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     REPORTAJES
NÚMERO 66 / NOVIEMBRE / 2004

EL MÉTODO KELLEY-GONZÁLEZ

 

El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos tiene en marcha un importante estudio comparativo entre los efectos de las enzimas pancreáticas y la quimioterapia convencional en el tratamiento del cáncer de páncreas al no poder seguir ignorando los resultados obtenidos por el doctor norteamericano Nicholas Gonzalez que demuestran la eficacia de un tratamiento combinado de enzimas, dieta, suplementos nutricionales y enemas de café. Las enzimas serían el núcleo fundamental de esta terapia que, en sus líneas básicas, fue ya formulada por William Donald Kelley en la década de los 60 del pasado siglo XX.

Las enzimas pancreáticas son la principal defensa del organismo humano contra el cáncer. Así lo sostiene al menos el doctor norteamericano Nicholas González quien ha desarrollado un tratamiento natural a base a enzimas pancreáticas porcinas, dieta y suplementos nutritivos que, junto a la aplicación de enemas de café para desintoxicar el organismo, permiten potenciar el sistema inmune. De hecho, como sus resultados en el tratamiento de enfermos de cáncer de páncreas han sido tan esperanzadores el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos no ha podido seguir ignorándolos y ha puesto en marcha un amplio estudio que en la actualidad se halla ya en fase III para confirmar lo que muchos investigadores vienen sosteniendo desde principios del siglo pasado sin encontrar eco en la oncología oficial: la efectividad de las enzimas pancreáticas para tratar el cáncer.

Hay que decir no obstante que mucho antes que él William Donald Kelley -en la década de los 60 del siglo pasado- obtuvo ya resultados terapéuticos con las enzimas pancreáticas desarrollando lo que se conocería como Método Kelley y que precisamente es la base de los trabajos de González y de su colaboradora Lissa Isaacs. Aunque la verdad es que tampoco fue Kelley quien descubrió las posibilidades de las enzimas pancreáticas. Porque tanto él como Ernst Krebs Jr., impulsor del Laetrile –fármaco basado en la vitamina B17(lea el lector en nuestra web www.dsalud.com lo publicado al respecto en el artículo aparecido en el nº 64 con el título Sorprendente tratamiento del cáncer con vitamina B17 y un compuesto de plantas)-,no son sino parte del hilo conductor de una teoría enunciada por primera vez ¡en 1902! por el embriólogo escocés John Beard quien en un artículo publicado ese año ya afirmaba que “las enzimas proteolíticas pancreáticas representan la defensa principal del cuerpo contra el cáncer”. Y es que según la teoría sobre el cáncer propuesta por Beard -e ignorada durante un siglo- el proceso del cáncer es idéntico al del trofoblasto, la masa celular que da lugar a la placenta y cuyo crecimiento sólo es detenido por las enzimas pancreáticas del bebé y su madre.

ENZIMAS PANCREÁTICAS FRENTE A QUIMIOTERAPIA

En todo caso ha sido Nicholas González quien hoy, ateniéndose a las reglas de la ortodoxia científica, ha conseguido centrar el foco del interés de la oncología oficial sobre esta teoría casi centenaria ignorada por la industria oncológica del medicamento, sobre todo en Estados Unidos. El propósito del estudio que está en marcha es confirmar si en los casos de cáncer de páncreas es más efectiva la quimioterapia convencional con gemcitabina o la propuesta por el doctor González.

Según puede leerse en la propia documentación oficial del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos “Gonzalez, un médico de Nueva York, presentó los resultados de su tratamiento con terapia nutritiva al Instituto de Cáncer Nacional en 1993. Había tratado a 11 pacientes con cánceres diversos pero los beneficios de su terapia no estaban bien definidos. El Instituto Nacional del Cáncer concluyó que para determinar si el tratamiento era beneficioso o no debería realizar un estudio en mayor profundidad. El Dr. González escogió entonces estudiar a los pacientes de cáncer de páncreas dado que tenía la impresión de que los pacientes con ese tipo de cáncer mejoraban con ella. Pues bien, cinco de los once pacientes de la serie inicial -esponsorizada por Nestlé Corporation- sobrevivieron dos años o más y los resultados se publicaron en el diario médico ‘Nutrición y Cáncer’. Los pacientes sometidos al tratamiento de González vivieron un promedio de 17 meses y medio, casi tres veces más que  el periodo de supervivencia usual para los pacientes con cáncer pancreático avanzado. La supervivencia observada en esta serie fue suficiente para que un grupo del Hospital Presbiteriano de Columbia, junto con los Institutos Nacionales de Salud (NIH), emprendieran un ensayo en fase III aleatorio”.

Evidentemente, siendo el cáncer de páncreas uno de los más rápidos en progresar los resultados publicados en Nutrición y Cáncer no podían dejar indiferente a la comunidad oncológica oficial. Y después de un año de tratamiento con grandes dosis de enzimas pancreáticas porcinas, oralmente ingeridas, suplementos nutritivos, procedimientos de desintoxicación y una dieta orgánica... el 81% de los pacientes que sufrían la fase inoperable II-IV de adenocarcinoma pancreático sobrevivieron un año, el 45% sobrevivió dos y el 36% tres. Estos resultados mejoraban espectacularmente las cifras de supervivencia oficiales: el 25% de supervivencia a un año y el 10% supervivencia a dos años para todas las fases de adenocarcinoma pancreático.

