REPORTAJES DSALUD NOTICIAS DSALUD
   
    

 
     REPORTAJES
NÚMERO 83 / MAYO / 2006

EL 60 POR CIENTO DE LOS ALIMENTOS ELABORADOS QUE CONSUMIMOS EN ESPAÑA ¡CONTIENEN TRANSGÉNICOS!


En España se consumen desde hace años organismos genéticamente modificados -coloquialmente conocidos como alimentos transgénicos- a pesar de que numerosos colectivos vienen alertando de los riesgos que pueden suponer tanto para el medio ambiente y la agricultura como para nuestra salud. Por ejemplo, provocando alergias de tratamiento y repercusiones desconocidas. También pueden hacer que algunas bacterias patógenas para el hombre se vuelvan resistentes a los antibióticos con las graves consecuencias que ello acarrearía. Es urgente pues que las autoridades apliquen el Principio de Precaución y se exija a los productores de alimentos transgénicos que antes de comercializarlos demuestren que son seguros. Lo que a día de hoy no han hecho.Especialmente porque según denuncia Greenpeace ¡el 60% de los alimentos elaborados que consumimos en España contienen transgénicos!

El 70% de los españoles afirma no estar dispuesto a comer alimentos que contengan organismos modificados genéticamente -según una encuesta realizada por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU)- seguramente sin saber que hoy ¡el 60% de los alimentos elaborados que consumimos en España contienen transgénicos! Y esa actitud es la misma en países como Alemania, Austria, Francia, Italia, Dinamarca, Suecia, Grecia, Japón, Australia, India y los nuevos miembros de la Unión Europea, entre muchos otros. En Gran Bretaña la oposición es incluso más acusada y a los transgénicos se les denomina despectivamente frankenfoods, algo así como “comida Frankestein”. ¿Y por qué ese feroz recelo? Pues porque el consumidor está cada vez mejor informado y tras las mentiras sobre el tabaco, el síndrome tóxico, el cáncer, la utilidad y fiabilidad de los medicamentos, el “mal de las vacas locas” o la gripe aviaria –entre otras muchas- no se fía ya de que los transgénicos sean tan inofensivos y seguros como afirman quienes los cultivan y comercializan. Y más cuando la propia Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos -principal productor de transgénicos del mundo- alienta esa desconfianza al sugerir al Gobierno norteamericano que “redoble la vigilancia para evitar los riesgos potenciales para la salud asociados a los alimentos genéticamente modificados”.

Bueno, pues pese a ese rechazo generalizado –que en nuestro país personifican organizaciones como la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), Greenpeace, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, la Sociedad Española de Agricultura Ecológica e INTERECO (asociación que aglutina a algunos organismos de certificación de agricultura ecológica) además de sindicatos y distintas asociaciones de ciudadanos y consumidores- lo cierto es que desde la aparición del primer transgénico -una planta de tabaco resistente a ciertos virus que se empezó a cultivar en China en 1992- hasta hoy no ha hecho más que aumentar el número de hectáreas que en todo el mundo se dedican a cultivar transgénicos. Por ponerle cifras: en 1996 los transgénicos se cultivaban en 2 millones de hectáreas pero en el 2004 se hacía ya en 44,5 millones. Es decir, ocupando el doble de la extensión del Reino Unido. Y también ha aumentado el número de autorizaciones para experimentar sobre organismos modificados genéticamente que conceden organismos como nuestra Comisión Nacional de Bioseguridad, órgano consultivo de la Administración para los transgénicos adscrito al Ministerio de Medio Ambiente que en los últimos 10 años ha dado luz verde a la realización de más de 200 experimentos con estos organismos.

Conviene pues saber qué son los transgénicos y cuáles pueden ser sus efectos sobre nuestra salud una vez que se incorporan a la cadena alimentaria. Después podrá decidir si los lleva a su mesa o no. Siempre que informen de ello quienes los comercializan, claro.

¿QUÉ ES UN ORGANISMO MODIFICADO GENÉTICAMENTE (OMG)?

