar a disbiosis intestinal, diabetes tipo 1, artritis y esclerosis múltiple. Planteándose ahora que también podría desencadenar la tiroiditis autoinmune.

 

QUÉ HACER ANTE A UNA ALERGIA RECURRENTE

 

En suma, lo dicho avala que no hay mejor consejo médico para recuperar la salud que modificar la dieta evitando los alimentos industriales procesados y refinados e incrementar la ingesta de alimentos integrales ecológicos crudos ricos en nutrientes: vitaminas, minerales,  enzimas... Son importantes para nuestro metabolismo celular y para nuestro microbioma simbiótico. Especialmente consumiendo alimentos fermentados como el kéfir, el yogur y encurtidos como el chucrut, las aceitunas o los pepinillos. Es asimismo importante proveer a las bacterias intestinales de prebióticos, fundamentalmente bajo la forma de fibra soluble; como las inulinas, pectinas y otros que abundan en las cáscaras de muchas frutas y, en especial, en la parte blanca de la corteza de los cítricos. Solo si los brotes de una enfermedad son especialmente agudos e incapacitantes debe recurrirse al empleo de probióticos encapsulados (buscando entonces las composiciones más variadas en número de especies).

Eso sí, deben evitarse...

...los alimentos pasteurizados.  Destruyen las bacterias potencialmente patógenas pero también los microorganismos beneficiosos y las preciadas enzimas.

...los alimentos industriales y desnaturalizados. La mayoría se tratan con biocidas y es altamente probable que los contengan aunque sea a niveles subanalíticos. No son inocuos para el microbioma humano.

...los alimentos transgénicos. Pueden contener trazas de biocidas tan potentes como los glifosatos.

...las carnes animales procedentes de explotaciones masivas donde es frecuente el uso de antibióticos para evitar pestes y enfermedades; muy especialmente en las explotaciones avícolas y productoras de huevos.

...el agua clorada salvo que se usen filtros desactivadores del cloro. El agua mineral envasada de baja mineralización es otra opción pero recuerde que sus minerales son inorgánicos, no se asimilan y se acumulan en el organismo.

...los productos bactericidas para el hogar; desde los jabones con triclosán hasta los detergentes, espráis e insecticidas.

...los antibióticos. Tómelos solo bajo prescripción médica y cuando la gravedad de la infección no permita otra alternativa. Y por supuesto, no utilice nunca antibióticos contra las infecciones virales o las causadas por hongos o líquenes.

Añadiremos que el uso de antibióticos está especialmente desaconsejado durante la maternidad; tanto durante el embarazo como en los primeros meses de lactancia. Un equipo de la Universidad de Copenhague coordinado por la Dra. Lone G. Stensballe publicó en 2013 en Journal of Pediatrics un trabajo según el cual el consumo de antibióticos por la madre embarazada aumenta el riesgo de que su hijo padezca asma o eczemas en sus primeros años. Lo cotejaron tras analizar los casos de un grupo de 30.675 niños nacidos en Dinamarca con este tipo de problemas a los que se siguió durante 5 años comprobando un significativo incremento de las hospitalizaciones de niños por ataques de asma y el uso de corticoides antiasmáticos en niños nacidos de madres que consumieron antibióticos en el primer trimestre de embarazo. Pues bien, lo relacionaron con alteraciones en el microbioma materno durante la gestación.

El Dr. J. M. James -del Colorado Asthma and Allergy Centers- ya puso el dedo en la llaga sobre este asunto en un artículo que publicó en 2004 en Current Allergy and Asthma Reports en el que dio a conocer la alta frecuencia de síntomas de alergias alimentarias asociadas con otitis infantiles que a menudo eran acompañadas de asma y dermatitis. Según él la prescripción de antibióticos altera la microbiota humana haciendo proliferar las bacterias patógenas. Corroboraba así el trabajo que diez años antes había hecho un equipo de la Georgetown University School of Medicine dirigido por el Dr. T. M. Nsouli -se publicó en 1994 en Annals of Allergy- sobre la relación entre las alergias alimentarias y la otitis. Bastó someter 16 semanas a 104 niños con otitis recurrente -de 4,6 años de edad media- a una dieta sin alérgenos para que el 86% mejorara disminuyendo sus niveles de inmunoglobulinas E.