La confianza de González y Lissa Isaacs de que antes o después se tendrán que reconocer los beneficios de esta terapia centenaria se basa además en los magníficos resultados que se siguen obteniendo en la investigación de base destinada a probar el tratamiento de enzimas en modelos animales con cáncer pancreático. Hace sólo unos meses -en mayo de este año- se publicaron en la revista Páncreas -que como Nutrición y Cáncer acostumbra a revisar los trabajos antes de publicarlos- los resultados de la última investigación realizada. En ella se indujo a un grupo de ratones una forma muy agresiva de cáncer pancreático humano y luego se proporcionó a una mitad enzimas pancreáticas mientras a la otra mitad no se le dio ningún tratamiento. Pues bien, los ratones que fueron tratados con enzimas mostraron un menor crecimiento del tumor y una mejora significativa en su supervivencia y conducta en comparación con los animales que no recibieron las enzimas. El investigador principal del estudio, Murat Saruc -del Eppley Institute for Research in Cancer and Allied Diseases de Omaha- escribió en la conclusión del artículo: “En resumen, PPE (pancreatic enzyme extracts) es, experimental y clínicamente, el primer agente probado para el tratamiento eficaz de cáncer pancreático. Las ventajas significativas de PPE sobre cualquier otra modalidad terapéutica actualmente disponible incluyen sus efectos en la condición física, nutrición y falta de toxicidad”.

Obviamente no se puede extrapolar directamente la investigación en animales a los seres humanos pero es igualmente evidente que los resultados no dejan de ser significativos y prometedores. Sobre todo porque con este nuevo estudio sigue lloviendo sobre mojado

VEINTE AÑOS ANTES...

Hay que decir que el interés de González por las enzimas comenzó en 1981 cuando siendo estudiante en el Cornell Medical College y durante un estudio de postgrado dirigido por Robert A. Good -director del Instituto de Investigación Sloan-Kettering, uno de los centros de referencia de la oncología oficial- se interesó por los trabajos del antes mencionado William Donald Kelley y su método para tratar el cáncer.

Kelley, ortodoncista en el estado de Washington, había desarrollado su Programa nutritivo-metabólico contra el cáncer en los años sesenta. Resulta que en 1960 le diagnosticaron cáncer pancreático, decidió no conformarse con su suerte y ante la falta de respuestas de la medicina oficial sus investigaciones le llevaron hasta la terapia nutricional de Gerson y las teorías de Beard sobre el cáncer como masa trofoblástica con las enzimas pancreáticas como solución para detener su crecimiento. A partir de ahí desarrollaría su propio método que no es sino la fusión de varios tratamientos naturales para tratar el cáncer que incluye la ingesta de enzimas pancreáticas, una terapia nutritiva, la desintoxicación del organismo, la estimulación neurológica -mediante Osteopatía, Quiropráctica, etc.- y una necesaria espiritualidad que después no sería tenida en cuenta por González al redefinir el método. Kelley sobrevivió al cáncer de páncreas, al acoso de la medicina oficial y cruzó con salud la frontera del nuevo siglo orientando desde entonces a los enfermos de cáncer sobre lo que debían hacer para sobrevivir a la enfermedad.

González, por su parte, decidió hacer una revisión en profundidad de más de 1.036 pacientes de cáncer tratados por Kelley hasta mediados de los 80. Y de ellos escogió a 50 que habían experimentado grandes beneficios con el tratamiento en distintos tipos de cáncer. “Un estudio como el mío -concluyó Gonzalez entonces- no puede, claro, demostrar concluyentemente que el tratamiento de Kelley cura el cáncer dado que los pacientes que fueron evaluados no fueron tratados bajo condiciones controladas. No obstante, un número significativo de pacientes con cáncer terminal diagnosticado disfrutó de regresiones impresionantes de la enfermedad mientras estaba bajo el tratamiento de Kelley".

En 1987 el propio González empezaría a tratar a enfermos de cáncer desahuciados con el método de Kelley -incluyendo algunas modificaciones en las terapias secundarias- aunque manteniendo como núcleo del mismo las enzimas pancreáticas porcinas. Iniciaría así un esfuerzo por convencer a la oncología oficial que culminó con la publicación de sus espectaculares resultados en la revista Nutrición y Cáncer, la lucha política por conseguir la atención del Instituto Nacional del Cáncer y la puesta en marcha de un estudio centrado en el cáncer de páncreas que debió haberse realizado hace ya décadas.

González, por supuesto, está convencido de que su método funciona igual de bien con otro tipo de cánceres. “Aunque nuestra investigación publicada trata sobre el cáncer pancreático –nos comentó- nosotros tratamos a pacientes con todo tipo de cánceres e, incluso,  a pacientes con una amplia variedad de otros problemas desde el síndrome de fatiga crónica a esclerosis múltiple. Obviamente, cada protocolo de tratamiento se individualiza”. 