Un organismo modificado genéticamente –es decir, un transgénico- es un organismo vivo creado mediante la manipulación artificial de sus genes. Es decir, es un ser que no existiría en la naturaleza sin la intervención del hombre. Y lo que hace el humano es utilizar las técnicas de ingeniería genética para aislar segmentos del material genético de un ser vivo -sea un virus, una bacteria, un vegetal, un animal o incluso un ser humano- para introducirlos en el material hereditario de otro ser vivo y modificar así su estructura con un fin preciso. En el caso de la agricultura esta manipulación busca varios objetivos: que los alimentos tengan una vida comercial más larga, que sean más nutritivos y sabrosos, que resistan condiciones ambientales adversas como heladas, sequías, salinidad del suelo, etc., que soporten plagas de insectos o que sobrevivan a los herbicidas. Así, por ejemplo, el maíz transgénico que se cultiva en España desde 1998 lleva incorporados genes de bacterias que le permiten producir una sustancia insecticida con la que la propia planta transgénica combate posibles plagas de taladros (unos insectos que horadan el tallo del maíz hasta destruirlo), mariposas y polillas. Pues bien, a este maíz capaz de autoprotegerse y a la soja resistente a herbicidas –los dos únicos transgénicos que de momento se pueden comercializar oficialmente en España- se pueden sumar hasta 70 productos modificados genéticamente que pronto podrían llegar a nuestros mercados si la Unión Europea cede a las presiones de la industria para que se concedan más autorizaciones. Entre ellos los más llamativos son patatas más dulces o con genes que impiden que absorban la mayor parte del aceite en que se fríen o que inmunizan a quienes las consumen contra el cólera o las diarreas bacterianas; tomates que tardan más en estropearse después de maduros (se les han añadido genes que evitan la síntesis de la poligalacturonasa que produce el reblandecimiento de la hortaliza); café que resiste mejor a los insectos y tiene mayor aroma y menor contenido de cafeína; trigo sin gluten; uvas sin pepitas; plátanos capaces de albergar sustancias que actúan como vacunas; arroz enriquecido con un precursor de la vitamina A; carpas y salmones que ganan tamaño mucho más rápido porque se les ha añadido copias del gen de la hormona del crecimiento; leches enriquecidas con diversos fármacos extraídas de las glándulas mamarias de diferentes mamíferos; quesos que acortan sus tiempos de maduración por llevar bacterias lácticas modificadas con genes exógenos; vinos con aromas más afrutados, etc.

Ahora bien, aunque los dos únicos transgénicos que de momento están autorizados en la Unión Europea para consumo humano –y animal- son el maíz y la soja... sus derivados se encuentran ¡en más del 65% de los alimentos elaborados que se consumen en España! según denuncia Greenpeace Los contienen desde las bolsas de patatas fritas y los platos preparados hasta la margarina, el chocolate, los aceites y la cerveza pasando por numerosos alimentos dietéticos e infantiles. En el caso de la soja en forma de harinas, proteínas, aceites y grasas (a menudo se “esconden” detrás de la denominación aceites-grasas vegetales), emulgentes (lecitina E 322), mono y diglicéridos de ácidos grasos (E471) y ácidos grasos. Y en el caso del maíz como harina, almidón (no es el caso del llamado “almidón modificado” cuya transformación no es transgénica), aceite, sémola, glucosa, jarabe de glucosa, dextrosa, maltodextrina, isomaltosa, sorbitol (E240), caramelo (E150) o grits.

Actualmente la Unión Europea importa cada año más de 9 millones de toneladas de soja procedentes de Estados Unidos -a los que adquirimos el 40% de su producción de este transgénico- de las que más de tonelada y media llega a España, hecho que nos convierte en ¡el cuarto importador del mundo! detrás de Japón, Taiwán y Holanda. En cuanto al maíz nuestro país importa cada año 6 toneladas y casi el 70% es ¡transgénico! A lo que hay que sumar que en España se cultivan cerca de 60.000 hectáreas de este producto por lo que no cabe duda de que somos ¡uno de los principales consumidores del mundo de maíz transgénico!