Agregaremos que un grupo de investigadores del Queen Silvia Children’s Hospital de Gotemburgo (Suecia) coordinado por el Dr. B. Hesselmar publicó en 2013 en Pediatrics un curioso trabajo en el que tras analizar a 184 bebés de entre 18 y 36 meses cuyos padres tenían la costumbre de limpiar los chupetes cuando se les caían al suelo chupándolos ellos mismos comprobaron que entre ellos las reacciones alérgicas respiratorias y alimentarias fueron notablemente menores y hubo luego menos casos de asma. No se encontró en cambio asociación alguna con el desarrollo de eczemas. A los investigadores les resultó evidente que el traspaso de bacterias benéficas de padres a hijos permite un desarrollo más equilibrado del sistema inmunitario de los bebés.

 

PARA LAS ALERGIAS, COMINO NEGRO

 

Por lo que a las alergias se refiere -incluidas las graves y recurrentes- los datos actuales desaconsejan el uso de antihistamínicos y corticoides proponiéndose utilizar en su lugar aceite o extracto de comino negro. Las bondades de esta especia ya han sido analizadas en la revista (lea en nuestra web -www.dsalud.com- el artículo que con el título Propiedades terapéuticas contrastadas del comino negro apareció en el nº 169  correspondiente a  marzo de 2014) pero no está de más recordar que fue el Dr. M. L. Salem -de la Medical University of South Carolina- quien constató que la timoquinina, molécula abundante en los extractos de comino negro, inhibe varias citoquinas proinflamatorias como dio a conocer en un artículo publicado en 2005 en International Immunopharmacology.  Cinco años después un equipo de la Mashhad University of Medical Sciences de Mashhad (Irán) dirigido por el Dr. M. H. Boskabady  demostraría -el trabajo se publicó en 2010 en Phytomedicine- que el comino negro es un eficaz broncodilatador carente de efectos secundarios.  Y un año después un equipo de la Ahvaz Jundishapur University of Medical Sciences de Ahvaz (Irán) dirigido por el Dr. S. Nikakhlagh constató -el estudio se publicó en 2011 en American Journal of Otolaryngology- que el aceite de comino negro tiene sorprendentes efectos positivos en la rinitis alérgica. Ensayo que corroboraría lo constatado por el Dr. S. Moghaddasi ese mismo año sobre el efecto broncodilatador de la saponina alfa-hederin y la actividad antihistamínica del nigellon, moléculas que igualmente abundan en el comino negro. Cabe añadir por último que un equipo de la Tikrit University de Irak coordinado por el Dr. A. M. Alsamarai comprobó los efectos calmantes del aceite de comino negro en 68 pacientes con distintos grados de rinitis alérgica con más de un 55% de éxito; el trabajo se publicó en 2014 en Anti-inflammatory & Anti-allergy Agents in Medicinal Chemistry..

 

CONCLUSIONES

 

En suma, lo expuesto indica que podemos hallarnos ante un cambio de paradigma en lo que a las alergias alimentarias -y probablemente a las respiratorias y dermatológicas- se refiere. Porque las reacciones del organismo -más o menos intensas- no dependerían tanto de la constitución química de uno u otro alimento como del hecho de que no puedan digerirse los alimentos ingeridos de forma completa y correcta. De ahí que la solución a las alergias no pase por eliminar los alérgenos de la dieta sino por corregir la disbiosis intestinal que daña el epitelio y permite el acceso al flujo sanguíneo de sustancias ajenas a nuestro ecosistema celular entrando en un proceso circular y retroalimentado de reacción inmunitaria/inflamación que agrava la situación dando origen a un interminable ciclo. Algo que, como hemos visto, puede agravar la ingesta de antibióticos llevando el problema a nivel sistémico.

No basta pues con la supresión de varios -a veces numerosos- alimentos de la dieta aunque eso ayude en la fase de reequilibrio del microbioma. La solución pasa por romper ese círculo vicioso  mediante la regeneración de la flora intestinal. Son numerosos los estudios que demuestran que restablecido el microbioma natural se acaba con las alergias; tanto las alimentarias como las respiratorias y las que dan lugar a las llamadas enfermedades autoinmunes. Sin descartar otras posibles patologías ya que empieza a constatarse científicamente la veracidad de la frase más inmortal de Miguel de Cervantes Saavedra: "La salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago".

 

Paula M. Mirre
 



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