LA TEORÍA TROFOBLÁSTICA DEL CÁNCER

Los resultados obtenidos por las enzimas pancreáticas como defensa anticancerígena del organismo nos invitan a recordar la teoría centenaria que los sustentan. En junio del 2002 se cumplió el centenario de la publicación en The Lancet de Embryological Aspects and Etiology of Carcinoma, un artículo del antes mencionado embriólogo escocés John Beard (1858-1924) que recoge una nueva teoría sobre la naturaleza del cáncer y su tratamiento -la Teoría Trofoblástica- que llegaría a ser citada en la prestigiosa Enciclopedia Británica. En 1911 Beard, como resultado de sus estudios, publicó The Enzyme Treatment of Cancer and Its Scientific Basis, obra en la que refuerza su teoría y explica el uso de las enzimas digestivas como agente anticancerígeno. Su trabajo sería ignorado por la oncología oficial durante un siglo aunque consiguió sobrevivir entre los defensores de los métodos naturales de tratamiento del cáncer, sobre todo en Europa.

¿Y qué plantea la Teoría Trofoblástica de Beard? Pues se basa en la afirmación de que las células cancerígenas son de la misma naturaleza que las células trofoblásticas encargadas de elaborar la placenta para la instalación del embrión: invasivas, corrosivas y metastásicas. Afirmación que nos lleva al momento de la concepción humana. Lo explicamos...

En los primeros 5 días después de la fertilización y durante la formación de un embrión humano la masa creciente de células se divide en dos tipos: una masa celular interna (embrioblasto) que se convierte en el embrión y una capa exterior de células llamada trofoblasto. Y para evitar que el nuevo ser sea expulsado del útero las células del trofoblasto se multiplican (como en una metástasis) sobre el muro del útero. Es decir, los trofoblastos invaden la superficie del útero creciendo rápida e invasivamente, digieren parte del mismo para formar un agujero en su pared y van formando múltiples ramificaciones o arborescencias llamadas vellosidades coriales que se infiltran en el endometrio. A alrededor de cada una de esas vellosidades llegan las arterias maternas y forman lagos sanguíneos que regresan, por las venas, a la circulación materna. Esto implica que la membrana que rodea las vellosidades coriales (membrana placentaria) se constituye en la frontera entre la madre y el bebé. A partir de la formación de la placenta, con un buen suministro de comida y ningún peligro de ser expulsado de la madre el embrión puede continuar creciendo seguro hasta el nacimiento. Ahora bien, si la placenta no deja de crecer puede entonces desarrollarse un tipo de cáncer llamado cariocarcinoma.

Bueno, pues Beard pensó que si encontraba la razón por la que la placenta dejaba de crecer... encontraría también la manera de evitar el crecimiento de un tumor cancerígeno. Aquella idea le llevó 10 años de investigación durante los cuales estudió el crecimiento de cada órgano, de cada tejido... y la única conexión que finalmente encontró fue que en todos los mamíferos la placenta deja de crecer el día en que el páncreas del embrión empieza a trabajar. De lo que dedujo que el embrión utilizaba las enzimas digestivas para detener el crecimiento de la placenta y que, por tanto, quizás pudiera utilizarse el mismo sistema para detener el crecimiento del cáncer.

Pero, ¿cómo se inicia el crecimiento de un trofoblasto fuera del útero? Sigamos con la teoría del embriólogo escocés. Durante el desarrollo del feto llega un momento en el que las células germinales embrionarias (troncales) que darán a las células germinales (espermatozoides y óvulos) dejan de multiplicarse y comienzan a migrar hacia las gónadas (ovarios o testículos). Solo que miles de esas células germinales embrionarias no acaban de completar la migración y permanecen depositadas en distintas áreas del cuerpo en estado inactivo. Pues bien, según Beard todo lo que se necesita para que aparezca un cáncer es “el cambio de una célula germinal ectópica (fuera de lugar) en una célula germinal trofoblástica. Y ese cambio lo provoca ¡un exceso de hormonas femeninas!

Como se sabe, en realidad tanto hombres como mujeres tienen hormonas “masculinas” y “femeninas”. Y cuando por factores genéticos, medioambientales o nutritivos se produce un desequilibrio, una masa tumoral similar al trofoblasto invasor empieza a formarse a partir de las células germinales que, según Beard, son pluripotenciales, es decir, células capaces de dar lugar a todos los tipos de células diferenciadas del organismo.

En suma, las células trofoblásticas -ahora células cancerígenas- crecen rápidamente intentando formar una “placenta” (el tumor) ya que poseen la habilidad natural de invadir el órgano afectado. Por consiguiente, la malignidad según Beard no deriva de una célula normal que en un momento determinado entra en un estado de proliferación salvaje sino ¡de una célula germinal primitiva que empieza a crecer normalmente en un lugar equivocado! Y, por tanto, si el desequilibrio que desencadena la activación de la célula germinal como célula trofoblástica se produce en ausencia de la adecuada cantidad de enzimas pancreáticas -encargadas de digerir los tejidos trofoblásticos- el desarrollo tumoral es inevitable.