PROS Y CONTRAS DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA 

Huelga decir que la intervención del hombre sobre la naturaleza genera siempre consecuencias y en el caso de las técnicas de manipulación genética resultan más que evidentes porque el resultado son organismos completamente nuevos de los que a veces no se conoce más que su origen y no los efectos -positivos o negativos- que puedan acarrear. De ahí que estas técnicas tengan fieros detractores pero también feroces defensores de su utilidad. Por ejemplo, estos últimos afirman que la manipulación hace a las plantas más resistentes a las plagas, algo que se debe a que se introduce en ellas una versión sintetizada de un gen de la bacteria bacillus thuringiensis (Bt), modificación merced a la cual la planta produce una proteína insecticida que la protege frente a ciertos insectos. Hoy este gen –el Bt- está pues introducido en el maíz pero también en el algodón, la patata y el tomate. Sin embargo sus detractores aseguran que estas plantas producen la toxina a lo largo de todo su ciclo vital por lo que los insectos que serían vulnerables al Bt acaban haciéndose resistentes a él. De hecho ya en octubre del 2001 la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos –la Environment Protection Agency- retiró del mercado la variedad de maíz transgénico Bt176 porque “no ofrecía una protección completa frente a la segunda generación del taladro del maíz con el consiguiente riesgo de aparición de resistencia en los insectos”. Además, como denuncian desde distintas organizaciones ecologistas y agrarias, esa toxina insecticida Bt se puede acumular en el suelo contaminándolo y llegando incluso a afectar a los acuíferos próximos. Por eso cada vez más científicos argumentan que modificar genéticamente las plantas para que sean resistentes a determinadas enfermedades introducirá en el medio ambiente nuevos patógenos más agresivos.

Los defensores de los transgénicos también sostienen que algunas modificaciones hacen que las plantas –como se ha comprobado con la soja, el algodón o el trigo- resistan mejor a algunos herbicidas por lo que a medio plazo se utilizarían menos productos tóxicos para combatir la aparición de malas hierbas en los campos de cultivo. A ese respecto, sin embargo, Greenpeace denuncia que estas plantas –que suponen el 73% de todos los transgénicos cultivados- resisten al glifosato, el principio activo de los herbicidas que “casualmente” sólo comercializan las mismas multinacionales que venden las semillas transgénicas con lo que el negocio es redondo. “Esta característica –dice Greenpeace- hace posible verter una gran cantidad de estos productos para acabar con las malas hierbas sin que mueran los cultivos transgénicos. El resultado final es una mayor contaminación progresiva porque tanto el suelo como las cosechas están sometidos a mayor cantidad de productos químicos y más potentes con los que el agricultor intenta combatir una maleza que cada vez se hace más resistente a los agroquímicos porque los transgénicos pueden transferirle esa resistencia al herbicida”.

Y esto es, precisamente, lo que más preocupa a ecologistas y agricultores: que las modificaciones introducidas en una planta transgénica puedan transmitirse a otras provocando una situación de contaminación genética que al afectar a seres vivos capaces de reproducirse se convierta en imparable, irreversible e imposible de “limpiar” del ecosistema. Podría ocurrir incluso que las plantas contaminadas –convertidas en “superplantas” resistentes a herbicidas, plagas de todo tipo, condiciones ambientales adversas, etc.- invadieran hábitats que no les son propios y desplazaran o hicieran desaparecer a las especies originales.

Sobre la posibilidad de esa contaminación genética los partidarios de la manipulación afirman que las probabilidades de que esto ocurra son muy pequeñas ya que el flujo de genes debe darse entre especies relacionadas que se encuentren en floración al mismo tiempo y que, además, compartan los mismos polinizadores. Pero esas posibilidades no deben ser tan pequeñas cuando según la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) en los 8 años que lleva cultivándose maíz transgénico en España ya se han constatado varios casos de este tipo de contaminación. En dos de ellos las explotaciones contaminadas perdieron por ese motivo su calificación de ecológicas. Incluso, según denuncia la coordinadora, se han detectado restos de soja transgénica en piensos ecológicos que ni siquiera la contenían.