Beard agrega que las principales razones para que en el cuerpo no se halle una cantidad suficiente de enzimas pancreáticas activas en un momento tan delicado pueden ser varias. Entre ellas, un sobreesfuerzo del páncreas debido a la ingesta de demasiadas proteínas (83% de los casos), una lesión neurológica que impide la producción de las enzimas pancreáticas (10%) o un desequilibrio químico del cuerpo que vuelve inactivas a las enzimas (7%).

La publicación de la teoría de Beard se vería sin embargo ensombrecida por la de otro libro: el de MarieCurie (1867-1934) anunciando que la radiación era segura, no tóxica y curaba todos los cánceres. La prensa y los científicos, como sabemos, optaron por creer a “madame Curiey lo planteado por Beard no se tuvo en cuenta. Años después se sabría la verdad tras la muerte por leucemia de un buen número de radiólogos, constatándose los enormes peligros de la radioterapia y comprobándose que la inmensa mayoría de los enfermos sufre secuelas que pueden incluso ser mortales tras recibir el tratamiento radiactivo. Beard quedó así en la sombra... pero no en el olvido. Porque su teoría, elaborada a partir de la observación y desde luego sin los medios actuales, lejos de ir perdiendo vigencia ha ido encontrando, con el paso de los años, nuevas pruebas que parecen avalarla.

LAGONADOTROPINA CORIÓNICA (HCG)

Para los defensores de la Teoría Trofoblástica sobre la naturaleza del cáncer el primer factor común entre trofoblasto y cáncer es la gonadotropina coriónica humana (hCG por sus siglas en inglés), una hormona producida únicamente por la placenta-trofoblasto durante el embarazo y que precisamente se utiliza como prueba para saber si una mujer está encinta. Investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas han llevado a utilizar la gonadotropina coriónica humana además para detectar el coriocarcinoma (un cáncer poco común del útero) y la enfermedad trofoblástica (un cáncer poco común que se desarrolla a partir de un huevo fertilizado anormalmente) así como la presencia de cánceres de testículo, ovario, hígado, estómago, páncreas y pulmón, entre otros.

En 1994 Alexander Krichevsky y sus colegas de la Columbia University comprobarían que las células cancerígenas muestran gonadotropina coriónica humanaen todas sus formas y Hernán Acevedo publicaría un año después en la revista Cáncer que “la gonadotropina coriónica humanaes un denominador bioquímico común en el cáncer”tras encontrar gonadotropina coriónica humana, subunidades suyas y/o fragmentos ¡en 85 líneas celulares diferentes de cáncer! Acevedo encontró además la gonadotropina coriónica humanaen tejidos tumorales malignos humanos. Concluiría así que “la gonadotropina coriónica humanaes una característica fenotípica común del cáncer”con lo que “después de un siglo se había demostrado que la teoría de Beard es conceptualmente correcta”.

Para completar la investigación el profesor William Regelson escribió en un editorial en la misma revista afirmando que “la gonadotropina coriónica humanadefine la agresividad metastásica de los tumores en los cuales se encuentra”.Ni las células no embrionarias ni las células de tumores benignos expresan gonadotropina coriónica humanamientras que “la subunidad beta de la gonadotropina coriónica humana–añadiría Regelson- es fenotipo definitorio de la transformación maligna”.

También un oncólogo como Rigdon Lentz, siendo jefe de Hematología y Oncología en el Comprenhensive Cancer Center de Valdosta, apuntaría en un artículo titulado The Phylogeny of Oncology que “el embarazo y el cáncer son las dos únicas condiciones biológicas en los cuales el tejido antigénico es tolerado por un sistema inmunitario aparentemente intacto”. Lentz concluía su ensayo con estas significativas palabras: “El tejido trofoblástico tiene todas las características de un verdadero cáncer, es profundamente invasivo, es altamente anaplástico en su morfología, tiene alto índice mitótico y produce antígenos oncofetales. En todos sus aspectos se comporta como un verdadero cáncer”.

Finalmente, ya en octubre del 2003, investigadores del Instituto Paterson de Investigación del Cáncer de Manchester publicaron un trabajo en Journal of Cell Science que vinculaba definitivamente trofoblasto y cáncer. Descubrieron que una molécula llamada 5T4 presente en muchos tipos de tumores cancerígenos y no en células adultas sanas se encuentra también en el trofoblasto embrionario que aísla la placenta del feto. “Pensamos –declaró Peter Stern, director de la investigación- que habíamos encontrado un factor común entre las células embrionarias en su desarrollo y las células del cáncer en el comienzo de la enfermedad. La molécula 5T4 es la responsable de que el embrión se convierta en feto y también es la culpable de que el cáncer tome movilidad, cree metástasis, crezca fuera de control y no le tenga miedo a nuestros anticuerpos burlándoles completamente”.