LAS MENTIRAS DE LAS MULTINACIONALES DE LOS TRANSGÉNICOS

Hoy día cinco compañías multinacionales -las mayores agroquímicas del mundo- monopolizan el mercado mundial de semillas transgénicas. Son Syngenta, Bayer CropScience, Dupont, Dow Agrosciences y Monsanto. Esta última controla la mayor parte del mercado -en concreto el 90% de las semillas transgénicas sembradas en todo el mundo- y anualmente ingresa unos 1.900 millones de dólares por las semillas y unos 1.800 por la venta del herbicida Roundup. Un negocio multimillonario que alimentan presionando a los gobiernos de distintos países –especialmente a los más empobrecidos- para que les concedan nuevas autorizaciones para cultivar y/o comercializar sus productos transgénicos. Presión a la que parece que también sucumbió la Comisión Europea –no sabemos a cambio de qué- cuando en mayo del 2004 decidió levantar la moratoria que pesaba sobre aprobaciones de nuevos organismos modificados genéticamente tras 5 años de paralización a pesar de que la resistencia a los transgénicos ya autorizados ha ido creciendo con numerosos municipios y regiones de toda la Unión Europea declarándose “zona libre de transgénicos” (vea el recuadro adjunto). Pues bien, desoyendo la opinión abrumadora de la mayoría ciudadana -que los rechaza- y a pesar de no contar con el apoyo de los estados miembros la Comisión aprobó para alimentación humana el maíz Bt11 comercializado por la multinacional suiza Syngenta y dos meses después hizo lo mismo –en este caso para uso animal- con el maíz transgénico NK603 producido por la norteamericana Monsanto.

Claro que también se financia a estas grandes empresas de otros modos éticamente discutibles. Según Ecologistas en Acción sólo en el último año Estados Unidos –principal país productor de transgénicos en el mundo- “donó” 50.000 toneladas de maíz y productos derivados por un “valor” de más de cien millones de dólares a programas de “ayuda humanitaria”. Calculándose que el 30% era maíz transgénico. Y aquí viene la vileza de esas lucrativas “donaciones”: las principales beneficiarias fueron las grandes multinacionales del transgénico –especialmente Monsanto- porque esas exportaciones en forma de ayuda son pagadas por el Gobierno estadounidense en forma de subvenciones multimillonarias a los productores que no encuentran un mercado donde colocar sus productos. Y no hay que ser muy inteligente para, como bien mantiene Ecologistas en Acción, darse cuenta de que ese “regalo envenenado” a los países subdesarrollados es la forma en que la Administración norteamericana subvenciona en realidad la “maltrecha” industria transgénica rechazada por la inmensa mayoría de los consumidores de los países desarrollados.

Por otro lado, la presión de las multinacionales también llega al agricultor que es quien finalmente decide cultivar o no este tipo de productos. Según Greenpeace, Ecologistas en Acción, Amigos de la Tierra e incluso la COAG lo que hacen en realidad estas compañías es engañar al pequeño productor. ¿Por qué? Porque le convencen con argumentos que acaban resultando falsos. Por ejemplo:

-Las multinacionales afirman que los cultivos transgénicos son más productivos. En realidad esto no sólo no se ha comprobado sino que se tienen datos de que ocurre justamente lo contrario. En nuestro país numerosos estudios demuestran que los rendimientos del maíz transgénico son casi un 10% menores que los de las variedades no transgénicas. Por lo que respecta a la soja las pérdidas de rendimiento son de hasta un 7% según datos recogidos en Estados Unidos.

-Las multinacionales promocionan estos cultivos como un ahorro para los agricultores pues las propias plantas eliminan sus plagas y toleran los herbicidas. La realidad es que cuando a la larga los insectos y las malezas se hacen resistentes el agricultor tiene que invertir mayores cantidades de dinero en agroquímicos que le ayuden a combatirlos. Por tanto, el único negocio rentable es el que hacen estas compañías que venden las semillas genéticamente adaptadas a los herbicidas que ellas mismas comercializan.

-Las multinacionales aseguran que los productos transgénicos son más competitivos en el mercado pero eso no es verdad por el simple hecho de que los consumidores los rechazan. Ni les resultan más atractivos, ni más sabrosos, ni más nutritivos, ni más saludables.

-Las multinacionales afirman que no hay razones para preocuparse por el impacto medioambiental de los cultivos transgénicos pero ya hemos visto que las hay porque pueden suponer un daño imprevisible sobre los ecosistemas y los seres vivos, incluidos los humanos. Pueden afectar a la cadena trófica y a la biodiversidad. En resumen, los organismos modificados genéticamente son una de las mayores amenazas para el medio ambiente porque a lo dicho hay que añadir que sus daños no pueden ser controlados ni revertidos.

-Las multinacionales aducen que cultivar transgénicos puede ser una solución para el hambre. Un argumento que Greenpeace tacha de zafio y falso porque según el Programa de Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) hoy se produce un 50% más de los alimentos necesarios para alimentar a toda la humanidad y, sin embargo, casi mil millones de seres humanos –la cuarta parte de ellos niños- se encuentran en distintos estados de desnutrición. Por tanto no haría falta recurrir a la manipulación genética para intentar resolver un problema que es meramente político.

Bueno, pues a pesar de los datos de la FAO las compañías insisten en la “utilidad humanitaria” de los transgénicos y en este punto citan el ejemplo del llamado “arroz dorado”, un arroz genéticamente modificado al que se ha enriquecido con un precursor de la vitamina A y que, según ellas, podría ayudar a los millones de personas en todo el mundo que tienen carencia de esta vitamina. Y una vez más los datos de la FAO dejan en evidencia a las multinacionales pues según ese organismo internacional la ingesta recomendada de vitamina A es de entre 500 y 850 microgramos al día y para obtener al menos 500 sería necesario comer cada día ¡3,75 kilos de ese arroz! Algo poco aconsejable cuando además a esa cantidad recomendada de vitamina se puede llegar tomando una dieta más variada compuesta por 200 gramos de arroz natural, 100 gramos de zanahoria y 100 de mango.

TRANSGÉNICOS Y SALUD

A lo dicho hay que sumar la preocupación de numerosos científicos en cuanto a todas las repercusiones que el consumo de organismos modificados genéticamente pueda tener sobre la salud humana pues lo cierto es que aún no se conoce con detalle cómo interactúan los genes trasplantados con el resto del genoma original de la planta y si el resultado podría ser un alimento tóxico o alergénico para el hombre. De hecho entrañan riesgos de una magnitud que no tiene precedentes ya que al ser seres vivos pueden reproducirse y evolucionar, quizá incontroladamente. Por ello reclaman que se realicen estudios exhaustivos y que hasta que no se tengan resultados concluyentes se aplique el llamado Principio de Precaución. Y lo dicen porque lo que a día de hoy ya se sabe es que entre los efectos negativos para la salud de los transgénicos puede contarse la aparición de nuevas alergias. A este respecto Greenpeace aporta datos sobre casos de reacciones alérgicas graves en Estados Unidos por consumo de un maíz genéticamente modificado y advierte de que los casos de nuevas alergias –más o menos graves- se multiplicarían exponencialmente si se introdujeran en el mercado otros transgénicos. “Las consecuencias –afirma la organización- podrían ser tan incontrolables e irreversibles como las que se producirían en el medio ambiente”. Sin embargo, otros expertos señalan que la manipulación genética de los alimentos precisamente contribuye a eliminar numerosas alergias e intolerancias alimentarias porque, por ejemplo, podría cultivarse trigo sin gluten o producirse leche sin lactosa con sólo suprimir los genes que codifican esos alérgenos. Pretenden, en suma, que los organismos modificados genéticamente podrían en realidad considerarse alimentos con propiedades terapéuticas a los que, incluso, sería posible incorporarles vacunas. Lo que no dicen tales expertos es que la reacción alérgica la podría desencadenar el propio transgénico por la mayor cantidad de agrotóxicos que contiene o las proteínas “extrañas” que se utilizan para crearlos. A cualquiera de estos factores puede atribuirse la causa de que en ratones de laboratorio el maíz Mon863 de Monsanto provoque daños en los órganos y cambios en la composición sanguínea. Afortunadamente el informe secreto de la multinacional sobre el que iba a ser su nuevo producto saltó a la prensa justo antes de que la Comisión Europea diera su autorización -como tenía decidido- para ser comercializado para uso humano.