El siguiente paso del equipo de investigación fue comenzar -de la mano de los laboratorios- a trabajar en el desarrollo de una vacuna que incite a nuestros anticuerpos a atacar directamente la molécula culpable. Los ensayos clínicos con humanos ya han comenzado y la vacuna ha mostrado inicialmente ser “inmunogénica y segura”. El objetivo final es lograr una “bala mágica” basada en la molécula. “Estamos trabajando con ‘Biotech Active’ -dijo Stern a la revista New Scientist- para que el anticuerpo se agarre a la molécula, la siga y lleve hasta los tumores cancerígenos la medicina para matarlos".

LAS ENZIMAS PANCREÁTICAS 

En definitiva, cien años después hay evidencias científicas más que suficientes que respaldan la relación entre trofoblasto y cáncer. ¿Por qué pues los oncólogos no reparan en el papel que Beard dio a las enzimas pancreáticas para luchar contra el cáncer? Empecemos por recordar que las enzimas son proteínas que estimulan y aceleran las numerosas reacciones biológicas que se dan en nuestro organismo y que el páncreas es un órgano complejo con muchas funciones y propósitos. Los más conocidos son el metabolismo de los carbohidratos -cuyo mal funcionamiento tiene que ver con la aparición de la diabetes-, la producción de enzimas digestivas para digerir grasas, proteínas y almidones y su intervención en la digestión de sustancias de desecho metabólico. A todos ellos Beard añadió la de destrucción de las células precancerosas.

Basándose en sus estudios de Embriología Beard había llegado a la conclusión de que las enzimas pancreáticas no sólo degradan las células cancerígenas sino que generan un entorno de pH absolutamente hostil para las mismas. En sus experimentos Beard extraía enzimas de embriones animales y las inyectaba en el organismo enfermo. Creía que las enzimas tenían que ser inyectadas para prevenir su destrucción en el estómago por el ácido clorhídrico. Sin embargo, evidencias científicas posteriores demostrarían que, ingeridas oralmente, las enzimas proteolíticas pancreáticas son estables, el ácido no les afecta y pasan intactas al intestino delgado donde son absorbidas a través de la mucosa intestinal llegando al torrente sanguíneo como parte del proceso enteropancreático.

Es más, las enzimas pancreáticas viajan hasta el tumor y lo digieren sin dañar al resto del cuerpo. Beard explicó que el secreto por el que las enzimas pueden diferenciar entre las células saludables y las tumorales (trofoblásticas) radica en la configuración molecular, en la diferencia entre moléculas levógiras y dextrógiras. Cuando un haz de luz polarizada en un plano atraviesa ciertas sustancias el plano de polarización de la luz rota un ángulo hacia la derecha con las sustancias que se denominan dextrógiras o hacia la izquierda en las sustancias que se comportan como levógiras. Pues bien, Beard sostenía que la tripsina -una de las enzimas pancreáticas- no actúa contra los órganos del cuerpo humano porque están constituidos de proteínas levógiras. Sin embargo, la tripsina sí sería muy eficaz para atacar a las proteínas dextrógiras de las que están constituidos los tumores.

Cabe agregar que al igual que la teoría de Beard va siendo científicamente respaldada también su aplicación práctica está encontrando apoyo con el paso del tiempo. Desde que en 1906 Beard inyectara tripsina en ratones a los que les había inoculado células de cáncer hepático constatando días después que el tumor estaba necrosado han sido muchos los pasos dados. Pongamos sólo algunos ejemplos. Una investigación realizada en 1997 por Tibor Harrach y Frank Gebauer sobre la capacidad de varias enzimas proteolíticas para modular la molécula de adhesión CD44 -fundamental en el proceso de progresión del tumor y posterior metástasis- reveló que “enzimas proteolíticas como la bromelina, la papaína y la quimotripsina pudieron modular la molécula CD44 en las células de origen de la leucemia así como en las líneas celulares de melanoma y carcinoma mamario. El efecto más pronunciado se consiguió utilizando la proteasa bromelina. El tratamiento de proteasas (se llama así a las enzimas que catalizan la digestión otras proteínas) no sólo redujo la concentración de epítopes (lugares de anclaje) de CD44 en la superficie de células del tumor sino que sus resultados implican que el tratamiento con enzimas proteolíticas puede ser útil para reducir la conducta metastásica de las células malignas”.

En un estudio hecho con animales en el 2001 M. Wald confirmó esta disminución de CD44 y CD54 demostrando además que una mezcla de enzimas podía reducir la formación de metástasis de melanoma B16 a la vez que el tiempo de supervivencia se alargaba significativamente. Concluyendo que la serina y la cisteína son capaces de inhibir las metástasis. En otro estudio con ratones efectuado por Leighton King -investigador del St’Josephs Hospital en Arizona- se constató cómo basta agregar pancreatina a la dieta para que aumente el nivel de anticuerpos en un 260%. Y una tercera investigación, esta vez de P. D. J. Holland en humanos, demostró que las enzimas proteolíticas refuerzan el inmune aumentando significativamente el número de linfocitos T, sobre todo en los grupos de mayor edad y en los pacientes con enfermedades malignas.