Cabe agregar que a pesar de la gravedad de lo ya expuesto lo que más preocupa en cualquier caso a un número creciente de científicos es que se pueda generar resistencia a los antibióticos por parte de determinadas bacterias nocivas para el hombre. El riesgo lo supone el hecho de que en los organismos modificados genéticamente se utilizan genes antibióticos para que la planta resista a plagas por bacterias y podría ocurrir que los transgénicos transfirieran a las bacterias humanas la capacidad de resistir a los antibióticos betalactámicos que son precisamente los más utilizados en la práctica clínica con el consiguiente peligro sanitario de consecuencias imprevisibles. A este respecto la Organización Mundial de la Salud (OMS) –apenas dominada por las grandes multinacionales, como todo el mundo sabe- afirma que “la presencia de genes de resistencia a antibióticos per se en un alimento transgénico no debería constituir un riesgo para la salud”. A pesar de lo cual, autocontradiciéndose -algo ya habitual-, ha prohibido la utilización de marcadores antibióticos en los organismos transgénicos. Por lo que pudiera ocurrir. Pero, ¿y los que ya se habían utilizado? Con el tiempo conoceremos las consecuencias.

LAGUNAS LEGALES

Ya hemos comentado que España es uno de los mercados más activos e interesantes para los productores de transgénicos. Pero, ¿cuántos españoles saben que –de manera directa o indirecta- están ingiriendo alimentos modificados genéticamente? Pues hay que decir que hasta abril del 2004 era ciertamente difícil que algún consumidor supiera que estaba consumiéndolos porque hasta entonces no era obligatorio para el productor etiquetar sus productos y, claro está, no lo hacía dada la mala imagen que tienen.

A partir de abril del 2004, sin embargo, la nueva ley europea sobre el etiquetado de alimentos manipulados genéticamente ha venido a poner algo de sentido común en esta situación y a favorecer el derecho a elegir de un consumidor informado. Así, esta normativa obliga a etiquetar los alimentos que contengan más de un 0,9% de organismos modificados genéticamente (OMG) o derivados de éstos -en cualquiera de sus formas- para que puedan ser comercializados en la Unión Europea. En la etiqueta se debe hacer constar la mención “modificado genéticamente” o “producido a partir –nombre del ingrediente- modificado genéticamente”. Estas advertencias deberían pues aparecer ya ¡en las dos terceras partes de los productos de alimentación elaborados que ingerimos! ya que tal es la cantidad de alimentos que actualmente contienen derivados de soja o maíz transgénicos. La Unión Europea da una cifra escandalosa: cada año 20 millones de toneladas de organismos modificados genéticamente entran en la cadena alimentaria de los ciudadanos europeos. Y se podría añadir: “Sin que la mayoría de ellos lo sepa y, por tanto, pueda decidir si adquiere el producto o no”.

Es un primer paso aunque lo cierto es que se produce la paradoja de que la propia ley crea un vacío legal pues no obliga a etiquetar... los productos derivados de animales alimentados con transgénicos. Es decir, que podemos estar consumiendo carne, huevos o leche procedentes de animales alimentados con organismos modificados genéticamente sin que se nos informe de ello. “Teniendo en cuenta –dice Greenpeace- que la mayor parte de los cultivos transgénicos actuales van destinados a piensos compuestos ello quiere decir que los transgénicos siguen entrando en la cadena alimentaria sin que el consumidor pueda percibirlo y decidir por tanto si quiere consumir este tipo de productos o no”. Tampoco requieren etiquetado los productos elaborados con enzimas, fermentos u otras sustancias modificadas genéticamente empleadas en el proceso de fabricación de los alimentos. Pero lo que resulta ya demencial es que esta nueva normativa no enmiende las carencias de las anteriores. Así, por ejemplo, sigue habiendo una “laguna” –obviamente se ha hecho a propósito- sobre la responsabilidad por daños a la salud y al medio ambiente. No deja de ser muy significativo que las grandes compañías que afirman la inocuidad de los transgénicos se resistan a que se regule la responsabilidad por los posibles daños asociados a sus productos. En otras palabras, casi han conseguido la impunidad.

En resumen, como bien denuncian las organizaciones de consumidores, las leyes comunitarias –y, por tanto, las nacionales- sobre transgénicos son más que insuficientes. Y Greenpeace añade: “Las autoridades parecen preocuparse más de atraer las inversiones de las grandes transnacionales de la biotecnología y de no soliviantar al poderoso departamento de Comercio de los Estados Unidos que de proteger la salud ciudadana, el medio ambiente y la agricultura europeas”. De ahí que para compensar el vacío informativo que estas normativas producen la organización ecologista decidiera publicar en marzo del 2005 la tercera edición de su Guía roja y verde de alimentos transgénicos que se actualizó en septiembre de ese mismo año, que sigue vigente -tal como han comentado a esta revista- y que en su lista roja incluye “aquellos productos comercializados en España cuyos fabricantes no han garantizado a los expertos de Greenpeace que los ingredientes o aditivos de sus productos están libres de transgénicos o sus derivados”. Bueno, pues en esa lista roja –que se puede consultar junto con el resto de la guía en la web de Greenpeace (www.greenpeace.org) se encuentran:

-Las marcas propias de UNIDE.
-Los aceites y margarinas de la empresa MIGASA.
-Los productos de alimentación infantil de ALTER FARMACIA (Nutribén, Diet Alter,...).
-Los alimentos preparados y conservas de LA COCINERA.
-Las bebidas de las empresas LA ZARAGOZANA y DAMM.
-Los congelados de FRIPOZO y LA COCINERA.
-Los chocolates y golosinas de JOYCO (Trex, Solano, Chimox, etc.).
-Las galletas de INDUSTRIAS RODRÍGUEZ (Virginias, etc.).
-Los helados de ROYNE y KALISE MENORQUINA.
-Las patatas fritas y snacks de CRECS y FACUNDO.
-Los postres, mermeladas y cremas de LACREM (Farggi).
-Las salsas de CHOVI.

El objetivo de esta Guía, según Greenpeace, es facilitar que el consumidor esté informado para que pueda elegir libremente, algo que ni las propias normativas europeas le permiten por atender a otros intereses. Por nuestra parte, no vamos a ingerir uno sólo de esos productos.

ALGUNAS EMPRESAS RESPONDEN A GREENPEACE

Días antes de la publicación del presente reportaje el director de Discovery DSALUD,José Antonio Campoy,envió un fax a todas las empresas incluidas en la “lista roja” de la Guía roja y verde de alimentos transgénicos de Greenpeace para comunicarles que íbamos a publicar esa relación ofreciéndoles la oportunidad de expresar su parecer. Pues bien, varias nos respondieron de inmediato negando rotundamente que usen transgénicos en sus productos. Así lo hizo elGrupo Kalise Menorquina por mediación de Patricio Garrido, Director de Calidad del grupo, quien nos aseguró que sus productos cumplen con la legislación en materia de organismos genéticamente modificados (reglamentos CE 1829/2003 y 1830/2003) y de etiquetaje, presentación y publicidad de alimentos (RD 1334/1999 y sus posteriores correcciones). María Carmen Briceño, Directoradel Laboratorio de Calidad e I+D de Lacrem, S.A. (Farggi)afirmaría que ellos sólo usan ingredientes no transgénicos. “Hace años que sustituimos los ingredientes transgénicos o susceptibles de serlo por otros que no lo eran aunque ello incrementara el coste del producto”, nos aseguró.Por su parte, Federico Segarra Gurría,Jefe de Comunicación y Relaciones Externas delGrupo Damm, nos remitiría a la propia página web de la entidad donde se puede leer que “Damm cumple escrupulosamente toda la reglamentación legal requerida y, por tanto, la no inclusión en el etiquetado indicando el empleo de ingredientes procedentes de cultivos transgénicos es garantía para sus consumidores de que no incorporan ni maíz ni cualquier otro ingrediente derivado de este tipo de cultivo en ninguna etapa del proceso de elaboración”. Otro tanto nos manifestóNeus Martínez Roldán, responsable de Comunicación de Nestlé sobre los productosLa Cocinera que pertenecen al grupo. “Ninguno de nuestros productos en España contiene transgénicos. Puedo asegurárselo”, nos dijo telefónicamente. También la responsable del gabinete de comunicación de ElPozo Alimentación –y, por tanto, de Fripozo-,Ana Marín Conesa,negó rotundamente que sus productos contengan organismos genéticamente modificados. “Para comprobarlo basta con leer el etiquetado”, diría con firmeza. En el mismo sentido se pronunció Marta Riesgo, Directora Técnica deChovi S.L., quien afirmó igualmente: “No usamos materias primas de origen transgénico”. Añadiendo que la exigencia de Greenpeace para que las empresas demuestren esa afirmación no se justifica porque “se trata de una organización no gubernamental con intereses propios” y ellos deben cumplir la legislación, responder ante las autoridades gubernamentales y dar cuenta a los consumidores. No aceptando pues que una entidad privada les fiscalice. Una opinión, debemos añadir, que nos manifestaron prácticamente todos nuestros interlocutores. En el momento de cerrar este número de la revista no habíamos recibido más comunicaciones.