Y son sólo algunos ejemplos de investigación base porque existen otros estudios realizados con seres humanos que van en la misma dirección. En uno de ellos recientemente publicado en la revista Cáncer, Chemotherapeutics and Pharmacology los pacientes tratados de cáncer de colon con enzimas orales experimentaron una significativa reducción de los síntomas asociados a la enfermedad, según el director de la investigación Tadeuz Popuela, del Department of General Gastroenterological Surgical Clinica de Cracovia (Polonia). Es más, se constató que reducía las reacciones adversas de los tratamientos de radioterapia y quimioterapia.

Obviamente podríamos seguir citando estudios e investigaciones pero no es el motivo de este reportaje seguir profundizando en las posibilidades de las enzimas en la lucha contra el cáncer -cosa que haremos próximamente- sino dejar claro que las enzimas pancreáticas -núcleo de la terapia Kelley-González- forman parte por derecho propio del arsenal natural contra el cáncer. Y de ellas, los pacientes de González reciben 45 gramos diarios por vía oral distribuidas a lo largo del día.

En todo caso, si decide seguir informándose sobre esta línea terapéutica tenga muy en cuenta las palabras del propio doctor González: “Nuestra experiencia indica que la calidad, métodos industriales y composición varían ampliamente entre las preparaciones disponibles comercialmente de enzimas pancreáticas. Por tanto, no pueden usarse los resultados de nuestros estudios como aprobación para cualquier otro producto obtenido en una tienda de suplementos, una farmacia o a través de Internet”. Es decir, en la cantidad, calidad y combinación de las enzimas está la cuestión.

LA TERAPIA NUTRITIVA 

La dieta alimenticia es otro de los soportes fundamentales tanto del método de Kelley como del de González. Cuando Donald Kelley se enteró de que moriría de cáncer de páncreas se lo comunicó a su madre y lo primero que ésta hizo al llegar a su lado fue ¡cambiarle por completo la dieta! Kelley había vivido principalmente a base de hamburguesas, fritos y chocolate... y a partir de entonces empezó a comer fruta, verduras, legumbres, semillas y nueces. Pasaron las semanas y lejos de empeorar comenzó a sentirse mejor así que buscando información sobre nutrición y cáncer acabó encontrando la dieta Gerson, elaborada por un importante médico alemán que ya en la década de los 30 del siglo XX había desarrollado su propia terapia para enfrentarse a las enfermedades degenerativas a base de frutas y verduras frescas, nueces, semillas y, sobre todo, muchos zumos frescos (de 8 a diez vasos al día). Kelley siguió a rajatabla la dieta sintiendo cómo mejoraba día a día pero también percibió que si se apartaba de la dieta el tumor y los síntomas volvían a manifestarse. Así que buscando alivio para algunas de las molestias provocadas por el tumor Kelley se confió a su farmacéutico y recibió de éste un recipiente grande de enzimas pancreáticas. A los 3 días estaba tomando ya 50 cápsulas de enzimas con cada comida. Según contaría luego, primero empezó a sentir que los dolores por los tumores eran mucho más suaves y finalmente “cómo encogían y se disolvían”. Pero necesitaba seguir con el mismo régimen nutricional. El programa de Kelley, hoy, prescribe una dieta que se ajusta a cada individuo y que ha ido evolucionando a lo largo de los años. Podría llegar a hablarse incluso de tres dietas: una vegetariana, una algo carnívora -ya que encontró a lo largo de los años personas que no pueden prescindir de la carne- y una tercera categoría que necesita de las dos anteriores.

En general la dieta pone mucho énfasis en las frutas frescas, las verduras crudas y el consumo de zumos frescos de frutas y verduras recién hechos a diario. También priman las fuentes de proteína basadas en plantas como cereales, nueces, semillas y granos. Y permite uno o dos huevos diariamente. En cambio, rechaza las comidas procesadas, la leche, los cacahuetes, el azúcar blanco y el arroz blanco. Las proteínas animales -sobre todo las carnes rojas- quedan reservadas para los casos concretos en que sean absolutamente necesarias.

En su estudio de la nutrición Kelley llegó a evaluar los resultados de las dietas en función del funcionamiento del sistema nervioso simpático y parasimpático de sus pacientes ya que dependiendo de cuál de ellos sea el dominante sería necesaria una dieta u otra. Pues bien, el programa nutritivo de González sigue esta línea y a través del análisis del cabello diseña una dieta individual que puede ir desde la dieta vegetariana pura a una dieta que requiera carne roja. Dieta que se complementa con suplementos que también se indican de forma individualizada. Con González cada paciente de cáncer consume diariamente entre 130 y 175 cápsulas que incluyen vitaminas, minerales, elementos micronutrientes, antioxidantes y productos glandulares animales, prescritos según las necesidades del paciente y el tipo de cáncer.

Igual que había hecho anteriormente Kelley. trató de relacionar la dieta natural a base de alimentos crudos con el beneficio de las enzimas pancreáticas y la teoría de Beard. De esta manera averiguó que cuando se cocinan los alimentos, aunque las vitaminas y minerales no queden completamente destruidos la eficacia de las enzimas se pierde. La comida fresca y cruda, por el contrario, permite al organismo adquirir las enzimas necesarias para su adecuado funcionamiento.