LOS “DICTADORES DE LA ALIMENTACIÓN”

Así llaman los colectivos que hemos mencionado a lo largo del texto a las empresas multinacionales que promueven la comercialización de transgénicos. Y lo son si tenemos en cuenta que, además de todo lo dicho, los organismos modificados genéticamente (OMG) suponen una importante fuente de poder monopolístico ya que son patentables y favorecen la concentración del capital en muy pocas manos. Es tal además la “presión” que ejercen estos grupos sobre los políticos -¡va siendo hora de que se investigue de una vez el origen de algunos patrimonios!- que a pesar de que la inmensa mayoría de los consumidores los rechazan ellos hacen oídos sordos y se sigue autorizando su experimentación y comercialización. Una peligrosa “sordera” selectiva de la que muchos probablemente se arrepentirán algún día.

 

L. J.

 


 

¿Sabía que según Greenpeace...

...a España llegan anualmente 6 millones de toneladas de soja de las que el 66% es transgénica y millón y medio de toneladas de maíz de países que cultivan masivamente organismos modificados genéticamente (OMG)?
...España es el único país de la Unión Europea que cultiva transgénicos a escala comercial? En el 2004, por ejemplo, se cultivaron casi 60.000 hectáreas de maíz modificado con genes de bacterias.
...dos terceras partes de los alimentos que ingerimos contienen derivados de soja y de maíz?
...en los cultivos transgénicos se emplean muchos productos tóxicos -al contrario de lo que dicen las empresas que los promueven- con el consiguiente daño para el medio ambiente y la salud?
...se está experimentando con genes de vaca en plantas de soja, con genes de polilla en manzanas e, incluso, con genes de rata en lechugas?
...desde el 18 de abril del 2004 todos los alimentos modificados genéticamente –excepto los productos derivados de animales como la carne, la leche y los huevos- procedentes de cosechas transgénicas tienen que llevar en la etiqueta la mención “modificado genéticamente”

 


 

Zonas Libres de Transgénicos

En la actualidad 162 regiones o provincias y más de 4.500 administraciones locales europeas se han declarado Zona Libre de Transgénicos o han comunicado su intención de restringir estos cultivos. Entre ellas se cuentan 8 de las 9 provincias de Austria, las 54 prefecturas griegas -con lo que Grecia se ha convertido en el primer estado miembro de la Unión Europea declarado totalmente libre de OMG-, casi el 80% del territorio italiano, más de 1.250 municipios, 15 regiones y 5 departamentos de Francia y casi la mitad de Polonia. En nuestro país también el País Vasco y el Principado de Asturias forman parte de la red habiéndolo solicitado igualmente Canarias y Cataluña (Fuente: Greenpeace y Amigos de la Tierra)
 



© 2016 DSALUD.COM
Ediciones MK3 S.L. C/ Puerto de los Leones 2, 2ª Planta. Oficina 9,
28220 Majadahonda, Madrid. TF:91 638 27 28. FAX:91 638 40 43. e-mail: mk3@dsalud.com
Todos los textos que aparecen en esta web están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual. Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento sin autorización previa, expresa y por escrito del editor.

   
Usuario
Contraseña
DSALUD | INICIAR SESIÓN

DSALUD | SUSCRÍBASE
DSALUD LIBROS
FUNDACIÓN PARA LA SALUD GEOAMBIENTAL
LAMBERTS ESPAÑOLA
100 % NATURAL
NATURSANIX
CRYSTAL MIND
SLACKSTONE II
SM
NUTERGIA
SILICIUM
NATURAL POWER TECH
SUN CHLORELLA
RENOVEN
EURO ESPES
DETECTIVES PRIVADOS INDICIOS
CABEZA FERRER