LOS ENEMAS DE CAFÉ

Pero volvamos a la experiencia de Kelley... Porque hay que decir que si bien la nueva dieta había estabilizado su estado físico y las enzimas se encargaban del tumor notó que cada cierto tiempo empeoraba. Decidió entonces dejar de tomar momentáneamente las enzimas cuando eso sucedía... y comprobó que los síntomas disminuían. Sin embargo, también notó que al poco tiempo el tumor volvía a recuperarse. Hasta que concluyó que los períodos en los que se sentía mal eran causados por los restos metabólicos del tumor atacado por las enzimas... que resultaban tóxicos para su organismo. Y encontró la solución en los enemas de café, sin duda la parte de su método que más controversia ha suscitado. Claro que Kelley no se informó de los enemas de café a través de manuales de medicinas alternativas sino en el internacionalmente reconocido Manual Merck que los había incluido como instrumento terapéutico ¡en 1889! Y comprobó que daban resultado.

Por eso en su programa Kelley recomienda que los pacientes realicen al menos una vez al día una desintoxicación interna con enemas de café. Como decimos, la razón de someterse periódicamente a una técnica de desintoxicación como esa es que las enzimas, en cantidades suficientes, al descomponer el tumor canceroso generan restos metabólicos que resultan bastante tóxicos para el cuerpo humano. Algo que ya había anunciado Beard en 1911. Y esas sustancias tóxicas deben, por tanto, ser eliminadas cuanto antes. Algo que logra con efectividad un enema de café. Resulta que al incluirlo en el agua que entra por el colon el café termina siendo absorbido por el hígado a través de la vena porta que recoge del intestino la sangre cargada con sustancias alimenticias digeridas para que el hígado las procese. La cafeína del café relaja entonces los músculos lisos de los conductos biliares provocando una mayor amplitud de los mismos y facilitando la excreción de los tóxicos. Los enemas servirían además para lavar y limpiar completamente las paredes del intestino, quitar la mucosidad anormal y vaciarlo. La limpieza del colon facilita la eliminación de residuos.

“De los centenares de pacientes de Kelley que entrevisté durante mi estudio–afirma González- todos ellos me informaron del alivio sintomático significativo que experimentaban con los enemas. En mi propia práctica mis pacientes me informan de ese mismo bienestar y del alivio de los síntomas después de un enema de café. Y los enemas, por nuestra experiencia, parecen ser seguros. No tengo documentado ningún efecto colateral serio en los miles de pacientes de Kelley que evalué ni en mi propia experiencia. Sin embargo, no animo a nadie a intentar aplicarse los enemas de café salvo si lo hace bajo la supervisión de un profesional". En cualquier caso –añadiremos nosotros-, ni los enemas de café, ni ningún otro de los elementos citados a nivel informativo en este artículo deben utilizarse sin la supervisión de profesionales debidamente preparados.

Para terminar diremos que aunque González no lo ha asumido como parte de su método terapéutico, el programa de Kelley buscaba influir sobre el sistema nervioso autónomo del paciente y aconsejaba trabajar también sobre el lado “espiritual” del enfermo. Cada vez está más constatado que muchas técnicas -incluyendo el Zen, el yoga, la meditación y algunas formas de oración- ofrecen a menudo como repuesta fisiológica una relajación que se caracteriza por una disminución del metabolismo, de la frecuencia cardíaca y respiratoria, de la tensión sistólica y diastólica, y de las ondas cerebrales alfa, theta y delta. Todo ello contribuye a un mayor bienestar. Así pues, formen parte o no de un tratamiento está claro que cualquiera de estas técnicas es recomendable para el bienestar físico y mental de una persona.

El método Kelley-Gonzalez supone, en definitiva, un cambio total en la vida de cada enfermo que se ve obligado a romper con sus hábitos y costumbres para buscar una solución a la enfermedad y asumir de forma activa su mejoría.

ENTREVISTA CON NICHOLAS GONZALEZ

Antes de dar por concluido este texto quisimos saber cómo se hallaba, en el momento de cerrar esta edición, el estudio que el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos tiene en marcha sobre el método de Nicholas González, según explicamos al empezar este artículo. Tales fueron sus respuestas:

-El estudio –nos diría- continúa desarrollándose en la Universidad de Columbia (Nueva York) bajo la dirección del Dr. Chabot. Esperamos que esté terminado para dentro de dos años. Tenga en cuenta que los ensayos clínicos siempre avanzan despacio y a veces puede llevar hasta cinco años conseguir un estudio clínico terminado. En nuestro caso el estudio comenzó lentamente por distintas razones. Y es que ha sido la primera vez que el Instituto Nacional del Cáncer se ha involucrado realmente con un tratamiento de tipo alternativo por lo que hubo mucho trabajo que hacer hasta que el estudio quedó preparado a plena satisfacción de todos. En suma, sigue adelante.

-¿Cuál es actualmente la situación legal de su tratamiento?

-En Estados Unidos no hay ningún problema legal con su práctica. Sé que en Europa, debido al Codex Alimentarius, el suministro de suplementos es cada vez más difícil pero aquí, por el momento, no hemos tenido ningún problema. La terapia se lleva a cabo a diario sin dificultad. Y debo decirle que las enzimas siguen funcionando tan bien como lo han hecho desde el principio. Los resultados en nuestra práctica global son realmente buenos desde hace cinco años.

-La decisión del Instituto Nacional del Cáncer de llevar a acabo un estudio sobre su método de tratamiento y las enzimas pancreáticas, ¿ha modificado la opinión de la oncología oficial sobre el mismo?

-Creo que la involucración del Instituto Nacional del Cánceren el ensayo clínico ha tenido efectos sobre las convicciones de algunos oncólogos pero no ciertamente sobre la mayoría. En cambio, estamos empezando a ver cambios en su actitud hacia nuestro trabajo. También es verdad que como cada vez es mayor el número de pacientes nuestros que experimentan mejoría es normal que los oncólogos se muestren cada vez más interesados en lo que estamos haciendo.

-¿Están disponibles en el mercado las enzimas que usted utiliza?

-Las enzimas que utilizamos sólo están disponibles para nuestros pacientes puesto que nosotros no queremos que los pacientes se traten a sí mismos con ellas. El tratamiento enzimático debe involucrar a doctores experimentados en su uso. El nombre de la compañía que elabora el producto es Pancreas Glandular Tissue y las elabora bajo nuestras especificaciones. Dicho lo cual debo añadir que hoy por hoy no pueden adquirirse ya que nos las comercializamos.

-¿Por qué enzimas pancreáticas de cerdo?

-Simplemente porque parecen funcionar muy bien. Recuerde que durante décadas los médicos usaron con gran éxito la insulina del cerdo para tratar diabetes. Además se puede disponer de ellas fácilmente en grandes cantidades y, desde luego, son bastante baratas comparadas con la quimioterapia. No obstante, a todos nuestros pacientes les damos ciertos nutrientes para ayudar a su páncreas a mejorar su rendimiento y aumentar su propia producción de enzimas.

-Una última pregunta: ¿el tratamiento que usted utiliza es válido para todos los enfermos de cáncer o sólo para los de páncreas?

-Nosotros tratamos todos los tipos de cáncer. Desde un cáncer de cerebro a leucemia. Las enzimas parecen trabajar igualmente contra todos ellos y sus metástasis. Son muchos los pacientes que vinieron hasta nosotros con cánceres muy extendidos y que tras seguir el tratamiento pudieron constatar cómo  sus tumores disminuyeron de tamaño.

 

Antonio F. Muro

 


 

Fernando Chacón y las enzimas del Bio-Bac

Es realmente interesante comprobar cómo la base científica del ensayo clínico que tiene en marcha el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos -del que hablamos en el reportaje- parte de los descubrimientos de John Bearden 1911 sobre el carácter dextrógiro de las proteínas tumorales. Particularidad ésta que sólo tienen las células cancerígenas y no las células sanas como luego demostraran también Kogly, en España, Obdulio Fernández. Descubrimiento que, junto a otros trabajos, abrió la puerta del estudio de las enzimas proteolíticas como herramientas terapéuticas para destruir esas proteínas. Pues bien, lo que nadie se preguntó desde entonces es de dónde proceden esas proteínas dextrógiras de las células cancerígenas si el cuerpo humano no tiene capacidad de sintetizarlas. Nadie... excepto el farmacéutico, microbiólogo e investigador español Fernando Chacónya que fue precisamente el descubrimiento de Beard lo que le hizo plantearse esta pregunta -como él mismo reconoce en la página 129 de su libro Pribios o enzimas vivientes- y dedicar toda su vida a encontrar la respuesta. Averiguando, tras muchos años de estudios, que esas proteínas de las células cancerígenas proceden de los bacilos aerobios esporulados y que su destrucción conlleva la destrucción de la célula tumoral. ¡Ese es el gran descubrimiento de Fernando Chacón y tal la base científica, demostrada y demostrable, del Bio-Bac!

Y entienda el lector que no se trata de una mera “coincidencia anecdótica”. En los últimos años se han desarrollado numerosos trabajos que avalan la veracidad y trascendencia del descubrimiento de Fernando Chacón efectuado ¡hace más de cuarenta años! En un próximo número comentaremos los más recientes descubrimientos en el campo de la Proteómica, recibidos con alborozo por una comunidad científica que ve en ellos la posible solución al cáncer, y comprobaremos cómo no hacen más que confirmar -unos tras otros- lo ya escrito y demostrado por Fernando Chacón. Y como anticipo, una muestra: el premio Nobel de Química acaba de ser concedido hace sólo unos días a dos científicos israelíes y otro norteamericano “por haber iniciado una vía que podrá conducir en el futuro a lograr una vacuna contra el cáncer gracias a su estudio sobre las proteínas de las células tumorales”. ¡Cuando ese estudio ya está realizado, la vía explorada y la vacuna conseguida!

¡Lástima que el recientemente fallecido D. Fernando Chacón fuera español! Es obvio que si no hubiera nacido aquí hace ya mucho que le habrían dado el Nobel.

 

Dr. Fermín Moriano
 



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